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Presentación

Las palabras de Dámaso Alonso, que figuraron en la página inicial del Homenaje que colegas y antiguos discípulos dedicaron a Fernando Lázaro Carreter en 1983, han sido refrendadas unánimemente -y aun ampliadas, en referencia a ámbitos de actuación no previstos entonces- por cuantos, tras su fallecimiento, en abril de 2004, se han ocupado de evocar su figura y comentar su obra: la magnitud y trascendencia de su investigación en el ancho campo de la teoría lingüística y literaria; la honda huella de su magisterio desde la cátedra en las Universidades de Salamanca, Autónoma de Madrid y Complutense y su proyección en la enseñanza no universitaria a través de sus libros de texto; el decisivo empuje renovador en la actividad de la Academia durante la etapa en la que la dirigió, junto con el logro de la participación de las Academias hermanas en unos mismos esfuerzos en pro de la unidad de la lengua común; su capacidad, en fin, para suscitar el interés general por ahondar en el conocimiento de la propia lengua, propuesto como un ideal de enriquecimiento personal y, a la vez, como un deber ciudadano, y, sobre todo, conseguir la implicación de los medios de comunicación social en esa tarea individual y colectiva.

No es difícil entresacar, de entre lo mucho que se dijo y se escribió en aquellas fechas, algunas frases certeras que caracterizan o resumen lo más sobresaliente de la personalidad excepcional y la extraordinaria categoría humana e intelectual de Fernando Lázaro: “una de las inteligencias más poderosas que he conocido [...], una figura humana inmensamente rica y vigorosa, conversador deslumbrante, curioso enciclopédico, abierto a todos los aires” (Francisco Rico) [1]; “un intelectual dotado de una personalidad fuera de lo común, de una voluntad de trabajo extraordinaria y de un extraño don que le permitía acercarse a los problemas lingüísticos y literarios para encontrar en ellos el detalle, la perspectiva de lectura o los planteamientos teóricos que hasta su aproximación nadie había sido capaz de observar” (José Manuel Blecua Perdices) [2]; “uno de los nombres sin los que la filología española no se puede entender ni concebir. Gramático, lingüista, crítico literario y textual, teórico de la literatura y de la poética, su actividad docente e investigadora es tan profunda y amplia que apenas si se deja recorrer y resumir” (Jaime Siles) [3]; “un filólogo de primera categoría, un gran conocedor del idioma y autor de importantes estudios sobre la literatura española [...] También conoció muy bien la literatura catalana, sobre la que escribió con acierto y afecto” (Martín de Riquer)” [4]; “ejemplar único de la estirpe de los filólogos-lingüistas-críticos literarios” (Violeta Demonte) [5]; “uno de los últimos grandes de una estirpe que echamos ya de menos” (Joaquín Marco) [6]; “maestro indiscutible del Humanismo en su más amplio sentido” (Aurora Egido) [7]; “una figura irrepetible” (Gregorio Salvador) [8]; “grande entre los grandes” (José-Carlos Mainer) [9]; “maestro excepcional” (José A. Pascual) [10]; “en la personalidad, tan varia y compleja, de Fernando Lázaro Carreter, mucho había de único e irreemplazable, mucha fulguración, y, por supuesto, mucho dardo gozoso” (Pere Gimferrer) [11]; “en la formidable solidez de sus saberes se notaba la herencia de la gran tradición intelectual que fue desbaratada por la guerra, la de aquellos sabios que fueron también activistas de la instrucción pública, Ortega, Unamuno, Ramón y Cajal” (Antonio Muñoz Molina) [12].

Estas y otras manifestaciones similares hacen innecesaria cualquier otra presentación. No obstante, vale la pena reproducir -aunque sea parcialmente- la imagen más detenida que dibujaron dos de los que fueron sus más cercanos colaboradores durante años: Víctor García de la Concha, su sucesor en la dirección de la Academia, e Ignacio Bosque, discípulo primeramente y después académico también y responsable de la elaboración de la Gramática, una de las obras en cuya culminación había puesto Fernando Lázaro mayor empeño.

