José Gaos Antología filosófica: la filosofía griega

Sección:

Textos: Aristóteles

> Índice de la obra
> En esta sección

> Marcadores: nombres

> Marcadores: materias

[202]

Ética

La doctrina del término medio

^Libro II

4

     Vamos a ver qué sea la virtud. Los hechos del alma son de tres clases: pasiones, potencias, hábitos. Vamos a ver qué cosa de éstas pueda ser la virtud. Llamo pasiones al deseo, la ira, el miedo, la audacia, la envidia, la alegría, la amistad, el odio, la nostalgia, el celo, la compasión, en general a aquello a que acompaña placer o pesar. Potencias, a aquellas cosas por las cuales se dice de nosotros que podemos padecer estas pasiones: así aquellas por las cuales podemos airarnos, apesararnos, compadecernos. Y hábitos, a aquellas por las cuales, al padecer las pasiones, hacemos bien o mal: así, si nos airamos vehemente o desenfrenadamente, hacemos mal; si medianamente, bien; y lo mismo al padecer las demás.

     Pues bien, pasiones no son ni las virtudes, ni los vicios, por que no se dice de nosotros por las pasiones que seamos buenos o malos, y así se dice de nosotros por las virtudes y los vicios; y porque por las pasiones no somos alabados ni censurados (no se alaba al que tiene miedo ni al airado, ni se censura al airado simplemente, sino al airado de cierta manera), y somos alabados y censurados por las virtudes y por los vicios. Además, nos airamos y tenemos [203] miedo sin predeterminación, mientras que las virtudes son ciertas predeterminaciones o no se dan sin predeterminación. En fin, se dice de nosotros que por las pasiones somos movidos, mientras que por las virtudes y los vicios no somos movidos, sino que nos encontramos de cierta manera.

     Por lo mismo, tampoco son potencias. No se dice de nosotros que seamos buenos ni malos por el poder padecer simplemente, ni somos alabados ni censurados por ello. Luego, podemos por naturaleza, pero no venimos a ser buenos o malos por naturaleza.

     Si, pues, las virtudes no son ni pasiones, ni potencias, queda que sean hábitos. Y dicho lo que es la virtud en cuanto a su género. [204]



5

     Pero no basta decir que es un hábito. Es menester decir cuál.

     Pues bien, empezaremos por decir que toda virtud hace perfecto aquello de que es la virtud y lo que hace esto a su vez; así, la virtud de los ojos los hace perfectos, con lo que hacen ellos mismos: por la virtud de los ojos, vemos bien. Igualmente, la virtud del caballo hace al caballo perfecto para correr, llevar al conductor y esperar a los enemigos. Pero si es así en todos los casos, también la virtud del hombre será aquel hábito por el cual se hace perfecto el hombre y por el cual éste hará perfectamente lo que haga. Cómo así, se pondrá de manifiesto, si consideramos cuál es la naturaleza de la virtud.

     En todo lo que es al par continuo y divisible, es menester tomar más, menos o igual, y esto ya según la cosa misma, ya para nosotros. Ahora bien, lo igual es un término medio entre un exceso y un defecto. Llamo término medio de la cosa lo que dista igual de cada uno de los extremos, que es uno y lo mismo para todos; y para nosotros, lo que ni sobra, ni falta, pero esto no es uno ni lo mismo para todos. Así, si diez es mucho y dos es poco, tomamos seis como el término medio de la cosa, puesto que rebasa y es rebasado por igual, y es el término medio desde el punto de vista de la proporción aritmética. Mas el término medio para nosotros no puede tomarse así. Si para [205] alguien comer por valor de diez minas es mucho, por dos poco, el profesor de educación física no prescribirá comer por seis, pues también esto puede ser mucho o poco para el que lo tome: poco para Milón; para el principiante de educación física, mucho. Y lo mismo en la carrera y en la lucha. Así, todo conocedor rehuye el exceso y el defecto, buscando y prefiriendo el término medio, pero el término medio no de la cosa, sino para nosotros.

