Tras sus inicios vanguardistas, José Luis Hidalgo orientó pronto su poesía hacia los dos temas que vertebran, en clave existencial, la obra de su joven madurez: la muerte y Dios. Su último libro, que su precocísimo fin le impidió ver impreso, fue concebido como un homenaje a los muertos de la Guerra Civil, pero desborda la intención originaria del autor e incluso su condición de profecía respecto a su propia muerte, y hoy se lee, más allá de interpretaciones contingentes, como un impresionante y lapidario canto funeral.