Si el cinematográfico y camaleónico Fele Martínez trabajó con la compañía Sexpeare, y ninguno
de sus miembros le va a la zaga como actor, esto es una señal de la extraordinaria preparación de que
hacen gala unos intérpretes tan brillantes como bien dotados. Santiago Molero, David Tenreira y Rulo
Pardo ofrecen en el Teatro Alfil uno de los mejores trabajos cómicos de la cartelera madrileña, así
como tres composiciones gestuales -y acaso geniales- merecedoras de mayor reconocimiento. Por eso
no significa que Hipo vaya a gustar a todos. Conviene advertir a los espíritus recatados y fácilmente
impresionables que éste es un espectáculo transgresor en la línea de The Rocky Horror Picture Show,
y que hay un amplio repertorio de obscenidades, groserías, ordinarieces, adminículos sexuales y
alusiones escatológicas, empleados con tanta desfachatez como, paradójicamente, ternura. Porque
Hipo juega al disparate, a lo extremo, lo ilógico, lo absurdo, lo demencial; y lo hace con los materiales
más pobres desde el punto de vista cultural: la serie ultra-Z de ciencia ficción, el cómic guarro, la
novelucha policíaca; el teatro de bar de copas, el sadomasoquismo de revista. Llegan incluso a la
incorrección del nuevo cuño, impensable en otros ámbitos, de distinguir entre homosexuales y
normales. Y es que Hipo trata del plan del profesor Sadex y su ayudante y amante Rabon por convertir
a toda la humanidad en homosexuales, algo que el policía aficionado Moho intentará evitar. Esto da
pie a escenas delirantes y destructoras de cualquier prejuicio tanto moral como estético, pues sobre
ellos proyecta, pues sobre ellos presenta una mirada irónica y distanciadora que llega al grado de
reconocer escénicamente el propio carácter de obra teatral con un esquema y una duración. Hipo es
un ejemplo de sabiduría aplicada al mal gusto -y no al revés-, así como un catálogo acumulado de
obsesiones, anhelos y represiones. Pero todo en este esperpento resulta tan disparatado que el efecto
demoledor, aquello que podría resultar ofensivo y molesto, queda desarmado, inoperante, y su lugar
es tomado por la risa. Incruenta risa, risa sana.