José Gaos Antología filosófica: la filosofía griega

Sección:

Textos: Aristóteles

> Índice de la obra
> En esta sección

> Marcadores: nombres

> Marcadores: materias


  [178]

^Libro L

Teoría de la sustancia

1

     De las sustancias, en efecto, son los principios y las causas que se buscan. Porque si el universo es un todo, la sustancia es su primera parte; y si es una sucesión, también en este caso la sustancia es lo primero, viniendo después la cualidad y la cantidad. Al mismo tiempo, estas últimas no son seres, para decirlo en una palabra, sino cualidades o movimientos, o también serían seres lo no-blanco y lo no-recto: al menos decimos que también éstos existen, por ejemplo, que existe lo no-blanco. Además, ninguna de estas otras cosas es un ser separado. Lo atestiguan, en fin, también los antiguos con su proceder: en efecto, lo que hacían era buscar los principios, los elementos y las causas de la sustancia. Ahora bien, mientras que los de hoy consideran preferentemente a los universales como sustancias, ya que universales son los géneros, que afirman que son preferentemente principios y sustancias, por su manera lógica de investigar, los de antaño consideraban sustancias las cosas individuales, como el fuego y la tierra, pero no lo común a ambas, el cuerpo.

     Pues bien, las sustancias son de tres clases: una, sensible, que se subdivide en eterna y corruptible (en esta [179] última todos están acordes y de ella son ejemplos las plantas y los animales) y cuyos elementos es de necesidad descubrir, sean uno o muchos; y otra inmóvil y de la cual algunos afirman que es una sustancia separada, los unos subdividiéndola en dos, los otros considerando de una misma naturaleza las formas y las cosas matemáticas, y unos terceros admitiendo de estas dos clases y únicamente las cosas matemáticas. Aquellas sustancias son propias de la física, ya que son sustancias con movimiento; pero, esta última será propia de otra ciencia, si ningún principio les es común a ella y a las otras. [180]



2

     La sustancia sensible es cambiante. Ahora bien, el cambio consiste en pasar de algo a algo opuesto, o de algo intermedio a otro algo intermedio, aunque no de algo a un algo opuesto cualquiera (incluso el sonido es no-blanco), sino de algo a lo contrario exactamente. Por consiguiente, es necesario que haya por debajo algo, lo que cambia en la pareja de contrarios, pues los contrarios no cambian ellos mismos. Además, lo uno permanece, mientras que los contrarios no permanecen. Hay, pues, algo tercero, además de los contrarios, a saber, la materia.      Ahora bien, los cambios son de cuatro clases: de sustancia, de cualidad, de cantidad, de lugar. El de sustancia es la generación y la corrupción puras y simples. El de cantidad, el aumento y la disminución. El de cualidad, la alteración. El de lugar, la traslación. Por consiguiente, estos cambios serían cambios en las parejas de contrarios propias de cada caso.

     Es necesario asimismo que cambie una materia en potencia de ambos.

     Supuesto, pues, que el ser es doble, todo cambia pasando del ser en potencia al ser en acto, por ejemplo, del blanco en potencia al blanco en acto. E igualmente sucede con el aumento y la disminución. De esta suerte, no sólo por accidente es posible el generarse del no-ser, sino que, también, del ser se generan todas las cosas, bien que [181] del ser en potencia, del no-ser en acto. Lo que se podría es dudar de qué no-ser viene la generación, ya que el no-ser es de tres clases.

     Esto es lo que es la «unidad» de Anaxágoras (mejor, en efecto, que decir: «todas las cosas estaban en el mismo sitio») y la «mezcla» de Empédocles y Anaximandro, y lo que afirma Demócrito: todas las cosas estaban en el mismo sitio, pero en potencia, no en acto. De suerte que estos filósofos habrían vislumbrado la materia.

     Por otra parte, todas cuantas cosas cambian tienen materia, pero cada una la suya. Incluso la tienen entre las cosas eternas cuantas no son generadas, pero si móviles con movimiento de traslación: no la materia de la generación, pero si la del movimiento de un lugar a otro.

