Estética mediterránea
Antonio Dopazo
Son de mar
Director: Bigas Lunas.
Intérpretes: Leonor Watling, Jordi Mollá, Eduard Fernández, Sergio Caballero, Neus Agulló, Pep Cortés,
Juan Muño.
Guión: Rafael Azcona, basado en la novela de Manuel Vicent.
Nacionalidad: Española.
Año: 2001.
Duración: 100 minutos.
Sigue los pasos de la célebre trilogía ibérica del autor, integrada por Jamón, jamón, Huevos de oro
y La teta y la luna, aunque acentuando el carácter mediterráneo y es, por encima de todo, una apasionada
historia de amor que resulta más sugerente en el plano poético y estético que en el humano. Bigas Luna
ha contado con dos sólidos soportes, la novela de Manuel Vicent y el guión de Rafael Azcona, pero ha
dado más relieve al entorno y al paisaje que a la intimidad de sus personajes. Aunque ha mejorado los
resultados de sus films precedentes, especialmente los de Bámbola y Volaverunt, no alcanza el mejor nivel
de su cine.
Con claros ecos de tragedia clásica, hasta el punto de que no es casual que el protagonista se llame
Ulises y que en un momento dado se convierta en un viajero errante que anhela regresar con su esposa y
su hijo, Son de mar entra más por los ojos que por los sentimientos. Ambientada en un pueblo
indeterminado de la costa levantina, con rodaje en Dénia y alrededores -y en Valencia y Los Alcázares
de Murcia-, sus mayores pegas surgen del déficit que presenta el capítulo dramático, fruto de unos seres
que no expresan lo más profundo de sí mismos. Menos mal que Bigas Luna es un virtuoso de la cámara
y tiene un sentido del ritmo espléndido, que compensa esos defectos e impide males mayores.
Auténtica revelación de la actriz Leonor Watling, que a partir de esta cinta ocupará un lugar destacado
en nuestro cine, se asienta tanto en su personalidad como en el erotismo que desprende. Las cosas se dan
por añadidura, más que por las reacciones lógicas de los personajes. Ése es el error primordial de un Bigas
Luna que no ha logrado traspasar la superficie de unos seres que no parece que tengan alma. Frente a eso,
la cinta se reviste de bellos atardeceres, de espléndidos fotogramas en los que el mar adquiere una
hermosura notable y de todos los elementos que configuran la cultura y la gastronomía mediterránea. Pero
las escenas de amor, que se acumulan en la segunda mitad, están faltas de pálpito. Y eso que Mollá y
Fernández ponen también mucho de su parte.