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El autor

Biografía

Vida y obra del Duque de Rivas


Ángel Saavedra y Ramírez de Baquedano nació en Córdoba el 10 de marzo de 1791. Tanto su padre, marqués de Rivas de Saavedra, como su madre, procedían de linajes con abolengo ilustre1 , por lo que el joven segundón pronto comenzó a recibir distinciones como el nombramiento de Caballero de Justicia de la Orden de Malta a los seis meses de edad, el de capitán de caballería en el regimiento del Infante a los siete años, y el hábito de Santiago a los nueve. De niño tuvo una educación esmerada a cargo de eclesiásticos franceses, de aquellos refugiados en España huidos de la Revolución francesa.

La epidemia de fiebre amarilla que afligió Andalucía en 1800 llevó a la familia a Madrid; dos años más tarde, por muerte del padre, el primogénito Juan Remigio, heredaba el título de Duque de Rivas, y en febrero de aquel mismo 1802, Ángel ingresaba en el Real Seminario de Nobles donde permaneció cuatro años2 . Se incorporó después al ejército pero como el Pacto de Familia seguía en vigor, el regimiento del Infante hubo de marchar al norte de Europa, por lo que su madre le consiguió en agosto de 1806 una plaza en la Guardia de Corps, en la que su hermano mayor era ya capitán.

Poco después comenzaron las alteraciones políticas motivadas por la conspiración del príncipe de Asturias, el motín de Aranjuez y la consiguiente destitución de Godoy, que culminarían con las abdicaciones de Bayona y el alzamiento del 2 de mayo de 1808. Rotas las hostilidades, los dos hermanos se unieron a las fuerzas del general Gregorio de la Cuesta, en las cercanías de Salamanca. De aquel año son las poesías «En un campamento 1808», «A la declaración de España contra los franceses», «A la victoria de Bailén» y otras, recogidas luego en la primera edición de sus Poesías.

Desde entonces, Saavedra se bate en Uclés, en Talavera y en las cercanías de Ontígola, donde el 18 de noviembre de 1809, en un desastroso encuentro con los franceses, cae gravemente herido y es dado por muerto; restableciéndose en el hospital de Baza escribió el conocido romance «Con once heridas mortales». Convaleciente en su casa familiar de Córdoba la entrada de los franceses le obligó a huir a Málaga y de allí a Gibraltar y a Cádiz, que era entonces la única ciudad no sometida al enemigo. Allí vieron luz sus Poesías en 1814, y a fines del mismo año escribió también la tragedia Ataulfo, que fue prohibida por la censura, el 8 de Julio de 1816 se puso en escena Aliatar en Sevilla con gran éxito, y al año siguiente, Doña Blanca, estrenada el 28 de noviembre. Tanto por su estado de salud como por sus aptitudes literarias y pictóricas quedó encargado en el Estado Mayor de Blake del negociado de Topografía e Historia Militar. Era Teniente Coronel, tras la vuelta de Fernando VII, y ascendió en 1833 a Coronel de Caballería Ligera agregado al Estado Mayor de la plaza de Sevilla. En esta ciudad tuvo una tertulia de escritores de gustos clásicos como Vargas Ponce y Manuel María de Arjona.

El pronunciamiento de Riego en las Cabezas de San Juan en enero de 1820 dio comienzo a «los tres llamados años» de gobierno liberal en los que el poeta tuvo una destacada actuación política. En 1820 apareció la segunda edición de sus Poesías (1820), y entre 1818 y 1819 escribió El Duque de Aquitania y Malek Adel, representada la última en Barcelona, e impresas ambas en 1821.

En mayo de 1820, consiguió permiso del nuevo gobierno para viajar al extranjero y marchó a París en comisión de servicio, que aprovechó para conocer el mundo cultural de la capital del país vecino. Pero el viaje no duraría mucho; Saavedra había intimado en Córdoba con Antonio Alcalá Galiano, que influiría mucho sobre su ideología política y con quien mantuvo una estrecha amistad el resto de su vida. Galiano era un liberal exaltado, entonces Intendente en Córdoba, que animó a su amigo a presentarse diputado a Cortes por aquella provincia. Este salió elegido en diciembre de 1821 y, a partir de entonces, desarrolló una activa vida política y parlamentaria que duró hasta la entrada en España de los ejércitos de Angulema. Entretanto, Saavedra había estrenado en el Teatro de la Cruz el 17 de diciembre de 1822 la tragedia Lanuza, que se representó durante seis días y en la que la mayoría de la crítica contemporánea, recogida por Jorge Campos (1957, I, XXXII-XXXIV), coincidió en alabar el genio del autor y el espíritu patriótico de la obra.

