José Gaos Antología filosófica: la filosofía griega

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Textos: Aristóteles

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[165] 

Aristóteles

[167]

^Metafísica

Libro A

1

     Todos los hombres tienden por naturaleza al conocer. Señal, el gusto de las percepciones sensibles: también aparte de su utilidad son gustadas por ellas mismas, y más que las otras la percepción por los ojos. No sólo, en efecto, para obrar, sino también cuando nada vamos a hacer, preferimos el ver a todo lo demás, por decirlo así. La causa es que ésta es de las percepciones sensibles la que más conocimientos nos proporciona y que pone de manifiesto muchas diferencias.

     Pues bien, los animales tienen por naturaleza la percepción sensible, pero de ésta no nace en unos la memoria, en otros sí; y por esto los últimos son más inteligentes y más capaces de aprender que los que no pueden recordar. Inteligentes sin aprender son cuantos no pueden oír los sonidos, como la abeja y cualquier otra especie semejante de animales que pueda haber. Por el contrario, aprende el que, además de la memoria, posee también esta percepción.

     Así pues, las demás especies viven sirviéndose de la imaginación y de la memoria, pero carecen propiamente de experiencia; el género humano vive sirviéndose del arte y de la razón. De la memoria nace, en efecto, la experiencia [168] para los hombres: los muchos recuerdos de la misma cosa acaban por alcanzar la fuerza de una experiencia. Y ésta parece ser aproximadamente lo mismo que la ciencia y el arte, mas la ciencia y el arte vienen por la experiencia a los hombres: «la experiencia hizo el arte; la inexperiencia, la suerte», dice Polo, y dice bien. Nace el arte, en efecto, cuando de muchas nociones de la experiencia surge un juicio universal acerca de las cosas semejantes. El juzgar que a Callias, aquejado de una determinada enfermedad, le alivió tal cosa, y a Sócrates, y así a muchos individualmente, es cosa propia de la experiencia. El juzgar que alivió a todos los comprendidos bajo una especie, aquejados de una determinada enfermedad, como a los que sufren una inflamación, o a los que padecen de bilis, o a los que tienen una fiebre ardiente, propia del arte.

     Pues bien, por lo que se refiere al obrar, la experiencia no parece diferir en nada del arte, antes incluso vemos a los que tienen experiencia acertar más veces que los que, sin experiencia, poseen el concepto. La causa es que la experiencia es un conocimiento de lo individual y el arte de lo universal, y los actos y los hechos se refieren todos a lo individual: el médico no cura al hombre, salvo por accidente, sino a Callias, o a Sócrates, o a algún otro de los que llevan un nombre propio, al que le acaece ser hombre. Si, pues, careciendo de experiencia, se posee el concepto y se conoce lo universal, pero se ignora lo individual comprendido en lo universal, se errará muchas veces el tratamiento, ya que lo que hay que tratar es lo individual.

   Por el contrario, el conocer y el comprender pensamos que corresponden más al arte que a la experiencia, y juzgamos más sabios a los que poseen un arte que a los que [169] tienen solamente experiencia como quiera que la sabiduría sigue en todos preferentemente al conocimiento, y es así, porque los unos conocen la causa y los otros no: los que tienen experiencia conocen lo que pasa, pero no conoce, por qué pasa; los otros descubren el por qué y la causa. Por lo mismo, también tenemos a los maestros en cada arte por más dignos de honores, más conocedores y más sabios que los obreros manuales, porque conocen las causas de lo que se hace, y como quiera que no se es más sabio en razón de la habilidad práctica, sino de la posesión del concepto y del descubrimiento de las causas. Los obreros manuales actúan igual que algunas de las cosas inanimadas, que no conocen que hacen lo que hacen, como quema el fuego; si bien las cosas inanimadas producen por obra de una naturaleza cada uno de sus efectos, mientras que los obreros manuales trabajan dirigidos por la costumbre.

     En general, un signo distintivo del que conoce es el poder enseñar, y por esto estimamos que el arte es más ciencia que la experiencia: los que poseen un arte pueden y los que tienen solamente experiencia no pueden enseñar.