     Y ciertamente, si algo existe en potencia, pero sin embargo no en potencia de lo primero que venga, sino que cada cosa sale de su cosa determinada, tampoco es bastante decir que todas estaban en el mismo sitio. En efecto, se diferencian por la materia, pues si no ¿porqué se generaron infinitas y no una sola? El «Pensamiento» es uno, de suerte que si también la materia fuese una, se habría generado en acto aquello que la materia era en potencia.

     En conclusión, tres son las causas y tres los principios: dos, la pareja de contrarios, a saber, la razón de ser o la forma y la privación, el tercero la materia. [182]



3

     Dicho esto, afirmo que no se genera ni la materia ni la forma, a saber, las extremas. Todo lo que cambia, en efecto, es algo que cambia, por obra de algo y en la dirección de algo. Aquello por obra de lo cual cambia, es el primer motor. Aquello que cambia, es la materia. Aquello en la dirección de lo cual cambia, es la forma. Pues bien, estas cosas irán hasta lo infinito, si no sólo se genera el bronce redondo, sino también la redondez y el bronce. Por lo tanto, es necesario detenerse.

     Dicho esto, afirmo que cada sustancia se genera de algo sinónimo -un hombre engendra un hombre-: las cosas que son sustancias por naturaleza y las demás. Porque la generación es, o por arte, o por naturaleza, o por fortuna, o por azar. El arte es el principio de otra cosa; la naturaleza el principio de la cosa misma; y las restantes causas son las privaciones de éstas.

     A su vez, las sustancias son de tres clases: la materia, que es sustancia en apariencia, pues cuanto es lo que es por contacto, y no por conexión natural, es materia y sustrato, como el fuego, la carne, la cabeza -todas las cuales cosas, en efecto, son materia, y la última materia, de la sustancia más sustancia; la naturaleza también sustancia, un cierto modo de ser en la dirección del cual se cambia; y la tercera, la compuesta de estas dos e individual, como Sócrates o Callias. [183]

     En alguna clase de cosas, la forma no existe aparte de la sustancia compuesta; así, la forma de una casa; a menos que no se admita que es el arte. (De éstas, además, no existe generación ni corrupción, sino que la casa, la inmaterial, la salud y todo lo que existe por arte, son y no son de otro modo). Si, en general, existiese aparte, sería en las cosas que existen por naturaleza. Por lo cual no hablaba mal Platón cuando decía que, formas, existen cuantas existen por naturaleza, si es que existen formas distintas de estas cosas mismas.

     Las causas motrices son seres anteriores, mas las como el concepto existen simultáneamente. En efecto, cuando sana el hombre, entonces es cuando existe la salud, y simultáneamente la forma de la esfera de bronce y la esfera de bronce.

     Si, por otra parte, queda algo último, es dudoso. En alguna clase de cosas, nada se opone, por ejemplo, el alma, aunque no toda, sino el pensamiento: toda, es imposible probablemente.

     En conclusión, es manifiesto que en nada hace falta, por razón al menos de estas cosas, que existan las ideas. Un hombre engendra un hombre; el individuo, otro que tal; e igualmente en las artes: el arte médica es la razón de ser de la salud. [184]



4

     Las causas y los principios son distintos para las distintas cosas, en cierto sentido; mas en otro sentido, a saber, hablando en general y por analogía, son los mismos para todas las cosas.

     En efecto, podría dudarse si son distintos o los mismos los principios y elementos de las sustancias y de las relaciones, e igualmente en cada una de las categorías.

