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Introducción

     La presente sección pretende ofrecer una imagen lo más objetiva posible del impacto internacional provocado por la muerte de Monseñor Romero y los terribles sucesos que tuvieron lugar durante sus exequias. Fundamentalmente acudimos a fuentes españolas, así como a significativas noticias del New York Times y L'Express, que pueden dar una idea del clima de reflexión política y social que se creó no sólo en torno de la figura de Monseñor, sino, en general, sobre el papel de la Iglesia en América Latina en unos años especialmente conflictivos.

     Esperamos, sin embargo, que informaciones aportadas desde los distintos países latinoamericanos permitan completar una página que sabemos claramente inconclusa. Por ello, si desea contribuir o añadir alguna información a esta sección, envíe documentación a:

                          Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes                             
(Biblioteca «Monseñor Romero»).
Universidad de Alicante. Apdo. de correos 99.
03080 San Vicente del Raspeig. Alicante (España)

o un correo electrónico a nuestra página.


El asesinato de monseñor Romero
(24 de marzo de 1980)

Funerales por la muerte de Monseñor Romero
(30 de marzo de 1980)

ABC
Diario 16
New York Times
El País
La Vanguardia

ABC
Diario 16
L'Express
New York Times
El País
La Vanguardia






El asesinato de monseñor Romero (24 de marzo de 1980)

ABC (España). Miércoles 26 de marzo de 1980

Asesinato al pie del altar

     Mientras celebraba el sacramento de la reconciliación, una bala asesina atravesó la casulla y el corazón de Óscar Arnulfo Romero. El único «delito» que se le conoce al arzobispo de San Salvador es explicar el Evangelio, hacer oír su voz desde el incómodo papel de profeta de la verdad, y eso es cosa que forzosamente atrae la violencia de quienes no aceptan más soluciones que las impuestas por ellos.



Tras el asesinato de monseñor Romero, terror y violencia en El Salvador

Oleada de atentados terroristas contra entidades oficiales en señal de protesta por la muerte del prelado salvadoreño

     Madrid. (De nuestra redacción). -Al menos veinticinco bombas, todas ellas de alta potencia, hicieron explosión de madrugada en señal de protesta por el asesinato del arzobispo monseñor Óscar Romero. El crimen, cometido en la capilla de un hospital, donde oficiaba monseñor Romero, ha llenado de consternación a toda Iberoamérica, donde el arzobispo asesinado era muy respetado por su activa labor en defensa de los derechos humanos.

     La mayoría de los artefactos hicieron explosión en bancos y en otros organismos gubernamentales. No causaron daños personales, pero sí materiales muy elevados.

     Monseñor Romero fue asesinado el lunes de un disparo en el corazón cuando celebraba misa en la capilla del hospital para cancerosos La Divina Providencia, en la capital salvadoreña. El obispo murió frente al altar. Nuestro corresponsal en Nueva York, José María Carrascal, señala que, según versiones de los testigos, monseñor Romero fue asesinado por una sola persona en el momento mismo en que daba la comunión. Un individuo armado con una pistola, provista de silenciador, disparó contra él un solo tiro, acertándole en el mismo corazón. Mientras el asesino iniciaba su huida hacia la calle, alguien efectuó dos disparos para asustar a la gente, que se echó al suelo. Los asesinos huyeron sin problemas en un vehículo que esperaba a la puerta del hospital.

     Señala nuestro corresponsal que, aunque aún no ha sido esclarificada la autenticidad de los autores del atentado, se supone que pertenezcan a sectores ultra derechistas, a los que criticó duramente monseñor Romero en vida. El Gobierno ha declarado tres días de luto nacional en señal de duelo. Paralelamente, se ha decretado el «estado de alerta» para evitar brotes de violencia. Millares de salvadoreños se agrupaban en la mañana de ayer ante la basílica El Sagrado Corazón para rendir el último homenaje al prelado asesinado.

     Monseñor Romero fue asesinado un mes y dos días después de haber celebrado su tercer aniversario de la toma de posesión como arzobispo de la capital de El Salvador.

     Todas las instituciones educativas católicas y algunos colegios suspendieron ya, ayer mismo, todas las actividades en señal de luto. Los periódicos matutinos publicaban ayer esquelas mortuorias de la Junta de Gobierno, las Fuerzas Armadas y el Partido Democristiano, quien colabora con la Junta. Son muchos los observadores que temen que este asesinato empuje al país hacia una situación de caos incontenible que degenere en una guerra civil.

     En su última homilía, monseñor Romero hizo un emotivo llamamiento al Gobierno para que cesara lo que denominaba «represión contra el campesinado». «Las reformas no valdrán nada si están teñidas de sangre», señaló en su homilía.

     No obstante, monseñor Romero consideraba que si el actual equipo del Gobierno obtenía alguna participación de los grupos populares, que hasta ahora le han dado la espalda, todavía existía la posibilidad de llevar adelante el programa de reformas, lo que supondría una salida pacífica a la actual crisis.

     En todo el mundo se han producido reacciones de condena contra el brutal asesinato. El Papa ha repudiado el sacrílego crimen. El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) señaló, en un mensaje de condena que «la sangre de monseñor Romero derramada junto al altar, sea dramática llamada para que se deponga toda actitud de odio, violencia y venganza en El Salvador».

     Hasta el momento, no se ha señalado, oficialmente, la fecha ni la hora del entierro del prelado. Sectores del Gobierno temen que este acto sea utilizado por grupos de la oposición para desencadenar una nueva ola de violencia que conduzca al país a una situación de caos irreversible.

     Las Fuerzas Armadas han reiterado su decisión de cumplir las leyes al pie de la letra «para mantener el orden y la tranquilidad que el pueblo necesita».

     En su última entrevista, concedida a la agencia Efe, el arzobispo asesinado manifestó: «A mí me podrán matar, pero ya es imposible hacer callar la voz de la Justicia.»



Asesinato en la catedral

     Como un nuevo Tomás Becket, el arzobispo de San Salvador ha encontrado la muerte al pie del altar. Revestido con los ornamentos sacerdotales, y mientras celebraba el sacramento de la reconciliación, una bala asesina destrozó su corazón, un corazón cuyo delito era creer tercamente en la justicia, en el amor entre los hombres.

     Monseñor Óscar Romero estaba muy lejos de ser un «curita exaltado», muy lejos de ser un revolucionario de turno. Era, sencillamente, un hombre bueno, un obispo que había tomado radicalmente en serio su deber de pastorear -y, por tanto, defender- a sus fieles. Por carácter, por temperamento, era un hombre pacífico, amigo del diálogo, pero lúcido también ante la realidad de la violencia padecida por los oprimidos.

     Desde que, hace cuatro años, fue colocado al frente de la Iglesia salvadoreña había tomado el incómodo papel de profeta de la verdad y era la voz más libre, más sincera con que contaba el país. Era lógico que pronto le rodearan los odios. De uno y otro lado. Porque tal vez uno de sus mejores elogios sea el decir que, en principio, habrían podido matarle desde cualquiera de los dos extremos que hoy padece El Salvador, porque desde los dos extremos se le había amenazado, porque a unos y a otros decía la hiriente verdad.

     El mismo monseñor Romero contaba hace poco que él no hacía otra cosa que cumplir el mandato del Papa de «llamar a las injusticias por su nombre», aunque sabía muy bien que esto sólo podía hacerse a precio muy caro.

     «No me consideren un juez, ni un enemigo -decía en un sermón a los ricos del país-. Soy simplemente el pastor, el hermano, el amigo de este pueblo, un amigo que sabe de sus sufrimientos, de sus hambres, de sus angustias y, en nombre de esas voces, yo levanto mi voz para decir: no idolatren sus riquezas, no las salven de manera que dejen morir de hambre a los demás. Compartan, para que ustedes y todos sean felices.»

     Evangelio puro. Pero un evangelio que forzosamente iba a atraer hacia él la violencia de quienes no aceptan más soluciones que las impuestas por ellos. Un tiro en el corazón y ya tiene la Iglesia hispanoamericana un mártir más, y ya tienen los salvadoreños un defensor menos.

     ¿Morirá con él la voz de la justicia? Monseñor Romero había gritado hace muy pocos días -ante las amenazas que recibía, y que él no vacilaba en comentar públicamente- que «quería dejar constancia de que a la voz de la justicia nadie puede matarla».

     ¿O será, por el contrario, esta muerte la última chispa que levante una guerra civil que parecía inminente y que nadie deseaba menos que el propio arzobispo?

     Triste mundo y tristes países aquellos en los que los profetas no parecen tener más destino que el de la muerte o la mordaza. Triste tiempo aquel en el que la injusticia conduce a la exasperación, la exasperación es combatida con la violencia, esta violencia conduce a los exasperados a una violencia diversa y ya no queda a los amantes de la paz otro camino que el de gritar en medio de dos filas de ametralladoras para acabar muriendo sin que se sepa muy bien de dónde brotaron los disparos asesinos. Son -vengan de donde vengan- la semilla del odio.

     No es ésta ciertamente la primera sangre de un hombre de Iglesia derramada en Hispanoamérica. Desde que, en los años posteriores al Concilio, se produjo un mayor acercamiento del clero y las jerarquías iberoamericanas al pueblo del Continente son ya no pocos los sacerdotes sacrificados. Pero es ésta la muerte más llamativa, más impresionante. ¿Será la última?

     Eso hubiera querido ese hombre bueno que era monseñor Óscar Romero. No hace aún muchos días -el 2 de febrero-, cuando fue honrado por la Universidad de Lovaina con el doctorado honoris causa por su defensa de los derechos humanos, monseñor Romero dijo que iba a recibir esa condecoración en nombre de toda la comunidad. Porque la bala que atravesó su casulla y su corazón de sacerdote estaba hiriendo toda la causa de la justicia en Hispanoamérica.



La muerte del arzobispo Romero: el Papa, «traspasado de dolor ante el sacrílego asesinato»

La Iglesia salvadoreña, inmersa en la grave situación social y política del país

     Ciudad del Vaticano, 25. (De nuestro corresponsal.) -La reacción del Papa ante el asesinato del arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar A. Romero, queda reflejada en las palabras del largo telegrama que Juan Pablo II ha enviado esta mañana al presidente de la Conferencia Episcopal Salvadoreña: «Al conocer con ánimo traspasado de dolor y aflicción la infausta noticia del sacrílego asesinato de monseñor Óscar A. Romero, cuyo servicio sacerdotal a la Iglesia ha quedado sellado con la inmolación de su vida mientras ofrecía la víctima eucarística, no puedo menos de expresar mi más profunda reprobación de pastor universal ante este crimen execrable que, además de flagelar de manera cruel la dignidad de la persona, hiere en lo más hondo la conciencia de comunión eclesial y de quienes abrigan sentimientos de fraternidad humana.» El Papa, cuando esta mañana ha recibido la noticia, se ha recogido en oración.

     Hace menos de un mes, Juan Pablo II había recibido en el Vaticano a monseñor Romero. El arzobispo de El Salvador había ilustrado al Papa la situación política de su país y la posición que frente a ella había adoptado como obispo. Una posición polémica que ahora, tras su asesinato, parece justificarse de sobra.

     La Iglesia salvadoreña se ha encontrado inmersa en la grave situación social y política por la que atraviesa el país. Inevitablemente, fuerzas de uno y otro signo han tratado de interpretar en clave política la actuación de inspiración moral y ética de la jerarquía salvadoreña. El Gobierno del general Romero había roto cualquier relación formal con el arzobispo de San Salvador después del asesinato, en 1977, del sacerdote Rutilio Grande, párroco de Aguilares. Desde entonces, otros cinco sacerdotes han sido asesinados.

     En estas situaciones de crisis profundas, el lenguaje de la jerarquía eclesiástica ha de depender de los acontecimientos. Los principios morales se refieren a situaciones tremendamente concretas y absolutamente dramáticas. Los extremistas interpretan estas tomas de posición como respaldos de sus actuaciones o como amenazas para los grupos que representan. La autoridad de la jerarquía se convierte en un objetivo a conquistar. No es por esto extraño que unos grupos hayan pretendido apropiarse de la figura del hoy asesinado monseñor Romero, mientras que otros pretendan lo mismo con el presidente de la Conferencia Episcopal Salvadoreña, monseñor Aparicio y Quintana, olvidando que este mismo prelado desconcertó hace unos años a la opinión pública internacional cuando declaró en Roma que «los caballos están mejor alimentados en El Salvador que los hombres». En la contradicción de esta crisis salvadoreña, monseñor Romero había sido etiquetado de «izquierdas», mientras monseñor Aparicio, con igual injusticia, era etiquetado de «derechas».

     Monseñor Romero denunciaba cada semana los crímenes cometidos en el país. De uno y otro signo. No dudaba en condenar el «falso mesianismo» de los que desde la izquierda política dedicaban todas sus fuerzas a la organización y a la acción política para «cambiar al hombre salvadoreño». Pero al mismo tiempo removía la conciencia del país recordando que «quien tiene una fe sin obras no puede esperar la salvación». -Joaquín NAVARRO VALLS.



La última entrevista

«Aunque me maten, nadie puede callar ya la voz de la Justicia»

     El arzobispo Óscar Arnulfo Romero, asesinado el lunes de un balazo en el corazón, en una iglesia de San Salvador, fue entrevistado en varias oportunidades por el corresponsal de Efe, quien lo conoció desde los días en que el prelado era capellán del colegio católico en donde él estudió. He aquí un resumen de la última entrevista de Espinoza Fernández con monseñor Romero.

     «El mal de todo es la injusticia social -dijo-. Los que no quieren cambios son los grandes malhechores -agregó, con un decidido énfasis en pro de la transformación de las estructuras socioeconómicas.»

