Yllana sigue demostrando con cada uno de sus espectáculos una forma de entender el teatro que
tiene que ver más con el gesto y el movimiento que con la palabra. No son mimos, ni acróbatas, ni
bailarines; pero, a la par, son todo eso y más en esta propuesta dinámica y humorística que no pierde
nunca de vista su objetivo teatral: divertir al público. El teatro de Yllana se sumerge en los mecanismos
más ancestrales de la risa, que tiene que ver con la transgresión y la osadía de los más viejos cómicos,
payasos o saltimbanquis funambulistas. Tanto el erotismo como la violencia o las onomatopeyas más
animalescas se incluyen en su repertorio de golpes, bailes, tropezones, percusiones y caídas. La
ausencia de la palabra resalta el valor mímico o gestual de los intérpretes, situándolos en un alto registro
humorístico.
Spingo comienza a los compases trepidantes de una música de discoteca con toda su batería de
jóvenes y dinámicos intérpretes en movimiento. Las risas estallan en la sala como si nacieran de las
raíces del patio de butacas. Antonio Pérez Agudo -con un brillante despliegue de energía escénica-
juega con el público como un director de orquesta de toses y otros sonidos.
Sin palabras
La sátira está presente en este nuevo espectáculo de Yllana. Sin palabras, se ponen en escena
situaciones claramente reconocibles. Hay que destacar una escena con golpes que se convierte en el
mayor hallazgo del montaje, que a veces se vale de los espectadores para continuar su gesta de la risa.
La sensualidad de la representación es otro de los motorcillos interiores que hacen avanzar felizmente
esta hedonista representación. Pero también la magia y el sueño desembocan en las tablas gracias a
las múltiples artes de Yllana. Una escena de cámara negra con unos muñequitos estilizados amándose
en la sombra despierta la parte más tierna y lírica del público.
La representación continúa como una fiesta de los sentidos que centrifuga y acaba con todas las
tensiones que pudiera traer previamente el público.
Las ovaciones que reciben de los espectadores reflejan la felicidad de este gozoso experimento de
teatro gestual que sana con la risa.