Son de sobra conocidos los últimos tiempos del Trienio Constitucional, el traslado de la sede del gobierno a Cádiz con el rey, al que habían incapacitado las Cortes, la liberación de éste en Sevilla por los franceses el 1 de octubre de 1823, y la consiguiente desbandada de los liberales, entre ellos, Galiano y Saavedra, que llegaron a Gibraltar en una barca valenciana tres días después, camino de un exilio que duraría once años. Desde allí embarcó este último para Inglaterra en mayo de 1824 y durante la travesía, emocionado al escuchar unas canciones patrióticas, escribió a bordo una composición que fue publicada posteriormente, anónima, en El Español Constitucional de Londres («Oda. Imitación del salmo Super flumina», 1 de agosto de 1824). Y en las páginas de Ocios de españoles emigrados (Agosto de 1824) apareció «El desterrado», una poesía firmada por «A. de S.» que, según Vicente Llorens (1968:210), tuvo gran difusión. Aparte de esta actividad poética se sabe poco de la vida de Saavedra durante los meses que pasó en Londres. A finales de diciembre volvió a Gibraltar, a casarse por poderes con María de la Encarnación de Cueto, hermana del marqués de Valmar, y con ella marchó en Julio de 1825 a los Estados Pontificios donde no les permitieron residir por lo que buscaron refugio en Malta. Allí encontraron un clima ideal, excelente acogida y amigos como Sir John Hookham Frere, antiguo embajador de Inglaterra en España y gran conocedor de nuestra literatura.

En aquella isla permanecieron cinco años hasta que en la primavera de 1830 marcharon a la conservadora Francia de Charles X, cuyo gobierno obligó al poeta a residir en Orleans, donde dio clases de pintura para sobrevivir. La Revolución de Julio trajo un gobierno liberal que elevó al trono a Louis Philippe, y el poeta pudo regresar a París, donde se reunió de nuevo con Alcalá Galiano, a quien tuvo por vecino. Aunque seguía dedicado a la pintura su situación económica no mejoraba por lo que ambos amigos se trasladaron a Tours con sus familias. Y allí concluyó Saavedra El moro expósito, la primera versión de Don Álvaro, algunos Romances históricos y otras poesías.

Tras la muerte de Fernando VII y por estar comprendido en los decretos de amnistía dados por María Cristina, regresó a España tras su largo exilio. Unos meses después de su llegada falleció su hermano mayor Juan Remigio, al parecer, de una apoplejía, con lo que Ángel Saavedra se encontró así Duque de Rivas, Grande de España y miembro del Estamento de Próceres en las Cortes. El 9 de octubre de 1834 ingresó en la Real Academia Española, en el mismo año publicó El Moro expósito en París, en 1835 tuvo lugar el estreno de Don Álvaro y fue elegido presidente del nuevo Ateneo de Madrid. La vida había cambiado totalmente para el antiguo proscrito liberal, ahora Duque, admirado poeta y autor dramático. Vuelto a la vida política, formó parte del partido encabezado por Istúriz, que se mantuvo en la oposición a los sucesivos gobiernos de Martínez de la Rosa, del conde de Toreno y de Mendizábal. Cuando Istúriz subió al poder nombró a Rivas ministro del Interior de un gobierno formado por unos prohombres del Trienio que, paradójicamente, representaban ahora el moderantismo. El efímero gabinete cayó con la «sargentada» de La Granja, el 13 de agosto la reina firmó la disolución del ministerio y el restablecimiento de la Constitución del 12, Rivas tuvo que apelar de nuevo a la fuga y, a través de Portugal se refugió en Gibraltar. Allí permaneció hasta que la promulgación de la nueva Constitución de 1837, le permitió regresar a Cádiz, y de allí a Sevilla en agosto del año 37, donde vivió por algún tiempo, apartado de la política y dedicado a su familia y las letras.