     Al recordar esa parte de nuestra primera conversación con él como arzobispo, acoté algo que sucedió algunos días después, el día 12 de marzo de 1977.

     -Yo creo, monseñor, que la muerte del padre Grandes (acaecida en la fecha apuntada) fue decisiva para que usted tomara esta posición tan definida en pro de los pobres...

     -«En efecto, así fue. Yo siempre creí en la promoción social, de acuerdo con el Concilio Vaticano Segundo y el Congreso de Medellín, pero la muerte del jesuita Rutilio Grande fue definitiva.»

     En el curso de la conversación, el arzobispo dijo claramente que consideraba muy poco posible una salida pacífica la crisis de violencia política en El Salvador.

     -«Tengo una fe grande de que a los hombres los guía la racionalidad y que queda siempre un resto de buena voluntad para encontrar una salida pacífica -aclaró.»

     Su posición era definida en contra de la injusticia social. Por ello había recibido amenazas de la extrema derecha y de la ultra izquierda:

     -«A mí me pueden matar; pero que quede claro que la voz de la Justicia nadie la puede callar ya -señaló.»



Waldheim condena el asesinato

«Apelo a todos los implicados para que se aparten de la violencia»

     Naciones Unidas, 25. (Efe.) -El secretario general de la ONU expresó hoy estupor y dolor por el asesinato de monseñor Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de El Salvador. Califica el asesinato de monseñor Romero como parte «de la serie de recientes y muy deplorables incidentes terrorismo, con total desprecio, a los derechos fundamentales en distintas partes del mundo».

     «Condeno tales actos», afirma Waldheim en su declaración a través del portavoz, en la que agrega que «en las trágicas circunstancias actuales, apelo a todos los implicados para que se aparten de la violencia insensata y destructiva».

*[Noticia que ya aparece en La Vanguardia, pág. 19]



Washington: «Romero era un símbolo»

     Washington, 25. (Efe.) -El secretario de Estado norteamericano, Cyrus Vance, condenó hoy el asesinato del arzobispo de San Salvador, monseñor Romero, al que calificó como «un hombre que representó los principios básicos de compasión y preocupación por todos los ciudadanos de El Salvador». «Nos encontramos sorprendidos y entristecidos por este acto criminal deplorable», afirmó un comunicado entregado a la Prensa por el Departamento de Estado y firmado por Vance.



Sentido telegrama del cardenal Tarancón

     El cardenal Tarancón se ha dirigido al Episcopado de la República de El Salvador, con el siguiente telegrama: «Profundamente apenado por el asesinato de monseñor Romero, quiero expresar mi indignación por el hecho incalificable y por la manera sacrílega de realizarlo y mi condolencia al Episcopado y a toda la comunidad católica salvadoreña por esa irremediable pérdida.»

*[Noticia que se repite en La Vanguardia, pág. 19, aunque más completa y extensa en este periódico]



Amnistía Internacional: «Un mártir»

     Londres, 25. (Efe.) -Amnesty International ha afirmado hoy que el arzobispo católico Óscar Arnulfo Romero, asesinado en El Salvador anoche (madrugada de hoy en Europa), ha sido un mártir por la causa de los derechos humanos. La organización humanitaria, con sede en Londres, advirtió la semana pasada que el citado arzobispo recibió numerosas amenazas de muerte desde que el Gobierno comenzó, junto a fuerzas paralelas de la ultraderecha, una campaña política de asesinatos y secuestros contra la población campesina del país.

*[Noticia aparecida también en La Vanguardia, pág. 19, pero más desarrollada en este último]



Tres días de duelo nacional en Nicaragua

     Managua 25. (Efe.) -La Junta de Gobierno de Nicaragua ha decretado un duelo nacional de tres días por el asesinato del arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero.

     El decreto de duelo nacional fue leído por Violeta Chamorro, miembro de la Junta de Gobierno y viuda del periodista Pedro Joaquín Chamorro, asesinado en enero de 1978.

     Para hoy, martes, está programado un acto de masas en la plaza de la Revolución, como parte de las honras fúnebres que Nicaragua tributará a monseñor Romero.



La muerte del arzobispo Romero

A UN PASO DEL CAOS

     El asesinato del arzobispo Romero cubre de negros presagios el futuro de El Salvador, que ya aparecía bastante tenebroso últimamente. Los asesinos que irrumpieron en la capilla del hospital, «La Buena Providencia», no sólo han dejado sin voz al 90 por 100 de los salvadoreños, sino que han dado un nuevo empujón a esta pequeña república en su marcha hacia la guerra civil.

     En Nicaragua, la insurgencia sandinista no cobró verdadera importancia hasta el asesinato del periodista Joaquín Chamorro a manos de una organización ultraderechista. Los observadores señalan que en El Salvador podría ocurrir ahora lo mismo.

UNA PERSONALIDAD RESPETADA

     Sin duda alguna, monseñor Romero era una de las personalidades más respetadas de toda Iberoamérica. Su firme actitud en defensa de los derechos de los oprimidos y de denuncia de las injusticias de las clases dominantes le habían valido la nominación para el premio Nobel de la Paz y el odio de un pequeño, pero poderoso, grupúsculo de sus conciudadanos.

     Durante tres años, domingo a domingo, el arzobispo Romero ha fustigado, sin dudas ni reticencias, los abusos del Gobierno militar y el egoísmo de la alta burguesía salvadoreña. Sus homilías llegaron a convertirse en un elemento político de enorme magnitud. Eran retransmitidas por la mayoría de las cadenas de radio del país y analizadas al día siguiente en los diarios.

     Monseñor Romero saludó con optimismo el golpe de los coroneles, que derrocó en octubre la dictadura del general Romero (a quien no le unía ningún lazo familiar, por otra parte).

     Pero, poco a poco, todas las esperanzas depositadas en esta maniobra se vieron superadas por los acontecimientos. Los nuevos gobernantes, sin práctico control sobre los Cuerpos de Seguridad, no conseguían poner coto a la represión (setecientos muertos en lo que llevamos de año). Por otra parte, las tímidas reformas puestas en marcha hace unas semanas -nacionalización de la Banca y ocupación de algunos latifundios- no se habían repercutido favorablemente en las clases menos favorecidas.

EL USO DE LA VIOLENCIA

     Su desánimo ante el devenir de los acontecimientos le llevó a declarar hace poco al rotativo francés Le Monde: «No es la Iglesia quien debe decidir la hora de la insurrección. Pero es cierto que esta institución no podría condenar la violencia cuando se ha intentado infructuosamente todos los medios pacíficos de evolución hacia la justicia social.» Y concluía: «Los daños provocados por la insurrección serían menores que los que ahora padecemos.»

     El pasado domingo había estado particularmente duro en sus críticas al Gobierno. Recordó los ciento cincuenta muertos en el transcurso de la semana y llegó a insinuar que «la violencia legítima está cerca».

     Era, sin duda, un arrebato de pasión, encendido ante la larga serie de injusticias a las que nadie ponía coto. En conversaciones privadas, más tranquilo, censuraba sin embargo la «fanática y patológica violencia» de los grupúsculos armados de la extrema izquierda e insistía en que «la salida pacífica de la crisis está aún al alcance de nuestras manos».

     Ahora, tras su muerte, muchos lo dudan. Un miembro de la Junta de Gobierno ha llegado a señalar que «un hecho tan grave puede acabar con el país». Antes de que la bala asesina destrozara el corazón del arzobispo Romero, nadie apostaba por una evolución pacífica de los acontecimientos. La guerra civil se mascaba. Todo parece indicar que, a partir de ahora, los acontecimientos se precipiten.

     Es lógico pensar que los sectores de la izquierda intenten monopolizar en su favor el asesinato. Y que las amplias masas de trabajadores y campesinos quieran mostrar su malestar por la muerte de su gran valedor. Demasiados elementos disturbadores para que un Gobierno tan frágil como el actual pueda hacerles frente sin naufragar en el empeño. -José Alejandro VARA.




Diario 16 (España). 26 de marzo de 1980

Violencia en América Latina

El asesinato del arzobispo Romero puede ser la chispa de la guerra civil en El Salvador

     Al menos veinticinco bombas estallaron ayer en El Salvador. Miles de personas, desde la madrugada del martes, salieron a las calles con la esperanza de aproximarse al féretro del arzobispo, que será sepultado el próximo jueves día 27. Antes de morir, monseñor Romero pidió que perdonaran a los asesinos.

     San Salvador. -Patrullas militares en todas las calles, el estallido de bombas casi sin parar, corte de luz en el centro de la capital. Miles y miles de personas, con el dolor y la consternación reflejados en el rostro, que pugnaban por ingresar a la basílica de San Salvador, donde se levanta la capilla ardiente del arzobispo Romero. Éste es el ambiente que vivía ayer la capital del pequeño país centroamericano.

EL CRIMEN

     Eran las seis de la tarde y cuarenta minutos del lunes, hora de El Salvador -dos menos veinte de la madrugada de ayer martes en España- cuando monseñor Romero se desplomó mortalmente herido ante el altar de la capilla del hospital de la Divina Providencia.

     El prelado oficiaba en esos momentos una misa en memoria de la madre de un periodista, Jorge Pinto, director del periódico opositor El Independiente.

     Según las últimas versiones, cuatro desconocidos llegaron hasta el hospital de la Divina Providencia en un coche Volkswagen de color rojo. Se acercaron a la capilla y dispararon contra el arzobispo. Un disparo le atravesó el corazón, dejándolo mortalmente herido. Una religiosa que escuchaba la misa dijo que antes de morir, monseñor Romero pidió perdón para los asesinos.

ESTADO DE ALERTA

     Apenas difundida la noticia de la muerte del arzobispo, la Junta de Gobierno inició una prolongada reunión de urgencia, y declaró «el estado de alerta en todo el país».

     El día de ayer, martes, amaneció en San Salvador en un ambiente de desconcierto y terror generalizado. Al menos veinticinco bombas estallaron en diferentes edificios públicos y privados. Se dijo que por lo menos dos de las bombas han estallado en el Palacio Nacional.

     El centro de la ciudad quedó a oscuras a consecuencia de los atentados terroristas. Entre tanto, miles de personas se dirigían a pie o en toda clase de vehículos hacia el seminario San José de la Montaña, donde se había levantado la capilla ardiente. Más tarde, los restos del arzobispo fueron llevados a la basílica del Sagrado Corazón.

     El Gobierno declaró tres días de duelo nacional, y todos los colegios cerraron sus puertas.

     Por su parte, el izquierdista Bloque Popular Revolucionario convocó a un paro nacional de ocho días, y decretó duelo nacional también por ocho días.

     El clima imperante en la capital de este pequeño país centroamericano es de confusión y temor. Se recuerda que la muerte del periodista opositor, Pedro Joaquín Chamorro, fue el inicio de la lucha final que terminó en Nicaragua con la dictadura somocista. La muerte del arzobispo Romero, el crítico más destacado de la actual Junta de Gobierno, podría ser también la mecha que generara el conflicto armado definitivo de proporciones incalculables.

     Se repetían, además, de boca en boca, las palabras pronunciadas por el propio arzobispo Romero el día antes de su muerte: «No hay proyecto político que se sostenga, si no tiene un mínimo apoyo popular.»



La «otra Iglesia» de América Latina

Rafael Plaza(1)

     Óscar Arnulfo Romero, el arzobispo de San Salvador recién asesinado, había denunciado muy recientemente las «tres idolatrías» que, según él, estaban poniendo en un grave peligro a su país: la riqueza y la propiedad privada: «El deseo absoluto de tener más destruye la convivencia fraterna de los hijos de Dios»; la Seguridad Nacional: «Vivimos en una estructura de injusticia social que es la raíz de los demás males. La Seguridad Nacional transforma la fuerza armada en guardia de los intereses de la oligarquía», y la Organización: «Esa que persigue a muerte todo movimiento de oposición.»

     Éstas y otras denuncias más recientes y mucho más directas le han llevado a la muerte. Óscar Romero ha muerto como un profeta, aunque, en honor a la verdad, no se puede decir que la Iglesia de Latinoamérica esté muy surtida de profetas.

     Los mártires «de la Iglesia» hoy se pueden contar con los dedos de unas cuantas manos, y aunque la Iglesia se siente azotada por sus desapariciones, es, en el fondo, el pueblo el más herido, el más convulsionado.

     Los hombres de Iglesia que en los últimos años han ido cayendo en Latinoamérica (Romero ayer, el sábado en Bolivia Luis Espinal y antes Gaspar García Laviana, en Nicaragua, y otros dos obispos, Valencia Cano y Angelelli, en Argentina, y Rutilio Grande y otros seis curas, también en El Salvador, y los padres Aguilar y Escamillas en México, y los sacerdotes Guth y Hermógenes López en Guatemala, y el padre Bernié en Brasil, y los de Honduras, y los de Colombia, y los de Chile, Paraguay y Uruguay...) No han caído por defender unos dogmas católicos de alto coturno, ni una moral sacramental ortodoxa, ni una liturgia impecable, ni una predicación escatológica.

     Han muerto por algo mucho más sencillo, más cercano, más real, más vivo: el pueblo, el campesino, el pobre, el oprimido. Son, más que mártires «de la Iglesia católica, apostólica y romana», mártires del pueblo llano, que peca y pasa hambre por igual.

     Por eso se puede decir que en Latinoamérica -y esto con permiso de Fernando Sabater- hay, al menos, dos Iglesias, y quizá más. Una Iglesia conservadora, amiga de nunciaturas, diplomacias, abalorios, Ejército, poder, capital y patronos, y otra identificada totalmente con el pueblo, el pueblo latinoamericano sin tierras, sin trabajo, sin dignidad, sin seguros de nada, sin esperanza y sin sonrisa. Y es por este pueblo por el que han muerto ya tantos. No consta, todavía, ningún mártir por los otros.

