Si a Miguel Delibes se le debe aquello del alargamiento de la sombra del ciprés a los de Yllana se
les debe el discutible honor de tener como presuntos vástagos al grupo Sexpeare, compañía inédita
hasta ahora en los escenarios forales. No se trata aquí de acometer contra unos y otros sino que es
curiosa la sintonía en las propuestas de ambos. Por situar un solo ejemplo Teresa Rodrigo viste a
ambos grupos aunque luego las prendas, por la desnudez parecen inexistentes.
El montaje de Hipo es una pura sucesión de disparates en el texto y una interesante disposición de
argumentos en la dramaturgia que abarcan desde la escenografía hasta el sonido y desde la iluminación
hasta la selección musical. A ello se añaden los rimbombantes detalles de la puesta en escena, la
caracterización, etc.
La historia podría firmarla cualquier descerebrado y ellos, para limar asperezas, reconocen
influencias de Monthy Python, Woody Allen, Marilyn Manson, etc.
Hombre, algo de esto existe , pero también un decidido propósito de provocación no exento de
momentos delicados para ojos abiertos y castos oídos.
Penetrar en la trama es abrir la puerta a la extravagancia: Moho, el nuevo empleado de un sex-shop, destapa una organización decidida a crear un planeta de homosexuales mediante la ingestión de
una pastilla. Mejor dejarlo sólo ahí. Al grupo al que agradecerle que detuviera la representación para
explicar el argumento de lo visto antes de «entrar en la paranoia».
Sin embargo hay que reconocer imaginación en muchos puntos, si exceptuamos la berkoffiana idea
de la cama vertical. Ahí quedaron la cuenta atrás, convertida en cuenta hacia delante, el loco viaje en
automóvil, la agria discusión de las marionetas y más, mucho más, porque Hipo, dejando aparte
algunos excesos, es un montaje muy divertido. Por aquello de poner mantequilla en el pan seco
recurrieron en los últimos momentos a Memorias de África para destapar la ternura y el terciopelo que
también se descubre en los personajes. Humor directo, salvaje y provocador.