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Presentación

«Donde esté mi deber mayor, adentro o afuera, allí estaré yo»

Carta a Federico Henríquez y Carvajal, Montecristi 25-III-1895

«Si España quiere ser digna de su historia: si quiere conservar los restos de aquella gran familia que le dio la conquista, que le arrancó su tiranía, piense hondamente en su deber, repare las injusticias cometidas, sea menos avara de su libertad, extienda hoy la que acaba de conquistar, la que ha prometido, la que, so pena de indignidad, no puede negarse a aquellos pueblos».

Discurso en el Ateneo madrileño, 20-XII-1868

«Si no me engaño, ha sonado la hora de un movimiento general, y es necesario, o secundarlo, o producirlo, a fin: primero, de liberar a Santo Domingo e independizar a Cuba y Puerto Rico; segundo, de combatir la influencia anexionista; tercero, de propagar la idea de la Confederación de las Antillas».

Carta al general Gregorio Luperón, Santiago de Chile, 11-VI-1895.


¿Quién es y qué significa en la cultura puertorriqueña del siglo XIX Eugenio María de Hostos? Durante muchos años la crítica delineó los trazos de un personaje épico, pedagogo y político itinerante, infatigable impulsor de la independencia y confederación de las Antillas. Esa imagen se plasma en biografías, antologías y primeros estudios sobre el autor y su obra.

En cuanto a las biografías, Antonio S. Pedreira abrió el camino con su tesis doctoral titulada Hostos, ciudadano de América publicada en 1932. Al hilo de la conmemoración del centenario de su nacimiento y la publicación de las Obras Completas (La Habana, 1939), el dominicano Juan Bosch elabora y lanza su libro Hostos el sembrador, una biografía novelada escrita al calor de la admiración por quien trabajó y vivió en su tierra. Le seguirán otras de corte excesivamente hagiográfico. En este concierto de aclamaciones desentona Hostos según Hostos (1992), de Argimiro Ruano, descubridor y editor de La tela de araña (segunda novela hostosiana), empeñado en «humanizar» al héroe, a través de una concienzuda biografía en siete volúmenes. Todo ello ha generado una polémica y el previsible rechazo de sus fieles.

Al filo de su muerte se habían publicado en Santo Domingo las primeras antologías y recopilaciones de textos hostosianos impulsadas por su primogénito, Eugenio Carlos de Hostos, su primer editor: una Noticia biográfica (1904), la segunda edición de Moral Social (1904), un Tratado de Sociología (1904), el Derecho Constitucional (1908) y Meditando (1910). Eugenio Carlos dedicó toda su vida a restaurar la memoria paterna. Nacido en Santo Domingo (26 de agosto de 1879), se gradúa en 1896 en la universidad de Chile, en el 98 en la Academia militar chilena y en 1901 en la Escuela de Leyes de Santo Domingo, siguiendo la itinerante vida del prócer, su padre. En 1905 está en el regimiento de infantería armada Puerto Rico del ejército estadounidense, del que se retirará años después como teniente coronel. Entre 1913 y 1916 será ayuda de campo del gobernador puertorriqueño. No obstante, renunciará a su carrera jurídica y militar para ocuparse de los papeles paternos, dispersos en periódicos por varios países. Casado con Dña Josefa Adela Mac Cornick y Noble, se instaló en España, restaurando el castillo de Sotomayor (Pontevedra), propiedad de la familia. Perteneció a varias asociaciones y grupos culturales (American Heraldry Society, National Geographic Society, Ateneo de Puerto Rico y Pro Arte Musical, Sociedad Española de Amigos del Arte, Sociedad de Amigos del Paisaje...) y tiene en su haber varias condecoraciones: Gran Cruz de San Juan Bautista, Caballero de la Orden Militar de las Guerras Mundiales y Medalla de la Victoria. Apoyó la primera publicación de las Obras Completas hostosianas (La Habana 1939) recolectando 74 artículos de periódico de su padre, que constituirán España y América, publicado como volumen XXI de esa edición. Asimismo, preparó unos cuantos volúmenes de escritos de/sobre Hostos que aparecieron entre Paris y Madrid en los cincuenta: una recopilación de 22 ensayos bajo el rótulo Hostos hispanoamericanista (1952), la Antología del mismo año que reúne otros 44 estudios prologados por Pedro Henríquez Ureña; y Hostos, peregrino del ideal, 38 trabajos sobre el escritor (1954). Su labor se completa con la donación de diversos ejemplares a múltiples bibliotecas y será continuada por su nieta Gloria Alvear de Hostos, quien conseguirá resguardar ambos legados (el del prócer y su hijo) en la Biblioteca del Congreso (Washington), punto de referencia obligado hoy de los estudiosos hostosianos.

El cuarto de sus hijos, Adolfo de Hostos, elabora en el 38 una Bibliografía hostosiana, que ampliada y corregida se incluyó en su antología América y Hostos (1939). A él se debe el Índice hemero-bibliográfico de Eugenio María de Hostos, 1863-1940, libro de consulta inevitable todavía hoy. Y de su legado arranca el fondo Hostos que hoy conserva la Biblioteca Nacional de Puerto Rico.

En los ochenta se crea el Instituto de Estudios Hostosianos en la Universidad de Puerto Rico (recinto de Río Piedras), que se empeña en una nueva edición de Obras completas, de las que han aparecido once volúmenes. El Primer Encuentro Internacional sobre el Pensamiento de Eugenio María de Hostos (San Juan de Puerto Rico, 2-7 abril 1989) cuyas actas fueron publicadas bajo el título Hostos: sentido y proyección de su obra en América (1995), así como las antologías de los ochenta en adelante completan y actualizan la bibliografía: Los rostros del camino (1995), coordinada por Julio César López quien ya había publicado una Obra literaria selecta en el 88; las Visiones sobre Hostos, de Maldonado Denís del mismo año; los Textos, Una antología general, que José Luis González publicó en la UNAM de México en el 82 acercan al lector parte del corpus del autor puertorriqueño.

En los últimos veinte años, las investigaciones han sido más selectivas: la filosofía (Rojas Osorio), la sociología (J.L. Méndez), la historia de las ideas (Arpini), la geografía (Pérez Morales), la bioética (Santos y Vargas), la literatura (Álvarez, Córdova Iturregui, Caballero)... son otras tantas facetas del educador y hombre público que entregó su vida a un ideal, haciendo realidad las palabras de su álter ego de juventud, protagonista del «Monólogo de un sediento», breve relato publicado en un periódico madrileño durante su estancia en la capital (1863-1868): «Sitio!: tengo sed de la ventura de los hombres; tengo sed de que brille la verdad; tengo sed de que reine la justicia; sed devoradora, sed inapagable de que el bien y la virtud eleven el espíritu humano hasta el divino; sed que no ha calmado esa vida preciosa que se extingue. Hermanos míos, recogeos un momento y meditad. La sed del Salvador es la suprema aspiración a Dios».


 
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