Se convoca a las partes más oscuras del ser humano. Cuatro condenados en el corredor de la
muerte convierten su espera, sus angustias, en una celebración de morbosidades con los espectadores.
Aparece la risa ante situaciones tétricas, ante violencias, ante obscenidades. Y narramos, no un
escándalo, sino un magnífico trabajo teatral, de humor gestual, sin palabras.
Un humor negro, escatológico, al límite de lo políticamente correcto, pero preñado de una gran
inteligencia para que se bordee al abismo sin caer en lo facilón... En otras épocas se podría calificar
como teatro de provocación, hoy es simplemente un espléndido trabajo donde el humor sirve de
coartada para hablar de asuntos tan peliagudos como la pena de muerte, las condiciones carcelarias,
la relación entre carceleros y presos sobre curas que certifican ejecuciones y algunos asuntos más que
contienen en sí mismo una carga emocional elevada, que no pueden dejar a nadie ajeno. La propuesta
de Yllana logra que se despierten los instintos básicos y en complicidad consigan reírse ante la
estupefacción lograda por situaciones o actitudes.
En este trabajo han logrado aunar las ideas con el preciosismo de la ejecución. Si el ámbito elegido
para desarrollar sus acciones es atípico, un corredor de la muerte, la progresión de los personajes, las
situaciones planteadas y sus desenlaces son fruto de un trabajo meticuloso en la elaboración del guión,
en el juego de improvisaciones previas y en una puesta en escena, que ha medido ritmos, tiempos,
intensidades y que aprovecha de una manera ejemplar las características de cada actor en solitario para
que exprese todas sus capacidades interpretativas y logra una conjunción que aumenta los efectos
comunicativos, debido a su lenguaje escénico preciso.
Consiguen un comunicación con el público hasta el paroxismo, y es que no hay un segundo sin que
suceda algo interesante en el escenario.
Éste será uno de los trabajos de humor gestual en donde mejor se ha depurado lo transitivo y se
han quedado con lo sustantivo. No sobra nada, no falta nada. Tiene ritmo, una iluminación al servicio
de los actores y una banda sonora que crea espacios sonoros que anteceden o subrayan las acciones.
Se trata de un divertidísimo trabajo que, además de lograr la risa, induce a la reflexión.