     Por otra parte, no estimamos que ninguna de las percepciones sensibles sea sabiduría, y ciertamente son ellas las principales fuentes de conocimiento de las cosas individuales, pero no dicen el por qué de nada, por ejemplo, por qué es caliente el fuego, sino sólo que es caliente.

     Natural, pues, que el que por primera vez encontró cualquier arte distinto de las percepciones comunes fuese admirado por los hombres, no sólo por ser útil algo de lo encontrado, sino como sabio y distinguido entre los demás; pero que encontradas más artes, unas que son para las necesidades de la vida y otras para el entretenimiento, [170] siempre hayan sido juzgados más sabios los descubridores de éstas que los de aquéllas, por no ser utilitarias las ciencias descubiertas por los primeros. De aquí el que fuera ya organizadas todas las de esta índole, cuando se encontraron aquellas de las ciencias que no son para el placer ni para las necesidades, y por primera vez en aquellos lugares donde precisamente empezaron a tener ocio. Por esto fue en Egipto donde las artes matemáticas empezaron a constituírse: porque allí fue dado tener ocio a la casta de los sacerdotes.

     En suma, y según queda dicho, el que tiene experiencia parece ser más sabio que los dotados simplemente de cualquier percepción; el que posee un arte, más que quienes tienen solamente experiencia; el maestro en un arte, más que el obrero manual; y las ciencias teóricas más que las poéticas. Es manifiesto, pues, que la sabiduría es la ciencia de algunas causas y principios.

     En la Ética está dicho qué diferencia existe entre el arte y la ciencia y las demás cosas del mismo género; la razón por la que ahora hacemos estas consideraciones es ésta: que todos juzgan que la llamada sabiduría se refiere a las primeras causas y a los principios. [171]



2

     Puesto que tratamos de adquirir esta ciencia, debemos esforzarnos por averiguar qué ciencia, es decir, la ciencia de qué causas y de qué principios, es sabiduría. Pues bien, si tomamos los juicios que hacemos corrientemente acerca del sabio, es posible que por esta vía resulte más patente que por ninguna otra.

     Juzgamos, en primer término, que el sabio posee hasta donde cabe la ciencia de todas las cosas, sin poseer la ciencia de cada una.

     Luego, que quien puede conocer las cosas arduas y no fáciles de conocer para el hombre, es sabio. La percepción sensible es común a todos y por ende cosa fácil y nada sabia.

     También, que el más riguroso y el más capaz de enseñar es, en toda ciencia, más sabio.

     Y que, de las ciencias, la preferible por ella misma y en gracia al conocimiento es sabiduría en mayor grado que la preferible por sus consecuencias.

     Y que la principal es sabiduría con mayor propiedad que la subordinada: porque no está bien que el sabio sea mandado, sino que mande ni que él obedezca a otro, sino a él el menos sabio.

     Todos estos juicios hacemos corrientemente acerca de la sabiduría y de los sabios.

     Pues bien, el poseer la ciencia de todas las cosas es necesariamente [172] propio del que posee en la mayor medida posible la ciencia de lo universal, pues éste conoce de cierto modo todas las cosas subyacentes.

     Sobre poco más o menos, también las cosas más arduas de conocer para los hombres son las más universales, ya que son las más alejadas de las percepciones sensibles.

     Las más rigurosas de las ciencias son las que más exclusivamente son ciencias de las cosas primeras; pues las que parten de menos cosas son más rigurosas que las que admiten adicionales, así la aritmética es más rigurosa que la geometría.

     Pero, ciertamente, capaz de enseñar lo es también con preferencia la ciencia teórica de las causas, porque enseñan aquellos que dicen las causas de cada cosa.

     El preferir el conocimiento y la ciencia por ellos mismos conducen en primer término a la ciencia de lo científico por excelencia. Quien prefiere la ciencia por ella misma preferirá a todas la ciencia que sea más ciencia y ésta es la de lo científico por excelencia; ahora bien, científicas por excelencia son las cosas primeras y las causas, pues por ellas y partiendo de ellas se obtiene el conocimiento de las demás, pero no el de ellas por las subyacentes.

