Consejos a un nieto imbécil
Rafael Azcona
Querido nieto: Acaba de decirme tu padre lo que hiciste el domingo: darle a un pobre los
cinco duros que tu mamá, a costa de algún fuerte sacrificio, pone a disposición tuya cada día
festivo para que quedes bien en las reuniones sociales a las que concurres. ¡Imbécil entre los
imbéciles! ¿Te parece bonito lo que hiciste?
La caridad es algo muy distinto a lo que tú pareces creer, pequeño mentecato. Debemos
socorrer a los pobres, sí, porque para eso están, pero no debemos corromperlos con unas dádivas
escandalosas. Al pobre hay que darle una peseta (antes eran diez céntimos, pero hay que tener
en cuenta que la vida ha subido), y eso, sólo en las épocas propicias, como por ejemplo son las
de los fríos y, preferentemente, la de Navidad. Darle a un pobre una peseta de cara al verano ya
es estúpido, pues el verano es una estación en la que el pobre puede vivir perfectamente con
cualquier cosa que se encuentre en la basura y con el sol que la Naturaleza le regala
generosamente. Dársela en Navidad es distinto, pues aparte de que hace frío y puede perecer
helado -lo que nunca nos perdonaríamos las personas caritativas-, también él tiene derecho a
celebrar tan hermosa fiesta con turrones y otras chucherías.
Y tú le has dado a un pobre cinco duros en pleno mes de junio. ¿No te da vergüenza ser tan
redomadamente botarate? ¿Qué quieres, idiota? ¿Que el pobre viva en la abundancia y se dé a
la molicie, transtornado así el orden social? O, ¿acaso pretendes que con ese pequeño capital
comience a especular y a hacer negocios?
Recapacita, absurdo joven: si ese pobre se da a la molicie caerá en la vorágine de los vicios;
si se lanza a la especulación y a la vida de los negocios dejará sin pan a alguna honrada familia
consagrada a esta actividad desde hace siglos, y la prole de esa familia no podrá terminar sus
estudios de bachillerato. En cualquiera de los dos casos tú serías el responsable.
Anda, anda, deficiente mental; dale al pobre su peseta en invierno, y preferentemente en
Navidad, y déjate de justificarte diciendo que le diste los cinco duros porque te inspiró mucha
compasión. Los pobres están acostumbrados a sus calamidades, y si los sacas de ellas
alegremente quedan estupefactos, enferman y quién sabe si hasta mueren de nostalgia por su
perdida miseria. Te besa tu abuelo, que como no te reformes te va a romper el alma con un
bastón.
(En sus colaboraciones literarias en La Codorniz, Rafael Azcona utilizó los seudónimos de
«Arrea», «Profesor Azconovan» y «Repelente»).