     Todo conocimiento de las cosas lleva a cabo así de un modo perfecto lo que se hace, mirando al término medio y dirigiendo lo que se hace hacia él. De aquí la costumbre de decir de lo que está hecho perfectamente que no hay que quitarle ni añadirle nada, puesto que el exceso y el defecto destruyen la perfección, mientras que la posición intermedia la salva. Y por esto los buenos artífices, como decimos, obran mirando al término medio. Pero la virtud es más rigurosa y más poderosa que todo arte, como también la naturaleza, pudiendo acertar con el término medio. Me refiero a la virtud moral. Ésta se refiere a las pasiones y a las acciones, y en éstas hay exceso y defecto y término medio. Así, en el tener miedo, el portarse con audacia, el desear, el airarse, el compadecerse, y en general en el complacerse y el apesararse, hay su más y su menos, y ninguna de las dos cosas está bien. En punto al cuándo hace falta, en qué, para qué, por qué y cómo hace falta, hay un término medio y mejor, que es propio de la virtud. Igualmente hay también en las acciones exceso y defecto y término medio. La virtud se refiere a las pasiones y a las acciones, en las cuales yerran el exceso y el defecto, mientras que el término medio es alabado y va derecho: dos cosas propias de la virtud. Una posición [206] intermedia es, pues, la virtud, siendo algo que acierta con el término medio.

     Pero, además, se yerra de muchas maneras (el mal pertenece a lo infinito, como se lo representaban los pitagóricos, el bien a lo finito), mientras que se va derecho de una sola -por lo que también lo uno es fácil, lo otro difícil, fácil el fallar la mira, difícil el dar en ella. Y por esto, en fin, es propio del vicio el exceso y el defecto, de la virtud la posición intermedia.

     Los buenos son de una manera, de todas clases los malos. [207]



6

     Es, pues, la virtud un hábito de predeterminación, consistente en una posición intermedia para nosotros, determinada por la razón y por lo que determinaría en cada caso el hombre prudente. Posición intermedia entre dos vicios, el del exceso y el del defecto. Y de esta suerte unos vicios pecan por defecto, otros se exceden de lo debido, en las pasiones y las acciones, mientras que la virtud encuentra y prefiere el término medio. Por esto, conforme a la esencia y a la razón llamada esencial, la virtud es posición intermedia, y desde el punto de vista del mayor bien, extrema.

     Mas no toda acción ni toda pasión admite la posición intermedia. Algunas llevan justamente el nombre que corresponde a su maldad, como la alegría del mal ajeno, la impudencia, la envidia, y entre las acciones el adulterio, el robo, el homicidio. De todas éstas y las semejantes se da a entender así que son malas ellas mismas, y no sus excesos ni defectos. En ellas no cabe ir derecho jamás, sino que siempre se yerra. Ni hay un hacer bien y un no hacer bien en cosas semejantes, como en punto a con qué mujer, y cuándo, y cómo cometer adulterio, sino que sencillamente el hacer cualquiera de estas cosas es errar.

     Lo mismo, el estimar que en el cometer injusticia, el ser cobarde, el entregarse a la licencia, haya posición intermedia y exceso y defecto. Porque habría posición intermedia [208] del exceso y del defecto, exceso del exceso y defecto del defecto. Así como de la prudente templanza y de la fortaleza viril no hay exceso ni defecto, por ser el término medio en cierto modo extremo, tampoco de las cosas dichas hay posición intermedia, ni exceso, ni defecto, sino que como quiera que se obre, se yerra. En general, no hay posición intermedia del exceso ni del defecto, ni exceso ni defecto de la posición intermedia. [209]



7

     Mas no basta decir todo esto en general, sino que es menester además aplicarlo a los casos particulares. En lo que se dice acerca de las acciones, las ideas generales son más comunes, pero los detalles particulares son más verdaderos: las acciones se refieren a las cosas particulares, mas es menester que armonicen con ellas. Procedamos, pues, al detalle.

     En el miedo y la audacia, la fortaleza viril es la posición intermedia. De los que se exceden, el que lo hace por carecer de miedo no tiene nombre -muchas cosas no lo tienen. El que se excede en portarse con audacia es el audaz. El que se excede en tener miedo y peca por defecto en portarse con audacia es el cobarde.

     En los placeres y pesares -no todos; menos, en los pesares- la posición intermedia es la prudente templanza, el exceso el desenfreno. Quienes pequen por defecto en los placeres no hay precisamente, por lo que ni siquiera nombre han encontrado los que así pecasen, llamémosles los insensibles.

     En el dar y tomar bienes, la posición intermedia es la liberalidad, el exceso y el defecto la prodigalidad y la iliberalidad. En ellas hacen lo contrario los que se exceden y los que pecan por defecto. El pródigo se excede en el gastar, peca por defecto en el tomar. El iliberal se excede en el tomar, peca por defecto en el gastar. [210]

     En los bienes, hay también otras disposiciones. La posición intermedia es la magnificencia. El magnificente difiere del liberal: el magnificente lo es en las cosas grandes, el liberal lo es en las pequeñas. El exceso es la ostentación sin medida ni gusto, el defecto la mezquindad. Estas disposiciones difieren de las referentes a la liberalidad.

