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Su obra

El mal: La historia

     Prefigurar, soñar o desear su propia muerte: ésta es una de las experiencias más decisivas en la poesía de Ramos Sucre. La muerte como reconciliación: cada uno de sus libros concluye evocando su imagen. En el texto inicial de su obra, además, Ramos Sucre había escrito: «Yo quisiera estar entre vacías tinieblas porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos»; «el movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo». Se creería, pues, que estamos ante una poesía confinada a una suerte de ensimismamiento crepuscular. Ello es verdad, pero sólo una parte de la verdad. Las «vacías tinieblas»y el «fantástico asilo», de que habla Ramos Sucre, bien pueden ser igualmente la manera de establecer una perspectiva: ver, desde un rincón, el mundo; hacer posible, desde un espacio cerrado, un espacio abierto. La dialéctica entre estos dos términos es constante: si Ramos Sucre se cierra al mundo es para asirlo más profundamente a través de formas simbólicas.

     Así, las formas «congeladas» de la poesía de Ramos Sucre, los modos obsesivos y recurrentes de su imaginación, el gusto de sus personajes por la reclusión o por lo que se oculta, aun las continuas visiones de tu ruinas y paisajes desolados, suscitan un efecto contrario al estatismo; adquieren una dinámica a veces vertiginosa: nos arrojan a la intemperie del sentido (del yo, del mundo, de la historia, de la verdad).

     En uno de sus textos («Sobre la poesía elocuente»), Ramos Sucre distingue entre el poeta inactual, egoísta y el poeta de alcance profético, combativo. Aún cierta crítica tendería, por supuesto, a situar a Ramos Sucre dentro del primer tipo; es posible, sin embargo, que él se reconociese dentro del segundo y creo que con perfecta validez. Bastaría, para explicar esto, volver a la experiencia de la muerte. Omega la llama Ramos Sucre y es, por otra parte, el título del último poema de su obra. Hay dos movimientos en ese poema. Uno: «Cuando la muerte acuda finalmente a (su) ruego», el poeta invocará «un ser primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía de origen supremo». El otro: sus reliquias «responderán al magnetismo de una voz inquieta, proferida en el litoral desnudo». La muerte, por tanto, es omega y alfa: termina un ciclo y empieza otro; sella una voz, pero ésta responderá al magnetismo de otra en un «litoral desnudo», ¿La escritura que volverá a ser (re)escrita y sólo así podrá encontrar su (infinito) sentido? Poética de la muerte en Ramos Sucre, creo que ahora podrían aclararse los términos: se trata no de la obsesión (personal o no) sino de la lucidez de la muerte: lo que, justamente, hace posible el ciclo de la vida, haciendo del fin un principio. Hasta podría decirse simbólicamente, que Ramos Sucre escribe como si estuviera muerto. Los raptos visionarios de su escritura, su oscura irradiación, sus abstracciones que son más vivas que cualquier «realismo»; también esa serenidad que ninguna angustia logra perturbar o en la que toda angustia no hace sino aguzar la inteligencia con lo desconocido o lo sobrenatural para hacerlo destino: ¿no son los rasgos de un ser que estaba y, simultáneamente, no estaba en el tiempo?

