Con sólo cinco espectáculos y seis años de existencia Yllana ha configurado ya un estilo propio.
Las afinidades por ejemplo con Tricicle, son evidentes: desplazamiento de la palabra en beneficio del
gesto. Pero la estilística es distinta, y el uso del mimo y de la onomatopeya también.
La construcción dramática de sus obras le importa menos a Yllana que la agresividad corrosiva de
su humor. Rock&Clown está en esa línea trepidante que no da descanso al espectador y lo
compromete en un proyecto que rebasa el escenario y se expande jubilosamente por el patio de
butacas.
Al final hay un toque de ternura, una despedida y un adiós sentimental y melódico que cambia y
suaviza el panorama. Parece como si, agotados los recursos del extraño concierto, público y músicos
hubieran firmado la paz.
Rock&Clown tiene ritmo y estética de Rock y sentimentalidad de payasos hiperactivos. Las
referencias circenses, por otra parte no acaban aquí ; hay también un escultórico número de acrobacias
y saltos regocijante y medido. La incitación al público para conseguir su complicidad es continua. Y
eficaz . Y hay momentos memorables como el del ciego a bastonazos por el patio de butacas, o los
dos números de marionetas humanas. Estos acreditan la capacidad histriónica, la habilidad de manos
y el sentido actoral totalizador que distingue a Yllana.
Mas por encima de las actitudes actorales. Que son evidentes; por encima del estruendo, la
estridencia y la contorsión exagerada, que también son evidentes, lo que importa de Yllana, de
Rock&Clown es su humor hiperactivo e impúdico, su frenesí gestual y la inclemencia participativa con
que acosan al público.