     Pero sería un absurdo que fuesen los mismos para todas. En efecto, las relaciones y la sustancia procederían de los mismos, mas ¿cuál sería éste? Más allá de la sustancia y de los demás predicamentos no hay nada común, y sin embargo el elemento es anterior a aquellas cosas de las que es elemento. Por su parte, ni la sustancia puede ser elemento de las relaciones, ni ninguna de éstas de la sustancia. -En segundo lugar ¿cómo admitir que los elementos de todas las cosas sean los mismos? Es imposible, en efecto, que ninguno de los elementos sea lo mismo que lo compuesto de ellos, por ejemplo, lo mismo que A B, bien A o B. Ninguno de ellos, pues, sería ni sustancia ni relación, y sin embargo es necesario que lo sean. -Ni siquiera existe un elemento de las cosas pensables, como la unidad o el ser; pues éstos convienen a cada una también de las cosas compuestas-. No son, pues, los mismos los elementos de todas las cosas.

     O, como decimos, lo son en cierto sentido, no lo [185] son en otro. Así, v. gr., los elementos de los cuerpos sensibles son: como forma, el calor, y en otro aspecto, el frío, la privación; como materia, aquello que primero y por sí está en potencia de ambos. Por su parte son sustancias: estos elementos; aquellas cosas que están compuestas de ellos, aquellas de que ellos son los principios; y cualquier unidad que se genere del calor y del frío, como la carne o el hueso -porque es necesario que lo generado sea distinto del calor y el frío. De estas cosas, pues, éstos son los elementos y principios; pero de otras son otros; y de todas, en suma, no los mismos, hablando propiamente, sino hablando por analogía, como si se dijese que los principios son tres, la forma, la privación y la materia: cada una de éstas es distinta para cada género, como en el color, que son el blanco, el negro y la aparición, o la luz, la oscuridad y el aire, que son los del día y la noche.

     Mas pues que no sólo las intrínsecas son causas, sino que también hay causas de las cosas extrínsecas, como el motor, está claro que son cosa distinta el principio y el elemento, aunque causas ambos, y en ellos se divide el principio, siendo por su parte la causa en el sentido de lo que mueve y que detiene un cierto principio y una sustancia. De suerte que los elementos son por analogía tres; las causas y los principios, cuatro: pero distintos en las distintas cosas, también la causa primera en el sentido de motor. Ejemplos: la salud, la enfermedad, el cuerpo, y el motor la medicina; la forma, un cierto desorden, los ladrillos, y el motor la arquitectura. -Mas puesto que el motor en las cosas naturales es el hombre, en las cosas que dependen del pensamiento la forma o su contrario, de cierto [186] modo las causas serían tres, de otro cuatro: en efecto la medicina es en cierto sentido la salud, la arquitectura la forma de la casa, y el hombre engendra otro hombre. Así, la causa del hombre son: sus elementos, el fuego y la tierra, como materia; la forma propia -añadamos que estas causas serán, v. gr., el alma y el cuerpo, o el pensamiento, el apetito y el cuerpo-; y si hay alguna otra, externa, también ésta, como el padre; y además, el Sol y la Eclíptica, que no son ni materia, ni forma, ni privación, ni de la misma especie, sino motores; y más allá de estas causas, la que, como primera de todas, las mueve a todas. [187]



5

     Supuesto que hay cosas separadas y cosas no separadas, sustancias son las primeras. Y por esta razón las causas de todas las cosas son las mismas: porque sin las sustancias no existen las cualidades ni los movimientos.

     De otro modo aún son por analogía principios los mismos. Por ejemplo, el acto y la potencia. Pero también éstos son en las distintas cosas distintos y de distinta manera. En efecto, en algunas clases de cosas, una misma es unas veces en acto, otras veces en potencia, como el vino, la carne, el hombre. Mas también éstas caen dentro de las causas expuestas. En efecto, en acto es la forma, en el caso de que exista separada, y el compuesto de ambas, y la privación, como la oscuridad o la enfermedad. En potencia es la materia, que, en efecto, es lo que puede ser por generación ambas. -De distinta manera difieren el ser en acto y el ser en potencia en aquellas cosas que no tienen la misma materia y aquellas que no tienen la misma forma, sino una distinta. Los primeros principios de todas las cosas son aquello que es primero en acto esta cosa determinada, y otro, aquello que lo es en potencia.

