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Autor:: BiografíaEl taller cervantino Ahora bien, lo que más llama nuestra atención, durante estos años, es el retorno definitivo del escritor a las letras, en un momento en que su fama empieza a extenderse más allá de los Pirineos. Participa en las justas literarias que se celebran en la Academia Selvaje, fundada por don Francisco de Silva y Mendoza, cuyas sesiones tenían lugar en su palacio de la calle de Atocha y donde, un día de marzo de 1612, Lope de Vega le pedirá, para leer sus propios versos, unos antojos «que parecían -según nos dice el Fénix- huevos estrellados». Mientras, salen a luz nuevas ediciones del Quijote -en Bruselas en 1607, en Madrid en 1608-, Thomas Shelton pone en el telar The Delightful History of the Valorous and Witty Knigh-Errant Don Quixote of the Mancha, en una sabrosa versión inglesa que aparecerá en 1612. Por su parte, en 1611, César Oudin comienza a verter el Quijote a lengua francesa: necesitará cuatro años para rematar su tarea. Entretanto, Cervantes acaba de componer las doce obras que
van a formar la colección de las Novelas ejemplares: algunas,
con toda probabilidad, fueron escritas en el período de sus comisiones
andaluzas, como Rinconete y Cortadillo y El celoso extremeño,
ya que se incorporaron, en una primera versión, a una miscelánea
compuesta por un racionero de la catedral de Sevilla, Francisco de Porras, para
entretener los ocios de su amo, el cardenal Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis [...]; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha [...]. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo; herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros [...]. Tan significativo como este trozo de antología -el único retrato digno de fe que se conserve del escritor- viene a ser el modo como Cervantes reivindica en este prólogo su primacía: «Y más que me doy a entender, y es así -declara- que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas, y van creciendo en brazos de la estampa». Efectivamente, lo que se había escrito antes del siglo XVII en España, eran cuentos y apólogos en la estricta observancia de las formas canónicas que la Edad Media había legado al Renacimiento, y según un patrón mantenido por las llamadas patrañas de Joan Timoneda. Fuera de la singular excepción de la Historia del Abencerraje y de las cuatro narraciones interpoladas por Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache, las obras características del género habían sido importadas de Italia: los cuentos del Boccaccio, previamente expurgados por la Inquisición romana, y las fábulas de sus émulos, como las Historias trágicas y ejemplares de Matteo Bandello o los Hecatommithi de Giraldi Cintio que, en versión castellana, habían adquirido carta de ciudadanía en España. Contemporáneo de las Novelas es el Viaje del Parnaso, compuesto «a imitación del de César Caporal Perusino», cuyo prólogo data de 1613, y que no será publicado hasta noviembre de 1614. La odisea imaginaria que nos cuenta Cervantes, inspirada efectivamente en el Viaggio in Parnaso de Cesare Caporali, un escritor menor oriundo de Perugia, lo lleva desde Madrid hasta Grecia, tras haber embarcado en Cartagena y costeado Italia. Allí presta ayuda a Apolo para desbaratar un ejército de veinte mil poetastros, antes de volver a Nápoles y encontrarse finalmente en Madrid, donde descubre que todo fue un sueño. Epopeya burlesca de más de tres mil endecasílabos, complementada por una Adjunta en prosa donde Cervantes nos refiere un supuesto encuentro, ante su casa de la calle de las Huertas, con un tal Pancracio de Roncesvalles, el Viaje del Parnaso contiene desde luego partes muertas, y el desfile de poetas enumerados en él va acompañado de alusiones difíciles de descifrar. En cambio, resalta lo que nos dice el autor de sus propios escritos, así como lo que nos deja entrever de sus ideas y preferencias literarias, al hilo de una peregrinación a las fuentes cargada con el recuerdo de sus aventuras pasadas. En este espacio remodelado por la memoria emerge poco a poco un hombre que, más allá de la comprobación lúcida de sus desilusiones, construye e impone su propio yo a través de sus contradicciones mismas, en la confluencia de lo vivido y de lo imaginario. Las reticencias de Cervantes ante la comedia lopesca nos permiten entender el rechazo que, desde su regreso a Madrid, recibió de los profesionales del gremio -los todopoderosos «autores de comedias»- que se negaron a incorporar a su repertorio las obras que había compuesto al volver a su «antigua ociosidad». Según vimos más arriba, queda patente su desilusión, tal como la confiesa con acento conmovedor en lo que será el prólogo a sus Ocho comedias: «pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví a componer algunas comedias; pero no hallé pájaros en los nidos de antaño; quiero decir que no hallé autor que me las pidiese, puesto que sabían que las tenía, y así las arrinconé en un cofre y las consagré y condené al perpetuo silencio». Así se nos explica su decisión de prescindir de los comediantes. El 22 de julio de 1614, en la Adjunta al Parnaso, había revelado su nuevo designio: en vez de hacer representar sus piezas, darlas a la imprenta, ofreciéndolas a un público de lectores adictos, «para que se vea de espacio lo que pasa apriesa, y se disimula, o no se entiende, cuando las representan». En septiembre de 1615, se cumple esta insólita determinación que, en contra de los usos establecidos, invertí a los procedimientos habituales de difusión: el librero Juan de Villarroel pone en venta un volumen titulado, de modo significativo, Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados. Las obras así reunidas se compusieron, al parecer, en distintos momentos, sin que nos sea posible reconstruir su cronología. Pero no hay duda de que su publicación las salvó de un irremediable olvido, en tanto que el admirable prólogo que abre la colección nos ofrece un testimonio de primera importancia: no sólo sobre el divorcio de Cervantes con el mundo de la escena, sino sobre la visión que tuvo del advenimiento de uno de los tres grandes teatros que conoció la Europa clásica, y sobre la forma en que se resignó a no ser más que su precursor. |
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