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Estudios e investigaciones - Dulce maría loynaz: Dama de las letras hispánicas    Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
 


Dulce María Loynaz: Dama de las letras hispánicas

Vivian M. González González

                                                                                

...mi vida entera puede pasar por el rosario,

pues aunque ha sido ciertamente

una vida muy larga,

me fue dado vivirla sin premuras,

hacerla fina como un hilo de agua...

 

Dulce María Loynaz



     Conocer personalmente e intercambiar criterios con figuras relevantes de las letras es siempre un privilegio. A finales del año 1996 tuve ese placer cuando conocí personalmente a Dulce María Loynaz, la única escritora latinoamericana que ha obtenido un Premio Cervantes, mientras realizábamos el trabajo de edición de su libro Cartas que no se extraviaron, más de 60 cartas escritas desde 1932 hasta 1991.

     No obstante haber obtenido tan importante premio, aún resulta desconocida para algunos. Nació en La Habana, el 10 de diciembre de 1902. Su infancia transcurrió en un ambiente artístico, el padre -general del Ejército Libertador- Enrique Loynaz del Castillo, fue el autor de la letra y música del «Himno Invasor» y su madre, una mujer muy delicada aficionada al canto, la pintura y el piano; sus tres hermanos, Enrique, Flor y Carlos Manuel, nacieron como ella, presos de las «bellas letras». Como era habitual en los niños pertenecientes a la alta sociedad latinoamericana de su tiempo, los hermanos Loynaz del Castillo, al igual que otros, se formaron en las bibliotecas familiares, y recibieron una esmerada educación impartida por eruditos tutores. De esta etapa informal de su educación, y con relación a sus influencias literarias, Dulce María Loynaz ha dicho:

                    

     Fueron los poetas franceses los primeros en deslumbrarnos. Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, se convirtieron pronto en nuestros maestros amadísimos. Puedo decir que los amamos con la fuerza del primer amor. Fue más tarde que aparecieron Juan Ramón Jiménez y García Lorca: ya habíamos trocado a los Parnasianos y los Simbolistas por los clásicos españoles, menos sutiles, pero más jugosos, y compartíamos su saludable compañía con los bardos orientales. La oscura y a la vez luminosa palabra de Rabindranath Tagore, nos tuvo mucho tiempo como en éxtasis. A pesar de que se ha dicho más de una vez, no creo que los dos insignes andaluces hayan podido añadir algo a una poesía ya filtrada por siete tamices. Ya estábamos muy maduros, muy resueltos a ser nosotros mismos con aquella altivez y aquel pudor que habría de convertir nuestra obra en el Hortus Conclusus de la Epístola.

           

     Los cuatro hicieron versos, y lo que es más interesante: los hicieron sin la menor influencia de uno sobre otro. Todos fueron genuinos poetas, cada uno a su modo. «Creo que la poesía estaba dentro de nosotros como esos ríos que corren gran trecho bajo la tierra hasta que al fin encuentran cualquier grieta por donde brotar».

     Por la década del veinte, terminando el Bachillerato, escribe unos cuadernillos donde clasifica la fauna, por orden, familia, género y especie, poéticamente y la presenta ante el tribunal examinador de Historia Natural. Esta fue su colección de versos publicada años después bajo el título de Bestiarium en la que humor, juicio, originalidad y riqueza de la palabra hacen de este libro un ejemplar único y fascinante:

Lección primera

                                 

Tegernaria doméstica

          

     Araña común

 

La araña gris de tiempo y de distancia

tiende su red al mar quieto del aire

pescadora de moscas y tristezas cotidianas...

Sabe que el amor tiene un sólo precio que se paga

pronto o tarde: La Muerte.

Y amor y Muerte con sus hilos ata...

     Recibió en su carácter el temple de una estirpe de guerreros, a lo que se unió un talento que no solo logró algunas de las páginas más limpias del idioma castellano, sino también le granjeó la amistad y el respeto en su juventud, de la intelectualidad más selecta.

     Su casa fue siempre lugar de acogida para los escritores españoles que llegaban a Cuba: García Lorca, Alberti, Juan Ramón Jiménez y tantos otros, convirtiéndose así en centro de la vida cultural. Los jueves a las cinco de la tarde abría el salón destinado a celebrar las «juevinas». Allí se leían clásicos y modernos, daban a conocer lo último que habían escrito, se comentaban artistas, autores y libros. Durante este tiempo Lorca se carteó con Enrique Loynaz, abogado y también poeta; la mezcla de decadencia y extravagancia fascinó a Federico, que intimó, sobre todo, con Flor -a quien dejó un original de Yerm- y Carlos Manuel al que dedicó su drama El público.