     Es menester ver, además, que los unos pueden decirse universales, los otros no. Mas aquellos, los universales, no existen. El principio de las cosas individuales es lo individual. El hombre universalmente considerado lo es del hombre universalmente considerado, que no existe. Por el contrario, [188] Peleo lo es de Aquiles, de ti tu padre, y esta B de este B A. La B en general es principio de A B en general.

     Añadamos que, aunque los de las sustancias sean los de todas las demás cosas, son distintas, como se ha dicho, las causas y los elementos de las distintas cosas, a saber, de las que no pertenecen al mismo género, como los colores, los sonidos, las sustancias, la cantidad -salvo por analogía; y los de las pertenecientes a la misma especie también son distintos, no en la especie, sino porque son distintos los de las cosas individuales, como tu materia, y la forma, y el motor, y la mía, mientras que con arreglo a la razón de ser universal son los mismos.

     Por lo que respecta, en suma, al buscar qué principios y elementos son los de las sustancias, relaciones y cualidades, si los mismos o distintos, es claro que en sentido equívoco son los mismos para cada cosa, pero en sentido unívoco no son los mismos, sino distintos, salvo en los sentidos siguientes, en que lo son también para todas. Son los mismos por analogía en este sentido: que lo son la materia, la forma, la privación y el motor. Y también en este sentido: que las causas de las sustancias son causas de todas las cosas, puesto que éstas desaparecen desapareciendo aquéllas. Y en fin, es el mismo lo primero en perfección. Mas en otro sentido son principios primeros distintos: todos los contrarios que no se dicen en general ni en sentido equívoco. Y además, las materias.

     Queda dicho, pues, cuáles son los principios de las cosas sensibles, y cuántos, y en qué sentido son los mismos, y en qué sentido distintos. [189]



6

     Puesto que eran tres las clases de sustancias, dos las físicas y una la inmóvil, de ésta hay que decir que es necesario que exista una sustancia eterna inmóvil.

     En efecto, las sustancias son los primeros de los seres, y si todas fuesen corruptibles, todos los seres serían corruptibles. Pero es imposible que el movimiento se genere ni se corrompa: eternamente, en efecto, ha existido. Ni el tiempo: no es factible, en efecto, que exista lo anterior ni lo posterior, no existiendo el tiempo. Pues bien, el movimiento es tan continuo como el tiempo: en efecto, éste, o es lo mismo que el movimiento, o es una cualidad de él.

     Ahora bien, no hay más movimiento continuo que el de lugar, y de éste el circular.

     Pero la verdad es que si hay un motor o un hacedor, mas no está actuando, no habrá movimiento: cabe, en efecto, que lo que tiene la potencia no actúe. De nada sirve, por tanto, ni aunque hagamos eternas las sustancias, como los que tales hacen las formas, si no hay en ellas un principio potente para producir el cambio. No es, pues, suficiente, ni esta sustancia, ni ninguna otra distinta de las formas: en efecto, como no actúe, no habrá movimiento. Ni siquiera en el caso de que actúe, pero su esencia sea la potencia: en efecto, no habrá movimiento eterno: en efecto, cabe que lo que es en potencia no sea. Hace falta, pues, que haya un principio tal, que su esencia sea el acto. [190]

     Y hace falta, además, que estas sustancias sean inmateriales. En efecto, hace falta que sean eternas, con sólo que también alguna otra cosa sea eterna. Así pues, son en acto.

     Sin embargo, hay una dificultad. En efecto, parece que todo lo que está en acto tiene la potencia, pero que no todo lo que es potencia pasa al acto, de suerte que primero sería la potencia. Mas es cierto que si esto fuese, no existiría uno solo de los seres: cabe, en efecto, «poder ser» al par con «no ser aún».

