La cena (2009))

Cartel
       
Texto introductorio

Algunas de las razones que nos han impulsado a construir La Cena.

Vivimos en la época de mayor esplendor del Tartufo. El gran personaje de Molière tiene hoy su máxima expansión. Raudales de palabras altisonantes y una ostentación pública de filantropía como el rasgo más común de una época exhibicionista en los fingimientos magnánimos.

En este sentido, observamos el gran negocio del medioambiente y la frivolidad política sobre un tema que incluye toda la humanidad. El disparate se halla en el constante estímulo de un consumo compulsivo y al mismo tiempo los simulacros de lucha por un mundo sin contaminación.

Constatamos una demanda progresiva de dioses laicos ya sea en la gastronomía y el ocio o en las tendencias apocalípticas. Ello induce a una natural predisposición social para convertir en doctrina ordenancista cualquier liderazgo invocando razones superiores a la libertad individual como puede ser la salvación del planeta.

En definitiva, el glaciar Perito Moreno seguirá retrocediendo si le da la gana pero también es posible que lo haga si ponemos tanto empeño en ello.

Nada que añadir

Nueve actores. Seis meses de ensayo. Sólo una tarima y una mesa en la escena. Como fondo, la reproducción del mapamundi renacentista del Palazzo Farnese. El montaje se sustenta sobre 47 años de andanzas de Els Joglars y la bolsa cosechada en la obra anterior. Nada más. Estos son los sobrios ingredientes con los cuales empezó un proyecto que hoy es el espectáculo que van a contemplar.

En cuanto a los contenidos, permítanme un farol: Utilizamos el largo tiempo de preparación para conseguir que no sea necesario indicarles nada más de lo imprescindible sobre el tema. Transformar lo complejo en sencillo y comprensible, y no al revés, debería figurar como la cualidad esencial del artista, pero nuestro tiempo se inclina por acompañar las obras con estuche literario altisonante. Lo que yo pueda decirles aquí no cuenta para nada y solo serviría como justificación de mis inevitables errores en el oficio de presentar una historia. Al mismo tiempo, ello significaría desconfiar de su propia capacidad de percepción.

La suerte está echada y al abrirse el telón empezará el único discurso auténtico y veraz del artista: La obra.

Confío en que su disfrute sea equiparable al que nosotros experimentamos en cada representación.

Albert Boadella

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