     El trato con las sombras, con lo subterráneo como si fuese un trato con la vida misma es otra de las constantes en la obra de Ramos Sucre. En «La juventud del rapsoda» aparece no sólo «la flor enferma de Eurídice» sino también (aunque sin nombrarla) la imagen de Perséfone, en esa joven que disfrutaba del «privilegio de volver de entre los muertos, con el fin de asistir a las honras litúrgicas del vino» y luego desaparecía en el momento de evadir las «preguntas insinuantes» del rapsoda. En otro poema, el personaje es acostado en un ataúd por unos marinos, «habilitándolo para el sueño subterráneo», es decir, para las visiones. «No vi [dice] sino imágenes de espanto y de crueldad. Un pájaro se ensañaba con su hijo». Luego añade: «He roto sin darme cuenta la cifra de un pensamiento inexpresable, dibujada en la frente de un monolito». ¿Cuál sería esa cifra? El personaje descubre, finalmente, una lápida que «mostraba, a la minera de una señal, una figura humana terminada en el pico de un ave rapaz». ¿No es iluminador? Esas imágenes de espanto y de crueldad, ¿quién las hace posibles, si no el hombre mismo? Por ello la poética de la muerte en Ramos Sucre se interna en la historia: ¿la ya codificada, la real, la mítica, la imaginaria? Todo es historia, para él; a un tiempo, nada lo es. La historia es nuestra enajenación: la creemos real y resulta ficticia; la intuimos como ficción y se vuelve real. Toda figuración prefigura, y al revés. ¿No es esta continua inversión de términos lo que hace alucinatorio todo lo que vivimos, y por ello mismo la lucidez es un combate, no una simple consolación?

     En un poema titulado «Penitencial», Ramos Sucre evoca la figura de «un caballero de túnica de grana», que, después de una revelación, decide retirarse en el seno de una «religión adusta»; sus adversarios no le dan tregua, esparcen contra él rumores falaces y así lo «devuelven a la polémica del mundo»; luego el caballero muere -se supone que debido a esa polémica- «en la mañana de un día previsto», mientras las mujeres y los niños, lamentan su muerte, «censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la tierra para desviar los furores de la venganza». La dialéctica de este poema tiende a regir casi toda la obra de Ramos Sucre; la soledad como purificación y censura, el enfrentamiento con lo que se censura y, finalmente, la muerte sacrificial. Es la presencia de lo sagrado y de la violencia, experiencias tan unidas en la historia del hombre. Pero lo que importa subrayar, por ahora, es que «la polémica del mundo», en la obra de Ramos Sucre, empieza por ser una polémica con la historia. En efecto, Ramos Sucre fue uno de los poetas que, en la Venezuela de su tiempo, tuvo una visión (im)personalmente crítica de la historia: mecanismo devorador que «no sirve sino para aumentar el odio entre los hombres», decía en «Granizada». Agregaba: «Hay que desechar la historia, usar con ella el gesto de la criada que, al amanecer de cualquier día, despide con la escoba el cadáver de un murciélago, sabandija negra, sucia y mal agorera».

     Repudio y aun desdén: Ramos Sucre, sin embargo, no se evade de la historia; por el contrario, supo interrogarla con prolijidad. En sus poemas reviven las edades más remotas (incluso primitivas) o modernas; gestas fundadoras o bárbaras; héroes, ascetas, rapsodas, fugitivos de la venganza, seres sanguinarios; tradiciones culturales clásicas o heréticas; refinamiento, crueldad, rustiquez. Desde esta perspectiva, su obra podría funcionar -¿en tono mayor o menor, qué importa?- como una gran metáfora antropológica: una poesía de las civilizaciones. En esa metáfora no faltó el componente americano. Lo que es más significativo de lo que podría pensarse. Mientras otros poetas (y no sólo de Venezuela) hablaban en nombre de un vago telurismo y aun pretendían borrar la historia americana disfrazándose de indígenas ideales, meramente literarios, ya Ramos Sucre se dedicaba a escribir, en 1923, un admirable texto sobre Humboldt y sus Viajes a las regiones equinocciales del nuevo continente.