Pero tras la caída de Espartero, fue nombrado alcalde de Madrid, formó parte del gobierno provisional y, como vicepresidente del Senado fue decidido partidario de declarar a la Reina mayor de edad. El gobierno de González Bravo le nombró ministro plenipotenciario ante el rey de las Dos Sicilias, al que presentó sus credenciales en Nápoles el 11 de marzo de 1844.

Sus relaciones con Fernando II fueron excelentes, y enamorado del clima de Nápoles y de sus gentes, permaneció allí seis años que fueron de los más felices y tranquilos de su vida. Y de los más fecundos, pues además de la obra de carácter histórico Sublevación de Nápoles capitaneada por Masaniello, escribió Viaje al Vesubio, Viaje a las ruinas de Pesto, la leyenda La azucena milagrosa y otras poesías. La agitación revolucionaria que sacudió Europa en 1848, dio comienzo en la península al movimiento que en pocos decenios conseguiría la Unificación italiana. La intransigencia del rey a conceder reformas dio lugar a sangrientos encuentros con los revolucionarios aunque los atinados consejos del embajador de España consiguieron algunas concesiones del rey. También el Papa hubo de huir de sus Estados, y Rivas gestionó el envío de una expedición española al mando del general Fernández de Córdoba. Recompensa de sus afortunadas gestiones fueron la cruz de la Orden de Pío X, ser condecorado por Fernando II y el nombramiento de embajador. Pero como el monarca napolitano proyectaba el matrimonio de la infanta Carolina con el conde de Montemolín, pretendiente carlista al trono de España, el Duque y el resto de la embajada española abandonaron Nápoles el 10 de Julio de 1850.

De vuelta ya en España, fue nombrado académico de la Real Academia de la Historia y mantuvo una activa vida intelectual de la que eran parte las tertulias literarias de su casa de Madrid, a las que asistía la gente de letras más destacada. También volvió a intervenir en la agitada política del momento pues tras el combate de Vicálvaro (30 de junio de 1854), el general Fernández de Córdoba le nombró presidente del nuevo ministerio; al amanecer del 18 de Julio juraron los nuevos ministros, pero a medida que avanzaba el día, iracundo el pueblo por el matiz conservador del gabinete, levantó barricadas y luchó en las calles hasta lograr que la reina llamara a Espartero a ocupar la Presidencia del Consejo de Ministros. La de Rivas había durado dos días, y éste tuvo que refugiarse en la embajada de Francia. En 1857 Narváez le nombró embajador en París y allí triunfaron de nuevo su simpatía y sus dotes de hombre de mundo pues además era amigo de Napoleón III y de la emperatriz Eugenia, pero a la vuelta de O’Donnell al poder, dimitió un año después de su nombramiento. Antes de marchar a Francia había sido elegido académico y director de la Real Academia de San Fernando, y después lo sería de la Española (1862), pero enfermo ya desde 1859, se fue extinguiendo lentamente, quedó imposibilitado en sus últimos tiempos y falleció en Madrid el 22 de junio de 1865. Muy pocos meses antes, el 11 de abril de aquel año, había muerto Alcalá Galiano.

Los datos biográficos muestran a Ángel Saavedra como soldado valeroso frente al invasor; por educación e inclinación propia fue partidario del trono, de la iglesia y de las instituciones vigentes. A ductilidad de carácter, inquietud juvenil y a su amistad con Galiano habrá que atribuir su liberalismo de primera hora que hizo de él uno de los prohombres del Trienio y, como consecuencia, un emigrado por mor de la libertad. Aunque su amistad con Galiano fue siempre entrañable, sus ideas experimentaran un cambio harto radical, visible ya en el retiro de Malta.

Por eso, al comenzar su vida política, ya padre de familia y duque, el romántico proscrito de antaño fue uno de los elementos conservadores que con más empeño defendió la integridad del trono. Formó parte de gabinetes tan impopulares que terminaron, uno, a manos de sargentos, y otros a las del pueblo sublevado; y por ello, su obra ofrece no pocas muestras de antipatía por la soldadesca y por las masas populares.

