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El autor

Vida y obra

Los sainetes de Ramón de la Cruz: un género nuevo

Ramón de la Cruz pintor del Madrid de la segunda mitad del siglo XVIII

La relación cada vez más estrecha que mantiene el sainete con la actualidad de la época es uno de los rasgos más significativos de la contribución de Ramón de la Cruz a la evolución del género. En sus obras, Cruz recreaba el entorno en que vivían entonces los madrileños y el mundo del sainete se identificaba con la vida cotidiana del público.

Así los espectadores podían ver los lugares más concurridos de Madrid -mercados, paseos o lugares de recreo- reproducidos en las tablas con la mayor fidelidad posible, según las indicaciones que figuran en las acotaciones. En La Plaza Mayor de Madrid por Navidad, por ejemplo, «descúbrese la Plaza en la conformidad prevenida»; en La botillería, «se descubre la botillería o café de la calle de la Cruz con la mayor propiedad»; en La pradera de San Isidro, «se descubre la vista de la ermita de San Isidro en el foro, sirviendo el tablado a la imitación propia de la pradera» y en El Rastro por la mañana, «Se verá la cruz del Rastro como va señalada».

Las reformas emprendidas por el conde de Aranda desde 1766 habían facilitado los progresos de la escenografía, y la renovación del material destinado a la decoración de las representaciones permitía ya desarrollar la puesta en escena de los intermedios: la sustitución de las antiguas cortinas laterales por bastidores y la fabricación de telones pintados, que se alzaban o bajaban para cambiar el decorado y permitían ensanchar o reducir el espacio escénico[1], ofrecían a Ramón de la Cruz la posibilidad de recrear de modo más convincente en sus sainetes el mundo real.

El sainetista elaboraba el decorado en unas acotaciones muy largas, con muchos detalles, que no sólo describen los objetos, sino que crean escenas mudas, sin diálogo, pero animadas, y a veces con muchos personajes, como en El Rastro por la mañana o La pradera de San Isidro, donde a cada uno le corresponde una actividad, creándose así un cuadro de costumbres con el que los espectadores podían identificarse. En La pradera de San Isidro, por ejemplo, «[...] estarán Espejo, Campano, Paquita y la Guerrera, de payas, merendando, con un burro en pelo al lado, y un chiquillo de teta sobre el albardón, que sirve de cuna, y le mece Espejo cuando finge que llora. [...] Al primer bastidor se sentará Niso, solo, sobre su capa, y sacará su cazuela, rábanos, cebolla grande, lechugas, etc., y hará su ensalada sin hablar [...]». Podrían aducirse muchos más ejemplos que muestran claramente que Ramón de la Cruz era, de alguna manera, un director de escena[2]. Siendo su objetivo recrear la realidad, recurría a veces a varios comparsas para que la ilusión se acercase más a las escenas de la vida cotidiana del público: en Las resultas de las ferias, «se previene que ínterin el diálogo de Merino, Eusebio y Espejo, han de cruzar arrimados al telón hombres y mujeres las veces que quieran, sin hablar», y en Las superfluidades, «Atraviesan de cuando en cuando algunas gentes, hombres de capa y mujeres de mantilla, por el foro, para mayor verosimilitud».

Buscaba Cruz su inspiración en la actualidad de la época, y algún suceso extraordinario podía proporcionarle el tema de un sainete. La burla urdida por unos gitanos en un pueblo de los alrededores de la Corte en El elefante fingido, representado en noviembre de 1773 por la compañía de Eusebio Ribera remitía a la exhibición de un elefante, un verdadero acontecimiento a juzgar por las medidas que tomó la policía; en efecto, dice así una orden del 21 de octubre de 1773 (recogida en el «libro de gobierno» de la Sala de Alcaldes de Madrid[3]): «desde mañana se presentará al Público en el Paseo del Prado desde las tres hasta las cinco de la tarde, y los días succesivos que permaneciese en Madrid, por la mañana desde las ocho hasta las diez, y por las tardes desde las tres a las cinco»; ordenaba además la presencia de un Alcalde de Corte con los ministros necesarios, y la de la tropa. La boda de Chinita («Saynete para la salida de la Giganta en la compañía de Eusebio Ribera») se refería a la llegada a Madrid en 1774 de una mujer gigante (italiana, muy probablemente): Cruz imagina una boda entre la giganta y Chinita, el gracioso de la compañía, y había de producir la pareja la hilaridad del público, porque Chinita era muy bajo de estatura.