     En la dignidad, la posición intermedia es la grandeza de alma, el exceso una sediciente vanidad, el defecto la pequeñez de alma. Decíamos que cerca de la magnificencia estaba la liberalidad, pero que era diferente por serlo en las cosas pequeñas; pues igualmente hay algo cercano a la grandeza de alma, que se refiere a la dignidad en lo grande, mientras que esta otra cosa se refiere a la dignidad en lo pequeño. Hay casos en que hace falta desear la dignidad más y en que hace falta desearla menos. El que se excede en sus deseos se llama amigo de las dignidades; el que peca por defecto, no amigo de las dignidades; el intermedio no tiene nombre. Tampoco tienen nombre las disposiciones, excepto la del amigo de las dignidades, el amor de las dignidades. De aquí el que los extremos reivindiquen el terreno intermedio. Hay veces que llamamos al intermedio amigo de las dignidades, veces que lo llamamos no amigo de ellas, y hay veces que alabamos al primero, veces que alabamos al segundo.

     Hay también en la ira exceso, defecto y posición intermedia, mas casi todas estas cosas carecen de nombre. Del intermedio se dice que es afable, por lo que llamaremos a la posición intermedia afabilidad. De los extremos, el que se excede será el irascible, el vicio la irascibilidad; el que peca por defecto, un incapaz de ira, el defecto la incapacidad para la ira.

     Hay también otras tres posiciones intermedias, que tienen alguna semejanza unas con otras, pero que sin embargo [211] difieren entre sí. Todas se refieren a las palabras y a las acciones en el aspecto social, pero difieren porque la una se refiere a lo verdadero en ellas, las otras a lo placentero, y de ello, en un caso a lo placentero cuando se está de broma, en otro caso a lo placentero en todas las cosas de la vida. Hay que hablar, pues, también de estas cosas, a fin de ver mejor que en todas la posición intermedia es loable, mientras que los extremos no son loables ni rectos, sino censurables. También las más de ellas carecen de nombre, pero es menester intentar dárselo, como en los demás casos, en beneficio de la claridad y de la comprensión.

     En lo verdadero, el intermedio es un hombre verdadero y la posición intermedia debe llamarse la verdad; el presumir de más, fanfarronería, y el que tiene esta presunción, fanfarrón; el presumir de menos, ironía, e irónico el que presume de menos.

     En lo placentero cuando se está de broma, el intermedio es el eutrapélico y la disposición la eutrapelia, el exceso es bufonería y el que lo comete bufón, el que peca por defecto un rústico y el hábito rusticidad.

     En el resto de lo placentero, lo placentero en la vida, el uno debe llamarse, siendo placentero, el amigo, y la posición intermedia la amistad; el que se excede, si no es por nada, obsequioso; si por la utilidad para él, adulador; el que peca por defecto y en todas las cosas es displicente, es un malhumorado y un antipático.

     Hay también en las emociones y en torno a las pasiones posiciones intermedias. La vergüenza no es una virtud, y sin embargo se alaba al vergonzoso. También en estas cosas se dice del uno intermedio, del otro que se excede, como tímido del que se avergüenza de todo; del que peca por defecto o no se avergüenza de nada, impudente; del intermedio, vergonzoso. [212]

     La vindicta es la posición intermedia entre la envidia y la alegría del mal ajeno, las cuales se refieren al pesar y al placer que se experimenta por lo que acontece a los demás. El vindicativo se apesara de que les vaya bien a los que no lo merecen. El envidioso, excediéndose en esto, se apesara de todo. El que se alegra del mal ajeno, hasta tal punto peca por defecto en el apesararse, que se alegra.

     La justicia no se entiende en un sentido. Hay que tomar cada uno en particular, para decir de qué modo son posiciones intermedias. Lo mismo, por lo que se refiere a las virtudes lógicas. [213]



8

     Tres disposiciones hay, dos vicios, el por exceso y el por defecto, y una virtud, la posición intermedia, todas contrarias a todas de alguna manera.

     Las extremas son opuestas a la media y entre sí, la media a las extremas. Lo igual, comparado con lo menor, es mayor; comparado con lo mayor, es menor: así también los hábitos medios, comparados con los defectos son excesos, comparados con los excesos son defectos, en las pasiones y las acciones. El virilmente fuerte, comparado con el cobarde, parece audaz; comparado con el audaz, cobarde. Igualmente, el prudente temperante, comparado con el insensible, desenfrenado; comparado con el desenfrenado, insensible. El liberal, comparado con el iliberal, pródigo; comparado con el pródigo, iliberal. Por eso rechazan el término medio los extremos, cada uno hacia el otro, y llama al virilmente fuerte, el cobarde, audaz; el audaz, cobarde; y en los demás casos análogamente. Así contrarios unos a otros, la mayor oposición es la que tienen los extremos entre sí, no con el término medio. Los extremos distan más entre sí que del término medio, como lo mayor de lo menor, y lo menor de lo mayor, más que ambos de lo igual.