     Y ciertamente que si fuese como dicen los teólogos, los que engendran el mundo de la noche, o como afirman los físicos, que todas las cosas estaban en el mismo sitio, se tendría el mismo imposible. En efecto, ¿cómo se movería nada, si no hubiese en acto ninguna causa? La madera no se moverá a sí misma, sino que la moverá el arte de la carpintería; ni los óvulos ni la tierra se moverán a sí mismos, sino que los moverán los gérmenes y la fecundación. Por esto algunos hacen existir eternamente el acto, como Leucipo y Platón: eternamente existe el movimiento, afirman. Pero por obra de qué, ni cuál, no lo dicen; ni cómo, ni la causa. En efecto, nada se mueve al buen tuntún, sino que hace falta siempre una causa, como ahora se mueve algo por naturaleza de esta manera; o por fuerza, o por la acción del pensamiento, o de otra cosa, de esta otra manera. Y en segundo lugar ¿cuál es el primero? Porque no es indiferente ni mucho menos. Antes la verdad es que ni siquiera a Platón le fue dado invocar en este punto el que piensa a veces que es el principio, aquello que se mueve a sí mismo: en efecto, el alma del mundo es posterior al movimiento y simultánea a la bóveda celeste, según él mismo afirma. [191]

     El pensar que la potencia es primero que el acto está bien en cierto sentido, no lo está en otro: queda dicho en cuáles.

     Que el acto es primero lo atestigua Anaxágoras (el Pensamiento es en acto), y Empédocles admitiendo la Amistad y la Discordia, y los que dicen que el movimiento existe eternamente, como Leucipo.

     Así pues, no existieron durante un tiempo infinito el caos o la noche, sino que las mismas cosas existen eternamente, o en ciclo, o de otra manera, si es que es primero el acto que la potencia.

     Y si lo mismo existe eternamente en ciclo, hace falta que algo permanezca eternamente actuante de la misma manera. Mas si ha de haber generación y corrupción, hace falta que otra cosa exista eternamente actuante de distinta manera según los casos. Es, pues, necesario que de cierta manera actúe por sí, de otra manera por obra de otra cosa, de una tercera cosa o de la primera. En rigor, es necesario que sea por obra de ésta, pues en caso contrario ésta sería causa de la segunda y de la tercera. Así pues, mejor es que sea por obra de la primera. Ella es, pues, causa de lo que es eternamente de la misma manera, mientras que de lo que es de distinta manera es causa la segunda, y de lo que es eternamente de distinta manera son causas ambas, como es manifiesto. Y así es como se portan, de hecho, los movimientos. ¿Para qué hará falta, pues, buscar otros principios? [192]



7

     Mas pues cabe que sea así, y si no fuese así el mundo saldría de la noche, y de todas las cosas en el mismo sitio, y del no ser, las dificultades anteriores pueden considerarse como resueltas, y existe algo eternamente movido con movimiento incesante, el cual movimiento es el circular: y esto es patente no solamente por razón, sino de hecho. En conclusión: la primera bóveda celeste seria eterna.

     Pero además hay algo que mueve. Puesto que lo movido y motor a la vez es un término medio, existe algo que no movido mueve, eterno y sustancia y acto.

     Pues bien: de esta manera mueven lo apetecible y lo pensable: mueven sin moverse. Lo primero apetecible y lo primero pensable son lo mismo. Apetecible sensiblemente es lo que parece bueno; lo primero apetecible volitivamente, lo que es bueno. Ahora bien, apetecemos algo porque semeja bueno, lejos de que semeje bueno porque lo apetezcamos: el acto de pensar es el principio. Mas el pensamiento es movido por lo pensable, y pensable es por sí la primera serie de contrarios; y de esta serie la sustancia es la primera, y de la sustancia la simple y en acto. -Porque lo uno y lo simple no es lo mismo: lo uno significa una medida; lo simple, cómo es la cosa. -Pues bien, también lo bueno y lo preferido por ello mismo figura en la misma serie, siendo lo mejor siempre, o análogo a lo mejor, lo primero. -Esto de que el fin figure entre las cosas [193] inmóviles, lo muestra la distinción de sus sentidos. En efecto, hay el que es fin y lo que es fin; y este último figura entre aquellas cosas; el primero no figura entre ellas. El fin en el segundo sentido mueve, pues, como amado y lo movido por él mueve las demás cosas.