     «No pisaré la Presidencia del Gobierno mientras no se esclarezcan las muertes de los 500 campesinos», había prometido monseñor Romero después de la masacre del 78. Cada vez se fue alejando más del poder -él, que era más bien conservador hasta que la muerte del padre Grande le convirtió definitivamente al pobre- y esto ha sido, probablemente, lo que le ha llevado a la muerte. Lo que va llevando a la muerte a muchos hombres y mujeres de la Iglesia latinoamericana, sin contar, claro, la de los campesinos y militantes jovencísimos de aquellas latitudes. ¡El poder! Hace muy pocos días monseñor Romero escribía una carta -que leería en la catedral de San Salvador- al propio presidente Carter, denunciando la injerencia de los Estados Unidos en la dictadura salvadoreña. ¡Qué casualidad! Menos de diez días después caería asesinado de un tiro en el corazón. El domingo había denunciado sin ambages al Gobierno y al Ejército salvadoreños. ¡Era ya demasiado! Casualmente, en estos mismos días merodeaban por las proximidades de El Salvador las salvadoras fuerzas norteamericanas, que van, presumiblemente, en apoyo de la Junta tantas veces denunciada por el arzobispo Romero.




New York Times (EE.UU.). 25 de marzo de 1980

     El arzobispo Romero fue asesinado por un francotirador que salió de un coche rojo que al parecer estaba aparcado justo ante la puerta de la capilla del Hospital de la Divina Providencia. El francotirador efectuó un solo disparo y huyó. Según el médico del hospital al que fue trasladado el arzobispo, la bala le había alcanzado el corazón.

     Nota: no se produjo ninguna detención ni juicio.(2)




El País (España). 26 de marzo de 1980

Un francotirador disparó contra el arzobispo de la capital salvadoreña mientras éste oficiaba misa

El asesinato de monseñor Romero puede sumir a El Salvador en la guerra civil

     ÁNGEL LUIS DE LA CALLE, enviado especial. San Salvador.

     «Soldado: no estás obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla. Date cuenta de que es tiempo de que recuperes tu conciencia. En nombre de Dios, pues, en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: cese la represión.»

     Estas dramáticas frases, de bíblica indignación, han sido, probablemente, las que han costado la vida al arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado a las seis de la tarde del lunes por un solo disparo de un francotirador, mientras celebraba misa de difuntos en memoria de la madre de un periodista amigo suyo, el director del diario opositor El Independiente.

     Miles de personas, desafiando el miedo en que se ha convertido el aire que respiran los salvadoreños, han desfilado ante el cadáver del arzobispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero, expuesto en la misma basílica desde la que expuso domingo tras domingo las palabras de protesta que ha pagado con la vida. Gente de toda clase y condición, abrumada por un hecho que siempre fue considerado como el último límite de una imparable situación de terror, trata de expresar así el sentimiento de un dolor que resume la impotencia de un pueblo ante la violencia sin barreras.

     Todo gira en estas últimas horas alrededor de las circunstancias del hecho que conmovió El Salvador el lunes. No se han aclarado aún las versiones sobre el desarrollo de los hechos, y siguen siendo también muchas las explicaciones sobre la personalidad de los autores. Hay disputas entre las fuentes que certifican que los disparos que acabaron con la vida del cardenal fueron hechos con pistola a boca jarro y con la presencia en la capilla de los cuatro integrantes del comando asesino, otros juran que fue un solo disparo hecho a notable distancia del lugar donde se encontraba el cardenal Romero, al pie del altar. Éstos aseguran que solamente un profesional podría obrar de manera tan certera.

     Estas circunstancias, sin duda, hacen ya poco al caso, el hecho incontestable es que se ha matado a un símbolo, o quizá mejor, al símbolo de la protesta salvadoreña. El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), cuyos planteamientos están alejados de los que preconizaba el arzobispo, ha hecho estallar cuarenta bombas en todo el país durante las últimas doce horas, como una «protesta de la protesta».

     No son pocos los que establecen comparaciones entre el martirio de monseñor Romero y la muerte de Pedro Joaquín Chamorro en Nicaragua.



Veinticinco bombas hicieron explosión en distintos puntos del país

Estado de alerta en El Salvador, donde se teme una insurrección popular tras el asesinato del arzobispo Romero

     El clero de San Salvador ha hecho un llamamiento a la OEA para que intervenga decididamente en El Salvador. Ha recordado precisamente el papel importante que esta organización jugó para resolver positivamente la crisis de aquel país. El llamamiento de la curia no parece ser simplemente una reacción burocrática. Es una llamada de socorro.

     Los curas que ayudaban a Óscar Arnulfo Romero en su labor pastoral creen, en definitiva, que el asesinato de su jefe es obra de un francotirador especializado, e insisten en la premeditación del crimen. Los vicarios pastorales, al afirmar este hecho, expresaron que «esperan más de la justicia divina que de la humana» para aclarar el asesinato.

     En los medios oficiales todo es demostración de dolor y consternación: los tres días de duelo oficial decretados por la Junta de Gobierno como enérgica condena del atentado. El Consejo de Ministros estuvo reunido largas horas en la tarde del martes. El Ministerio de Defensa, que controla los cuerpos de seguridad, especialmente en los últimos episodios de represión, se sumó también a las voces condenatorias del asesinato del arzobispo. Ayer por la mañana, el cadáver del sacerdote asesinado fue trasladado a la catedral metropolitana; allí se celebrarán velatorios y funerales. A las diez horas del próximo jueves, un cortejo acompañará los restos de monseñor al cementerio. Han anunciado su presencia numerosos obispos latinoamericanos, que ya condenaron expresamente el asesinato.

     Las autoridades salvadoreñas, ante el temor de una insurrección popular, decretaron ayer el estado de alerta en todo el territorio nacional, a raíz del asesinato, el lunes, del arzobispo Óscar Romero, informa la agencia Efe desde El Salvador. Unas veinticinco bombas hicieron explosión en las últimas horas en la capital y otras ciudades. A pesar de la censura informativa, la noticia del asesinato se extendió por todo el país en pocos minutos.

     Miembros del BNP permanecían ayer en el interior de la catedral salvadoreña, ocupada por ellos desde hace semanas en señal de protesta por la represión gubernamental. Varios sacerdotes negociaron ayer con ellos el desalojo de la catedral, para rendir hoy exequias fúnebres al prelado asesinado, si bien los ocupantes mantendrán, al parecer, su ocupación.

     El gran ascendiente del arzobispo asesinado y su infatigable denuncia de la situación socioeconómica en la que vive el pueblo salvadoreño, le habían proporcionado un gran carisma popular. Con su asesinato, desaparece asimismo un verdadero poder arbitral en El Salvador. En varias ocasiones, la mediación del arzobispo Romero había sido decisiva en conflictos entre sectores populares y gubernamentales. En un principio, se mostró esperanzado al crearse la Junta de Gobierno que derrocó al dictador Humberto Romero, el pasado 15 de octubre, si bien luego retiró su apoyo a la Junta, por entender que la represión, desde su acceso al poder, había sido proporcionalmente superior a la que sufrió el país bajo la dictadura.



Una vida pastoral comprometida

     Óscar Arnulfo Romero, de 62 años, nació en Ciudad Barrios, a doscientos kilómetros al Norte de El Salvador, en agosto de 1917. Estudió el bachillerato con los claretianos, en la ciudad de San Miguel, y, posteriormente, siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario Pío Latinoamericano, de Roma, bajo la dirección de los jesuitas. Párroco de San Miguel a su vuelta de Europa y obispo en 1970, fue nombrado arzobispo de San Salvador en febrero de 1977.

     Días después de su nombramiento, al frente de la archidiócesis salvadoreña, uno de sus colaboradores, el jesuita Rutilio Grande, fue asesinado por miembros de un comando de extrema derecha. Según sus propias palabras, fue este hecho el que imprimió a su vida pastoral -hasta entonces caracterizada por una inquietud hacia el problema social de su país- un giro drástico. A partir de entonces, Óscar Arnulfo Romero comenzó a denunciar las violaciones de los derechos humanos en su país y adoptó una actitud pastoralmente beligerante contra la dictadura.

     En su labor de denuncia, el arzobispo de San Salvador se vio muy solo ante la jerarquía eclesiástica salvadoreña, mayoritariamente conservadora. La incomprensión, cuando no la condena o el rechazo directo, fueron las actitudes seguidas mayoritariamente por las demás jerarquías con respecto a él. «Ni una sola palabra de aliento», dicen sus colaboradores, «encontró en el nuncio», Emanuele Gerada...

     Tampoco el Vaticano encontró especial sensibilidad hacia los problemas populares salvadoreños ni hacia él. En febrero de 1979 visitó Roma y para conseguir una audiencia con el Papa tuvo que colarse en una audiencia general en primera fila, y solicitar directamente a Juan Pablo II que le recibiera.

     El carisma del arzobispo asesinado le hacía gozar de la audiencia radiofónica más elevada de su país. Un 75% de los salvadoreños escuchaba cada domingo, por la radio, emisora YSAX-La Voz Panamericana, su homilía, de dos horas de duración, salpicada de información y de recomendaciones a los campesinos y a los trabajadores, al Gobierno y al Ejército. La emisora fue volada hace quince días.

     Doctor honoris causa por las Universidades de Lovaina y Georgetown (Estados Unidos). Romero era presidente de la Conferencia Episcopal de su país y candidato al Premio Nobel de la Paz.



Juan Pablo II, profundamente impresionado

JUAN ARIAS. Roma     

     El asesinato del arzobispo de San Salvador ha causado profunda impresión al Papa. La noticia se la comunicó a Juan Pablo II su secretario particular apenas se despertó. El Papa, después de haberse recogido en oración, escribió un mensaje en español dirigido al presidente de la Conferencia Episcopal salvadoreña.

     Juan Pablo II afirma que, al conocer la noticia del «sacrílego asesinato», no ha podido dejar de expresar su más profunda reprobación de pastor universal «ante este crimen execrable que, además de flagelar de manera cruel la dignidad de la persona, hiere en lo más hondo la convivencia de comunión eclesial y de quienes abrigan sentimientos de fraternidad humana». El Papa añade que pide para que los «queridísimos hijos de El Salvador, deponiendo para siempre todo atisbo de violencia o de venganza mezquina, logren hacer cada vez más asequibles las vías de la fe y del amor cristiano, cuya fuerza es garantía de auténtica salvación y de justicia».

     Precisamente, el papa Wojtyla había recibido hace sólo unas semanas a monseñor Romero en audiencia privada, para informarse personalmente de la situación en San Salvador.

     El País conversó con el arzobispo asesinado en Puebla, México, con ocasión de la Conferencia Episcopal de América Latina. Acababan entonces de matar a dos sacerdotes de su diócesis: «Los han acusado de ser marxistas revolucionarios, pero no es cierto. Eran dos sacerdotes ejemplares, que se habían puesto abiertamente de la parte de los oprimidos y que predicaban el Evangelio sin miedo.» Y añadió: «Claro que en un pueblo como el mío, donde la mayor parte son aún analfabetos y donde la riqueza está en manos de unos cuantos y la miseria es de todos, decir, por ejemplo, que Dios ha creado la tierra para todos y no sólo para las multinacionales es considerado subversivo.»

     Hablando de los peligros que corría, dijo: «Tengo miedo como todos los humanos, pero cuando se ha abrazado la radicalidad del Evangelio es una contradicción aceptar escoltas o protecciones. Son privilegios que no se puede permitir quien tiene la obligación de predicar la justicia y la verdad. Yo tengo que arriesgarme como cualquier otro ciudadano de mi pueblo en la lucha por la libertad.»



Asesinato en la catedral

     Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, ha tenido la muerte que ha dado gloria a alguno de sus grandes predecesores, como Thomas Beckett, muerto en la catedral de Canterbury por los asesinos del arbitrario poder real al que combatía. Unas horas antes de su muerte aparecía su imagen última en Televisión Española, y las palabras que podrían ser su epitafio: «A mí me podrán matar, pero a la voz de la justicia ya nadie la puede matar.» Un último optimismo.

     Monseñor Romero ofrecía ese patético, pero sereno, rostro que en los últimos años es el honor de la Iglesia en Latinoamérica: la incansable defensa de los oprimidos, la denuncia constante de un régimen que ha ido superando en los últimos meses las manchas trágicas que había sido llamado a limpiar, cuando fue depuesto el régimen anterior. El día en que fue asesinado era uno más entre los treinta cadáveres causados por las armas del régimen, que no son siempre, como en el caso del arzobispo, las regulares y uniformadas, sino las bandas de la extrema derecha, que asesinan amparadas por el poder. Un poder en el que figura todavía una democracia cristiana que ha sido ya abandonada por sus juventudes, desertada por alguno de sus grandes dirigentes, pero que se aferra al poder donde ya no es más que un rehén en manos de los militares, a los que ni siquiera consiguen legalizar. Es posible que estos fieles vaticanistas reconsideren su actitud en el momento en que la figura principal de la Iglesia de su país cae asesinada. Aunque la conciencia, muchas veces, puede celebrar pactos y consensos poco comprensibles.