     Por otra parte, algunos extremos parecen tener cierta semejanza con el término medio, como la audacia con la fortaleza viril y la prodigalidad con la liberalidad, mientras [214] que los extremos parecen tener entre sí la mayor desemejanza. Las cosas más distantes entre sí se definen como opuestas, de suerte que también las relativamente más distantes son más opuestas. En unos casos es más contrario al término medio el defecto, en otros el exceso: así, para la fortaleza viril no es la audacia exceso, pero si la cobardía defecto; para la prudente templanza no es la insensibilidad falta, pero sí el desenfreno exceso.

     Por dos causas ocurre así. Una, la que procede de la cosa misma. Por estar más cerca y ser más semejante un extremo al término medio, no consideramos de preferencia como opuesto éste, sino lo opuesto a él. Así, por parecer más semejante y más cercana la audacia a la fortaleza viril, más desemejante la cobardía, consideramos de preferencia como opuesta ésta. Las cosas más distantes del término medio parecen ser las opuestas. Una causa es, pues, ésta, la que procede de la cosa misma.

     La otra procede de nosotros mismos. Las cosas a las que tendemos más por naturaleza, parecen más opuestas al término medio. Tendemos más por naturaleza a los placeres: por ello somos mucho más inclinados al desenfreno que al orden. De preferencia llamamos, pues, opuestas aquellas cosas hacia las cuales es mayor la propensión. Por esto el desenfreno, que es el exceso, es más opuesto a la prudente templanza. [215]



9

     La virtud moral es una posición intermedia, de cierto modo, posición intermedia entre dos vicios, el por exceso y el por defecto, y es tal, porque acierta con el término medio en las pasiones y en las acciones: queda suficientemente expuesto.

     Por eso el ser bueno es toda una obra. Tomar el término medio en cada caso es toda una obra. Tomar el centro del círculo no es cosa de todos, sino del que sabe. Airarse es cosa de todos y fácil, como el dar dinero y gastar; pero en qué, cuánto, cuándo, por qué y cómo, no es también cosa de todos ni fácil. Por eso el hacerlo bien es raro, loable y bello. Y por eso hace falta que quien quiere acertar con el término medio, empiece por alejarse de lo más opuesto, que ya Calipso aconseja.



                                 de esta humeante espuma saca
la nave.


     De los extremos, el uno es más errado, el otro menos. Por lo tanto, y puesto que dar en el término medio es extremadamente difícil, en la segunda navegación, como se dice vulgarmente, hay que tomar los menores de los males. Esto será sobre todo de esta manera que decimos.

     Hay que mirar a aquellas cosas a que cada uno de nosotros somos más inclinados, ya que unos tendemos más por [216] naturaleza a unas cosas que otros. Se reconocerá en el placer y el pesar que nos produzcan. Y hay que esforzarse por dirigirse hacia lo opuesto de estas cosas. Apartándonos lo más posible de errar, llegaremos al término medio, como hacen los que enderezan palos torcidos.

     En todo hay que guardarse más que nada de lo placentero y del placer, ya que no lo juzgamos como jueces incorruptibles. Lo que los ancianos del pueblo llegaron a sentir por Helena, es menester que lleguemos a sentirlo nosotros por el placer, y que repitamos en todo la opinión de aquéllos: apartándonos así de él, erraremos menos. Haciéndolo así, para decirlo en dos palabras, seremos más capaces de dar en el término medio. Difícil ciertamente esto, y más que nada en las cosas particulares. No es fácil determinar cómo, contra qué, por qué, ni cuánto tiempo, hay que airarse. Unas veces alabamos a los que pecan por defecto y los llamamos afables, otras veces decimos de los que tienen un carácter difícil que son muy hombres.

     No se censura al que se desvía poco de lo que está bien, por cuestión de poco más o menos, sino al que se desvía mucho -pues éste no se oculta. Pero hasta dónde y en cuánto éste censurable, no es fácil de determinar racionalmente. Ni ninguna otra de las cosas sensibles. Éstas son particulares y el juicio acerca de ellas está en la percepción sensible.

     Hasta este punto es patente que el hábito intermedio, es loable en todas las cosas, pero es menester inclinarse unas veces al exceso, otras al defecto, porque así acertamos más fácilmente con el término medio y lo que está bien. [217]

 

 

 


[Mostrar
navegación]