Del primero es el siguiente fragmento:

“Son pocos los privilegiados de ese arte de la palabra cuya hoja de servicios pueda, en los últimos tiempos, igualarse con la de Fernando Lázaro. Él ha desarrollado la suya en tres círculos concéntricos. En primer lugar, en la Universidad. Salamanca, primero; más tarde, la Autónoma y la Complutense. En su investigación que, con espíritu humanista, abarcó la teoría lingüística y la literaria, la gramática histórica y la sincrónica, la dialectología, la crítica textual y la historia literaria, ha sido Fernando Lázaro un filólogo atento a maridar la tradición de la escuela filológica hispánica con las aportaciones de los nuevos saberes. De ahí que con su magisterio abriera muchas vías a la innovación: basta recordar el modo en que alentó los estudios gramaticales generativistas.

Preocupado desde muy pronto por la educación del pueblo y consciente de que en la base de ella ha de estar la formación lingüística, se decidió a extender a los niveles de las enseñanzas medias la renovación pedagógica. Miles y miles de españoles han estudiado lengua y literatura guiados por los libros de Fernando Lázaro. Cuando se decidió a ser, como pedía Ortega, «aristócrata en la plazuela» con sus Dardos en la palabra, era el suyo un nombre familiar. No cito a Ortega por caso. Fernando Lázaro llegó a los periódicos animado por ese espíritu social que vengo subrayando. Hay quien juzga esta obra suya como menor. En ella hay, sin embargo, mucho más que amables tirones de oreja a quienes dan patadas al diccionario y a la gramática; sobre todo, si lo hacen con petulancia. En los Dardos hay, ante todo, una creación literaria de estampas de la vida española de hoy, en las que, a través del habla cotidiana, se perfilan las líneas de fuerza que van constituyendo una sociedad que iguala por lo bajo y desprecia cuanto ignora. Su reclamo va dirigido -no lo olvidemos- a los que tienen la responsabilidad y la posibilidad de enseñar con el ejemplo.

Era natural que en la trayectoria que vengo esbozando Fernando Lázaro terminara por centrar su trabajo en la Real Academia Española. Se entregó a ella desde que ingresó. Mil setecientas sesenta asistencias registra el Escalafón a fecha de treinta y uno de diciembre pasado. Y en todas ellas -lo prueban las Actas- ha sido desde el primer día un académico activo. Cientos de papeletas suyas archivan los ficheros lexicográficos y puede decirse que la mayor parte de las definiciones aprobadas en los últimos treinta años han recibido observaciones suyas.

Accedió a la dirección en 1992 con la conciencia de que había llegado el momento de adaptar la Academia a los reclamos de nuestro tiempo. En su Discurso de ingreso en la Corporación se había ocupado del gran Diccionario de Autoridades, que los académicos fundadores construyeron, con un esfuerzo y un talento admirables, en muy pocos años. Repasando ese Discurso se adivina al trasluz que Fernando Lázaro estaba mostrando a sus colegas el espejo en que la Academia debía mirarse. No había sido concebida como un club de notables, sino como un espacio de trabajo al servicio de la lengua. En el siglo pasado habían subrayado tal carácter don Ramón Menéndez Pidal y Dámaso Alonso mediante la incorporación de filólogos eminentes.

La penuria económica que la Academia padecía desde la guerra civil impidió llevar adelante proyectos fundamentales. Animado por el estímulo y la ayuda del Rey, patrono constitucional de la Academia, Fernando Lázaro promovió el nacimiento de la Fundación pro RAE y se esforzó, con una entrega que terminó por afectar a su salud, en conectar a la Academia con la sociedad. A partir de ahí llegó la renovación que la propia sociedad española reconoce y aplaude. Ha sido protagonizado por toda la Academia, que hizo suyo el proyecto de actualización, y el mero enunciado de los logros sería muy extenso.