     Pieza marginada en la producción de Ramos Sucre (¿algo adventicio en ella, una suerte de híbrido entre reseña y ensayo?), ese texto se nos impone hoy por la riqueza de su escritura; diría más: por la novedad de su técnica. Ramos Sucre no reseña; narra, adopta el tono del cronista, sólo que se trata de una crónica que habla no a partir de lo visto sino de lo leído, pero haciendo de esa lectura una mirada más de la realidad. Emplea continuamente el presente narrativo, casi siempre eludiendo el sujeto de la oración (Humboldt) como si quisiera despersonalizarlo; crea un ritmo de secuencias vertiginoso; acumula y sintetiza a un tiempo, logrando una densidad viva o una vivacidad densa; sabe, igualmente, desplegar los poderes del lenguaje: arcaísmos juntamente con neologismos, vocablos con variadas acepciones que llegan con la etimología y la metáfora, minuciosa recreación lingüística de una época, así como un vasto registro de nombres que hacen de la precisión algo más que una nomenclatura: la originalidad, el origen de la palabra. No se trataba, pues, de sacarle partido al texto de Humboldt; había que practicar un verdadero doblaje verbal de su visión. ¿No era el asombro, el goce del rigor y la inocencia, la curiosidad por parte del científico del siglo XVIII, lo dominante en esa visión? Ramos Sucre busca entonces equipararla a través del juego insólito de un lenguaje metafórico: «la sonsaca de un elogio manuscrito», «la disoluta abundancia de las aguas», «la vegetación desapoderada y sin término de la fábula y del cuento», «los mapas desleales de regiones desérticas», «el averío bullicioso de los reos». ¿No era América, para Humboldt, una suerte de nuevo paraíso, la prodigalidad de lo natural contra la monotonía de la historia? El juego verbal cambia: Ramos Sucre recurre esta vez a todo un sistema de metáforas vegetales: «el verdoyo de los siglos medios», «enmalezó los nuevos planteles de la raza», «un derecho procesal absolvedor de la instancia, tupido de excepciones y recursos». Para quien sepa leer bien: la exuberancia de un universo no dicha, no simplemente designada o enumerada, sino dada en la inmediatez misma del lenguaje. Así era como Ramos Sucre sabía traducir: a partir de un mismo texto producir otro; a partir de un mismo sentido crear un nuevo lenguaje y, en consecuencia, metamorfosear ese sentido inicial, hacerlo una vez más presencia. ¿No es justamente lo que harán después algunos novelistas hispanoamericanos cuando incorporan, en sus obras, crónicas del pasado? ¿No estaba ya Ramos Sucre introduciendo el bricolage en la escritura?

     Es posible que nos estemos aventurando demasiado en el valor del texto de Ramos Sucre. Digamos, finalmente, esto: en Sobre las huellas de Humboldt, logró formular, porque ya lo había practicado de alguna manera, la clave de su sistema metafórico: las grandes correspondencias culturales. Por ello, desde el comienzo, al elogiar a Humboldt, dice:

                  

pertenece a la Alemania indulgente y enciclopédica de entonces. A cada paso adorna sus escritos con la referencia del literato y del artista. Un sitio del litoral venezolano le rememora el paisaje donde Leonardo coloca a la persona de La Gioconda, y tal escena del mercado de esclavos de Cumaná le recuerda el modo de evaluarse los cautivos en el Trato de Argel, el drama vigoroso, aunque descosido e inorgánico de Cervantes.

         

     Lo cual implicaba, además, para Ramos Sucre, algo muy decisivo: el rechazo de «la especialidad reclusa y miope, tan zaherida de Eça de Queiroz», y el de la sociología, «esa interpretación determinista de la vida».

     Ya en 1923, Ramos Sucre concebía la sociología como una forma de determinismo. Ello, por supuesto, coincide con múltiples rasgos de su propia obra, pero contiene, sobre todo, una alusión más concreta e importante. En la mente de Ramos Sucre, ¿no estarían cruzándose sociología y positivismo? ¿No constituía este último la filosofía reinante en la Venezuela de su época, que pretendía hacer del dictador el único héroe que necesitábamos y merecíamos? En sus primeros textos desfilan los héroes de la épica nacional, incluso la de una figura tan controversial como Ezequiel Zamora. Lo admirable, sin embargo, es el modo como Ramos Sucre exalta al héroe: no la prepotencia del instinto, sino la intrepidez del carácter: «una artística manera de morir», y de vivir, para decirlo con sus propias palabras e intenciones. A este «sino orden de ideas pertenece su reconocimiento del siglo XVIII como una suerte de paradigma: el siglo en el que el hombre se siente ciudadano del mundo y, ajeno al mezquino patriotismo, simpatiza con «el esfuerzo generoso de la Revolución»; el siglo, en fin, en que una inteligencia universal busca imponerse sobre lo meramente particular. Como contrapartida, no faltan sus críticas a las guerras modernas, engendradas por los imperialismos culpables»; sobre todo su impecable retrato del despotismo fanático y estéril de Felipe II. Las más diversas formas del despotismo y del oprobio, tan recurrentes en la obra de Ramos Sucre, ¿no serían también réplicas (cifradas) a sus circunstancias venezolanas?