     En fin, principalísima entre las ciencias y principal por respecto a la subordinada es la que da a conocer el fin por que se ha de hacer cada cosa; mas este fin es el bien en las cosas en particular y, en general, el Sumo Bien en la naturaleza toda.

     De todo lo dicho se infiere que el nombre cuya significación buscamos viene a caer sobre una misma ciencia, que es necesariamente la ciencia teórica de los primeros principios y causas, ya que asimismo el bien o el fin es una de las causas. [173]

     Que no es una ciencia poética, resulta claro también por el caso de los primeros que se pusieron a filosofar. Los hombres empiezan en la actualidad y empezaron la primera vez a filosofar por obra de la admiración. Desde un principio se admiraron de las cosas al alcance de la mano en que no hallaban salida. Luego fueron progresando poco a poco en el mismo sentido y viendo que no hallaban salida en cosas mayores, como en las fases de la luna y las cosas referentes al sol, y en las estrellas y en el origen del universo. Ahora bien, el que no halla salida y se admira, se siente ignorante (es por lo que filómito es en cierto modo filósofo, ya que el mito se compone de cosas que causan admiración); de suerte que si precisamente por huir de la ignorancia se pusieron a filosofar, es evidente que perseguían la ciencia por el conocimiento y no por ninguna utilidad.

     Lo atestigua también el curso mismo de los acontecimientos. Fue existiendo ya aproximadamente todo lo necesario para la vida y lo enderezado a la comodidad y el entretenimiento, cuando se empezó a buscar esta peculiar inteligencia de las cosas. Está, pues, claro que no la buscamos por ninguna utilidad distinta de ella misma, sino que así como llamamos hombre libre al que existe para sí y no para otro, de igual manera decimos que ésta es la única libre de las ciencias, pues que ella es la única que existe para sí propia.

     Por lo mismo también, con justicia podría tenerse por no propia del hombre su posesión. La naturaleza humana es de muchas maneras esclava, de suerte que, como dice Simónides, Dios solo podría tener este privilegio, bien que no sería digno el no tratar de adquirir el hombre la ciencia que corresponde a su naturaleza. Si, pues, los poetas [174] dicen bien y la Divinidad es por su naturaleza capaz de tener celos, natural es que recaigan principalmente sobre el hombre que trata de adquirir esta ciencia y que sean desgraciados todos los que se destaquen en ella. Pero ni cabe que la divinidad sea celosa, sino que «mentiras de poetas» es una expresión proverbial, ni se debe tener a ninguna otra ciencia por de más alto rango que la de esta índole. La más divina es también la de más alto rango y la de esta índole la única que puede serlo de dos maneras. Aquella que puede tener más que nadie Dios es la divina entre las ciencias, y la que pudiera haber de las cosas divinas; ahora bien, ésta, pero ella sola, resulta ser ambas cosas: todos consideran a Dios una de las causas y un cierto principio y Dios solo, o más que nadie, puede tener una ciencia de esta índole. Más necesarias, pues, todas que ella; pero más excelente, ninguna.

     En todo caso, es menester que su posesión revierta para nosotros en cierto modo a lo contrario de las primitivas búsquedas. Como dijimos, todos empiezan por admirarse de que las cosas sean como son, a la manera en que los mecanismos automáticos admiran a los que todavía no ven la causa, en que todos se admiran ante las revoluciones del sol o la inconmensurabilidad de la diagonal, pues todos consideran digno de admiración el que algo no sea medido por la unidad menor posible. Es menester, pues, venir a parar en lo contrario y acabar bien, según la expresión proverbial, a la manera de lo que sucede a los aludidos en cuanto aprenden: nada podría admirar tanto el geómetra como que resultase la diagonal mensurable.