     Puede ocurrir también que Estados Unidos reconsidere sus proyectos, hasta ahora contenidos, pero siempre a punto de enviar una ayuda militar creciente o de fomentar la entrada en el país de los soldados acantonados en Guatemala para traspasar la frontera en un momento dado. Las operaciones de las fuerzas de seguridad estaban siendo asesoradas por un número de consejeros (entre cincuenta y cien) especializados en la lucha antisubversiva, las fuentes de información de la oposición atribuían a estos consejeros no solamente la asesoría del Ejército y las fuerzas de seguridad, sino también el apoyo y las armas a las bandas de la extrema derecha.

     Puede ocurrir que, como dice el viejo tópico que se emplea en estos casos, la sangre del arzobispo Romero no haya sido derramada en balde. La reacción en el país ha sido enorme, y la indignación internacional, aun por parte de figuras de la Iglesia que no son en nada afines a las opciones políticas y humanas que defendía monseñor Romero, tienden ya a descalificar al régimen de El Salvador definitivamente.

     En realidad, la guerra civil existe ya en El Salvador. Sólo una solución inmediata, patrocinada por Estados Unidos y por los países democráticos de América Latina, puede evitar que se extienda, e incluso que se amplíe a otras zonas de la América Central. Esta solución no puede ser más que la evicción del Gobierno actual y la formación, en su lugar, de una coalición que represente todas las fuerzas en lucha y abra inmediatamente el proceso legal para la reconstitución de una democracia, que tampoco podrá subsistir si no acomete inmediatamente la reforma agraria y el cambio total de estructuras, que ya se ha demostrado que es inviable en su forma actual.




La Vanguardia (España). 26 de marzo 1980

Tras el asesinato de monseñor Óscar Arnulfo Romero: «Es un crimen execrable», ha declarado Juan Pablo II

El Gobierno de El Salvador ha decretado el estado de alerta y se teme un recrudecimiento de la violencia

     San Salvador, 25. (Resumen de agencias.) -El asesinato, la noche del lunes, del arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero, podría sumir a este país en una renovada y aún más aguda crisis de violencia, dijeron hoy martes, a Efe personas que siguen de cerca el acontecer político salvadoreño.

     El prelado fue asesinado de un balazo en el corazón, por cuatro desconocidos que según versiones, penetraron a la iglesia del hospital de cancerosos «La Divina Providencia», donde acababa de celebrar una misa.

     Las autoridades gubernamentales no ocultaron su preocupación por la muerte del arzobispo salvadoreño, «algo tan serio que puede acabar con el país», dijo Antonio Morales Ehrlich, miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno.

     El coronel Adolfo Arnoldo Majano, también miembro del grupo gobernante en El Salvador, hizo asimismo un llamamiento al pueblo, «para que no permita que se explote su dolor, con objetivos de hundir a nuestra sociedad en una lucha fratricida».

     Aun cuando se ignora la identidad de los autores del criminal atentado contra la vida del arzobispo, nadie duda que su muerte pretende generar una explosión de violencia que vendría a desestabilizar a un Gobierno que mantiene una precaria posición, enfrentado por oposición de sectores de la extrema izquierda armada y de la ultra derecha.

UNA CADENA DE MUERTES

     Observadores políticos coinciden en afirmar que el asesinato podría convertirse en la chispa que generaría un conflicto armado de grandes proporciones, al igual que el asesinato del periodista Pedro Joaquín Chamorro en Managua, en enero de 1978, sirvió para desencadenar la violenta reacción del pueblo nicaragüense en contra del régimen del general Anastasio Somoza.

     Los mismos analistas políticos creen inevitable una agudización de la violencia en este país centroamericano, considerando que los sectores de izquierda habrán de achacar al Gobierno la muerte del prelado.

     El arzobispo era un constante crítico de los abusos gubernamentales y sólo veinticuatro horas antes de su muerte, había hecho un emocionado llamamiento para que cesara lo que él denominaba «represión gubernamental» en contra del campesinado.

     Las autoridades salvadoreñas han decretado el estado de alerta en previsión de una renovada ola de violencia, como reacción por el asesinato del arzobispo de San Salvador.

     Cinco bombas terroristas estallaron esta madrugada en el sector céntrico de la capital salvadoreña, minutos después de que los corresponsales de Efe hubiesen visitado el hospital «Policlínica Salvadoreña», en donde el cadáver del asesinado prelado permanece en capilla ardiente.

     Veintinueve personas resultaron muertas y por lo menos veinticuatro heridas en las últimas veinticuatro horas en El Salvador, en lo que las autoridades califican como enfrentamientos de elementos de izquierda con fuerzas de seguridad.

     La cifra de muertos eleva a unas ciento cuarenta las víctimas en el curso de los últimos ocho días.

JUAN PABLO II: «UN CRIMEN EXECRABLE»

     Juan Pablo II califica de «crimen execrable» el asesinato del arzobispo de San Salvador, en un telegrama enviado hoy al presidente de la Conferencia Episcopal de aquel país.

     «Al conocer con ánimo traspasado de dolor y aflicción -dice el Papa- la infausta noticia del sacrílego asesinato de monseñor Óscar A. Romero y Galdámez, cuyo servicio sacerdotal a la Iglesia ha quedado sellado con la inmolación de su vida mientras ofrecía la víctima eucarística, no puedo menos de expresar mi más profunda reprobación de pastor universal ante este crimen execrable que, además de flagelar de manera cruel la dignidad de la persona, hiere en lo más hondo la conciencia de comunión eclesial y de quienes abrigan sentimientos de fraternidad humana».

     Juan Pablo II continúa diciendo que encomienda piadosamente el alma del celoso arzobispo y eleva «fervientes plegarias por los queridísimos hijos de El Salvador, para que deponiendo para siempre todo atisbo de violencia o de venganza mezquina, logren hacer cada vez más accesibles las vías de la fe y del amor cristiano cuya fuerza es garantía de auténtica salvación y de justicia entre los hijos de la patria salvadoreña».

     El Papa termina su telegrama impartiendo la bendición apostólica a todos los hermanos en el episcopado, a los sacerdotes, a las familias religiosas y al pueblo fiel y, en especial, a los diocesanos de San Salvador y a los familiares del difunto prelado.

CONSTERNACIÓN EN EL SALVADOR POR LA MUERTE DEL ARZOBISPO ROMERO

     Un hombre acogedor, corpulento, de rostro cetrino que recordaba su ascendencia india. Con una sonrisa casi tímida, buena. Hijo de un telegrafista, hizo sus estudios de teología en Roma y aunque últimamente su nombre ocupaba espacios destacados en los medios informativos, él se sentía siempre cerca de su pueblo, como «la voz de los que no tienen voz». «En El Salvador -dijo durante su última estancia en España- todos estamos en peligro de muerte.» Según los observadores, firmó su sentencia de muerte cuando hace unos días exhortó a los soldados de su país a «no obedecer las órdenes contrarias a la ley divina». «Os imploro en nombre de Dios -les dijo-, haced que termine la represión. Nadie está obligado a obedecer una ley inmoral.» Refiriéndose a reformas anunciadas por el Gobierno y a los asesinatos de campesinos, sostuvo que «las reformas no tienen valor alguno si están manchadas de sangre». Romero era un hombre de gran coraje y de un gran amor a la humanidad, particularmente a su pueblo.

HOMBRE MUY VINCULADO AL PUEBLO. UN OBISPO PARA LOS POBRES

     Nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios. Inició sus estudios en un colegio de los padres claretianos y los siguió en Roma en el Seminario Pío Latinoamericano y en la Universidad Gregoriana, bajo la dirección de los padres jesuitas. Años más tarde, cuando éstos fueron amenazados de muerte en El Salvador por su apertura social, el prelado los defendió y dijo que atacarles a ellos era atacar a la Iglesia. Fue ordenado sacerdote en 1943.

     A su regreso de Italia, vivió una larga experiencia parroquial, lo cual explica que fuese un hombre muy vinculado al pueblo y muy alejado del «prelado de gabinete». Sólo en la parroquia de San Miguel permaneció cerca de 23 años. Fue director del semanario católico Chapparrastique y secretario de la Conferencia Episcopal del país.

     Nombrado obispo auxiliar de San Salvador, la capital (1700000), en 1970, en 1974 pasó a ser obispo de Santiago de María. Por entonces era conocido por sus posiciones moderadas. Cuando el arzobispo de San Salvador, monseñor Chávez y González, llegó a los 75 años -algunos elementos lo consideraban como un revolucionario-, produjo general satisfacción que para sucederle fuese nombrado monseñor Romero. Era el año 1977.

«NO ME HAN QUITADO LA SERENIDAD»

     Elementos de la oligarquía salvadoreña le ofrecieron una casa adornada con mármoles en el barrio residencial de Escalón y un Cadillac. El nuevo arzobispo rechazó ambos obsequios. Un mes más tarde, uno de sus sacerdotes, el padre Rutilio Grande, era asesinado a las puertas de Aguilares, por el movimiento de extrema derecha «Orden».

     Desde aquel día el arzobispo intensificó su dedicación a los pobres. Rechazó asistir al juramento del general-presidente, elegido mediante un claro fraude electoral.

     Una organización pastoral a partir de las comunidades de base animadas por «predicadores de la palabra» (laicos con misión pastoral), un diálogo permanente para un apostolado entre el pueblo, una palabra valiente que no retrocede ante ningún riesgo, éstas eran las características, en estos últimos años, de la archidiócesis de San Salvador y de su arzobispo. Sus sermones del domingo en la catedral obtuvieron gran audiencia popular y fueron transmitidos por YSAX, la emisora de la Iglesia. Víctima de varios atentados, otros obispos, que habían tomado una postura menos valiente, le aconsejaron prudencia, pero él siguió su camino, sin desanimarse ni desviarse. «Me quieren afectar psicológicamente -dijo-, pero gracias a Dios no me han quitado la serenidad. Hago lo que tengo que hacer.»

     Por su actitud en defensa de los pobres, recibió el doctorado honoris causa por la Universidad de Georgetown, en Washington (EE.UU.) y una distinción igual de la Universidad de Lovaina, en Bélgica. Posteriormente, fue propuesto para el Premio Nobel de la Paz por su constante defensa de los derechos humanos. Promovieron la propuesta un grupo de parlamentarios británicos en noviembre de 1978. Hace unas semanas recibió el Premio Paz 1980 de la Acción Ecuménica Sueca, que le fue entregado en San Salvador por representantes de esta organización.

J. PIQUER.     



Así pensaba monseñor Romero: «Porque estoy al lado de los débiles me llaman subversivo»

     A muchos españoles sorprendió en su día, y posiblemente ayer, al repetirse algunos pasajes por TVE, la entrevista que le hicieron a monseñor Óscar A. Romero a su regreso de Roma, donde había acudido para la beatificación del sacerdote catalán padre Coll. Ya en aquella ocasión tuvo que abandonar España precipitadamente, pues le llegaron noticias de lo que se llamó «la matanza de la catedral»: quince cadáveres y no menos de veinte heridos quedaron en la escalinata de la catedral, cuando las fuerzas del Ejército dispararon sobre una manifestación de jóvenes. Lo que en aquella ocasión declaró el prelado define acaso mejor que ningún otro texto su talante y personalidad. El periodista le preguntó, en primer lugar, sobre las acusaciones de ser un obispo subversivo.

     -Mire usted, hay un grave conflicto entre el Gobierno de mi país y el pueblo, y porque la Iglesia se ha puesto decididamente al lado de los más débiles, nos llaman subversivos. Nosotros estamos al lado de los masacrados, de los explotados, de los abandonados, de los que diariamente se ven atropellados, de los hambrientos, y puedo asegurarle que en mi país hay mucha hambre. Se habla de catorce familias, quizá sean más; las que lo tienen todo, frente a millones de seres que viven en absoluta miseria. La labor de la Iglesia, de muchos sacerdotes, religiosas y militantes, ha consistido desde hace años en promocionar a esas gentes para que puedan vivir, y en cuanto de nosotros depende, que puedan hacerlo con alguna dignidad.

     -Pero el Gobierno, monseñor, y las fuerzas que los apoyan dicen que no son todos los obispos, ni todos los sacerdotes los que actúan y otros piensan que ustedes están equivocados y van más allá de sus atribuciones...

     -Mire usted, yo trabajo en mi archidiócesis, que es la encomienda que recibí del Santo Padre. Yo sé perfectamente que en la misma línea están trabajando otros obispos y sacerdotes salvadoreños, y que ciertamente hay otros que no opinan lo mismo, por lo que tienen todo mi respeto. Ahora también puedo decirle que hay fuerzas muy poderosas en mi país que quieren escindir a la Iglesia católica en dos bloques, y, por supuesto, enfilan a aquel sector que no se muestra inclinado a apoyarlas. Esto nos crea tremendos problemas aun dentro de nuestra comunidad cristiana. Es nuestra cruz, pero es así. Por mi parte tengo claro que cuando un padre de familia desaparece sin dejar rastro, yo, mis sacerdotes, los equipos que trabajan en el Arzobispado, debemos esforzarnos por hallárselo, por saber al menos qué ha sido de él. Más de cuatrocientos casos de estos hemos atendido en dos años. Opino que cualquiera que se llame cristiano debería actuar así. En esto basan la campaña difamatoria contra nosotros. Dicen que ayudamos a comunistas, a gentes del hampa. Para nosotros no hay etiquetas: son hombres perseguidos, torturados a veces sin la mínima razón, y esa situación, que ya es de dos años, está creando una mentalidad violenta entre la población salvadoreña, que sí es pacífica. Si no ponemos remedio, con arreglo a nuestras posibilidades, un día la historia nos pedirá cuentas.

     -Usted ha sido repetidamente amenazado de muerte. ¿Es cierto?