El banco de los datos léxicos supera hoy los cuatrocientos millones de registros, que, además de documentar la historia del español, facilitan una información puntual riquísima acerca de la evolución del uso en todo el mundo hispanohablante. Sobre esa base se ha transformado el método de trabajo académico en los ámbitos del Diccionario, de la Gramática y de la Ortografía. Más de un millón de consultas mensuales recibe la página electrónica del Diccionario y la Academia se muestra, creo que legítimamente, orgullosa de su Departamento de Lingüística computacional. Está a punto de concluirse el «Libro de estilo» general que Fernando Lázaro soñaba y que en su desarrollo ha venido a convertirse en un Diccionario panhispánico de dudas. Y avanza a buen ritmo la redacción de la nueva Gramática de la lengua española, que por primera vez reflejará no solo el español peninsular, sino el de España y América.

Siete años de trabajo como Secretario de la Academia al lado de Fernando Lázaro Carreter me hacen testigo de excepción de lo que todo eso y otras muchas cosas deben a su entrega. Cuando la Academia me eligió para sucederle, manifestaba el propósito de continuidad de la obra. «Te quedan dos cosas por hacer -me dijo él entonces-: terminar los proyectos comenzados y, sobre todo, realizar la política de trabajo común con las Academias americanas, que yo no he podido hacer por mi imposibilidad de viajar». Coincidía esta última indicación con la voluntad del Rey. Desde entonces, como un académico más, continuó participando activamente en todas las tareas, alentando los nuevos esfuerzos y premiando con un reconocimiento público generoso los logros que, en definitiva, él había hecho posibles.

[...] En los momentos de desaliento, que nunca faltan, Fernando Lázaro gustaba de repetir lo que los académicos fundadores proclamaban solemnemente como motor de su entrega: «por servir al honor de la nación»” [13].

A Ignacio Bosque se deben los párrafos siguientes:

“No me resulta difícil destacar los dos rasgos que caracterizaron más claramente la personalidad de Fernando Lázaro Carreter: la curiosidad intelectual por todo lo que tuviera relación con el español en cualquiera de sus manifestaciones -artísticas o no- y su honda preocupación por la proyección educativa y social de la lengua en las aulas y en la sociedad. Otros filólogos de su generación ponían algunos límites a todas esas inquietudes. A Lázaro le interesaban todos los aspectos del idioma, y en los pocos casos en que no se permitió abordarlos directamente, impulsó a otros a que lo hicieran. Analizó muy diversas facetas de la historia de las ideas lingüísticas y de las literarias, estudió magistralmente la lengua de un gran número de escritores clásicos y modernos; abordó también los fundamentos de la poética, y escribió sobre métrica, morfología, sintaxis, semántica y lexicología, además de sobre la historia de la lexicografía académica, entre otros campos. Causa admiración el que se internara en tantos ámbitos lingüísticos y literarios con similar dominio de todos ellos, pero también el que lo hiciera con parecido entusiasmo. Por decirlo con las mismas palabras que él aplicara a Dámaso Alonso, «nunca se ocupó de un asunto que no le apasionara».

[...] Sus penetrantes estudios filológicos introdujeron puntos de vista nuevos en el análisis literario, especialmente en lo relativo al papel de la lengua artística, y muy particularmente al de los credos estéticos de los autores y a la ruptura o el mantenimiento de las tradiciones literarias por parte de cada uno. La proyección social de su legado está mucho más a la vista. Lázaro formó a varias generaciones de filólogos en las tres universidades que he mencionado [Salamanca, Autónoma de Madrid y Complutense], y hasta los menos ilustrados saben bien que a él se debe el arranque de la profunda renovación de la Real Academia Española. Bajo su mandato la Academia pasó de ser una corporación “hierática”, como él decía, a una institución moderna, viva y vinculada estrechamente con la sociedad y con la Universidad. Sus libros de texto permitieron iniciarse en el estudio de la lengua y la literatura a muchos miles de adolescentes. Sus artículos periodísticos llevaron igualmente a gran número de ciudadanos -aunque siempre menos de los que él hubiera deseado- a plantearse la propia lengua como materia de reflexión; a pensar, acaso por primera vez, que el idioma es el soporte en el que se sustentan las ideas, el material del que están hechas, y no el adorno que las recubre o el envoltorio en el que se empaquetan y se envían. Tras el buen humor y la ironía que destilaban sus dardos, yacía una profunda preocupación social que lo acompañó siempre: cuando se empobrece el lenguaje, decía, se empobrece el pensamiento; cuando se anulan los matices, se abotarga el intelecto, se pierde el placer por la lectura, por la reflexión y -lo que es más grave- por el simple ejercicio del pensamiento crítico.