     Ahora bien, si algo se mueve, es que cabe que sea de otra manera; por consiguiente, si la primera traslación es el acto de la cosa, en cuanto que se mueve, es que a esta cosa le cabe el ser de otra manera en cuanto al lugar, aun cuando no le quepa en cuanto a la sustancia. Mas pues existe un motor, siendo inmóvil él, y siendo en acto, no cabe que este motor sea en absoluto de otra manera. La traslación es el primero de los cambios, y de la traslación la circular; pues bien, a esta traslación mueve este motor. Así pues, por necesidad es un ser. Y en cuanto que es por necesidad, es bueno, y en cuanto tal, principio. -Lo necesario es de todas estas maneras: lo necesario por obra de la fuerza, que contraría al impulso: la sine qua non del bien; y lo que no admite ser de otra manera, sino de una sola.

     Pues bien, de semejante principio pende la bóveda celeste y la naturaleza.

     Su ocupación es tal como la mejor que por corto tiempo nos es dada. En efecto: así está ocupado eternamente él, mientras que a nosotros nos es imposible, pues que su acto es también su goce -que es por lo que la vigilia, la percepción y el acto de pensar son el colmo del goce, mientras que las esperanzas y los recuerdos lo son por obra de aquéllas.

     Ahora bien, el acto de pensar que es por sí es el acto de pensar lo mejor que es por sí; y el que más por sí, lo que más por sí. Por eso el pensamiento se piensa a sí mismo [194] en la participación de lo pensable: en efecto, se genera pensable tocándole y pensándolo, de suerte que el pensamiento y lo pensable son lo mismo. Lo receptivo para lo pensable y para la esencia es el pensamiento. Éste actúa, pues, habiéndolo. -De esta suerte, más que aquella receptividad este acto es lo que el pensamiento parece tener de divino, y la teoría es el colmo del goce y lo mejor que existe.

     Si, pues, como nosotros alguna vez, así es feliz el dios eternamente, es cosa admirable; pero si lo es más, es cosa todavía más admirable. Pues bien, así es como lo es.

     También la vida es propia de él. En efecto, el acto del pensamiento es vida y este acto es él: acto que es por sí es su vida óptima y eterna. Por esto proclamamos que el dios es un viviente eterno y óptimo, de suerte que una vida y un evo continuo y eterno es propio del dios: pues esto es el dios.

     Cuantos admiten, como los pitagóricos y Espeusipo, que lo más bello y óptimo no reside en el principio, por ser los principios de las plantas y de los animales causas, y residir lo bello y perfecto en las cosas que proceden de estas causas, no piensan rectamente. El germen procede de otras cosas perfectas anteriores, y lo primero no es el germen, sino lo perfecto: así, un hombre es primero que el germen, podría decirse; no el generado de este germen, sino aquel otro del cual procede el germen.

     Que existe una sustancia eterna e inmóvil y separada de las cosas sensibles, es patente por todo lo expuesto.

     Se ha mostrado también que no cabe que esta sustancia tenga ninguna extensión, sino que carece de partes [195] y es indivisible. En efecto, mueve durante el tiempo infinito, y nada tiene una potencia infinita siendo finito. Mas pues que toda extensión seria o infinita o finita, una extensión finita no podría tenerla por lo acabado de decir, y una infinita porque en general no existe ninguna extensión infinita.

     En cambio, se ha mostrado también que es impasible e inmutable: en efecto, todos los demás movimientos son posteriores al de lugar.

     Éstas son las cosas patentes por las que es de este modo. [196]



9

     Lo referente al pensamiento plantea algunos problemas. El pensamiento parece ser la más divina entre las cosas que se revelan divinas, pero cómo sea, siendo tal, presenta algunas dificultades.

     Si no piensa nada ¿cuál sería su venerabilidad? Sería como el que duerme.