     -Tan cierto como que me han matado ya a cuatro sacerdotes de mi archidiócesis. Desde que me hice cargo del Arzobispado, los únicos sacerdotes que se me han muerto, han sido matados violentamente, por la espalda. Entre ello, el padre Rutilio Grande, mi gran amigo, casi mi colaborador más íntimo, un hombre que sólo sabía predicar la Justicia. Me he visto ya en cuatro ocasiones acudiendo a los caminos, a un suburbio, a un hospital, a recoger sus cadáveres para trasladarlos a su parroquia y velarlos durante unas horas con sus feligreses. No deseo que ningún obispo del mundo pase por unas situaciones como esas. Y ante sus cadáveres mártires, que no hacían más que emparentarnos con los miles de muertos de nuestro país, de muertos violentamente también, no me venía otra idea que continuar con su testimonio, con su esperanza en una no lejana liberación del odio y la miseria en mi país.

     -Usted llega de Roma, ha sido recibido por el Papa. ¿Qué información tienen en el Vaticano de lo que ocurre en El Salvador, qué información cree usted que tienen los obispos españoles sobre aquella realidad?

     -Mire usted, a mí me ha escuchado el Santo Padre muy atentamente, y doy gracias a Dios de haber podido informarle personalmente. Pero he podido darme cuenta de que en el Vaticano se tiene otras informaciones, no sólo sobre la tristísima realidad salvadoreña, sino también sobre la realidad latinoamericana. He de reconocer que en Roma yo me encontraba como aislado estos días. Y de eso quizá le pueden hablar algunos prelados españoles, que han coincidido en los actos de la beatificación del P. Coll, con quienes he hablado, y parecía que lo nuestro les fuera narrado en chino. Aquí, entre ustedes, hay mejor información de lo que ocurre en Camboya que de lo que pasa en unos países de habla hispana. Créame que me resulta dolorosamente sorprendente. A nosotros han llegado comunicados de apoyo de episcopados como el holandés o el belga; no hemos recibido ninguna manifestación semejante de los obispos españoles, sin que sepamos por qué, y aún le diría, que algunas plumas que aquí aireaban nuestros problemas sé que están preocupados sobre su futuro, pues no saben si podrán continuar explicándolos a los cristianos españoles. No deja de ser paradójico cuando España es un país de libertad, pues no se trata de impedimentos, como en mi país, por parte de las autoridades, sino de incomprensión por parte de las comunidades cristianas.



Sentimiento unánime de repulsa

     El asesinato del arzobispo monseñor Óscar A. Romero Galdámez ha tenido una gran repercusión internacional. En el pequeño país centroamericano -en el que se han declarado tres días de luto nacional- se teme que la desaparición del prelado pueda ser el detonante de la guerra civil salvadoreña, del mismo modo que hace dos años el atentado contra el periodista Pedro Joaquín Chamorro, única cabeza visible de la oposición a Somoza, desencadenó la guerra civil de Nicaragua.



Amnesty International: «Un mártir de los derechos humanos»

     Amnesty International ha afirmado hoy que el arzobispo católico Óscar Arnulfo Romero ha sido un mártir por la causa de los derechos humanos.

     La organización humanitaria, con sede en Londres, advirtió la semana pasada que el citado arzobispo recibió numerosas amenazas de muerte desde que el Gobierno comenzó, junto a fuerzas paralelas de la ultraderecha, una campaña política de asesinatos y secuestros contra la población campesina del país.

     Cientos de campesinos -añade Amnesty- han sido detenidos y muertos durante el mes pasado por las fuerzas de seguridad nacionales bajo el amparo del Estado de sitio.



Justicia y Paz: «Una voz insobornable»

     «Hemos seguido con admiración su voz amenazada e insobornable, cuya supresión, que hace patente el desamparo del pueblo, suele ser sólo el prólogo de la guerra civil o del genocidio», manifiesta en un comunicado la Comisión «Justicia y Paz» de Madrid sobre la muerte de monseñor Óscar Arnulfo Romero, al que califica de «testigo de Cristo y defensor de su pueblo».

     «Sabemos que Dios -añade- da la vuelta al juicio de los cínicos y estamos seguros de que la muerte de Óscar Arnulfo Romero será fecunda para su pueblo, desenmascarará a las fuerzas de la calumnia que intentaron desprestigiar su acción y la colaboración de todos para evitar, en la forma realista y justa que él deseaba, la guerra civil».

     «Hoy -concluye- muchas vidas de creyentes repiten el destino de Cristo, entregándose a la muerte, como testigos de la muerte, como testigos de la verdad y la justicia por amor del pueblo de Dios sometido a la opresión. Monseñor Óscar Arnulfo Romero nos enseña hoy lo que es celebrar la muerte de Cristo no sólo mística sino también prácticamente.»



Cardenal Tarancón: «Un asesinato sacrílego»

     «Profundamente apenado por el asesinato de monseñor Romero, quiero expresar mi indignación por el hecho incalificable y la manera sacrílega de realizarlo», dice el telegrama que ha dirigido el cardenal Tarancón al Episcopado de la República del Salvador.

     El telegrama dice también: «Mi condolencia al episcopado y a toda la comunidad católica salvadoreña por esa irremediable pérdida. Al mismo tiempo, pido a Dios que esa sangre generosamente derramada sea semilla de una convivencia más pacífica y justa en ese pueblo hermano».



Monseñor Iniesta: «Una bandera para la liberación de los oprimidos»

     Monseñor Alberto Iniesta, obispo auxiliar de Madrid, ha enviado un telegrama al Arzobispado de San Salvador. El texto de dicho mensaje es el siguiente: «Expreso Iglesia salvadoreña dolor por ausencia, protesta por injusticia, alegría eclesial por testimonio arzobispo mártir cuya voz seguirá resonando mundialmente como anuncio cristiano liberación oprimidos».



Kurt Waldheim: «Una prueba más del terrorismo imperante»

     El secretario general de la ONU expresó hoy estupor y dolor por el asesinato de monseñor Óscar Romero. Califica el asesinato como parte «de la serie de recientes y muy deplorables incidentes de terrorismo con total desprecio a los derechos fundamentales en distintas partes del mundo». «Condeno tales actos», afirma Waldheim en su declaración, en la que agrega que «en las trágicas circunstancias actuales, apelo a todos los implicados para que se aparten de la violencia insensata y destructiva».




Funerales por la muerte de Monseñor Romero (30 de marzo de 1980)

ABC (España). 1 de abril de 1980

La DC, después de los cuarenta muertos: explotación revolucionaria del terror salvadoreño

Tres mil ultras de izquierda marcharon armados sobre la multitud que asistía al funeral

     Nueva York, 31. (De nuestro corresponsal.) -El Ejército salvadoreño ha salido, finalmente, a la calle a tratar, si no de imponer orden, al menos de que dejen de matarse sus compatriotas. Pues el funeral del asesinado arzobispo Romero, pensado como un acto de tributo al mismo, se convirtió en campo de batalla entre las dos facciones que se disputan el país.

     «Primero -dice el embajador norteamericano, Mr. White, tratando de explicar lo que allí ocurre-, un extremo (la derecha) trata de crear el pánico matando a una persona (el arzobispo). Luego, el otro extremo (la izquierda) trata de sacar ventaja de ese muerto y mata a más gente en el proceso.» Ésta parece ser la versión más próxima a los acontecimientos, según lo que la televisión nos muestra y los testigos nos cuentan. Cuando una multitud de 50.000 personas se apiñaba en la plaza ante la catedral de El Salvador, dentro de la que oficiaban obispos de media docena de países venidos especialmente, una columna de 3000 jóvenes armados de la extrema izquierda se aproximó, dispuestos a convertir el acto en confrontación abierta. Quién fue el primero que disparó o lanzó un coctel Molotov no se sabe, pero José Napoleón Duarte, uno de los demócratas cristianos que forman parte de la Junta que gobierna al país, declaró luego que esta vez «la violencia había sido creada por los terroristas de izquierda, cuyo principal objetivo es crear la confrontación y la violencia. Desean exportar internacionalmente sus esfuerzos, y ésta era su oportunidad».

     A la primera explosión, la multitud empezó a correr en sentido contrario, para encontrarse con tiros en la otra banda. Ello produjo oleadas de gentes llenas de pánico de un extremo a otro de la plaza durante treinta minutos. El balance ya lo conocen: 40 muertos y varios centenares de heridos, especialmente mujeres y niños.

     La Fuerzas de Orden Público se habían mantenido al margen de todo el acto para evitar cualquier tipo de confrontación, dejando la organización a los boy scouts, que, naturalmente, fueron incapaces de hacer nada. Cuando aquéllas aparecieron era demasiado tarde. «Estamos en una situación en la que el nivel de violencia es tal que a menos que el Gobierno pueda ponerle fin, hay el peligro de guerra civil», dice el embajador USA. Hay quien piensa que El Salvador está ya en guerra civil. -J. M. CARRASCAL.



Después de la jornada sangrienta del domingo: tensa calma y rumores de crisis gubernamental en El Salvador

     San Salvador, 31. (Efe.) -La noche del domingo al lunes ha sido tranquila, tras el funeral por el asesinado arzobispo monseñor Óscar Arnulfo Romero, que fue interrumpido por los tiroteos que siguieron a la explosión de una bomba con hojas de propaganda.

     En los sucesos perdieron la vida unas cuarenta personas y alrededor de doscientas sufrieron lesiones a causa del atropello que produjo la desbandada de la multitud presa del pánico y del terror. Sólo las patrullas de seguridad vigilaban las calles de San Salvador a altas horas de la madrugada.

     El palacio arzobispal, donde se habían refugiado dignatarios de la Iglesia iberoamericana y mundial que habían acudido a los funerales, permanecía cerrado a cal y canto desde poco después del oscurecer. Se han suspendido muchos funerales programados por comunidades cristianas de pequeñas ciudades y de pueblecitos de El Salvador.

     MUERTES. -Desde el asesinato de monseñor Romero, ocurrido el 24 de marzo, más de veinte personas habían muerto en distintos enfrentamientos dentro del pequeño país centroamericano de El Salvador, que tiene poco más de veinte mil kilómetros cuadrados y cuenta con casi seis millones de habitantes. Se teme un recrudecimiento de la violencia a raíz de los sangrientos incidentes del domingo.

     Nadie ha logrado aclarar exactamente el origen de la matanza y son encontradas las opiniones al buscar un culpable. El Gobierno salvadoreño ha culpado a la Coordinadora Revolucionaria de Masas, organización marxista-leninista, de levantar el portillo de la violencia al hacer explosionar una bomba que contenía hojas de propaganda.

     Una emisora salvadoreña aseguró además que los izquierdistas pretendían apoderarse del cadáver de monseñor Romero para sus fines propagandísticos.

     Juan Chacón, líder del izquierdista Bloque Popular Revolucionario, había prevenido, antes de comenzar el funeral, de que «lo que pueda pasar será culpa exclusiva de la Junta Contrarrevolucionaria».

     Otra emisora salvadoreña dijo que la primera explosión fue de una bomba mortífera lanzada por sectores de la derecha, que, para despistar, arrojaron también la bomba que contenía las hojas de propaganda izquierdista.

     Algunos testigos de los hechos han afirmado incluso que tiraron la primera bomba desde el Palacio Nacional, situado cerca de la catedral. Finalmente no falta quien cree que la primera bomba fue explosionada por las mismas manos misteriosas que apretaron el gatillo que segó la vida de monseñor Romero mientras celebraba una misa en la capilla de un hospital para cancerosos.

     Las inculpaciones son mutuas, de los de la derecha a los de la izquierda y viceversa, pero nadie se atribuye la autoría de los hechos. Nadie quiere cargar con tantos muertos.

     HECHOS. -Al estallido de la primera bomba, que ocurrió al empezar la homilía y cuando eran las once cuarenta y cinco de la mañana (dieciocho cuarenta y cinco, hora española), siguieron los tiroteos y los incendios de comercios y vehículos. Cientos de miles de personas huyeron despavoridas, atropellando, hiriendo y matando a ancianos, mujeres y niños.

     Sobre el atrio de la catedral, donde se celebraba el funeral, quedaron trece muertos, se derramaron el vino y las hostias sin consagrar y quedaron pisoteadas las flores que cubrían el túmulo de monseñor Romero.

     Los prelados oficiantes de la ceremonia, entre ellos el cardenal mexicano Ernesto Corripio Ahumada, representante personal del Papa, se refugiaron en la catedral, donde también entraron unas cinco mil personas. El cadáver, en medio del tiroteo y de la confusión, pasó igualmente al interior del templo.

     El cadáver del arzobispo, que estaba amortajado con sotana roja y sobre el que se habían colocado el báculo, la mitra, una cinta blanca con cruces negras bendecida por el Papa, una estola y el pectoral, fue inhumado, sin que se reanudara la misa, en una cripta practicada en el ala derecha del altar principal.

     Los altos dignatarios de la Iglesia iberoamericana y mundial que habían acudido al sepelio fueron evacuados de la catedral por voluntarios de la Cruz Roja y de la Cruz Verde hacia el palacio episcopal.

     SITUACIÓN. -La Junta Revolucionaria de Gobierno no impondrá la ley marcial, según ha podido saber Efe, pero mantendrá el estado de sitio que fue decretado en El Salvador el 5 de marzo.

     «Los sucesos acaecidos el domingo en San Salvador son el colmo», dijo a Efe el arzobispo de Panamá, Marcos McGrath. El prelado panameño añadió que pedirá al Gobierno de Estados Unidos que retire toda ayuda a El Salvador.

     Durante los pasados días se había hablado de una crisis en la Junta Revolucionaria de Gobierno. De ella saldrán José Napoleón Duarte y José Antonio Morales Ehrlich, ambos civiles y militares de la Democracia Cristiana, pero Duarte y Ehrlich lo han desmentido.

