Antonio Martínez Sarrión ha registrado, con un lenguaje vanguardista, los mitos y el derrumbe del 68. Entre la retractación y la nostalgia, el poeta fue construyendo en su madurez un mundo de armonía -una felicidad sin alharacas, que sigue de cerca la moral estoica-, amenazado por las retorsiones expresionistas y por un dolor universal, producto de la injusticia, que se cuela en su reducto íntimo y le reclama su intervención.