Era Lázaro un filólogo de una enorme perspicacia, poco amigo de las simplificaciones excesivas y extraordinario perceptor de los estrechísimos vínculos que existen entre la forma y el sentido en todas las manifestaciones del idioma. Aúna así, su gran pasión intelectual fue, sin duda, la lengua literaria. Volvía una y otra vez en sus escritos al problema clásico de la inasible naturaleza de lo literario, el misterio del arte verbal, quizá la materia que más le apasionó a lo largo de toda su trayectoria intelectual. En sus escritos están vivas las preguntas más profundas: qué hace que un fragmento del idioma sea trivial o sea excelso; por qué nos sobrecoge un texto que no nos informa de nada; en qué medida existe o no un código de la lengua literaria distinto de la lengua común. Lázaro era un lector atento, y casi compulsivo si se trataba de los clásicos, pero debe resaltarse que la mayor parte de sus numerosísimos trabajos sobre la literatura no nos hablan de los avatares personales de los autores, y tampoco de su particular psicología. A Lázaro no le interesaba el hombre, sino el artista. Los textos literarios no se entienden sin hacer referencia a los autores; pero no tanto a sus vidas como a sus credos, a sus sistemas de valores estéticos.

[...] Lázaro solía decir que la etapa más feliz de su vida académica fue la salmantina, los veinte años en los que ocupó la cátedra de Gramática General y Crítica Literaria en la ciudad del Tormes. No lo fue solo porque su investigación, su docencia y sus afanes intelectuales iban todos de la mano en aquella época, sino también porque en ese período disfrutó de la amistad y el estímulo intelectual de un extraordinario grupo de profesores, entre los que estaban Michelena, Díaz y Díaz, Artola, Sánchez Ruipérez, Tovar y algunos otros. En esa etapa se desarrolló también su afición al teatro, que siguió cultivando cuando abandonó Salamanca, así como su preocupación por la didáctica de la lengua y la literatura, que tampoco lo abandonaría nunca. Tomó de algunos especialistas franceses la idea de que los alumnos deberían partir de los textos, no de las teorías sobre ellos, y desarrolló una serie de estrategias didácticas válidas tanto para la Enseñanza Media como para la Superior, que siguen vivas entre nosotros.

La relación entre enseñanza e investigación es estrechísima en la trayectoria de Lázaro. Cuando pasó de Salamanca a Madrid, apenas iniciada la década de los setenta, su cátedra pasó a ser la de Lengua Española. Explicaba, por tanto, cursos de Gramática, y también investigaba sobre esa misma disciplina porque siempre entendió que debía existir una estrecha relación entre la enseñanza y la investigación de un profesor universitario.

[...] Lázaro conocía muy bien el estructuralismo europeo y el norteamericano, este último muy poco estudiado por nuestros filólogos. A finales de los años sesenta ejerció como profesor invitado en la Universidad de Texas. A esa época pertenece su panorama de los estudios norteamericanos sobre la lengua literaria, y a ese período corresponde también su inmersión en la lingüística distribucional de aquellos años. En su estancia en los Estados Unidos recibió Lázaro las primeras noticias acerca de algunas direcciones formales postestructuralistas de la lingüística moderna que le parecieron prometedoras. Su natural curiosidad intelectual hizo el resto, y en su nueva cátedra de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid explicó durante seis o siete años un curso de Gramática Generativa aplicada al español. [...]

