Sin rozar apenas los aconteceres biográficos, la poesía de María Victoria Atencia teje un tupido entramado de símbolos, donde destaca el jardín cerrado que concreta la nostalgia de una naturaleza ubérrima. Entre la armonía clasicista y la quiebra romántica, sus alejandrinos dibujan una poética del desconocimiento de estirpe sanjuanista, que apunta a dos propensiones contrapuestas: la enajenación de sus velos corporales y el ensimismamiento en los hondones de la propia conciencia.