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:: Biografía

Agonía y muerte

Durante los últimos meses de su vida, Cervantes dedica las pocas fuerzas que le quedan a concluir otra empresa iniciada hace tiempo, quizá durante el período andaluz, luego suspendida durante años, y que quiere ahora llevar a su término: Los trabajos de Persiles y Sigismunda, «historia septentrional» cortada por el patrón de la novela griega. Ésta había sido exhumada por los humanistas del Renacimiento, al traducir o adaptar al castellano Teágenes y Cariclea, de Heliodoro y Leucipe y Clitofonte, de Aquiles Tacio, abriendo a la imaginación las dos vías de acceso -la de lo insólito y la del azar y de la sorpresa- a lo que Aristóteles, en su teoría de lo verosímil, llamaba «lo posible extraordinario».

Tras prometer el Persiles, año tras año, en el prólogo de las Novelas ejemplares, el Viaje del Parnaso y la dedicatoria de la Segunda parte del Quijote, Cervantes concluye su redacción cuatro días antes de su muerte. Será su viuda la que entregue el manuscrito a Villarroel, quien lo publicará póstumo, en enero de 1617.

En cambio, no sabemos si Cervantes llegó a concretar otros proyectos, de los que dan cuenta prólogos y dedicatorias: una comedia, titulada El engaño a los ojos, una novela, El famoso Bernardo, una colección de novelas, Las semanas del jardín, sin olvidar la siempre prometida segunda parte de La Galatea.

Algunas de las anécdotas relativas a sus últimos momentos deben ser examinadas con precaución. Se sabe, por ejemplo, gracias a Antonio Rodríguez-Moñino, que la conmovedora carta del 26 de marzo de 1616, dirigida al cardenal Sandoval y Rojas, es una falsificación. Por lo que se refiere al viaje de Esquivias a Toledo, referido por Cervantes en el prólogo del Persiles, así como el encuentro con un estudiante admirador de su persona, es más bien efecto de una fantasía literaria si nos atenemos a las circunstancias precisas en que se supone que tuvo lugar. El 18 de abril, fecha en que recibe los últimos sacramentos, nuestro escritor se sabe condenado. La sed inextinguible de que él mismo da cuenta en esta relación parece síntoma de una diabetes, enfermedad sin remisión en aquella época, más que de la hidropesía diagnosticada por el supuesto estudiante. Al día siguiente de la ceremonia, aprovecha un breve respiro para dirigir al conde de Lemos una admirable dedicatoria:

Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: Puesto ya el pie en el estribo, quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras la puedo comenzar, diciendo: Puesto ya el pie en el estribo / Con las ansias de la muerte, / Gran señor, ésta te escribo. Ayer me dieron la Extremaunción, y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto, llevo la ida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a vuesa Excelencia; que podría ser fuese tanto el contento de ver a vuesa Excelencia bueno en España, que me volviese a dar la vida. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos, por lo menos sepa vuesa Excelencia este mi deseo.

El 20 de abril, dicta de un tirón el prólogo del Persiles, y concluye dirigiéndose al lector:

Mi vida se va acabando y al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida [...]. Adiós gracias; adiós donaires; adiós, regocijados amigos: que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida.

Cano de la Peña, Agonía de Cervantes.  Sevilla, Museo de Bellas Artes.  Historia universal de la literatura. El Siglo de Oro español, Barcelona, Ediciones Orbis, S. A., 1988, tomo 7, p. 19.

El viernes 22 de abril, Miguel de Cervantes rinde el último suspiro. Al día siguiente, en los registros de San Sebastián, su parroquia, se consigna que su muerte ha ocurrido el sábado 23, de acuerdo con la costumbre de la época, que sólo se quedaba con la fecha del entierro: como se sabe, es ésta última la que se conoce hoy en día, y en que se celebra cada año en España el Día del Libro. Cervantes fue inhumado en el convento de las Trinitarias, según la regla de la Orden Tercera, con el rostro descubierto y vestido con el sayal de los franciscanos. Pero sus restos fueron dispersados a finales del siglo XVII, durante la reconstrucción del convento. En cuanto a su testamento, se perdió. Quedan las obras del «raro inventor», como él mismo se llama en el Viaje del Parnaso, a quien el Quijote le valió entrar en la leyenda.

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