Pollas, penes, cipotes, un lenguaje desmesurado, chocante, junto a la trama y las situaciones que
fuerzan hasta los límites el buen gusto. Todo parece desmesurado en este montaje, pero resulta que
es su propuesta, llevar al público a ese lugar donde las cosas se nombran sin inhibiciones y que se
acepta como convención comunicativa. Y es que la historia es tan disparatada como fecunda: un policía
vocacional que solamente llega a detective y que acaba investigando una conspiración de un tal doctor
Sadex, cuyo objetivo es homosexualizar el planeta hasta el fin de los siglos. Es decir, que parte de una
idea absolutamente vertiginosa, que roza todo lo políticamente correcto, que puede llegar a agredir,
pero que, conforme avanza el espectáculo, se van descubriendo las claves, se van consolidando las
tramas y los lenguajes escénicos se van interconexionando, se descubre que se trata de un divertido
trabajo de un humor nada ramplón, que intenta y en muchas ocasiones lo logra, romper con los tópicos,
o jugar con ellos para darles una vuelta de tuerca y hacer que todo se convierta en un gran disparate,
en una ceremonia de humor grueso, pero con muchas sutilezas, y que al final el canto falócrata se quede
en una caricatura, casi en una denuncia, por lo que, como en la tradición de los buenos ejercicios
cómicos, todo lo que aparentemente parece incuestionable acaba siendo lo contrario, y aquí asistimos
a una falocracia de plexiglás, en unos personajes realmente desquiciados, obsesionados que conspiran
desde una cueva en la búsqueda del universo de pollas voladoras descomunales.
Si el asunto, la historia, su plasmación es delicada, rasposa, lo que hace que todo se vaya
convirtiendo en lo que realmente se pretende son unos diálogos que funcionan, una historia que se
cuenta con muchos elementos, que se homenajea a grandes cómicos del mundo del cinematógrafo, que
se cuida la progresión narrativa y, sobretodo, que los actores son los propios autores, y eso hace que
estén creando unos personajes que están trabajados desde el propio escenario, que los diálogos sean
oportunos, en ocasiones muy chispeantes, pero que lleguen con excelente fluidez y que se vayan dando
vueltas a las situaciones hasta llevarlas al absurdo, con lo que la transmisión del escenario a la platea
es vertiginosa y provoca risas y carcajadas porque hay efectos realmente sorprendentes, y porque se
mantiene durante todo el espectáculo un tono medio de conexión capacidad de asombro muy eficaz.
Hay una unidad estética en todos los componentes escénicos, que se ajustan dramatúrgicamente
a la propuesta, al igual que la iluminación y el espacio sonoro, con lo que nos encontramos con un
trabajo rotundo, sin concesiones, que procura diversión no exenta de motivos de reflexión.