Como estadista le reprocharon su poca energía y escasa visión política, cualidades tan necesarias en la España de su tiempo, cuando el poder estaba repartido entre una reina que era manejable fácilmente y los nunca reconciliados intereses de liberales y moderados. Por el contrario, su actividad diplomática fue brillante y en ella hizo valer méritos personales nada comunes. Los biógrafos, en suma, han visto en Rivas al hombre sincero y caballeroso, de carácter franco y abierto, buen amigo, de singular sensibilidad artística, de palabra fácil, con sólidos principios de casta pero sin convicciones firmes, y tan impresionable que, al decir del marqués de Valmar, «los principios cobraban en su alma el carácter de sentimientos y no pocas veces de sensaciones» (1870:8).

*  *  *

Según Manuel Cañete, (1884:16) se considera el romance «En una yegua tordilla...», escrito durante su estancia en el Seminario de Nobles de Madrid, su primera obra poética conocida; acabada la Guerra de la Independencia, publicó en Cádiz un tomo de Poesías (1814), de las que formaba parte El paso honroso, un poema épico en octavas reales, fechado en 1812, que narraba la historia de Suero de Quiñones. En el prólogo escribía que «he procurado imitar la sencillez en el modo de decir y de presentar los pensamientos que ostentan nuestros poetas del siglo XVI, y aunque no me lisonjeo de haberlo conseguido, me contento solo con haberlo intentado».

Son obras cuya versificación y cuyos asuntos hallaron inspiración en los autores del Siglo de Oro y en los poetas neoclásicos en cuya lectura había formado Saavedra su gusto literario. Presentes están en ellas las bellas pastoras idealizadas y los temas del beatus ille y del menosprecio de corte y alabanza de aldea. Las poesías de carácter patriótico están inspiradas en sus experiencias personales y expresan el exaltado fervor propio de la poesía de aquellos años. La segunda edición de las Poesías, corregida y aumentada, que incluía una nueva versión de El paso honroso, vio luz en Madrid en 1820, y revela, según Jorge Campos, «una intención de superar o hacer olvidar la colección anterior», y en ellas ya hay elementos que pueden ser considerados de carácter prerromántico (1957, I:XXV-XVII).

En mayo de 1824 comienza el exilio que lleva al poeta de Gibraltar a Londres, luego a Malta y de allí a Francia, y en aquellos años descubrió el nuevo modo de sentir que dominaba en Europa. En Londres le esperaba Alcalá Galiano, inmejorable guía en aquel floreciente centro de romanticismo, y los poemas compuestos en el exilio, como «El desterrado» o «El faro de Malta», muestran ya la evolución de Saavedra hacia un estilo más personal y emotivo.

En Malta reanudó amistades con Sir John Hookham Frere, a quien había conocido en París en 1821. Mucho se ha discutido sobre cuál fue la influencia de éste sobre el pensamiento y la obra del futuro Duque de Rivas. Según el marqués de Valmar,

«Muchas veces me refirió el ilustre poeta la sorpresa que le causó oír de los labios de aquel antiguo diplomático inglés que los cantares rudos y espontáneos del pueblo, las rapsodias vulgares de la patria, los cuentos y las tradiciones que en forma inculta y desaliñada había escuchado en Córdoba, en las dulces horas de la infancia, contienen un fondo de poesía más sincera y más seductora que la de los más primorosos y acicalados poemas artificiales» (1870:524).

Según Pastor Díaz, Frere le dio a conocer a Shakespeare, a Byron y a Walter Scott, le reconcilió con la antigua literatura española y le animó a expresar sus emociones por escrito (1867:LXIII). Gabino Tejado pensaba que El paso honroso era el punto de partida de los gustos de su autor por la Edad Media (1845:220-225). Sin embargo, Valera opinaba que antes de la emigración ya tenía Rivas un amor por la Edad Media y el Siglo de Oro que le llevaron a componer romances y El paso honroso. En este caso, Frere habría sido guía y consejero, pero no iniciador, ya que Rivas había escrito esta obra a los veinte años (Valera, II, 1942:721, 727 y 733).