     Si piensa y de este pensar es otra cosa señora (no siendo lo que es su esencia el acto de pensar, sino una potencia), no sería la sustancia óptima: en efecto, del pensar le viene la dignidad.

     Mas ya sea su esencia el pensamiento, ya el acto de pensar ¿qué piensa? O a sí mismo, u otra cosa. Si otra cosa, o la misma eternamente, o cosas distintas.

     ¿Es que es indiferente o no el pensar el bien o lo que venga? ¿O será absurdo el discurrir sobre ciertas cosas? Es patente, pues, que piensa lo más divino y más digno, y que no cambia: en efecto, el cambio sería para empeorar, y un movimiento ya todo esto.

     Así pues, y en primer término, si no es acto de pensar, sino una potencia, bien puede decirse que la continuidad del acto de pensar será para él una fatiga. En segundo término, es patente que otra cosa sería lo más digno que el pensamiento, a saber, lo pensado: en efecto, tanto el pensar como el acto de pensar convendrá también a quien piense lo peor. De suerte que si esto es algo de lo que se [197] debe huir (Pues también no ver algunas cosas es mejo, que verlas), no sería lo óptimo el acto de pensar. A sí mismo, pues, piensa, si es que es lo más poderoso que existe, siendo este acto de pensar acto de pensar el acto de pensar. Aun cuando parecen serlo constantemente de otra cosa la ciencia, la percepción, la opinión y el discurso, y de sí mismas accesoriamente.

     Por otra parte, si son cosas distintas el pensar y el ser pensado ¿por cuál de las dos le viene la excelencia? No es lo mismo ser en cuanto acto de pensar y en cuanto cosa pensada.

     ¿O es que en algunos dominios la ciencia es la cosa? En las poéticas, y prescindiendo de la materia, la esencia y lo que hace que algo sea lo que es; en las teóricas, la razón de ser y el acto de pensar. No siendo, pues, distinto lo pensado y el pensamiento en todo lo que no tiene materia, serán lo mismo y el acto de pensar una cosa con lo pensado.

     Queda un problema: si es compuesto lo pensado. En efecto, el pensamiento cambiaría transmigrando entre las partes del todo. ¿O será indivisible todo lo que no tiene materia?

     Como se encuentra el pensamiento humano, o al menos el que tiene por objeto los compuestos, durante un tiempo limitado (no poseyendo el bien en este momento y en el otro, sino en uno entero el bien supremo, que es algo distinto de él), así se encuentra este acto de pensar, que lo es de sí mismo, durante toda la eternidad. [198]



10

     Hay que examinar también de cuál de las dos maneras siguientes posee la naturaleza del universo el bien y el bien supremo: si como algo separado y en sí y por sí, o como su orden, o de ambas maneras, como en un ejército. Pues el bien de un ejército está en el orden y lo es el general, y más éste: en efecto, no existe éste por el orden, sino el orden por él. Todo, pues, está coordinado de alguna manera, pero no de igual, los peces, las aves, las plantas. Ni existe de tal suerte que no haya ninguna relación de una cosa a otra, sino que la hay. En efecto, todas las cosas están coordinadas en relación a una. Es como en una casa. Para sus miembros libres resulta lo menos lo que se hace accidentalmente, sino que todas o las más de las cosas están ordenadas. Mas para los esclavos y las bestias es poco lo que contribuye al orden común; lo más es lo accidental. Tal principio de cada uno es su naturaleza. Quiero decir, por ejemplo, que es necesario a todas las cosas marchar al menos hacia la disolución, y que hay otras análogas por las cuales todas coinciden en el conjunto.

     Por último, no hay que ocultar los muchos imposibles o absurdos con que tropiezan los que hablan de otra manera, ni lo que dicen los que hablan con más fortuna, ni las doctrinas en que las dificultades son menos.

     Todos originan de los contrarios todas las cosas. Pero ninguno toma rectamente ni «todas las cosas» ni «de los [199] contrarios». Ninguno dice cómo las cosas en que se dan los contrarios se originan de éstos, ya que los contrarios son recíprocamente inafectables. A nosotros se nos resuelve esta dificultad perfectamente, por la existencia de un tercer término.