     A Dulce María Loynaz se le ubica cronológicamente en la generación de poetas que comenzó a producir su obra en la década de los años 20. Considerada por estudiosos de la literatura cubana como la máxima exponente del intimismo posmodernista, su expresión lírica ha plasmado con sencillez y eficacia los temas esenciales del hombre. Con mano maestra logró conjugar lo universal y lo cubano, y su poesía constituye muestra excepcional de señorío idiomático y autenticidad expresiva. Su literatura y sus viajes van marcando su vida. En 1929, acompañada por su madre y sus tres hermanos, viaja por Turquía, Siria, Libia, Palestina y Egipto, y escribe en Luxor «Carta de amor al Rey Tut- Ank- Amen».

     El período enmarcado en los años treinta resultó fecundo en cuanto a relaciones sociales y creación literaria: en 1935 termina su novela Jardín, en 1937 contrae matrimonio con su primo Enrique de Quesada y Loynaz, ese mismo año la Revista Bimestre Cubana publica su poema «Canto a la mujer estéril», testimonio fabuloso de la esterilidad que fue para ella una callada amargura, y Juan Ramón Jiménez la incluye en su antología La Poesía Cubana en 1936.

     En 1938 se publica en Cuba su primer libro Versos y, salvo unas pocas aunque sí valiosas críticas, pasó sin penas ni glorias «...hasta se me negó un lugarcito en ciertos anaqueles de la famosa tienda El Encanto, dedicados a exhibir los últimos títulos publicados. No soy dada a los rencores, pero ese desaire, quizás por ser el primero, permanece indeleble en mi memoria». Hoy, cualquier librero mostraría con orgullo el ejemplar amarillento de aquella primera edición que contiene uno de los poemas más bellos de esta colección, «La oración de la rosa», que se adelantó muchos años al conocido padrenuestro de Mario Benedetti:

                                 

Padre nuestro que estás en la tierra, en la fuerte

          

y hermosa tierra;

en la tierra buena:

Santificado sea el nombre tuyo

que nadie sabe; que en ninguna forma

se atrevió a pronunciar este silencio

pequeño y delicado...este

silencio que en el mundo

somos nosotras

las rosas...

Venga también a nos, las pequeñitas

y dulces flores de la tierra,

el tu Reino prometido...

Hágase tu voluntad, aunque ella

sea que nuestra vida sólo dure

lo que dura una tarde...

El sol nuestro de cada día, dánoslo

para el único día nuestro...

Perdona nuestras deudas

-la de la espina,

la del perfume cada vez más débil,

la de la miel que no alcanzó

para la sed de dos abejas...

-así como nosotras perdonamos

a nuestros deudores los hombres,

que nos cortan, nos venden y nos llevan

a sus mentiras fúnebres,

a sus torpes e insulsas fiestas...

No nos dejes caer

nunca en la tentación de desear

la palabra vacía, -¡el cascabel

de las palabras!...-,

ni el moverse de pies

apresurados,

ni el corazón oscuro de

los animales que se pudre...

Más líbranos de todo mal.

Amén.

     Su personalidad poética, siempre presente en España y ampliamente conocida en el mundo de nuestra lengua, se apoya fundamentalmente en su creación propiamente lírica. Poesía fuerte, aunque delicada, intensa y nada retórica, desnuda de alma y de palabras, escrita con gran sensibilidad en la que la naturaleza ha estado siempre presente como podemos apreciar en su poema «Arpa»:

                                 

¿Quién toca el arpa de la lluvia?

           

Mi corazón, mojado, se detiene a escuchar

la música del agua.

El corazón se ha puesto

a escuchar sobre el cáliz de una rosa.

¿Qué dedos pasan por las cuerdas

trémulas de la lluvia?

¿Qué mano de fantasma arranca

gotas de música en el aire?

El corazón, suspenso, escucha:

La rosa lentamente se dobla bajo el agua...

     Sobre la poesía ha dicho:

                    

     La poesía debe tener instinto de altura. El hecho de llevar raíces hincadas en la tierra no impide al árbol crecer; por el contrario le nutre el esfuerzo, le sostiene en su impulso, le hace de base firme para proyectarse hacia arriba. Rastrear es línea tortuosa, crecer es línea sencilla, casi recta. Si la poesía ha de crecer como el árbol, ha de hacerlo también sencillamente. Si ha de llevarnos a algún lado lo hará con agilidad y precisión, de lo contrario perderá el impulso original antes de alcanzar la meta. No debe ser el poeta en exceso oscuro y sobre todo no debe serlo deliberadamente. Velar el mensaje poético, establecer sobre él un monopolio para selectas minorías es una manera de producirse antisocialmente. La poesía debe llevar en sí misma una fuente generadora de energía capaz de realizar alguna mutación por mínima que sea. Poesía que deja al hombre donde está, ya no es poesía (...).