Otros muchos sainetes se relacionan más o menos directamente con lo que ocurría en el momento de su estreno, y es lícito pensar que muchas de aquellas alusiones a lo vivido por los espectadores -que creaban además un clima de complicidad entre el sainetista y el público- pasan hoy totalmente desapercibidas. Tratándose de acontecimientos históricamente importantes, como el famoso motín de Esquilache (1766), resulta menos dificultoso para el lector de hoy identificarlas, con tal de que el texto que utilice sea una versión original, y en este caso, además, le lleva la ventaja al espectador del siglo XVIII que se perdía los pasajes cortados por la censura, como fue el caso en particular de El mal casado, representado en 1767. El careo de los majos y El picapedrero reflejan las tensiones sociales durante el mismo periodo, y otras circunstancias dieron lugar a Los alcaldes de Novés (la protección de la industria nacional), a El baile en máscara (organización por la autoridad de bailes de máscaras públicos en el teatro del Príncipe, y luego en el de los Caños del Peral, para evitar los desórdenes en la calle durante el carnaval); en varias ocasiones escribió Ramón de la Cruz obras de circunstancias que le encargaron oficialmente para algunas funciones de gala: para celebrar, por ejemplo, el nacimiento de los infantes gemelos y la victoria española contra Inglaterra en 1784, o con motivo de la coronación de Carlos IV en 1789.

Los sainetes inspirados por un suceso determinado, como es lógico, no volvían a representarse, pero por regla general, se reponían con frecuencia cuando habían gustado, y en la misma época del año si se referían muy concretamente a una manifestación anual: así El adorno del nacimiento y La Plaza Mayor de Madrid por Navidad se representaron siempre en diciembre, La pradera de San Isidro en mayo o primeros días de junio, El deseo de seguidillas en octubre (una vez a primeros de noviembre), en la época de las ferias de otoño.

Por otra parte, están llenos los sainetes de Cruz de detalles concretos sobre las costumbres, las casas con sus muebles y adornos, las comidas y bebidas, los trajes, que confieren a su obra un valor documental. Pero tampoco se trata de una visión meramente pintoresca del Madrid de entonces, sino que Ramón de la Cruz saca a las tablas la vida cotidiana con sus dificultades: problemas de convivencia entre varios grupos sociales, o de economía doméstica: «¡Por las nubes está todo! / Hombre veo que se deja / cien reales, y él solo puede / cenarse lo que lleva», dice Pegote en La Plaza Mayor, quejándose del alza de los precios en el mercado[4]; «¿No sabes que tu marido / y el mío son compañeros, / y con su jornal [cinco reales] apenas / para tres días tenemos / que comer, muy poco y malo?» le pregunta Mariana a Ignacia en El Rastro por la mañana. Se encuentran en muchos sainetes alusiones de este tipo, que facilitaban la identificación de los espectadores con lo que veían en el tablado, y con unos personajes que se les parecían, porque ejercían el mismo oficio o se dedicaban a los mismos pasatiempos, y tenían los mismos gustos y los mismos problemas que ellos, como en Las bellas vecinas, o La Petra y la Juana. Por otra parte, El fandango de candil y La comedia de Maravillas, El sarao y Las tertulias de Madrid, El refunfuñador y Las resultas de las ferias, etc., muestran también cómo se divertían los madrileños, cada uno en su casa o todos juntos. Y así pudo declarar D. Ramón en el prólogo a su Teatro...[5]:

«Los que han paseado el día de San Isidro su pradera; los que han visto el Rastro por la mañana, la Plaza Mayor de Madrid la víspera de Navidad, el Prado antiguo por la noche, y han velado en las de San Juan y de San Pedro; los que han asistido a los bailes de todas clases de gentes y destinos; los que visitan por ociosidad, por vicio o por ceremonia [...], cuantos han visto mis sainetes [...], digan si son copias o no de lo que ven sus ojos y de lo que oyen sus oídos; si los planes están o no arreglados al terreno que pisan; y si los cuadros no representan la historia de nuestro siglo».

 

[1] Así se explican algunas indicaciones que figuran en las acotaciones, como «salón corto», por ejemplo, en Las tertulias de Madrid. O: «Vanse, y cayendo otro telón de salón, que desfigure la primera escena, sale doña Tecla, de petimetra», en El petimetre.

[2] Que aún no existía como tal, por supuesto, en las compañías teatrales de la época.

[3] Archivo Histórico Nacional, Consejos, Sala de alcaldes: Libro de Gobierno 1773, fol. 918. Según Cotarelo y Mori (Sainetes de don Ramón de la Cruz, t. II, Madrid, Bailly-Baillière, 1915, p. 329 n. 1) llegaba a Madrid por primera vez un elefante vivo.

[4] Bien real, por cierto, durante aquel invierno terrible (1765) que había de desembocar en el motín de Esquilache.

[5] Tomo I, pp. LV-LVI del Teatro o Colección de los Saynetes y demás obras dramáticas de D. Ramón de la Cruz y Cano, entre los Arcades Larisio, Madrid, Imprenta Real, 1786-1791, 10 vols.

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