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LA POESÍA DE ÁNGEL GONZÁLEZ: «UNA VIVA HISTORIA»
Los poemas iniciales de Áspero mundo ya revelan las que van a ser las líneas directrices del conjunto de la obra de su autor. Se parte de la fatal oposición entre un «acariciado mundo», desvanecido e irrecuperable, y el «áspero mundo» al que el adulto es confinado (p. 9). Después el poeta pasa a describir su estar en ese mundo inclemente desde dos perspectivas, una que podríamos denominar, en un sentido amplio, metafísica (un ser perdido a merced del tiempo), y otra histórica, que muestra a ese ser como un «hombre solo» situado en una ciudad -Madrid- y en una fecha precisa -1954-, «un hombre con un año para nada» (pp. 13 y 14). Se parte también de un distanciamiento reflexivo ante el propio nombre («Para que yo me llame Ángel González / para que mi ser pese sobre el suelo») como algo adventicio, que sobreviene a lo verdaderamente sustantivo: un ser que no es distinto de los otros hombres que le precedieron en la existencia y que él contempla en «el viaje milenario de mi carne». Tal sentimiento de extrañeza ante el primer signo configurador de la identidad, el nombre, continúa en su último libro, Deixis en fantasma (1992), cuyo poema «De otro modo» (p. 417) dice así:
Ese «Ángel» es alguien que flota «tiempo a la deriva», empleando palabras suyas (p. 332), y que se siente viviendo «en un lugar extraño» (p. 354). Cito fragmentos de sus últimos libros para confirmar la continuidad de esas ideas o líneas directrices a las que me he referido más arriba. El hombre es, pues, un existente lanzado al tiempo y radicado en la historia, en una circunstancia específica que forzosamente ha de modelarlo. Y el hombre llamado Ángel González comienza su andadura poética con la conciencia de un fracaso con dos raíces: la limitación de una historia abominable (la España de la guerra civil y de la postguerra) y la experiencia extrema de la limitación absoluta: la muerte y la disolución en la nada. El poema «Muerte en la tarde» (p. 18) termina con un verso que sugiere la imposibilidad de un sostén religioso: «y muerto soy,...y nadie me levanta». Este muerto viviente es una especie de Lázaro para el que no existe un salvador, es alguien incapaz de penetrar en el misterio de la vida, como declara en «Eso no es nada» (p. 16):
El poema, a partir de una gradación descendente, que recuerda en algo el conocido verso de Góngora («en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada»), manifiesta un profundo escepticismo: las últimas inquisiciones no conducen a nada. Cualquier indagación existencial resulta inútil. En «Interpretación metafísica» (p.190), del libro Tratado de urbanismo (1967), completa con consideraciones históricas este planteamiento agnóstico, mostrándonos un mundo en el que la totalidad de sus criaturas «obedece consignas»: el pino extiende sus ramas al sol, el pájaro poliniza las flores, etcétera; pero el hombre es un ser que espera vanamente la voluntad de Dios. No existe para él, por tanto, ese orden teleológico que sólo parece producirse en los procesos naturales. El mundo de los hombres es un mundo arbitrario y mal hecho: se hace alusión de episodios luctuosos como los bombardeos de Guernica («un aeroplano sobre un árbol simbólico») o Hiroshima. Los tres versos finales del poema son elocuentes: «No merece la pena. / Será mejor volver a casa / y empezar a pensar por nuestra cuenta». No puede especularse con arreglo a un concierto «divino», del que no forma parte el hombre, pero, por otro lado, tampoco puede llegarse con el pensamiento más allá de la constatación de sus limitaciones cognitivas y de la realidad definitiva de la nada. ¿En qué consiste, entonces, ese «pensar por nuestra cuenta»? No, desde luego, en una cavilación en torno a las «esencias» de las cosas, en torno a los noúmenos, las ideas o los universales. Nada más alejado de los intereses especulativos de Ángel González, desde un principio partidario de lo concreto e individualizado. Él mismo ridiculiza en diversas ocasiones las estériles fiebres teorizadoras, que, a la postre, sólo consiguen alejarnos de la realidad. Citaré dos ejemplos entre los varios que pueden espigarse del conjunto de su obra. Uno, perteneciente a Sin esperanza, con convencimiento (1961), lleva por título «Narración breve» (p. 107). Reproduzco el poema:
