Hace unos días nada más tuvimos el inmenso placer de poder contemplar, a través del canal digital,
un emocionante reportaje realizado por nuestro Alfredo Tobía a la dirección, el ojo inquisitivo de
nuestro Jesús R. Rocandio (CA.OS Producciones) a la cámara, Fatás al sonido y Blasqui al recorte,
sobre el mundo de los clowns, de los payasos. En el mismo aparece entre otros famosos, cómo no,
el gran Leo Bassi que, en un momento de su emocionante cháchara, explica que la risa, cuando aflora
en el humano, no tiene presente, ni pasado ni futuro: surge en un momento de felicidad etérea, fuera del
tiempo, y es inaprehensible porque no responde a la lógica. Cuando se produce y mientras dura es un
trocito de eternidad, quizá un pedacillo de la ilusa felicidad que el hombre se desea para después del
acabose: ja, ja, ja…
Y tiene razón Leo Bassi: los de Yllana Producciones con su extraordinario concierto Rock&Clown
nos regalaron la otra noche, en el Salón de Columnas, grandes dosis de eternidad. Porque no paramos
de reír, de disfrutar, de gozar como ángeles infantiles , de rozar la delicuescente gloria eterna, desde
que comenzó el espectáculo hasta que terminó hora y media más tarde . Fíjense cómo sería que la
abarrotada sala no quería abandonar su paraíso y pedía más pedacillos de evo insistentemente. Pero
para nuestra desgracia, todo acaba: yo mismo, aunque sabedor del inmenso esfuerzo y desgaste que
una función frenopático como ésta ocasiona en sus intérpretes, me hubiera quedado otra hora más por
saborear el infinito: ja, ja, ja…
Parece que a los cuatro brillante entretenedores de Yllana les gusta llamarse musicómicos, quizá
porque encontraran el término cuando andaban currándose el espectáculo y todavía lo tenían por
definir: ellos hablan en su programa de pequeños instrumentos musicales y se fotografían en él con
bolsas de papel en la cabeza que luego, en su definitivo y redondo trabajo ante el público, no aparecen.
Lo que yo vi fueron cuatro inmensos payasos musicales: un percusionista magistral que convierte en
selva tropical los cascos nazis de un desfile militar o baquetea toda la rítmica. África en dos inmensas
escaleras y tres guitarristas electrónicos que, sin nariz colorada -no la necesitan- me llevaron al circo
de mi niñez. Oigan: un número genial con tres voluntarios del público, muy bien por ellos, a los que
convirtieron en sensacionales marionetas de sus instrumentos: los Blue Brothers enanizados,
disparatados conciertos de Rock, samba, salsa y payasadas, estupendas payasadas que arrastraron
al entregado público donde les dio la real gana: sha, la, la…
Que vengan otra vez: más actuales, de puro clásicos, no los habrá en Actual 2000 y es una
sugerencia.
Por cierto, que salí de la gloria y entré en el vacío: a las once y media de la noche de un jueves.
Logroño estaba muerto sin remedio. Qué inmensa soledad tras tanta risa. ¿Sería la eternidad? Ja, ja,
ja…