Al cambiar de nuevo la cátedra, y ocupar otra vez la de Gramática General y Crítica Literaria, ahora en la Universidad Complutense, volvió a tomar otro rumbo su investigación. Retornó a los clásicos, como en cierto modo era de esperar, pero también abordó monográficamente las cuestiones fundamentales de la Teoría Literaria, las preguntas esenciales y más profundas sobre el objeto de estudio que se plantea siempre el que practica cualquier disciplina cuando lleva tantos años analizando con meticulosidad y con apasionamiento innumerables casos particulares. Este es un paso importante en la trayectoria profesional de Lázaro. Hasta mediados de los años setenta, no escribe prácticamente estudios que no versen específicamente sobre un texto o un autor. Ahora se interesa por la manera en que la función poética de Jakobson ha de integrarse en las demás funciones del lenguaje. [...]

Pocos años después de abandonar la Universidad, Lázaro se hacía cargo de la dirección de la Real Academia Española, en la que iniciaba la formidable tarea de remozar sus estructuras y su funcionamiento. A lo largo de dos mandatos que sumaron siete años, Lázaro promovió la renovación de los estatutos, consiguió recursos, agilizó el trabajo diario, estrechó la relación con las Academias Americanas y contribuyó a que en esta institución se hiciera más patente el sentido del tiempo: los plazos, los ritmos, los equipos, los proyectos y las metas que caracterizan la vida de las empresas modernas adquirieron mayor presencia en la vida académica. Este proceso modernizador, que también conocieron otras instituciones, tuvo acaso mayor proyección en esta Casa porque se producía después de muchos años en los que los trabajos y los esfuerzos académicos -no precisamente menores- no eran percibidos verdaderamente por el conjunto de la sociedad.

Varios de los nuevos proyectos que la RAE espera culminar en breve plazo se iniciaron bajo su mandato. Con Lázaro entraron además en la Academia las nuevas tecnologías. Los dos corpus que dejó como herencia (CREA y CORDE) han crecido considerablemente a lo largo de estos años, y la página electrónica de la RAE aparece hoy en el ordenador de los hispanistas de todo el mundo entre las que ofrecen recursos más útiles. El propio Lázaro, para el que visitar las páginas había sido siempre escrutarlas, ojearlas, subrayarlas o diseccionarlas, se convertía en un navegador virtual en los nuevos mares del idioma, y tenía así la ocasión de comprobar personalmente que el marinero viejo boga mejor en barcos remozados.

[...] Lázaro había calificado la empresa de construir el Diccionario de Autoridades [14] como “una de las más esforzadas de las que puede ufanarse la cultura española”. Muchos de los que conocemos su legado pensamos que el alcance de su trayectoria personal e intelectual constituye también una de las mayores contribuciones a la sociedad y a la cultura que puede hacer un filólogo de cualquier especialidad. Estoy seguro de que con el paso de los años se destacará especialmente entre todas esas contribuciones la de haber transmitido a la sociedad entera la conciencia de que todos tenemos una responsabilidad ante el idioma. [...] A Lázaro le gustaba decir que el idioma es la piel del alma. No me cabe ninguna duda de que su mayor deseo habría sido contribuir a que los ciudadanos tomen conciencia de esa piel y lleguen a sentir que la lengua les pertenece. Si su herencia intelectual y su memoria contribuyen al desarrollo de ese sentimiento, si ayudan a que los hablantes vean el idioma como instrumento imprescindible para crecer intelectualmente y formarse como personas, será difícil encontrar durante muchos años a alguien que nos haya dejado un legado de mayor trascendencia”.

Un buen resumen final de esta Presentación es el retrato cabal que fijó en su habitual rincón periodístico Luis María Anson, quien, ya en la década de los años 70 y desde la dirección de la Agencia Efe, había propiciado -como es bien sabido- la confección de un Manual de Estilo para periodistas, el primero entre muchos que se elaborarían después y a los que sirvió de modelo (lo escribió Fernando Lázaro en 1978 y estaba destinado a los propios redactores de la Agencia), así como la creación de un gabinete de asesoramiento lingüístico, integrado por un reducido grupo de académicos y filólogos. Decía así:

“Era la Cultura. Era la pasión por la verdad. Era el permanente ejercicio intelectual. Era el escritor que hacía belleza por medio de la palabra. Era el enamorado de la Universidad verdadera, el catedrático de vocación. Era el debelador de la falsa Universidad en la que se perdió el sentido de la excelencia.