     Queda dicho cuál es la naturaleza de la ciencia que tratamos de adquirir y cuál la mira con que es necesario emprender su adquisición y el estudio entero. [175]



3

     Evidentemente, lo que tratamos de adquirir es la ciencia de las primeras causas: decimos que conocemos una cosa cuando pensamos haber descubierto su primera causa. Pues bien, el término de causa se entiende en cuatro sentidos. Llamamos causa, primero, a la esencia o lo que hace que algo sea lo que es: el porqué de las cosas lleva a su concepto extremo y el porqué primero es una causa y un principio. Llamamos causa, segundo, a la materia o el sustrato. Tercero, a aquello de donde recibe su principio el movimiento. Y cuarto, a la causa opuesta a esta última, a saber, el fin o el bien, que es la meta de toda generación y de todo movimiento. Hemos hecho suficientemente la teoría de estos cuatro géneros de causas en la Física; sin embargo, vamos a consultar a los que procedieron antes que nosotros a la investigación de la realidad y se pusieron a filosofar sobre la verdad. Es notorio que también ellos hablan de principios y causas; el consultarles será, pues, de provecho para el curso ulterior de nuestras consideraciones: o encontraremos algún otro género de causa, o prestaremos más crédito a las que acabamos de enumerar.

     De los que primero se pusieron a filosofar, la mayoría han pensado que los principios de la índole de la materia son los únicos principios de todos los seres. Aquello de que están hechos todos los seres, el principio de que se generan y el término en que se corrompen, permaneciendo la sustancia, bien que cambiando de accidentes, es lo [176] que constituye, según ellos, el elemento y el principio de los seres. Por eso piensan que nada nace ni muere, pues que esta naturaleza subsiste eternamente. Así, no decimos que Sócrates nazca, pura y simplemente, por volverse bello o músico, ni que muera, por perder estas cualidades, puesto que permanece el sustrato, a saber, el propio Sócrates. Asimismo, nada de lo demás nace ni muere tampoco. Necesariamente existe una naturaleza, única o múltiple, de la que nacen las demás cosas subsistiendo ella. Tan sólo el número y la índole de este principio no son los mismos según todos.

     Tales, el iniciador de esta filosofía, afirma que es el agua, por lo que también declaraba que la Tierra flota sobre el agua. Probablemente, juzgaba así viendo que lo que nutre a todas las cosas es húmedo, hasta el punto de que el calor mismo nace de esta humedad y vive de ella, y que aquello de que todas las cosas nacen es el principio de todas las cosas. Juzgaba, pues, así, por esta razón y porque los gérmenes de todos los seres tienen la naturaleza húmeda y el agua es el principio de la naturaleza de las cosas húmedas.

     Hay quienes opinan que así juzgaban acerca de la naturaleza también los primeros y más antiguos que trataron de los dioses mucho antes de la generación actual. En efecto, hicieron del Océano y de Tetis los padres de toda generación y a los dioses jurar por agua, a saber, por lo que ellos, los poetas, llamaron Estigia; ahora bien, lo más antiguo es lo más venerable y lo más venerable aquello por lo que se jura. Es posible, en suma, que sea oscuro si esta opinión acerca de la naturaleza resulta una opinión primitiva y antigua; en todo caso, así se dice que se pronunció Tales sobre la causa primera. [177]

     A Hippón nadie se dignaría colocarle con éstos, por la insignificancia de su pensamiento. Pero Anaxímenes y Diógenes consideran el aire anterior al agua y principio con preferencia a todos los demás cuerpos simples. Hípaso Metapontino y Heráclito Efesio, el fuego. Empédocles, los cuatro, añadiendo como cuarto la tierra a los mencionados; pues que todos ellos perduran eternamente y no cambian sino aumentando o disminuyendo, congregándose en la Unidad y disgregándose a partir de ella. Anaxágoras Clazomenio, anterior por la edad a Empédocles, pero posterior por las obras, afirma que los principios son infinitos; en efecto, afirma que casi todas absolutamente las cosas compuestas de partes de la misma índole, al modo del agua y del fuego, nacen y mueren sólo en el sentido de que se congregan y se disgregan, pero en otro ni nacen ni mueren, sino que perduran eternas.



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