El pensar de Ángel González no deambula, pues, por la nebulosa periferia de las abstractas esencias; al contrario, discurre en todo momento por el centro de su existencia, pero no de una existencia ensimismada en unos problemas de identidad, sino en relación con sus semejantes, con quienes comparte la turbadora travesía por la vida. Se trata de un pensar siempre concreto y singularizado. Su punto de partida es, naturalmente, él mismo como existente. Las primeras reflexiones en torno a ese existente ya han sido antes expuestas: su radicación en un insoslayable flujo temporal y su moldeamiento por una circunstancia histórica, su incapacidad para conocer el sentido último de la vida y la ausencia de una instancia divina. El hombre -también se ha dicho- es, desde su nacimiento, un fracaso histórico, y un fracaso porque es arrastrado a la anulación a manos del tiempo y de la muerte. Esta obsesión es la más recurrente en la poesía de Ángel González y la que, según creo, la vertebra de principio a fin: en un principio con un planteamiento existencialista; en sus últimos tramos, como pura poesía de la existencia, con una fuerte carga elegíaca. Aunque está claro que la poesía carece del discurso metódico de la filosofía, vitalmente se avecina a ella, puesto que puede ser versión cordial o particular de la misma, y más si esa filosofía tiene, como el existencialismo, en el individuo su punto de referencia. Ángel González coincide con esta corriente filosófica en su concepción del hombre como una pasión inútil destinada al anonadamiento. Léanse, como muestra, los versos de «Reflexión primera» (pp. 75-76), o este fragmento de Mundo asombroso (p. 66), poema sin título de Sin esperanza, con convencimiento:
Esa «zozobra» que sobreviene tras la íntima percepción del anegamiento en la nada es la clave cognoscitiva para Ángel González: la angustia actúa como piedra angular o base sobre la que se asientan todas sus otras reflexiones, lejos, según se ha apuntado, del racionalismo universalizador: en vez del deductivo «pienso, luego existo», esgrime como dato de la conciencia un «existo, luego muero» («Hoy», p. 244). El anticipado encuentro con la muerte provoca un sentimiento de extrañeza o distanciamiento ante la creación (un «mundo asombroso» que «surge bruscamente»); deja al poeta, pues, a la intemperie, despojado de seguridades y de vanas creencias; lo obliga a realizar sin mistificaciones su propia biografía. El antiguo memento, el viejo «teme la hora», era una apelación religiosa para seguir el camino de una vida auténtica fundada en la salvación a través de la fe; la angustia existencial es el comienzo de una vida sin falseamientos religiosos, sociales, históricos o culturales. La necesidad de respirar una existencia auténtica llevará a Ángel González a hacer de su poesía un ejercicio de conocimiento crítico -distanciado, por tanto- de la realidad. Palabra sobre palabra tiene mucho de discurso fustigador contra todas las falsedades que adulteran y desfiguran una vida. Al final de un poema sin título de Prosemas o menos escribe lo siguiente: «Cuando el hombre se acabe /-cualquier día-, /un crepitar de polvo y de papeles /proclamará al silencio /la frágil realidad de sus mentiras» (p. 351). Descorrer el velo de las apariencias y de las mentiras será la actitud ética que confiera una dimensión moral a la poesía de Ángel González, y el norte que desplaza su autognosis existencial a un plano solidario o colectivo. De este modo sortea el solipsismo y trasciende la esfera del yo, que no es algo aislado, sino en relación siempre con los otros y con su situación histórica. El yo es el negativo de la historia, y