Tras muchas peripecias y avatares, el Alfil ha encontrado su sitio en el panorama de la escena
madrileña: un teatro de provocación, relativa; de intensa complicidad con el público, especialmente.
Un teatro en claves desenfadadas que produce cierta perplejidad en los carrozas y entusiasmos sin
disimulo en la grey juvenil.
Esta (la adolescente grey) practica el boca a oído y produce una onda expansiva de comunicación
entre iniciados; la secta es cada vez más numerosa. Sin ir más lejos, se necesita recomendación, o
sentido de la anticipación, para poder disfrutar del deleite de 666, de Yllana, grupo que convierte, cada
día a las 23:00 horas, la sala de la madrileña calle del Pez en un hervidero. Esta súbita pasión por el
teatro, juicios aparte, es siempre saludable.
El grupo Yllana también ha hallado su sitio. Tras Glup glup, ¡Muu! y ésta que nos ocupa, 666,
sicalíptica y escatológica, Yllana ha patentado su sello: teatro del gesto con mucho de cómic y un
discurso onomatopéyico. Lo de teatro del gesto es una definición engañosa, o, por lo menos,
insuficiente. No se trata del gesto puro, del ademán excluyente y exclusivo. Es la teatralidad de Yllana,
que ha abolido la lógica verbal, mas no la lógica narrativa, que no es autónoma: es claramente deudora
de la palabra. La gestualidad de estos excelentes cómicos no traduce un estado de ánimo o una
naturaleza estética, sino que suplanta la palabra con idéntica lógica discursiva. Y utilizando todos los
resortes dramáticos del cuerpo humano.
Sustituir la palabra por onomatopeyas, excesos guturales o sonidos varios no es un teatro del gesto
sino un teatro de la palabra ausente. Y esto se dice en un sentido puramente descriptivo. Un enunciado
clarificador.
Lo que cuenta en 666 es, sobre todo, la eficacia, la tensión lúdica y, en ocasiones, inquietante que
transmite a un público muy proclive; y el ácido concepto que vierte sobre determinados aspectos de
una sociedad impresentable, bajo la apariencia del disparate y del humor. Humor negro, por supuesto,
sobre la pena de muerte y sus modalidades. Y cierto lirismo en los sueños y fantasías que la noche trae
a las rejas de la cárcel.
Hay momentos de macabra comicidad en, por poner un ejemplo, las ejecuciones en la silla eléctrica
y en la guillotina; transgresión primaria en el priapismo de las últimas escenas. Y cierto parentesco,
lejano, con el absurdo elemental perfumando todo el espectáculo.
Eficacia, ritmo, coherencia discursiva pese a esa ausencia de palabra ya aludida. Y una sobredosis
reconfortante de la potencia como actores de Fidel Fernández, Raúl Cano, Joe O'Curieen y Antonio
de la Fuente, homogéneos y asimilables, pero cada uno con su matiz diferenciador. Juntos, pero no
revueltos, que dirían en mi pueblo de Palencia; no es lo mismo la mueca distorsionada que el gesto sutil;
el tono payasesco que el ademán achulado. Aunque cada uno participa, en mayor o menor grado, de
todos los registros.