La Razón, 6 de noviembre de 1999
Hacia la vida con mayúsculas
Rafael Azcona. Estrafalario / 1
Alfaguara
338 páginas. 2.800 pesetas
Repite Azcona con insistencia, si es que esa palabra puede achacársele dado su carácter, que
en España el humor, lo que se dice humor, no existe, que lo nuestro es el esperpento. Y así, como
si tal cosa, se carga de un plumazo la tradición quevedesca, y lo que es más curioso aún, la
cervantina. Todo esto puede ser una gran broma a lo Azcona, suena a ello, pero creo que esconde
algo más. En realidad la vida es para él un girar con minúsculas, lo dice de manera parecida pero
mucho más bella Fabianito en Los muertos no se tocan, nene, lo que lo acercaría al uso
costumbrista de enfocar la realidad, un costumbrismo desenfocado de todas formas, casi de
rasgos expresionistas, exagerados, tremendamente piadosos.
De ahí que Rafael Azcona diga ser deudor del ejemplo de Valle-Inclán, en realidad nuestro
primer expresionista, y que sea a ese ejemplo al que se le otorguen orígenes ancestrales, como
si fuera consustancial al ser español, cuando en realidad esa tradición tiene pocos años. Esto sería
además un rasgo de su genio; el de hacer creer al lector que aquello que retrata es un español
intemporal, cuando está describiendo los rasgos miserables, y heroicos a su modo, de una
sociedad sumida en la pobreza de la posguerra y en la ignominia moral que crea la tiranía.
Sería complicado situar a Rafael Azcona entre los miembros de su generación, la del 50. Sería
complicado, y tonto además, después del prólogo que ha escrito Josefina Aldecoa a la
publicación de tres novelas de aquél bajo el título genérico de Estrafalario / 1, Los muertos no
se tocan, nene, El pisito y El cochecito, novelas que dieron lugar a los guiones de unas películas
que forman parte ya de la historia del cine. En él Josefina Aldecoa no se limita a colocar a
Azcona entre los otros miembros de su generación, los José Manuel Caballero Bonald, los
Femando Quiñones, los Ignacio Aldecoa, los García Hortelano y sus preocupaciones, sino que
realiza una detallada descripción de los pormenores de su obra desde los poemas que escribió en
la revista Codal de Logroño, hasta sus publicaciones en La Codorniz, su entrada en el mundo de
la literatura con la edición de El repelente niño Vicente, a las que siguieron obras tan
abrumadoras como El pisito, El cochecito, o narraciones como Pobre, paralítico y muerto, hasta
llegar a las espectaculares colaboraciones en el mundo del cine, donde Azcona consigue la gloria
y el deseado anonimato.
Aldecoa sitúa a Azcona en aquel Madrid de los 50 y hace de aquel ambiente su particular
elemento creador. Sin embargo, creo que nunca se insistirá bastante en la deuda que Rafael
Azcona, y no sólo él, tiene con la literatura italiana del momento. No es casual que Marco Ferreri
se encandilara cuando le dieron a conocer El pisito. De inmediato quiso filmar aquella narración.
Y es que la correspondencia entre la poética italiana que se llamó «neorrealista» con la
generación de los 50 española es esencial. En Azcona encontramos rasgos de humor de los
Jardiel Poncela, los Tono, los Mihura, pero es que existe una correspondencia entre ésos y los
italianos de los años veinte y treinta, maestros, por otro lado, de los Pratolini, Bassani, De Sica,
Visconti, de la inmediata posguerra.
Pero no exageremos las correspondencias. Porque si bien es verdad que Azcona se asemeja
a Zavattini en esa transfiguración de la miseria, uno de los rasgos esenciales de nuestro escritor,
no lo es menos que su particular genio es el que ha hecho que estas novelas formen parte ya de
nuestra historia. Es éste uno de los grandes rastros que deja el genio, el de que todos nos creamos,
hagamos nuestros sus grandes fingimientos. Creo que, en este sentido, todavía no sabemos
calibrar la deuda que tenemos contraída con Rafael Azcona.
J. A. JURISTO