     En cambio, sí dimitieron los ministros de Educación y de Economía, así como el subsecretario de Agricultura. «Creo que ha sido por miedo», dijo a Efe un miembro de la Junta Revolucionaria.



En el Angelus dominical, el Papa denuncia la persecución de la llamada «Iglesia del silencio»

     Ciudad del Vaticano, 31. (De nuestro corresponsal.) -El pensamiento de la Iglesia, que sobrevive en los países comunistas retorna frecuentemente en los discursos de Juan Pablo II. La Iglesia de su país natal y de las otras naciones bajo régimen marxista, forma parte de preocupaciones cotidianas de este Papa eslavo.

     El domingo, en la alocución antes del Angelus, Juan Pablo II evocó el martirio de la Iglesia del Silencio. «También hoy la Iglesia de nuestro tiempo escribe su martirologio. No se puede olvidar a los que en nuestra época han sufrido la muerte por la fe y por el amor de Cristo, que han sido encarcelados, torturados, atormentados, condenados a muerte, y también humillados y marginados socialmente.»

     Aunque en diversas ocasiones había el Papa hablado de la situación de los creyentes en Rusia y en los países satélites, en su alocución dominical fue especialmente explícito en su enumeración de las vejaciones sufridas por los católicos de aquellas comunidades. «No se puede olvidar este martirologio de la Iglesia de hoy, que se escribe con métodos diferentes de los primitivos. Son otros métodos de martirio y un diverso modo de testimoniar, pero todo brota de la misma Cruz de Cristo y completa la misma Cruz de nuestra redención.»

     Poco antes, durante la ceremonia de los ramos en la plaza de San Pedro, el Papa había rezado por monseñor Óscar Romero, el arzobispo de San Salvador. «Bárbaramente asesinado como víctima del altar en el sacrificio divino.» Se había rezado también por quien había realizado el crimen del prelado. En el Angelus, el Papa ha querido dar su voz a la Iglesia, que es obligada a vivir en las catacumbas y a experimentar un nuevo martirio en la Europa Oriental.

     La llamada del Papa estaba dirigida, sin embargo a Occidente. «Los hombres que viven en condiciones de libertad y de bienestar no pueden esconder su mirada de esta Cruz y dejar en el silencio el testimonio de los que pertenecen a la que se ha dado en llamar la 'Iglesia del silencio'. La Iglesia obligada al silencio en las condiciones de la ateización obligatoria y que sin embargo, con su silencio proclama su mayor verdad. La verdad que Dios mismo ha inscrito en los fundamentos de nuestra redención.» -Joaquín NAVARRO VALLS.



Ante el histórico momento en que viven, los obispos brasileños alientan a las Iglesias de El Salvador y de Nicaragua

     Durante la reciente Asamblea General del Episcopado Brasileño, celebrada en Ataicí, el cardenal Aloisio Lorscheider presentó un amplio informe sobre la situación que viven Nicaragua y El Salvador, países que visitará recientemente a petición del Santo Padre. Al término de la Asamblea, los obispos acordaron enviar cartas a los Episcopados de dichos países.

     A los obispos de El Salvador dicen: «Informados sobre la difícil situación que estáis viviendo en vuestra querida patria, deseamos expresaros nuestra solidaridad fraterna. Comprendemos lo que significa, en este momento delicado, la unión del Episcopado y la presencia activa y dinámica de la Iglesia en el proceso de transformación social. Ya ha sido grande el sufrimiento de vuestro pueblo. Que las dificultades sean superadas y podáis vivir en la verdadera paz de Cristo es lo que os auguramos de corazón.»

     La carta al Episcopado de Nicaragua dice: «En esta hora de reconstrucción, hacia una Nicaragua nueva y libre, que supere toda dominación, injusticia y violencia, deseamos manifestaros nuestro apoyo y solidaridad.» Y subraya la gran importancia de la carta pastoral del Episcopado Nicaragüenses del pasado noviembre, sobre todo en lo que se refiere «a la participación libre y responsable de todo el pueblo, protagonista necesario e indispensable de su historia, sin manipulación, y el respeto a los derechos fundamentales, como son el derecho a la libertad religiosa, el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus propias convicciones, el derecho a la libre expresión del pensamiento y el uso de los medios de comunicación social». -(Icia.)



Los sangrientos sucesos de El Salvador: veintiséis obispos denuncian graves falsedades en la versión del Gobierno

Varios testigos, dicen, aseguran que la bomba y los disparos partieron del Palacio Nacional, sede del Ministerio del Interior

     San Salvador, 31. (Efe.) -Veintiséis obispos y otros dignatarios de la Iglesia católica que asistieron al funeral de monseñor Óscar Arnulfo Romero han hecho público un comunicado en el que contradicen la versión gubernamental sobre los sangrientos sucesos del domingo en El Salvador. El Gobierno culpó de los incidentes a la Coordinadora Revolucionaria de Masas, por haber hecho explosionar la primera bomba, que contenía hojas de propaganda.

     Una emisora salvadoreña afirmó que los izquierdistas pretendían robar el cadáver de monseñor Romero para sus fines propagandísticos.

     El comunicado de los eclesiásticos reunidos en San Salvador dice lo siguiente:

     1. Nosotros, obispos, pastores de diversas iglesias cristianas, superiores de órdenes religiosas, sacerdotes y laicos nos vemos obligados a rectificar el comunicado que el Gobierno de El Salvador ha hecho a las 16:30 del mismo día 30 de marzo sobre los sucesos ocurridos con ocasión de los funerales de monseñor Romero.

     No sólo hay graves falsedades en la narración de los hechos, sino también en la interpretación de los mismos, que pueden llevar a graves errores y confusión.

     En el mismo comunicado oficial del Gobierno se nos pide que digamos lo que vimos. Pues bien, esto es lo que vimos.

     2. Nuestra apreciación de los hechos, de los que en gran parte somos testigos inmediatos y en gran parte hemos podido comprobar, nos permite asegurar lo siguiente:

     a) En ningún momento nadie pretendió arrebatar el cadáver de monseñor Romero. Por el contrario, todas las personas y grupos sin excepción se portaron con gran respeto y devoción hacia sus restos.

     b) La Coordinadora Revolucionaria de Masas entró a la plaza Barrios, donde se encuentra la catedral, pacífica, respetuosa y ordenadamente, y sus dirigentes colocaron una corona junto al féretro.

     c) Es falso que haya habido presión alguna por parte de la Coordinadora para obligarnos a permanecer dentro de la catedral. Si nos quedamos dentro de ella, aún después de que cesó la agresión, fue debido a nuestro deseo cristiano de acompañar a tanta gente aterrorizada que se apretujaba penosamente en el interior del sagrado recinto.

     3. Lo que nosotros pudimos apreciar desde las escaleras de la catedral y desde sus torres, así como por los testimonios recogidos en nuestros recorridos por la ciudad, es lo siguiente:

     a) Súbitamente se escuchó la detonación de una fuerte bomba que varios testigos aseguran haber visto arrojar desde el Palacio Nacional.

     b) Luego sonaron ráfagas y disparos que varios de los sacerdotes presentes aseguran procedieron de la segunda planta del Palacio Nacional.

     c) Nosotros vimos o pudimos comprobar la presencia, desde primeras horas de la mañana, de los Cuerpos de Seguridad en las calles de San Salvador y en los accesos a la ciudad.

     d) También podemos asegurar que algunos miembros de la Coordinadora realizaron acciones consistentes sobre todo en quemar coches, supuestamente para asegurar la huida de la gente.

     4. Los que vinimos a honrar la vida y la muerte de monseñor Romero hemos podido experimentar la verdad de sus palabras cuando combatía incansablemente la represión del pueblo salvadoreño. Nos sentimos hoy más que nunca solidarios y continuadores de su misión profética, haciéndonos eco de sus últimas palabras en que suplicaba y ordenaba, en nombre de Dios, que cesara la represión y que se suspendiese toda orden de matar.

     Hemos sido testigos del dolor y las angustias del pueblo salvadoreño, pero también de su coraje y de su madurez. Y en esta oportunidad somos testigos de la grave deformación de los hechos y de la falsa interpretación de los mismos que ha dado el Gobierno de El Salvador.

San Salvador, 30 de marzo de 1980.     

Obispos enviados del Consejo Mundial de las Iglesias.     

     NO PUBLICADO EN EL SALVADOR. -En el documento han estampado su firma veintiséis obispos, varios sacerdotes y laicos.

     La prensa y la radio de San Salvador no lo han publicado hasta ahora. En El Salvador rige el estado de sitio y el control sobre los medios informativos desde el día 5 marzo, en que fue decretado por espacio de un mes. No se ha decretado la ley marcial, como se temía a raíz de los incidentes durante el funeral de monseñor Romero.

     En el Palacio Nacional de San Salvador, citado por los eclesiásticos, se albergan el Ministerio de Defensa y varias oficinas gubernamentales.

     El Gobierno salvadoreño había manifestado que los Cuerpos de Seguridad no habían hecho acto de presencia antes del funeral ni durante el funeral, sino que salieron a la calle a media tarde, patrullando para evitar pillajes y saqueos.




Diario 16 (España). 31 de marzo de 1980

Clima de violencia en América Latina

Cuarenta muertos en El Salvador durante los funerales por monseñor Romero

     Alrededor de cuarenta cuerpos se amontonaban en la plaza de la Libertad de San Salvador, tras el tiroteo producido cuando se celebraban los funerales por el asesinado arzobispo Óscar Arnulfo Romero. Ya se habla de un inminente golpe de Estado militar, oficialmente para «restablecer el orden».

     San Salvador (ALFONSO ROJO, enviado especial). -Unos cuarenta muertos y doscientos heridos se produjeron ayer en El Salvador durante el entierro del arzobispo Óscar Arnulfo Romero, asesinado hace una semana por elementos de la extrema derecha.

     La mayor parte de las víctimas se produjeron por aplastamiento, al precipitarse la multitud contra las verjas de la catedral, intentando refugiarse en su interior.

     Varios de los muertos lo fueron también por efecto de los disparos que desde varios puntos efectuaban francotiradores no identificados.

     Desde primeras horas de la mañana de ayer comenzaron a concentrarse en la plaza de la Libertad, situada frente a la catedral metropolitana de San Salvador, miles de salvadoreños llegados allí para rendir un último homenaje el arzobispo Arnulfo Romero.

INIESTA, A SALVO

     Un poco después de las diez, una manifestación integrada por religiosas, sacerdotes y obispos, salió de la basílica del Sagrado Corazón, en la que todos los domingos, desde hace años, monseñor Romero celebraba misa. Entre los obispos se podía ver a monseñor Iniesta, obispo de Madrid; al arzobispo de Cuernavaca, Menéndez Arceo, y a la gran mayoría de los más destacados prelados latinoamericanos. Todos parecen estar a salvo.

     Monseñor Obando y Bravo, arzobispo de Managua, había abandonado el sábado El Salvador en dirección a Managua para recibir al presidente de Venezuela, Herrera Campins, pero en su lugar estaba el padre Miguel de Escoto, ministro de Asuntos Exteriores nicaragüense.

     Por una calle paralela a la utilizada por la manifestación religiosa para dirigirse a la catedral, comenzó a avanzar simultáneamente una enorme manifestación por el Bloque Popular Revolucionario, la más importante de las organizaciones de la izquierda salvadoreña.

     Cuando ambas manifestaciones habían llegado a la plaza, y la misa había llegado a la homilía, se oyeron dos explosiones casi simultáneas e inmediatamente varios disparos.

     La multitud, aproximadamente cien mil personas, se precipitó despavorida hacia el lado contrario al que sonaban los disparos y contra la verja de la catedral.

     Nada más comenzar los disparos, varios sacerdotes introdujeron en el interior del templo el féretro de monseñor Romero y fue suspendida la misa, que era concelebrada por el arzobispo Ernesto Corripio Ahumada, en representación del Vaticano; el padre Miguel de Escoto, ministro de Asuntos Exteriores de Nicaragua.

     Durante más de media hora continuaron escuchándose disparos, explosiones de bombas, todo ello mezclado con los gritos de la gente y con las sirenas de un vehículo de la Cruz Verde, que comenzó a desalojar a los heridos.

     Varios jóvenes pertenecientes a los grupos de autodefensa del Bloque Popular Revolucionario, tomaron posiciones en la plaza y armados de pistolas y de algunas armas largas, disparaban de vez en cuando contra los edificios en los que presumiblemente estaban los francotiradores.

     Una vez finalizado el tiroteo, varios sacerdotes, muchachos boy-scouts y militantes del Bloque Popular introdujeron en la catedral los cuerpos de los muertos.

¿GOLPE DE ESTADO?

     Numerosos vehículos resultaron incendiados en las calles vecinas. En el momento de redactar esta nota todavía no habían hecho acto de presencia en las calles las tropas del Ejército.

     La idea más generalizada es que el Ejército puede dar un golpe de Estado y, con la excusa de «restablecer el orden y poner fin a la anarquía», hacerse con el poder en las próximas horas.

     Los disparos comenzaron en una de las alas de la plaza, inmediatamente después de oírse una explosión. Pocos segundos después, una segunda explosión tuvo lugar en otra esquina de la plaza, tras lo cual, la multitud, unas cien mil personas, comenzó a huir despavoridamente.

     Por los altavoces, una voz de hombre comenzó a gritar ordenando a los asistentes al funeral que mantuvieran la calma y se echaran al suelo, sin que sus recomendaciones produjeran el más mínimo efecto.

     Varios jóvenes, armados de pistolas, tomaron posiciones en las esquinas de la plaza y comenzaron a responder al fuego, con lo que la confusión llegó a extremos indescriptibles.