Es indudable que la composición de El paso honroso muestra un interés temprano por la historia nacional remota; no obstante, las palabras con que Rivas dedicó El moro a Frere son las del discípulo agradecido: «...Vd. me ha mostrado, y me ha puesto en este camino en el que he entrado, me temo, con más atrevimiento que éxito». Y más adelante,


Repito que temo no haber aprovechado sus beneficios como debía, al menos no tanto como yo habría deseado. Con todo, si mi gusto poético ha mejorado, ha sido gracias a V. Espero que esta mejora sea digna de su aprobación y de su aliento.

Enrique Piñeyro no aceptaba esta evolución y sostenía que la estancia en Malta motivó un cambio tan radical como para que solo en un año vieran la luz obras tan revolucionarias como El moro expósito, varios romances históricos y Don Álvaro. Frere y su biblioteca fueron capitales en la evolución, que comenzaría en 1825, cuando Rivas llegó a la isla, y daría sus primeros frutos cuatro años después cuando empezó a escribir El moro expósito. Y para Jorge Campos, «La orientadora influencia de su amigo caía en terreno doblemente abonado: por la propia formación y por los días de estancia en Londres. Frere no le abrió los ojos a un mundo nuevo, se limitó a ahondar una huella previamente trazada. Lo que éste comunicaría a Saavedra era su sentido de lo romántico, despertando lo que ya latía en él» (1957, I:XL).

Rivas fue un extraordinario poeta narrativo que halló su inspiración en la historia y en las tradiciones nacionales. A la vuelta del exilio publicó en París en 1834 dos volúmenes que contenían, además de El moro expósito, Florinda, varias poesías y cinco romances históricos. En El moro expósito desarrolló la leyenda de los Infantes de Lara con abundantes variaciones que incluyen episodios de su invención, digresiones y abundantes descripciones llenas de elementos costumbristas, de luz y color.

Quizá la mayor aportación de Rivas al romanticismo español sean sus bellos Romances históricos en los que evocó las glorias del pasado nacional, y en cuyo «Prólogo» hizo una apasionada defensa del romance como género literario y como expresión de la poesía narrativa castellana. Aunque el «Prólogo» está lleno de inexactitudes es de gran importancia por constituir una defensa del romance, tan desdeñado, salvo algunas excepciones, por los neoclásicos. Para el poeta, la popularidad y eufonía del romance le entregaron «al brazo seglar de los meros versificados y de los copleros vergonzantes» y de este modo se desacreditó. Pero los romances son «tan vigorosos en la expresión y en los sentimientos, que nos encanta su lectura; encontrándose en ellos nuestra verdadera poesía castiza, original y robusta» y por ello quiere «volverlo a su primer objeto y a su primitivo vigor y enérgica sencillez». La defensa de Rivas sirvió de ejemplo y estímulo a unos contemporáneos que iban descubriendo las grandes posibilidades que ofrecía el romance castellano a la nueva literatura3. Sus tres Leyendas, La azucena milagrosa, Maldonado y El aniversario son tres largos poemas narrativos polimétricos en los que los críticos hallaron más inspiración y belleza que en las poesías tempranas, y en ellas dominan los temas del patriotismo y de una religión de carácter popular y milagrero.

Desde la juventud sintió Saavedra una afición al teatro que duraría toda su vida y que inmortalizaría su nombre junto al de Don Álvaro. Muy de acuerdo con el espíritu de los tiempos, sus primeras obras fueron tragedias neoclásicas: Ataulfo (1814), Aliatar (1816), Doña Blanca de Castilla (1817), El duque de Aquitania (1817), y Malek Adhel (1818), basado en Matilde la novela de Madame Cottin. El 17 de diciembre de 1822 estrenó en el Teatro de la Cruz, Lanuza que, como El Duque de Aquitania, tomó por modelo las tragedias de Alfieri, tan popular entonces en España. Lanuza se representó seis días y la mayoría de la crítica contemporánea, según las reseñas en la prensa recogidas por Jorge Campos (1957, I, XXXII-XXXIV), fue muy alabada por el genio de su autor y su espíritu patriótico.