           

                    

     Si he de decir dónde creo que está mi poesía más plena y perdurable, diré que en los Poemas sin nombre (1953), libro breve y escueto, bastante desconocido y escrito, por cierto, en prosa.

           

     Al decir de Max Enríquez Ureña en 1954, «Dulce María Loynaz trae consigo una nueva sensibilidad. En sus versos la realidad y la fantasía suelen entrelazarse y confundirse a tal grado, que a veces resulta imposible marcar una línea divisoria entre las dos (...)».

     De su relación con Cuba podemos decir que ambas fueron una misma cosa. En una ocasión le preguntaron por qué nunca había abandonado la isla, a lo que respondió: «Cuando triunfó la Revolución yo no sabía lo que iba a pasar en Cuba, pero fuera cual fuera el destino de mi país, yo no podía irme de aquí. No olvide que yo soy la hija del General». Su devoción era sincera, no solo por el hecho de haber nacido en esta isla o porque contara con tres o cuatro generaciones de ascendientes cubanos, sino porque esos cubanos ancestrales y ella misma, a su manera, pelearon por Cuba y a Cuba le sacrificaron muchas cosas.

     Para referirse a la excelsa poetisa, el destacado escritor cubano Miguel Barnet hizo una caracterización muy bella y exacta en 1991:

                    

     Una mujer sobre la que gravita la figura de su padre, el General. Una mujer que ha vivido casi todo el siglo con la satisfacción de haber marcado con sus huellas digitales las gibas de los camellos y las pirámides de Egipto. Una mujer que amó sin cordura a Tutankamon y que le dio de comer al fantasma de la ópera. Una mujer que le cantó a un río raquítico de aguas turbias con la misma vehemencia que Goethe le hubiera cantado al Rhin. Una mujer que tiene a su país tatuado en la palma de su mano, que es dueña de la memoria de toda una generación. Una mujer que es un laberinto donde todas sus sombras cobran vida. Una mujer sola en una casa llena de recuerdos y de quien todo el mundo habla como si no existiera. Una mujer en una casa con puertas. Una mujer que existe, puesta de pie sobre su época, y que ha tenido el privilegio de convertirse en una mujer que no existe. Una mujer directa como una bala y esquiva como un pez. Una mujer enigma, una mujer espejo, una mujer con un látigo en una mano y una rosa en la otra.

           

                    

     Una mujer que ha dejado para la literatura del continente las páginas más limpias del castellano. Una mujer donde todos los abolengos de la patria se funden, pólvora y canto. Una mujer en su jardín. (...) Una mujer cuya voz es el silencio. En sus ojos desfilan los ojos del mundo. Aunque ella no lo quiera esta mujer no estará más sola, no va a morir.

           

     Impartió conferencias y clases dando especial preferencia a las mujeres latinoamericanas que brillan, como raras estrellas, en el firmamento literario: Gertrudis Gómez de Avellaneda, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral.

     De todas las grandes poetisas que ha dado América en este siglo, Dulce María Loynaz es tal vez la más difícil y la más profunda. De su novela Jardín, que tuvo mucho éxito en España, dijo Gabriela Mistral: «Leer Jardín ha sido el mejor repaso de idioma español que he hecho en mucho tiempo». En 1947 Juana de Ibarbourou expresó: «Dulce María Loynaz dejó en mí una impresión tan profunda, que prefiero no repetir la experiencia de un encuentro con la poetisa. Quiero guardar para siempre el recuerdo de aquella primera impresión. Ella ha dicho que me admira -¡cómo entenderlo, si quien lo dice es más grande que yo! Dulce María Loynaz es hoy, y de todo corazón lo creo, la primera mujer de América».

     En noviembre de 1992, recibía la acreditación del Premio Cervantes, y ante la apenas veintena de invitados dijo: «Todo lo que de agradable ha habido en mi vida, ha tenido que ver con España». Así resumía sus viajes a España, el hecho de que prácticamente toda su obra se publicara allá antes que en Cuba, en las décadas del 40 y el 50 y, sobre todo, expresaba el gran amor que profesó por el publicista canario Pablo Álvarez de Cañas, su segundo esposo, quien fuera a expirar en sus brazos, enfermo de muerte, tras su larga ausencia de Cuba, abandonada a raíz del triunfo de la Revolución.

