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Algunas de las razones que nos han impulsado a construir La Cena.
Vivimos en la época de mayor esplendor del Tartufo. El gran personaje
de Molière tiene hoy su máxima expansión. Raudales de
palabras altisonantes y una ostentación pública de filantropía
como el rasgo más común de una época exhibicionista en
los fingimientos magnánimos.
En este sentido, observamos el gran negocio del medioambiente y la frivolidad
política sobre un tema que incluye toda la humanidad. El disparate se
halla en el constante estímulo de un consumo compulsivo y al mismo tiempo
los simulacros de lucha por un mundo sin contaminación.
Constatamos una demanda progresiva de dioses laicos ya sea en la gastronomía
y el ocio o en las tendencias apocalípticas. Ello induce a una natural
predisposición social para convertir en doctrina ordenancista cualquier
liderazgo invocando razones superiores a la libertad individual como puede
ser la salvación del planeta.
En definitiva, el glaciar Perito Moreno seguirá retrocediendo si le
da la gana pero también es posible que lo haga si ponemos tanto empeño
en ello.
Nada que añadir
Nueve actores. Seis meses de ensayo. Sólo una tarima y una mesa en
la escena. Como fondo, la reproducción del mapamundi renacentista del
Palazzo Farnese. El montaje se sustenta sobre 47 años de andanzas de
Els Joglars y la bolsa cosechada en la obra anterior. Nada más. Estos
son los sobrios ingredientes con los cuales empezó un proyecto que hoy
es el espectáculo que van a contemplar.
En cuanto a los contenidos, permítanme un farol: Utilizamos el largo
tiempo de preparación para conseguir que no sea necesario indicarles
nada más de lo imprescindible sobre el tema. Transformar lo complejo
en sencillo y comprensible, y no al revés, debería figurar como
la cualidad esencial del artista, pero nuestro tiempo se inclina por acompañar
las obras con estuche literario altisonante. Lo que yo pueda decirles aquí no
cuenta para nada y solo serviría como justificación de mis inevitables
errores en el oficio de presentar una historia. Al mismo tiempo, ello significaría
desconfiar de su propia capacidad de percepción.
La suerte está echada y al abrirse el telón empezará el único
discurso auténtico y veraz del artista: La obra.
Confío en que su disfrute sea equiparable al que nosotros experimentamos
en cada representación.
Albert Boadella
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