la poesía un instrumento que pretende intervenir en ella modificándola en la medida de sus posibilidades. La poesía es, pues, un punto de indisoluble unión entre lo personal y lo civil. Estos valores de la escritura entran dentro de lo que se ha llamado realismo social o realismo crítico, que en este autor aúna el testimonio y la denuncia con el anhelo de vivir una existencia auténtica. El realismo crítico de Ángel González arranca de su experiencia, y tiene mucho más de expresión existencial que de doctrina o programa. Quizá sean los poemas últimos de Sin esperanza, con convencimiento (a partir, sobre todo, de «Discurso a los jóvenes») y los de Grado elemental los más decantadamente activistas o «políticos», en la línea de una concepción sartriana de la literatura; pero rara vez caen en el tono panfletario: su rigor estilístico y el hábil empleo de la anfibología los liberan a menudo de la lectura puramente testimonial, referida a un delimitado momento histórico. Hay otra cualidad que distingue el realismo de este poeta, y es su minucioso interés por lo que entenderemos como mundo «objetual» o de los objetos. Basta leer el prólogo que escribió para su antología poética publicada por la editorial Cátedra (3) para percibir que la realidad que de hecho cuenta para él, la realidad por excelencia, es la humana, y, por tanto, la que se enmarca dentro de la historia. No puede concebirse al individuo ignorando la dimensión social en que despliega su existencia. Por eso en el poema «Orden (poética /a la que otros se aplican.)» (p. 292), correspondiente a Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan (1976), desdeña a aquellos poetas que no separan «los ojos del firmamento», ocupados como están en «el Tiempo, no» en «la Historia». Sin embargo la mirada de Ángel González con frecuencia se detiene en la meticulosa pintura de las cosas entre las que se desenvuelven nuestras vidas, en una estática representación exenta de los objetos construida a partir del manejo de un estilo nominal de probable ascendencia machadiana. Son descripciones que ahondan en la belleza de las realidades impuras, cuando no en el paisaje natural o urbano. Poemas como «Estío en Bidonville», y especialmente los de la primera parte de Tratado de urbanismo sitúan a González muy cerca del realismo figurativo de artistas plásticos como el escultor Julio López Hernández o el pintor Antonio López García, coetáneos suyos. En ciertos cuadros de Antonio López puede observarse la misma predilección por reflejar detalladamente los aspectos sórdidos de nuestro mundo.
La actitud distanciada respecto al mundo no va a cambiar en este segundo tramo creativo: Palabra sobre palabra es el testimonio de la falta de unión entre el hombre y su mundo. La ironía, que era la consecuencia lógica de esa escisión, ahora va a ser más incisiva, llegando con frecuencia a un vitriólico sarcasmo que desemboca en la humorada, el chiste burdo, la intrascendencia y la dispersión temática. De un tratamiento irónico de la realidad Ángel González pasa al tratamiento irónico del lenguaje y del poema. El autor es bien elocuente en «A veces» (p. 237), el texto con el que se inicia Breves acotaciones..., donde relaciona la escritura de un poema con una especie de freudiana compulsión sexual; declara cómo, cuando escribe, ya no siente el estímulo de antes: «Lo expresaba muy bien César Vallejo: /«lo digo, y no me corro» , «no pasa nada». De esta falta de fe en el poema resulta el antipoema, elaborado con un lenguaje prosaico que huye de los apriorismos líricos y de lo convenidamente poético, tal como lo había hecho unos años antes el chileno Nicanor Parra. Pero caracterizar la segunda etapa de Ángel González a partir de estas novedades sería quedarse en una descripción parcial y epidérmica. Me he referido a una crisis, no a una ruptura, y una crisis lleva en sí fluctuaciones y confusión, la turbia permanencia de los antiguos principios con las nuevas decepciones y dudas. En su prólogo antes citado explicaba