     En 1993 viaja por última vez a España, en esta ocasión, a recibir de manos del Rey Juan Carlos I el Premio Miguel de Cervantes. Lúcida y ágil de mente, pero frágil y débil de vista, la primera mujer latinoamericana en recibir tan honorable premio no pudo leer su discurso, y lo hizo en su nombre el novelista cubano Lisandro Otero, quien permanecía a su lado. En el mismo expresaba:

                    

     Constituye para mí el más alto honor a que pudiera aspirar en lo que me queda de vida, el que hoy me confieren ustedes uniendo mi nombre de algún modo al del autor del libro inmortal (...) Unir el nombre de Cervantes al mío, de la manera que sea, es algo tan grande para mí que no sabría qué hacer para merecerlo, ni qué decir para expresarlo (...).

           

     El Rey Juan Carlos, en su discurso, durante la ceremonia expresó:

                    

     Este año (...) el Premio Cervantes viene a reconocer por segunda vez en su historia la aportación de las letras cubanas al torrente de la literatura de los pueblos hispanoamericanos... Profundamente unida a los destinos de Cuba, Dulce María Loynaz ha permanecido siempre vinculada a la cultura de su país (...) pero además de esas raíces tan cubanas, se ha sentido siempre unida a todo lo hispánico (...) Para nosotros constituye un auténtico privilegio acoger de nuevo y en ocasión tan especial, a quien por tantos motivos debemos un particular agradecimiento. Y no sólo porque fue en España donde publicó por primera vez algunos de sus más bellos libros, sino también porque nuestro país ha sido siempre una referencia evidente en su obra, en sus afectos y en sus recuerdos (...) Esta gran dama de América ha sido siempre la más generosa de las amigas (...).

           

     Su última aparición pública, que duró apenas unos minutos por su delicado estado de salud, fue en el mes de abril de 1997, exactamente el día 15, con motivo del homenaje que le rindiera la Embajada de España en el portal de su casa y unos días después fallece, en la madrugada del 27 del propio mes.

     El sol español, «abuelo desvaído del sol cubano» acarició el serio y suave espíritu de Dulce María Loynaz, a tal punto que en una de las crónicas que publicara el diario cubano El País (1947), firmada por su esposo y escrita por ella, nos dice: «España está ahí enfrente con su sol, con su idioma que va a sabernos a pulpa de fruta entre los labios, con sus misterios y su revelación». Y en carta escrita a su amiga Ofelia Rodríguez Acosta, expresa: «Si no ha ido a Segovia, no conoce Ud. a España todavía. Taciturno es Bilbao, con su cielo oscuro y su mar áspero; lánguida es Córdoba, musulmana, tendida junto al río; a naranjas dulces huele Valencia, inmensa huerta oreada por la brisa marina; se enciende y resquebraja la llanura castellana reseca, huesuda, oxidada de hierro, pero Segovia es todo esto y es humilde y callada. Segovia es uno de mis más puros recuerdos. Vaya a amarla por mí y diga en alta voz mi nombre en la soledad de la plazoleta de San Esteban. Dígalo allí donde duerme el eco de otra vida y también en la alameda de chopos que circunda al río. Reconózcame en una de esas monjas que lavan la ropa allá abajo, cantando, más nada quisiera ser, más nada que un canto sobre un río».



     REFERENCIAS:

Barbáchano, Carlos: Conferencia «Dulce María y España», Pinar del Río, Cuba, 1993.

González Castro, Vicente: Un encuentro con Dulce María Loynaz, ARTEX, Ciudad de La Habana, Cuba, 1995.

Hermanos Loynaz: Alas en la sombra, Diputación Provincial de Valladolid y Fundación Jorge Guillén, España, 1995.

Loynaz, Dulce María: Bestiarium. Editorial José Martí, Ciudad de La Habana, Cuba, 1993.

Martínez Malo, Aldo: Confesiones de Dulce María Loynaz, Ediciones Hnos. Loynaz, Pinar del Río, Cuba, 1993.

Revista Vitral: «Dulce María 'El que no ponga el alma de raíz se seca'», Pinar del Río, Cuba, 1997.

Simón, Pedro: Serie Valoración Múltiple, coedición Casa de las Américas y Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, Cuba, 1991.

Zancada, Ana María: «Mujer de agua, rosas y mieles», El Litoral, Santa Fe, Argentina, 1998.







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