Esta última obra, y sobre todo Malek Adel y Arias Gonzalo (1827) preludian en ciertos aspectos el romanticismo de Don Álvaro, pues sus protagonistas persiguen un amor imposible y luchan en vano contra unas circunstancias adversas que acaban por vencerles. Y el 22 de marzo de 1835, y en el teatro del Príncipe, se estrenó Don Álvaro o la fuerza del sino.

Este había escrito antes una comedia, Tanto vales cuanto tienes (1828), y después de Don Álvaro, escribió varias otras inspiradas en las del Siglo de Oro como Solaces de un prisionero o tres noches de Madrid (1841), en la que hay elementos de la comedia de enredo, La morisca de Alajuar, del mismo año, El crisol de la lealtad (1842), y El parador de Bailén (1844), de carácter costumbrista. Mención aparte merece El desengaño de un sueño (1844), un drama de carácter alegórico-simbólico en cuatro actos, de puesta en escena tan complicada que no llegó a representarse.

Cuenta Alcalá Galiano que el argumento de Don Álvaro nació de las conversaciones mantenidas en Tours entre ambos amigos cuando buscaban argumentos para una obra teatral. Y allí nació la primera versión del drama, que fue escrita en prosa. Galiano se encargó de traducirlo al francés y de dárselo a Prósper Mérimee para que intentara hacerlo estrenar en el teatro de la Porte Saint-Martin de París, lo que el escritor francés no hizo. De vuelta ya en España, Rivas confesó al conde de Toreno haber quemado el manuscrito pero éste le animó a ponerlo en verso «porque debes tener el argumento en la cabeza y no sería malo». Rivas lo escribió en quince días y se lo dedicó a Alcalá Galiano «como memoria de otro tiempo menos feliz pero más tranquilo». Alborg cuenta detalladamente este proceso pues al publicar Mérimée su novela Les âmes du Purgatoire, que tenía bastantes elementos en común con Don Álvaro, se discutieron largamente las acusaciones contra su autor de haber plagiado a Mérimee y contra éste de haber plagiado a Rivas (IV:482-484).

El inminente estreno del drama provocó gran expectación en Madrid y, según la Revista Española. Mensagero de las Cortes, (15, 16 de marzo de 1835), «Las noticias que de esta composición tenemos, nos hacen desear con ansia el momento de verla representada y esperar con fundamento que tendrá el éxito más brillante. Si así sucede, dará el público la última prueba de que no solo en política sino también en literatura está por los progresos, y el nuevo triunfo del romanticismo, el triunfo decisivo que todavía no ha obtenido en nuestros teatros tan completamente como en otros de Europa, será la sentencia de muerte para cuatro antiguos criticones...» (Campos, 1957, I:XLIX). Y dos días después del estreno un artículo de La Revista Española» (25 de marzo de 1835), atribuido a Alcalá Galiano decía «Quien niegue o dude que estamos en revolución, que vaya al teatro del Príncipe y vea representar el drama de que ahora me toca dar cuenta a mis lectores». (Campos, 1957, I:LII).

Don Álvaro no era el primer drama romántico español estrenado en España. Se habían representado antes La conjuración de Venecia de Martínez de la Rosa y Macías de Larra, que fueron aceptados por el público y la crítica porque no eran obras de ruptura con el pasado. Pero Don Álvaro traía la nueva fórmula del Romanticismo y las disputas que provocó su estreno representaban la querella entre clásicos y románticos. Como escribe Ermanno Caldera, «Los artículos periodísticos que salieron a la luz a raíz de las primeras representaciones no fueron pues nada más que un aspecto de una polémica que debió ser viva y encarnizada», ocupando posiblemente mucha parte de las conversaciones en las concurridas tertulias madrileñas, hasta el punto de que como afirmaba La Abeja del 10 de abril de 1835, ‘por un momento ha hecho olvidar los intereses del día, y callar las cuestiones políticas’. Sin embargo, son harto suficientes para brindarnos una idea de las pasiones literarias que el Don Álvaro desencadenó, abriendo así el camino al pleno triunfo de la dramaturgia romántica (1995:22).