cómo «mediada la década de los 60, la inmutabilidad (más aparente que real, contempladas las cosas desde hoy) de una situación a la que yo no veía salida, me hacía desconfiar de cualquier intento, por modestos que fuesen sus alcances, de incidir verbalmente en la realidad». Mas pese a este desengaño todavía escribirá versos de contenido social cuyos temas no sólo se refieren a la realidad española: tres ejemplos, entre otros, son poemas como «Del campo o de la mar» (p. 249), desquiciada descripción (teñida de ecos que recuerdan a la generación beat) del frenético veraneo norteamericano, «Otra vez» (p. 287), sobre el golpe de Estado llevado a cabo por el general Augusto Pinochet («un general con nombre de payaso»), o «Antífrasis: a un héroe» (p. 304), contra las ejecuciones ordenadas por Franco en los estertores de su dictadura. Incluso en la poética que mencionábamos líneas antes («Orden poética /a la que otros se ajustan») continúa cuestionando a los cultivadores de una lírica estéril basada en el «Tiempo» y no en la «Historia», lo mismo que en la «Oda a los nuevos bardos» (pp. 310-311) escribe una acerba sátira contra la estética de los, entonces, emergentes o ya establecidos poetas novísimos, a quienes recrimina su decadente gusto por la opulencia verbal, el impúdico autobiografismo y el formalismo esteticista. Sin embargo, esta subsistencia de los antiguos esquemas ideológicos resulta dramática tras la lectura de los libros últimos de Ángel González: en ellos campean la decepción del tiempo vivido, que deja «un acre sabor a nada» (p. 240), el deseo de disolución en esa nada, el nihilismo y el recuento dolorido de una vida que desde la senectud se contempla con resabio y dolor. Terminan por imponerse la incredulidad y el desencanto de las ilusiones en el progreso y en la acción del hombre sobre la historia, que no es más que vacío, «escoria», como dice en el poema «La ceniza de un sueño» (p. 401), de Prosemas o menos:
Al final, en ese antagonismo entre el tiempo y la historia, el tiempo es el que vence. Cada vez más, los poemas últimos de Ángel González hablan del tiempo, de la ruina existencial y del desleimiento que va ocasionando la vejez. La memoria es un recurso hiriente, porque no quedan «ni siquiera deseos, ni siquiera esperanza; /un confuso montón de sueños negros, /eso es lo que nos queda, /amigo, /un confuso montón sólo de sueños» (p. 410). Deixis en fantasma ya es un libro netamente elegíaco -como ya lo eran otras partes de los poemarios anteriores- con aires no existencialistas, sino existenciales. Los sueños colectivos a estas alturas casi parecen una anécdota. Dicho con palabras de Gil de Biedma: «envejecer, morir, /es el único argumento de la obra».
Ángel González derriba con la chanza y el sarcasmo citas literarias, creencias religiosas y asuntos bíblicos, pero deja en pie la verdad del amor frente al tiempo y la muerte: «No creo en la Eternidad. /Mas si algo ha de quedar de lo que fuimos /es el amor que pasa», dice poco antes, en otro poema cuyo desarrollo se inicia desde su mismo título (p. 420). Es el horizonte temático de un poeta contemporáneo, el mismo -con otro lenguaje- que el de un autor barroco, porque en poesía las etiquetas historiográficas tienden a ser simples anécdotas. Sin duda su obra figura entre las más representativas de una generación, la de los cincuenta, que constituye, con la del veintisiete, una cima indiscutible de la poesía del pasado siglo. 1. Madrid, Visor, 2000. 2. Cuando me remita a algún poema, citaré entre paréntesis su página correspondiente en la sexta y hasta hoy última edición, Barcelona, Seix Barral, 2000. El uso de las cursivas en tales citas es mío. 3. Poemas, Madrid, Cátedra, 1984, pp. 13-24. Léase especialmente lo escrito en la página 21 acerca del
escepticismo en la capacidad de la poesía «de incidir verbalmente en la realidad». Evidentemente Ángel González
se refiere a su realidad histórica, no al universo de lo existente.
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