     Afirmar, pues, que la historia fue solo un material de erudición para Ramos Sucre, resulta irrisorio. En uno de sus textos, no siempre bien comprendidos por la crítica, él mismo expone sus puntos de vista al respecto. Me refiero a «La aristocracia de los humanistas», en la que distingue la historia reducida «a un simple entretenimiento literario», «pasatiempo de humanistas», de la historia como ciencia. Parecería plausible que Ramos Sucre adhiriese a la primera perspectiva; lo contrario, sin embargo, es lo cierto. Por ello, dice: «La historia puede merecer el majestuoso nombre de ciencia, desde que ésta, despojada de lo absoluto y allanada a tarea más humilde, renuncia a explicar y antever y se reduce a describir». ¿No se trata, entonces, de una inconsecuencia con su poética del conocimiento, de la que hemos hablado anteriormente? No sólo no lo creo así; pienso, además, que Ramos Sucre, en este texto, lo que busca exponer es precisamente lo que lo separa del humanismo tradicional. Éste invoca la «carencia de objetividad» para justificar la historia como recreación pero, acota Ramos Sucre: «como si de opiniones personales no constara el tesoro de austeras disciplinas»; paradójicamente, sin embargo, esa recreación no sigue sino la autoridad de modelos prestigiosos: «grandiosa unidad del poema épico», «moral práctica para uso de los príncipes», personajes (que) son todos héroes, y hablan extraordinario lenguaje sobre un tablado trágico» (todo, además, «como para público de artistas»). ¿Cómo seguir profesando tal humanismo, cuya subjetividad está sometida a reglas de géneros (literarios, estéticos)? Contra ello reacciona la conciencia moderna de Ramos Sucre. Opone a lo primero, la descripción; a lo segundo, la ficción. Todo conocimiento es ficción, porque en ésta, sujeto y objeto se encuentran relacionados dialécticamente: constituye no un absoluto sino un saber relacionante. De igual modo, describir es mostrar haciendo ver la otra trama de la realidad: que lo que aparezca sea aparición. Es quizá lo que explica la actitud que adopta «el contemplativo» de uno de los primeros poemas de Ramos Sucre: ver el mundo desde una «disposición ecuánime», sin aceptar «sentimiento enfadoso ni impresión violenta». En otras palabras, describir desde esa serenidad extrema (que es también tensión extrema) colindante con lo alucinatorio y lo real. ¿No diría, luego, Albert Camus que la descripción es el único método posible en un mundo absurdo? Esto es lo que en la obra de Ramos Sucre hemos llamado la neutralidad: esa pasión que sabe ser lúcida, distante; pero siendo impecable, implacable.