Don Álvaro se estrenó en el teatro del Príncipe el 22 de marzo de 1835, los primeros papeles estuvieron a cargo de Concepción Rodríguez, Julián Romea y Rita Luna y fue representado en Madrid once veces aquel año. El actor Rafael Calvo volvió a interesarse por el drama durante la Restauración y le representó con frecuencia; en 1917, su hijo Ricardo, repuso el drama con Matilde Moreno en el teatro Cervantes de Madrid, donde se mantuvo en cartel sesenta noches seguidas (Sánchez, 2002:34). Para Menéndez Pelayo, «es, a no dudarlo, el primero y más excelente de los dramas románticos, el más amplio en la concepción, y el más castizo y nacional en la forma. Inmenso como la vida humana, rompe los moldes comunes de nuestro teatro aun en la época de su mayor esplendor, y alcanza un desarrollo tan vasto como el que tiene el drama en manos de Shakespeare o de Schiller...» (1883). Aunque Azorín se mostró tan contrario a este drama en Rivas y Larra, hallaba en él «un hálito de grandeza, de honda y vibrante tragedia...», y Unamuno en De Fuerteventura a París (1925) dedicó a Rivas y a Don Álvaro un soneto muy elogioso. Aunque el drama de Rivas apenas se represente en estos tiempos los estudios críticos y la extraordinaria cantidad de ediciones publicados en las últimas décadas atestiguan su vitalidad.

Entre los estudiosos de nuestro tiempo, Walter T. Pattison considera que el sino de Don Álvaro no consiste en ninguna fuerza exterior y sobrenatural, sino en las circunstancias de su origen y en la forma con que él, y la sociedad que lo rodea reaccionan frente a ellas (1967:67 y ss). Los sucesos arbitrarios en la vida de Don Álvaro revelan «y en el drama simbolizan, lo absurda que es la ilusión de encontrar en el amor divino o en el humano, la clave de una interpretación armónica de la vida» (Cardwell cit. por Shaw, 1986:20).

Cardwell destaca la importancia del soliloquio de Don Álvaro en la escena IV del acto III en el que, llevado al escepticismo por los repetidos golpes de la adversidad, expone su concepto pesimista de la vida,


¡Qué carga tan insufrible
Es el ambiente vital
Para el mezquino mortal
Que nace en signo terrible!
¡Qué eternidad tan horrible
La breve vida! ¡Este mundo
Qué calabozo profundo
Para el hombre desdichado
A quien mira el cielo airado
Con su ceño furibundo!

Imagen ésta de la prisión que, como advierte Donald Shaw, aparece constamente en la literatura romántica europea para significar la vida de los humanos recluidos dentro de la cárcel de la existencia (1986:29-31). Y ese soliloquio escribe Alborg, revela a Don Álvaro como un hombre que habiendo querido actuar según las reglas convenidas, descubre que se le hace culpable de delitos que no ha cometido» (IV:499).

Para Cardwell, «la injusticia social no es sino una manifestación más de la injusticia cósmica ya que [...] la piedra angular del pensamiento antiliberal de la época lo constituía la idea de la santidad de las instituciones sociales [...] pues se basan, últimamente, en la voluntad divina». Víctima de la injusticia cósmica, Don Álvaro ejerce la única libertad que se le ha dejado, y se arroja, desesperado, al abismo, en busca del infierno [CD21]. Y Navas Ruiz confirma que aquella nota final de nihilismo y rebeldía separa Don Álvaro de toda la tradición literaria anterior y coloca a su héroe en un clima de abierto desafío a Dios y a la sociedad, hacienda de él el gran símbolo romántico» (cit. por Alborg, IV:502).

 

1.- Doy aquí una biografia abreviada pues de sobra conocidas son las de Cañete, Pastor Díaz, Boussagol y Jorge Campos.

2.- Respecto a su educación, véase José Simón Díaz, «El Duque de Rivas en el Seminario de Nobles de Madrid», Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, año I, tomo LIII, núm. 3 (1948), 645-652.

3.- Véase mi edición de los Romances históricos. Edición, introducción y notas de Salvador García Castañeda. Madrid: Cátedra, 1987.

Salvador García Castañeda


 
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