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CRÍTICA Y BIBLIOGRAFÍA
Crítica: Hipo
Hipo: Obsesos gestuales en el Alfil
Pedro Manuel Víllora

     Si el cinematográfico y camaleónico Fele Martínez trabajó con la compañía Sexpeare, y ninguno de sus miembros le va a la zaga como actor, esto es una señal de la extraordinaria preparación de que hacen gala unos intérpretes tan brillantes como bien dotados. Santiago Molero, David Tenreira y Rulo Pardo ofrecen en el Teatro Alfil uno de los mejores trabajos cómicos de la cartelera madrileña, así como tres composiciones gestuales -y acaso geniales- merecedoras de mayor reconocimiento. Por eso no significa que Hipo vaya a gustar a todos. Conviene advertir a los espíritus recatados y fácilmente impresionables que éste es un espectáculo transgresor en la línea de The Rocky Horror Picture Show, y que hay un amplio repertorio de obscenidades, groserías, ordinarieces, adminículos sexuales y alusiones escatológicas, empleados con tanta desfachatez como, paradójicamente, ternura. Porque Hipo juega al disparate, a lo extremo, lo ilógico, lo absurdo, lo demencial; y lo hace con los materiales más pobres desde el punto de vista cultural: la serie ultra-Z de ciencia ficción, el cómic guarro, la novelucha policíaca; el teatro de bar de copas, el sadomasoquismo de revista. Llegan incluso a la incorrección del nuevo cuño, impensable en otros ámbitos, de distinguir entre homosexuales y normales. Y es que Hipo trata del plan del profesor Sadex y su ayudante y amante Rabon por convertir a toda la humanidad en homosexuales, algo que el policía aficionado Moho intentará evitar. Esto da pie a escenas delirantes y destructoras de cualquier prejuicio tanto moral como estético, pues sobre ellos proyecta, pues sobre ellos presenta una mirada irónica y distanciadora que llega al grado de reconocer escénicamente el propio carácter de obra teatral con un esquema y una duración. Hipo es un ejemplo de sabiduría aplicada al mal gusto -y no al revés-, así como un catálogo acumulado de obsesiones, anhelos y represiones. Pero todo en este esperpento resulta tan disparatado que el efecto demoledor, aquello que podría resultar ofensivo y molesto, queda desarmado, inoperante, y su lugar es tomado por la risa. Incruenta risa, risa sana.



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