     La indagación de Ramos Sucre -¿habría que advertirlo?- desborda lo histórico como tal: lo es también de la condición humana. En efecto, si Ramos Sucre describe minuciosamente la enajenación de la historia es porque ésta parece corresponder a la de la vida misma. Así pudo explorar de veras en el mal; quiero decir que no habló tan sólo de él, sino desde él. Gran parte de su obra es una interminable teoría de males; teoría en su doble significado (etimológico): tesis (reflexión)y desfile (escenificación): lo mental que es a un tiempo realidad, y viceversa. Los caudillos o mandarines cruentos que aparecen en sus poemas, los «verdugos metódicos», las hordas invasoras, los suplicios («más esmerados, más terribles») resultan como equivalencias de otras formas también recurrentes en sus poemas: la demencia y la enfermedad, plagas, regiones arrasadas, un bestiario tenebroso, figuras monstruosas (como el goetheano Empous, «una larva coja de pies de asno»). Con ese vasto catálogo del horror, en donde todo se vuelve destino, ¿qué buscaba Ramos Sucre sino darnos una imagen mítica del mal, una imagen que comprometiera tanto nuestro inconsciente colectivo como nuestra ética? Es por lo que ciertos procedimientos suyos -la hipérbole, el humor negro- no son un simple juego con lo macabro o «lo gótico»; más bien encarnan una suerte de objetividad del delirio. Y dentro de ese delirio, la culpabilidad: esa íntima y final conciencia de que el mal forma parte de nuestra propia naturaleza.

     ¿Cómo conjurar un mundo así constituido? Quizá la respuesta más radical -la primera- sea la de asumirlo en su ¿exacta? ¿justa? dimensión. Es la respuesta del «maldito» de uno de los poemas de Ramos Sucre: «Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir un mundo abandonado al mal». Aun sus confesiones son más inclementes e iracundas. Inclemencia: «Imagino constantemente la sensación del padecimiento físico, de la lesión orgánica». Iracundia: «Mi alma es desde entonces crítica y blasfema; vive en pie de guerra contra todos los poderes humanos y divinos»; «Detesto íntimamente a mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos». Adoptar la crueldad para oponerse al mal, refugiarse incluso en la misantropía para rescatar lo más humano: ¿no es justamente la actitud de Timón de Atenas, de cuyo símbolo se derivan el título y el sentido del libro a que pertenece el poema antes citado? Ramos Sucre, en verdad, es el artista airado que cree no en lo humano o inhumano sino en lo inexorable del arte. El sello del genio decía Proust es el sometimiento de la sensibilidad a la verdad, a la expresión; la fuerza del arte es superior a la piedad individual. El demonismo, aun como espíritu (auto)destructivo, que recorre parte de la obra de Ramos Sucre, más que una simple opción, es una simple réplica: el universo («abandonado al mal») traducido a esa obra, al mismo tiempo que cuestionado (contestado) por ella. Es también una experiencia catártica: la iracundia aniquiladora del «maldito», ¿no presupone o busca una generosidad? No importa que haya sido escrito antes, y lo preceda, pero creo que esa generosidad aparece como un paradigma en otro poema de Ramos Sucre: «Elogio de la soledad»: ¿Timón antes o después de la desilusión o de la lucidez (in)humana? Lo importante es que la generosidad en ese poema sigue siendo réplica: ¿qué otra cosa es la elocuencia solidaria de su hablante, sino también rebelión crítica? Dice:

                          

La indiferencia no mancilla mi vida solidaria; los dolores pasados y presentes me conmueven; me he sentido prisionero en las ergástulas; he vacilado con los ilotas ebrios para inspirar amor a la templanza; me sonrojo de afrentosas esclavitudes; me lastima la melancolía invencible de las razas vencidas. Los hombres cautivos de la barbarie musulmana, los judíos perseguidos en Rusia, los miserables hacinados en la noche como muertos en la ciudad del Támesis, son mis hermanos y los amo. Tomo el periódico, no como el rentista para tener noticias de su fortuna, sino para tener noticias de mi familia, que es toda la humanidad.

          

     Anverso y reverso de una sola medalla: un mismo lenguaje que se desdobla y asume tanto la acritud crítica como la comunión que no es menos crítica. Entre estos dos polos, que no son más que uno, se desarrolla e intensifica el yo profundo de Ramos Sucre. «La fatalidad había signado mi frente», dice el bardo de uno de sus poemas. Pero, como autor, ¿no hizo él de esa fatalidad una libertad?


[Extraído de Guillermo Sucre, «Ramos Sucre: la pasión de los orígenes», en José Antonio Ramos Sucre, Poética, compilación Katyna Henríquez Consalvi, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, pp. 9-38.]


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