     Unos hacen de la materia el segundo de los contrarios, así los que oponen la desigualdad a la igualdad o la pluralidad a la unidad, Pero también esta dificultad se resuelve del mismo modo: la materia una no es contraria a nada. Además, todas las cosas participarían del mal, a excepción de la unidad, ya que el mal mismo es el segundo de los elementos.

     Otros no consideran como principios el bien y el mal, y sin embargo el bien es el principio por excelencia de todas las cosas.

     Otros consideran rectamente el bien como principio, pero no dicen cómo: si como fin, o como motor, o como forma.

     Absurda también es la doctrina de Empédocles, que identifica la Amistad con el bien, siendo así que la Amistad es principio en cuanto motor, ya que congrega, y en cuanto materia, ya que forma parte de la mezcla universal. Mas aun cuando aconteciese a una misma cosa ser principio en cuanto materia y en cuanto motor, ser materia y ser motor no sería la misma cosa. ¿Cuál de las dos es, pues, la Amistad? Absurdo es también afirmar que la Discordia es incorruptible, siendo la naturaleza del mal la Discordia misma.

     Anaxágoras enseña que el bien es principio en cuanto motor: el Pensamiento mueve. Pero mueve con un fin, de suerte que éste es distinto de él, salvo que se diga con nosotros que la medicina es en cierta manera [200] la salud. Absurdo es también no oponer contrario al bien y al Pensamiento.

     Cuantos hablan de los contrarios no se sirven, pues, de ellos, a menos que no se rectifique su pensamiento. Y nadie dice por qué unos seres son corruptibles y otros incorruptibles, antes bien originan de los mismos principios todos los seres.

     Encima, algunos originan los seres del no ser. Y otros, para no verse forzados a esto, hacen todas las cosas una.

     Tampoco dice nadie por qué habrá eternamente generación ni cuál es su causa.

     Por otra parte, a los que admiten dos principios les es necesario admitir otro principio superior. E igual a los que admiten las ideas, pues ¿por qué ha habido y sigue habiendo participación?

     A los otros les es necesario admitir la existencia de un contrario de la sabiduría y de la ciencia más digna, mientras que a nosotros no, ya que no hay nada contrario al primer ser, pues que todos los contrarios tienen una misma materia y en potencia son la misma cosa. La ignorancia como contrario de la ciencia requiere un contrario del objeto de la ciencia, pero al primer ser no hay nada contrario.

     Si no hay además de las cosas sensibles otras, no habrá principio, ni orden, ni generación, ni fenómenos celestes, sino eternamente un principio del principio, como les pasa a los teólogos y a los físicos todos.

     Si existen las ideas o números, no serán causa de nada, y si no esto, al menos no lo serán del movimiento. Además, ¿cómo saldrán de números inextensos la extensión y lo continuo? El número no dará continuidad ni como motor, ni como forma. [201]

     Pero la verdad es que no habrá ninguno de los contrarios que sea precisamente un hacedor y un motor, ya que eternos cabría que no fuese. Aunque la verdad es que su ser en acto sería posterior a un ser en potencia. Y no serían eternos los seres, siendo así que lo son. Hay, pues, que rechazar una de estas posiciones. Ya se ha dicho cómo.

     Tampoco nadie dice nada sobre cómo tienen unidad los números, y el alma y el cuerpo, y en general la forma y la cosa. Ni cabe decirlo, a menos que no se diga, como nosotros, que lo hace el motor.

     Los que hablan del número matemático como primer ser, y, como consecuencia, de una sustancia que se convierte en otra eternamente y de principios distintos de cada una, hacen una sucesión episódica de la sustancia del universo (en efecto, nada le afecta a una sustancia que otra sea o no sea) y multiplican los principios. Pero los seres no quieren ser gobernados de mala manera:

     No es un bien la muchedumbre de jefes; que haya, pues, un jefe único.

 


[Mostrar
navegación]