Ya hace algún tiempo que el grupo Yllana, muy unido a la sala Alfil de Madrid, entró por la puerta
grande en lo que se podrá denominar síndrome Tricicle, es decir, teatro gestual (más onomatopeyas).
El presente montaje es su tercera apuesta por un tono mucho menos blanco que los mimos catalanes,
pero tampoco negro. Más bien apuesta por un humor bestia, y macabro en esta ocasión. En este
espectáculo que ha tardado cuatro años (¡cuatro!) en llegar a Valencia ciudad, después de estrenarse
en la Mostra de Mim de Sueca (1998) y recorrer buena parte de la Comunidad Valenciana y del resto
del ancho mundo. Pero, más vale tarde que nunca, porque sí era una bestialidad que el publico
valenciano se perdiera este sentido del humor.
Se perdiera esta historia que parte de un tema que no tiene ninguna risa, el corredor de la muerte.
Pero así han sido casi todos los cómicos a lo largo de la historia, atreverse a reír de lo que no se debe.
El problema actual es que la crítica se deja de lado, para buscar el simple choque con estas dantescas
situaciones. Por el contrario, ése es uno de los puntos principales de atención, el brote de provocación
que dan pie estos extravagantes reclusos. Y, por supuesto, una perfecta matemática en la confección
de los gags y de las situaciones. Su arma principal, encarnada en unos excelentes actores (con
estrepitosa vis cómica) que enganchan, y en escenas de confección impecables, desde instantes de los
sueños, al alucinante y pene (trante) infierno, pasando por una disparatada ejecución. Incluso, creando
la relación amistosa de dos ahorcados, la escena más dantesca y poética a la vez.
En suma, diversión bruta, algo gore, que, cuando funcione el boca a boca, el éxito estará
asegurado.