     Mucha gente intentó refugiarse en el interior de la catedral, el acceso a la cual estaba bloqueado por una verja, que durante la misa separaba a los celebrantes y al ataúd de la multitud.

     Poco a poco, la presión de los miles personas contra la verja fue aplastando a los que se encontraban más próximos a ésta y que, debido a su edad o a su condición física, carecían de fuerzas para intentar saltarla.

     La montaña de cuerpos humanos almacenada en la misma puerta del templo impedía a los que venían detrás seguir avanzando, y a la vez la presión de los de atrás aplastaban más y más a los caídos en la tierra.

     En medio de los disparos, de las explosiones y de los gritos, varios sacerdotes y numerosos jóvenes intentaban desesperadamente ayudar a los caídos, tirando de ellos y viendo horrorizados cómo morían ante sus ojos por asfixia.

     Cuando, media hora después, cesaron los disparos, la plaza de la Libertad era un mar de zapatos, de bolsos y de sangre, en medio del cual más de treinta personas permanecían sin vida.

     En las calles adyacentes, numerosos vehículos y dos autobuses ardían, llenando el cielo de la capital salvadoreña de un humo negro y acre.

     En el interior del templo, el féretro insepulto de monseñor Romero se alineaba con los cuerpos de más de veinte personas.




L'Express (Francia). 1 de abril de 1980

Artículo de Jacques Bernard

     Más de treinta muertos. Más de quinientos heridos (...).

     La multitud, primero sorprendida y estupefacta, cede pronto al pánico y se produce un sálvese quien pueda horrible. Oleadas humanas se aplastan unas contra otras y contra las rejas de la catedral. Cuerpos que desaparecen, ahogados, pisoteados. Las balas crepitan entre los gritos de espanto. Sacerdotes, entre los que se cuenta el padre Miguel Escoto, ministro de Asuntos Exteriores de Nicaragua, cogen el féretro y lo cobijan dentro de la catedral, tras lo cual le precipita parte de la multitud. La avalancha producirá más muertos. El cuerpo de monseñor Romero es enterrado precipitadamente en una cripta mientras que, fuera, el tiroteo arrecia (...). Decenas de cuerpos yacen en la plaza de Barrios alfombrada de zapatos abandonados, banderines rotos, octavillas y retratos de monseñor Romero hechos girones (...).

     Tres ministros han dejado el gobierno y se han refugiado al extranjero el día siguiente de la muerte del arzobispo, temiendo por sus vidas y no queriendo asumir ninguna parte de responsabilidad en la represión que, por oscuras razones, acompaña la aplicación de unas reformas esperadas durante demasiado tiempo.(3)




New York Times (EE.UU.). 7 de abril de 1980

Joseph Treaster, «El asesinato en El Salvador perjudica a los rebeldes» (fragmento)

     Varios diplomáticos, empresarios y funcionarios del gobierno coinciden en afirmar que el asesinato del arzobispo áscar Arnulfo Romero, ocurrido hace dos semanas, así como el asesinato de treinta personas en el funeral puede haber beneficiado, más que perjudicado, a la Junta Cívico-Militar en el poder.

     Se acusa a la extrema derecha del asesinato del arzobispo y a la extrema izquierda de los disparos y las bombas que convirtieron la plaza central en un caos mientras se celebraban las honras fúnebres del arzobispo Romero.

     «No es mucho lo que la Junta ha ganado -declaró Robert E. White, embajador de los Estados Unidos en El Salvador-, pero sus oponentes de extrema derecha y extrema izquierda han perdido prestigio, Todo ello redunda en un aumento del prestigio de la Junta.»(4)




El País (España). 1 de abril de 1980

La mayoría de las víctimas murieron aplastadas o asfixiadas después de la explosión de tres bombas y un tiroteo

Cuarenta muertos en San Salvador en los funerales del arzobispo Romero

     ÁNGEL LUIS DE LA CALLE, enviado especial. San Salvador.

     Cuarenta muertos y más de doscientos heridos es el balance de los trágicos sucesos ocurridos el domingo en la plaza de la catedral de San Salvador, mientras se oficiaban los funerales por el arzobispo Óscar Arnulfo Romero, asesinado el pasado día 24. Una provocación, al parecer, de la extrema derecha, mediante la explosión de varias bombas, provocó el pánico en la multitud que llenaba la plaza. Elementos armados de la guerrilla izquierdista presentes en el lugar utilizaron también sus armas. La mayoría de las víctimas no fueron de bala, sino que murieron aplastadas o asfixiadas.

     En la plaza de la catedral, que en la nomenclatura oficial de la capital salvadoreña se llama plaza Barrios, había entre 60000 y 70000 personas cuando, a las once y dos minutos, comenzó la misa concelebrada en memoria de monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado el lunes 24 de marzo.

     El féretro estaba colocado sobre un túmulo, al frente del altar, en el último descansillo de las escalinatas de acceso al templo. Los cardenales y arzobispos oficiantes habían llegado al lugar, en procesión, desde la basílica del Sagrado Corazón, desde donde pronunciaba sus homilías, domingo tras domingo, el prelado muerto.

     La mañana era calurosa y soleada. Desde la altura, el espectáculo colorista de la plaza, salpicada de sombrillas, pañuelos, pancartas, palmas y retratos de monseñor, resultaba fascinante. La multitud estaba integrada, en más del 60%, por mujeres de varias edades. Había también muchos niños y algunas decenas de personas de aspecto campesino. Ni en la plaza ni en las calles aledañas había presencia militar uniformada.

     Cuando la misa había comenzado, presidida por el representante personal del Papa, el arzobispo de la ciudad de México, monseñor Ernesto Corripio Ahumada, llegó a la plaza la manifestación, integrada por militantes y simpatizantes de la Coordinadora Revolucionaria de Masas, que se había concentrado con anterioridad en el parque Cuscatlán, a un kilómetro de la catedral. Muchos de los manifestantes, que en total podrían calcularse en 20000, aparecían armados. Algunos ocultaban sus rostros con pañuelos.

     Cuando monseñor Corripio comenzó la homilía, pasadas las once y media, en la plaza había cerca de 150000 personas, que seguían piadosamente las ceremonias religiosas.

     A las 11:42, en un costado de la catedral se escuchó una fuerte detonación, que luego se comprobó correspondía a una bomba. Inmediatamente se oyeron otras tres, en distintos puntos del lugar, y sonaron igualmente los primeros disparos. La gente comenzó a huir, despavorida, en todas direcciones, mientras los militantes de las organizaciones populares empuñaban sus armas.

     Una buena parte de la aterrorizada multitud pugnaba por entrar en la catedral, a cuyo interior ya habían pasado las dignidades eclesiásticas presentes en la ceremonia. En esa lucha por conseguir refugio se produjeron la mayoría de los muertos, que, sin cifras oficiales a mano, se calculan alrededor de cuarenta y más de doscientos heridos. Pocas personas perdieron la vida por impactos de bala. La mayoría, señoras de edad, murieron aplastadas, asfixiadas.

     Otro grueso de gentes escapó por las calles laterales. Entre tanto, seguían sonando disparos y explosiones. No había forma de ver quién disparaba contra quién. Algunos de los militantes izquierdistas señalaban las ventanas superiores del Palacio Nacional. Otros apuntaban sus armas contra el techo de un edificio cercano.

     Las ambulancias comenzaron a llegar a la zona y a evacuar a los primeros heridos. Obispos, periodistas y refugiados en el interior de la catedral, comenzaron a salir, pasada la una de la tarde, con los brazos en alto. Ninguna persona de uniforme se veía en los alrededores. A la una y media, sin finalizar la misa, fue enterrado el cadáver del arzobispo, que hasta entonces había sido custodiado por sacerdotes y religiosas.

     A las cuatro y media de la tarde el Gobierno emitió un durísimo comunicado en el que acusaba de los incidentes a la Coordinadora Revolucionaria de Masas y enfatizaba en que las fuerzas armadas y los cuerpos de seguridad habían estado acuartelados todo el día. Minutos más tarde se pidió a la «ciudadanía honrada» que se recluyese en sus casas y se anunció la salida del Ejército a las calles.

     No hay muchos elementos de juicio para asegurar de quién partió la estúpida provocación del domingo. Lo más lógico es atribuir esa responsabilidad a la extrema derecha, que actúa en este país con un cerrilismo difícilmente comprensible. Pero, a diferencia de otras ocasiones, en ésta no es tan fácil emitir un juicio definitivo.

     En anteriores episodios de violencia las personas que han disparado contra manifestaciones o concentraciones populares han podido ser vistas. En esos mismos casos han hecho acto de presencia, y uso de sus armas, Ejército y cuerpo de seguridad. Ninguno de estos dos puntos se han repetido en los episodios del domingo. Nadie vio personas uniformadas y son escasísimos los testimonios sobre presencia de sospechosos desconocidos haciendo disparos a la concentración.

VERSIONES SINGULARES

     Circulan versiones de lo más singular con respecto a los hechos. Algunas aseguran que existía un plan de las organizaciones izquierdistas para secuestrar el féretro con los restos del arzobispo asesinado y realizar con él un recorrido por el centro de la ciudad.

     Sí parece cierta otra, confirmada por alguna de las personalidades asistentes, que aseguraba que los grupos de la CRM tenían el proyecto de ocupar alguno de los lugares donde se iban a reunir cardenales y obispos después de la misa y de tomar a éstos como rehenes, con el objeto de exigir la dimisión del Gobierno.



Monseñor Iniesta, a EL PAÍS: «La Iglesia no puede considerar cristiano el conformismo», afirma el obispo auxiliar de Madrid

     A. L. C., enviado especial. San Salvador.

     El obispo auxiliar de Madrid, Alberto Iniesta, es la única personalidad religiosa venida especialmente desde España para asistir a las honras fúnebres de monseñor Óscar Arnulfo Romero.

     Aún impresionado por los hechos que presenció y sufrió en la mañana del domingo, mientras concelebraba la misa de difuntos, y pocas horas antes de emprender regreso a Madrid, monseñor Iniesta conversó con EL PAÍS durante breves minutos sobre la realidad religiosa y sociopolítica de Centroamérica.

     Pregunta. En El Salvador, monseñor, se enfrentan dos fuerzas situadas en polos opuestos. Una, la derecha, que se resiste a aceptar el más mínimo cambio, otra, la izquierda, que exige esos cambios estructurales en forma profunda. En el centro de todo está la violencia que el país sufre. ¿Cuál es, a su juicio, la fórmula de solución?

     Respuesta. No es por escaparme de una pregunta comprometida, pero debo decirle que realmente no lo sé. Y creo que aunque viviera aquí tampoco lo sabría. Veo en las gentes de este país enorme perplejidad sobre el futuro. Sin embargo, y hablando en términos generales, opino que no puede haber paz sin justicia. Aunque no hubiera muertos, no se podría considerar la existencia de paz en El Salvador con la actual estructura socioeconómica. En ese peligro podría caer la propia Iglesia, que no puede lanzar a la gente hacia los cañones, pero que tampoco puede considerar cristiano el conformismo.

     P. En estas horas de crisis, ¿qué puede aportar la Iglesia española a la latinoamericana?

     R. Opino que en el terreno social, político o económico, nadie puede darse lecciones. En el terreno pastoral, y en términos generales, todos nos podemos ayudar, pero, en este caso concreto, estimo que es la Iglesia latinoamericana la que puede enseñarnos a nosotros. Es preciso contemplar, como una lección, todo lo que este continente está viviendo y sufriendo por aplicar las doctrinas del Concilio, de Medellín y de Puebla. Es, verdaderamente, un ejemplo para la Iglesia española y europea. Los, en otros tiempos, discípulos, se han convertido en maestros.



El Salvador, hacia la guerra civil

     La televisión acaba de rendir al mundo uno de sus grandes servicios posibles con la película de los últimos sucesos de San Salvador: una inmensa multitud reunida en un servicio fúnebre para despedir a quien fue ellos mismos -la voz de los que no la tienen, según la frase que se hizo popular-, al arzobispo Romero, agredida por quizá no más de media docena de tiradores trabajando en una impunidad absoluta. Impunidad que tiene una demostración concreta: no han sido detenidos, ni siquiera identificados, tras el asesinato de monseñor Romero, el asalto al juez que ha sido encargado de instruir el proceso o esta horrible matanza.

     Va a ser muy difícil seguir manteniendo la ficción de un grupo de cubanos anticastristas -Omega 7- o la de un tirador de nacionalidad venezolana, aunque puede existir físicamente para culpar a alguien indefinido de los hechos. Toda la responsabilidad es del Gobierno, donde todavía hasta ayer militaban miembros de la Democracia Cristiana, agarrados a sus puestos ministeriales aunque la base joven de su partido se les hubiera ido ya de las manos y algunos de sus correligionarios les hubieran denunciado. Y donde unos militares colocados para garantizar el orden público y la apertura de la vía democrática, al ser derribado el régimen anterior, no han hecho más que imponer una represión para evitar la reforma agraria que vulneraba los intereses de la clase a la que defienden. Todavía en los primeros momentos de la matanza, militares y militarizados de la Democracia Cristiana, que no supieron ver a tiempo la lección experimentada por sus colegas de la DC chilena, al abonar un régimen de sangre que tardaría pocas horas en prescindir de ellos, han responsabilizado de la jornada violenta del domingo a la Coordinadora de Masas, por ese viejo sistema que consiste en acusar siempre a la víctima: por haber estado allí o quizá por no haber muerto antes con la muerte resignada del hambre y la enfermedad al pie de los maizales.

