Lo prometido es deuda (que no duda) y si alguna tenía pendiente Yllana con el público zaragozano,
por completo queda saldada (y disipada) con el Glub glub que ahora nos presenta: montaje sólido
como pocos, bien concebido y mejor realizado, propone éste un humor por inmersión, verdadero baño
de comicidad que, con ritmo intensísimo y medida muy ajustada, garantiza de principio a fin el
entretenimiento y la diversión.
Y es que teatro cómico visual que se apoya en el gesto pero que entra por el oído, el mimodrama
de Yllana transmite convicción y, desde luego, capacidad: como peces en el agua se mueven los
actores por el mar de la creatividad y estas particulares vacaciones son descanso activo que apenas
sí dan tregua al espectador.
A destacar la frescura y la originalidad de un espectáculo que se toma cuantas libertades concede
una por momentos portentosa inventiva.
Glub glub relega a un segundo plano la unidad temática o de espacio para enlazar historias y
situaciones casi de cada día (festivo por supuesto) que, siendo absurdas de suyo, por medio de giros
imprevistos y chistes verdaderamente ocurrentes, se disparatan todavía más conduciendo una indudable
apoteosis del surrealismo.
Referencias a una sensibilidad formada por el cine (mudo, claro es), los seriales televisivos y los
tebeos, lo aproximan sobre manera: dibujos animados (pero no: animadísimos) dentro de una pecera
que, «para cerrar el festival de hoy», acaba rompiéndose, felizmente destrozada a golpe de calcetín.