Era Fernando Lázaro el centinela del idioma. Era el crítico literario riguroso, ajeno a la cicatería de los mediocres y a la oquedad del periodismo envidioso. Era el filólogo renovador de la investigación lexicográfica, el profesor admirado por las nuevas generaciones, el difusor de la gramática generativa, el abanderado de la unidad del español. Era un sabio. Era el humor permanente, la alegre coña, la ironía sin hiel. Era el cachondo insomne, la palabra que zumba, la inteligencia que se pasea insolente y en cueros vivos. Era el denunciador de la palabra estevada, de la encorvada sintaxis que turba el idioma. Era el autor del primer Manual de Estilo para periodistas, el de la agencia Efe. Era premio Cavia. Era la erudición asombrosa sobre Quevedo, sobre Lope, sobre Góngora, sobre Cervantes, sobre San Juan, sobre Garcilaso y Fray Luis...

Era el académico que nos daba a todos en cada Comisión, en cada Pleno, una lección de sabiduría filológica, de precisión científica, de sentido común. Era el renovador de la Academia a la que convirtió en una empresa de vanguardia, robustecida por la informatización, en colaboración estrecha, sin imperios ni imposiciones, con los veintidós países que hablan español, el idioma convertido en el gran tesoro cultural de nuestra comunidad de naciones. Era un hombre que tenía defectos, claro, pero no seré yo el que se encargue de señalarlos.

Era Fernando Lázaro Carreter un conversador inagotable. Era el hombre pendiente siempre de la familia, de su mujer y compañera, de sus hijos, de sus nietos. Era amigo de sus amigos y yo sé que no tendré otro tan sincero, tan crítico, tan flexible para entender los errores, tan generoso en el elogio, tan cabal y con la mano siempre tendida. Era la moderación, el equilibrio, la independencia de juicio, el buen sentido, la mesura, la concordia, la conciliación”. [15]

Ramón Santiago Lacuesta

[1] “Fernando, querido Fernando”, El País, 5 de marzo de 2004, p. 42.

[2] “Los extraños dones de un filólogo”, La Razón [“Suplemento de libros y arte”], 5 de marzo de 2004, p. 47.

[3] “Sabio y brillante profesor”, La Razón [“Suplemento de libros y arte”], 5 de marzo de 2004, p. 48.

[4] Declaraciones a La Vanguardia, 5 de marzo de 2004, p. 44.

[5] “Cronista y científico de la lengua española”, La Razón [“Suplemento de libros y arte”], 5 de marzo de 2004, p. 51.

[6] “Acaba una estirpe”, La Razón [“Suplemento de libros y arte”], 5 de marzo de 2004, p. 48.

[7] “El honor de la Filología”, Heraldo de Aragón, 5 de marzo de 2004, p. VI.

[8] “Un filólogo con presencia”, ABC, 5 de marzo de 2004, p. 55.

[9] Declaraciones a Heraldo de Aragón, 5 de marzo, p. III.

[10] “La paciencia infinita del profesor”, La Razón [“Suplemento de libros y arte”], 5 de marzo de 2004, p. 53.

[11] “Imagen final de Lázaro Carreter”, El Mundo [“El Cultural”], 11 de marzo de 2004, p. 12.

[12] “Un retrato de cerca”, El País, 5 de marzo de 2004, p. 41.

[13] “¿Qué fue de tu árbol ágil, todo viento?”, ABC, 5 de marzo de 2004, p. 3 [“La Tercera”].

[14] “Fernando Lázaro Carreter (1923-2004)”, Boletín de la Real Academia Española, n.º 84, 2004, pp. 373-382.

[15] “El dardo de la muerte”, La Razón [“Canela fina”], 5 de marzo de 2004, p. 2.


 
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