     Aquellas estructuras que denunciaba el arzobispo Romero, perseguido hasta más allá de la muerte (el Gobierno de militares militaristas y de civiles descivilizados, las bandas fascistas que asolan el país) son, sin embargo, los responsables y autores de los crímenes que enmarcan un estado de revolución real y de auténtica guerra civil. Es difícil ya que el proceso de El Salvador se detenga con medidas represivas, ni siquiera con las que hasta ahora estaban previstas -los «consejeros» de Estados Unidos o los 10000 hombres contingentados en Guatemala, ni siquiera podría intentar Carter una invasión de marines o de fuerzas especiales, al estilo de Santo Domingo, que le harían volver por pasiva todas sus justas reflexiones sobre la intervención soviética en Afganistán. Hay un punto de no retorno, y ese punto se ha sobrepasado en El Salvador. Sólo una marcha atrás rapidísima, una evicción clara de los puestos de poder de los responsables y una preparación inmediata a una democracia civil con una modificación automática del reparto de la pobreza y de la riqueza podría evitar lo que parece ya inevitable: la abierta guerra civil, ante la que la experiencia nicaragüense no dejará de influir en las decisiones norteamericanas.

     La cuestión de El Salvador no se encuentra, en definitiva, aislada de la de Honduras, Guatemala, Nicaragua, el abandono futuro de Panamá por Estados Unidos y las convulsiones a las que puede avecinarse México no dentro de muchos años. Toda Centroamérica es hoy una gran incógnita para la estabilidad mundial, un nuevo foco de preocupantes y sangrientas tensiones, una amenaza al coloso americano, semejante o peor que la de Irán. La revolución de los pueblos del Tercer Mundo ni debe ni puede ya ser parada mediante la represión militarista. Dar salida a los justos deseos de cambio y renovación social en países en los que la miseria de muchos es el sustento de la opulencia de una mínima parte de la población es hoy responsabilidad directa e inmediata de las naciones democráticas.




La Vanguardia (España). 1 de abril de 1980

El Salvador: más de 40 muertos y 200 heridos

Las exequias de monseñor Romero terminaron en una tragedia

     Acusaciones mutuas entre la Junta Militar y la Coordinadora de Masas. -La Iglesia contradice las afirmaciones del Gobierno y afirma que la bomba fue lanzada desde el Palacio Nacional.

     (Resumen informativo de nuestra Redacción). -Por lo menos, 40 personas han muerto y más de 150 han resultado heridas en los disturbios ocurridos el domingo en San Salvador, durante las exequias del arzobispo de la ciudad, asesinado la pasada semana. La Junta Militar y la Coordinadora de Masas se acusan mutuamente, mientras una nota de la jerarquía católica contradice al Gobierno. La matanza ocurrió durante la homilía de la misa exequial celebrada el domingo, por la mañana, cuando una bomba, con hojas de propaganda, hizo explosión en uno de los extremos de la plaza y le sucedió un intenso tiroteo de dos horas en medio del terror general.

     La ceremonia religiosa comenzó con normalidad; asistían millares de personas especialmente campesinos de todo el país, y 45 prelados provenientes de los cinco continentes, entre los cuales se encontraba el representante del Papa, el arzobispo de México, monseñor Ernesto Corripio Ahumada, que presidía el rito y fue quien pronunció la homilía. Se calcula en cuatrocientos mil el total de asistentes al acto religioso.

     Cuando se refería al ejemplo del arzobispo asesinado y a su mensaje -«no dar como caridad lo que es debido como justicia»- estalló la bomba, lo que fue seguido de diversos disparos y de una situación de pánico general.

APLASTADOS CONTRA LAS VERJAS

     En el clima de confusión creado la multitud intentó entrar en la catedral, apretujándose contra unas verjas de hierro e intentando saltar por encima de ellas. Muchos de las primeras filas no lo lograron y murieron aprisionados y aplastados por la multitud, sin que algunos sacerdotes y agentes de la Cruz Roja y de la Cruz Verde que estaban al otro lado pudieran hacer nada para impedirlo.

     La confusión fue total. Los concelebrantes tuvieron que suspender la misa y buscaron refugio en el interior de la catedral, donde también se concentraron unas cinco mil personas. El catafalco que contenía el féretro con los restos de monseñor Romero fue introducido a duras penas en el templo. La misa no pudo reanudarse y más tarde sus restos fueron inhumados en una cripta de la nave principal, tal como estaba previsto. Fuera, en la plaza fue volcada la mesa que contenía el vino y las hostias que debían ser consagradas en la misa, que se esparcieron por el suelo. Las flores del túmulo quedaron también esparcidas por la plaza. Numerosas personas -sobre todo ancianos, mujeres y niños- quedaron heridas de gravedad o sin vida en el suelo y en las escaleras de la catedral, en las mismas escaleras en las que, hace menos de un año, cayeron a manos de la Fuerzas de Seguridad 23 estudiantes que se habían encerrado en la catedral.

     Tras unas primeras horas en las que los miembros del Gobierno, que no estuvieron presentes en los funerales, permanecieron en silencio, más tarde hicieron público un comunicado en el que se acusa a la Coordinadora Revolucionaria de Masas de ser la autora del atentado y de que «había pretendido apoderarse del cadáver de monseñor Romero para esgrimirlo como bandera». También afirma que no permitirá ninguna violencia más a la Coordinadora, a la que acusa de la explosión de la bomba que contenía hojas de propaganda.

LA MATANZA DE EL SALVADOR: COMUNICADO DE LOS OBISPOS

     Esta versión ha sido puesta en duda y prácticamente negada por un comunicado firmado por varios obispos y dignatarios de la Iglesia Católica que asistieron al funeral. He aquí el texto íntegro de esta nota sobre los incidentes ocurridos:

     1.º «Nosotros, obispos, pastores de diversas iglesias cristianas, superiores de órdenes religiosas, sacerdotes y laicos, nos vemos obligados a rectificar el comunicado que el Gobierno de El Salvador ha hecho a las 16'30 del mismo día 30 de marzo sobre los sucesos ocurridos con ocasión de los funerales de monseñor Romero.

     No sólo hay graves falsedades en la narración de los hechos, sino también en la interpretación de los mismos, que pueden llevar a graves errores y confusión.

     En el mismo comunicado oficial del Gobierno se nos pide que digamos lo que vimos. Pues bien, esto es lo que vimos».

Lo que nosotros vimos

     2.º «Nuestra apreciación de los hechos, de los que en gran parte somos testigos inmediatos y en gran parte hemos podido comprobar, nos permite asegurar lo siguiente:

     a) En ningún momento nadie pretendió arrebatar el cadáver de monseñor Romero. Por el contrario, todas las personas y grupos sin excepción se portaron con gran respeto y devoción hacia sus restos.

     b) La Coordinadora Revolucionaria de Masas entró en la plaza «Barrios», donde se encuentra la catedral, pacífica, respetuosa y ordenadamente, y sus dirigentes colocaron una corona junto al féretro.

     c) Es falso que haya habido presión alguna por parte de la Coordinadora para obligarnos a permanecer dentro de la catedral. Si nos quedamos dentro de ella, aun después de que cesó la agresión, fue debido a nuestro deseo cristiano de acompañar a tanta gente aterrorizada que se apretujaba penosamente en el interior del sagrado recinto.»

La bomba y los disparos procedían del Palacio Nacional

     3.º «Lo que nosotros pudimos apreciar desde las escaleras de la catedral y desde sus torres, así como por los testimonios recogidos en nuestros recorridos por la ciudad, es lo siguiente:

     a) Súbitamente se escuchó la detonación de una fuerte bomba que varios testigos aseguran haber visto arrojar desde el Palacio Nacional.

     b) Luego sonaron ráfagas y disparos que varios de los sacerdotes presentes aseguran procedieron de la segunda planta del Palacio Nacional.

     c) Nosotros vimos o pudimos comprobar la presencia, desde primeras horas de la mañana, de los cuerpos de seguridad en las calles de San Salvador y en los accesos a la ciudad.

     d) También podemos asegurar que algunos miembros de la Coordinadora realizaron acciones consistentes sobre todo en quemar carros, supuestamente para asegurar la huida de la gente.»

Grave deformación de los hechos

     4.º «Los que vinimos a honrar la vida y la muerte de monseñor Romero hemos podido experimentar la verdad de sus palabras cuando combatía incansablemente la represión del pueblo salvadoreño. Nos sentimos hoy más que nunca solidarios y continuadores de su misión profética, haciéndonos eco de sus últimas palabras en que suplicaba y ordenaba, en nombre de Dios, que cesara la represión y que se suspendiese toda orden de matar.

     Hemos sido testigos del dolor y las angustias del pueblo salvadoreño, pero también de su coraje y de su madurez. Y en esta oportunidad somos testigos de la grave deformación de los hechos y de la falsa interpretación de los mismos que ha dado el Gobierno de El Salvador.

     San Salvador, 30 de marzo de 1980. Obispos enviados del Consejo Mundial de las Iglesias».

COMUNICADO SILENCIADO

     En el documento han estampado su firma 26 obispos, varios sacerdotes y laicos.

     La prensa y la radio de San Salvador no han publicado este documento hasta ahora.

     En El Salvador rige el Estado de sitio y el control sobre los medios informativos desde el día 5 de marzo, en que fue decretado por espacio de un mes.

     En el Palacio Nacional de San Salvador, citado por los eclesiásticos, se albergan el Ministerio de Defensa y varias oficinas gubernamentales.

     El Gobierno salvadoreño había manifestado que los cuerpos de seguridad no habían hecho acto de presencia antes del funeral, ni durante el funeral, sino que salieron a la calle a media tarde, patrullando para evitar pillajes y saqueos.



La trágica confusión de El Salvador

     La dramática situación de El Salvador conturba el ánimo y plantea dolorosas cuestiones a la conciencia de nuestras sociedades que han llegado a un nivel muy alto de civilización. Un pequeño país está viviendo horas trágicas, sumido en la más desgarradora expresión de la discordia y la violencia y asistimos, o asisten los Estados, a este lamentable balance diario de muertes, atentados, represalias, secuestros, desapariciones, torturas, etcétera, con una penosa indiferencia e incapacidad para aplicar remedio sino poniendo en juego medios de intervención que agravan más que resuelven la situación.

     Uno de los aspectos que cuesta más de aceptar sin sobresalto es la escasa, deficiente y con frecuencia tergiversada información de que disponemos. No se trata de una situación clara. Esto es evidente. Y por lo tanto no son legítimos los planteamientos maniqueos.

     El deseo de equiparar el caso de El Salvador con el de Nicaragua, por ejemplo, no parece procedente. En Nicaragua hubo la lucha de los sandinistas contra un antiguo régimen de tiranía. Y la gran mayoría del país, coincidiera o no con los designios de la guerrilla, colaboró en el movimiento para terminar un estado de cosas inaceptable. En El Salvador, desde el 15 de octubre, presentar los acontecimientos con el prisma de esta dicotomía no respondería a la realidad. Se produjo en aquella fecha un golpe militar contra el régimen dictatorial y le sustituyó una junta en la cual militares y políticos demócrata-cristianos se propusieron, por lo menos en origen, establecer un principio de gobierno que permitiera estabilizar la vida política y la convivencia social.

     En este punto es donde comienza la confusión. Podríamos decir que hay tres criterios para enjuiciar la dramática realidad salvadoreña:

     1. La izquierda trata de impedir que se afirme un poder que puede quitar la razón de ser de la lucha armada para imponer una situación revolucionaria.

     2. La junta está haciendo el juego de la extrema derecha y los intereses económicos existentes, amparando el terrorismo de la ultraderecha y aplicando una terrible represión sólo en el sentido contrario.

     3. La junta se encuentra atrapada entre la violencia de la extrema derecha y la extrema izquierda mientras intenta poner remedio a las injusticias básicas que la han hecho posible mediante la reforma agraria, nacionalización de la Banca, etcétera.

     Sobre estos fundamentos es posible suponer toda suerte de variadas interpretaciones en las que no hay que descartar las dificultades que se añaden por el devenir internacional. En todo caso, una cosa parece cierta: que está en curso un proceso terrible de recurso a la fuerza y que posiblemente ninguno de los tres factores que pugnan por imponer sus puntos de vista es ajeno a la utilización de unos procedimientos que van contra las normas del Derecho y el respeto a la persona humana. Es el umbral de la guerra civil. Tal vez sea ya este el tipo de lucha fratricida que impide el sereno predominio de la razón y la concordia. ¿Es aceptable que una vez más, el concierto de las naciones acepte sin ponerle remedio esta dolorosa realidad? La postura de quienes, incluso entre nosotros, reparten los dones de lo justo y lo injusto según el color de quienes disparan el arma homicida nos causa una profunda amargura.




1.       Periodista, sacerdote, director de la revista Cáritas.

2.       Cit. en Noam Chomsky y Edward S. Herman, Los guardianes de la libertad, Barcelona, Grijalbo Mondadori, 1990, p. 93. En este momento el periódico estadounidense no publicó ningún editorial sobre el tema. Como ha explicado Noam Chomsky, en EE. UU. dicho asesinato «fue situado en el contexto más amplio de los presuntos crímenes perpetrados tanto por la derecha como por la izquierda, que tanto lamentaban los oficiales salvadoreños» (p. 96). Sobre el tratamiento que la prensa estadounidense dio a la muerte de Romero y de otros defensores de la libertad en Latinoamérica véanse pp. 81-153.

3.       Recogido en 1980. Vela de armas Barcelona, Las Ediciones del Tiempo (Difusora Internacional), 1981.

4.       Cit. Noam Chomsky y Edward S. Herman, Los guardianes de la libertad, Barcelona, Grijalbo Mondadori, 1990, p. 103.


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