Yllana hacen muchas gracias de todo. Armados de su irreverencia característica, no hay sembrado
que estos chicos no se atrevan a pisotear. En Spingo, su último montaje, la cosa va más allá del pisoteo
furtivo para convertirse en baile furibundo sobre cualquier tabú o convención social. Como reza (es un
decir) el programa, la única premisa del espectáculo es «saltar, botar y resaltar». Eso, en cuanto a la
forma, porque en el contenido, Spingo puede provocar más de un respingo en parte del público que
no vea la gracia en coreografiar un suicidio, o en dar una paliza al ritmo de la música al más puro estilo
de los chicos de La naranja mecánica. Spingo dice tratar de desmitificar los espectáculos musicales
clásicos, pero va más allá: los disuelve en humor ácido. Una involuntaria asociación de ideas le lleva
a uno a acordarse de la nones comercial de Operación Triunfo en la escena en que tres coristas
acompañan con ventosidades a un cantante melosico (con todo, el peor número de la obra, bastante
burdo). En otro sketch, Yllana cumple las secretas aspiraciones de muchos de arrear un sartenazo a
bustamantes y bisbales al hacer lo propio con una interprete de gorgoritos románticos. ¿Eurovisión?
Eurofisión. Y desintegración.
Pero no nos llamemos a engaño. La explosión de desfachatez de Spingo está debidamente
calculada y controlada. Nos encontramos ante una producción no menos cuidada y controlada. Nos
encontramos ante una producción no menos cuidada que la de la factoría Endemol. La experiencia de
anteriores montajes dirige el estilo de Yllana hacia un sector específico de público. Incluso, la compañía
afirma haber preparado este montaje previendo su presentación en salas de aforo medio-alto. Por no
hablar del elaborado proceso de selección de los intérpretes de Spingo. Quede claro que a nadie con
dos dedos de frente puede parecerle mal esta profesionalidad ni ilegitima la intención comercial. La
duda está en si esta búsqueda de éxito determina una cierta ausencia de audacia en los planteamientos
dramáticos. Cualquiera que haya visto antes a Yllana percibirá un vago sentimiento de repetición en
los recursos cómicos (como la ralentización del movimiento de los actores, por ejemplo).
No obstante, sin ser una obra genial, Spingo cumple sus pretensiones de divertir. La mayor parte
de los números arrancan una sonrisa, cuando no una abierta carcajada. Los actores-bailarines exhiben
unas excelentes condiciones, aunque las coreografías no sean nada del otro mundo. Sin contar con la
sabia dirección que imprime al montaje un ritmo que para sí quisiera cualquier otro espectáculo.
Diversión a prueba de bomba.