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un retrete del príncipe, nuestro
señor, ésta se entoldo de tapicería de oro y seda con un dosel de tela de oro morado y con piernas de
oro escarchado con tres columnas, en medio estaba al cabo de ella una tribunilla alta para los
menestriles saliendo de ella hacia la parte de Juárez a la mano izquierda estaba un retrete toldado de
tapicería antigua de oro y seda luego apegada a ella estaba otra saleta con los trabajos de Hércules
donde estaba la guarda ropa, tras ésta estaba un vergelito y pegado a él otro pequeño para servicio,
síguese a ésta una cuadra toldada de brocado de tres altos a piernas en que estaba una cama de
brocado de tres altos y tela de oro con unos pinfantes de tafetán pardo y naranjado y blanco, estaba
cercada de una reja de plata con sus pilares de molduras al romalto, tenía una colcha de plata
escarchada bordada de torcales de oro, tenía un travesero de lo mismo con una bordadura de oro con
las columnas y letras de plus ultra con dos pares de acervelos de lo mismo, estaba en medio una
águila imperial, sobre la tarima estaba una tela de oro que la cubría toda, tenía cuatro colchones de
Holanda sin sábanas por
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que las esperaban de las que traía la princesa, dos pares de cojines de tres
altos, una mesa de plata y un brasero grande de lo mismo, estaba otra cuadra 4ª tras ésta de carmesí
con unos cordones de san Francisco muy gruesos de oro con un dosel de lo mismo con una cenefa
de oro, tras ésta había otra con tapicería común.
En el aposento del príncipe que confinaba con la sala había un retrete de que arriba se dijo con
buena tapicería y de él iban a otro de lo mismo y de allí entraban en una cuadra donde estaba la cama
de su Alteza, era de damasco verde y tela de oro y plata broslada con las floriduras verdes y de oro,
la colcha de tafetán del mismo color con la misma cenefa, estaba esta sala toldada de la tapicería
común de su Alteza seda y lana con otra sala junto a ésta de buena tapicería y en medio un dosel de
telas diversas de brocado con una cenefa de carmesí y lazos de oro bordado, tras ésta había otra
entoldada con otro dosel de carmesí con la cenefa de oro. Esta noche estuvo encerrada la princesa
y no hubo en palacio cosa alguna
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que notar. El príncipe, nuestro señor, no dejó a la princesa hasta
que ya estaba dentro de casa y de allí se volvió a su posada disfrazado como había andado todo el
día, que era en San Jerónimo donde también estaba el cardenal de Toledo.
Martes siguiente, se acabó de aderezar todo lo que era menester para las bodas y a las cuatro de
la tarde el príncipe, nuestro señor, vino de San Jerónimo acompañado del cardenal de Toledo y de
todos los grandes que habían seguídole en el camino cuyos nombres y títulos se dirán abajo y de
todos los otros cortesanos que allí se hallaron sin forma de recibimiento. Venida la noche
encendiéronse muchas blandones que ya estaban puestos alrededor del patio donde la princesa estaba
y todos los cortesanos entraron en aquella gran sala que se hizo, como ya dije, y el cardenal estaba
ya asentado en una silla junto al dosel en que habían de estar los príncipes y el duque con el de
Medina y en dando las siete de la noche la princesa, nuestra señora, salió de su aposento por una
escalera que bajaba a esta sala y asentose en unos cojines
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de brocado y luego comenzaron a besarle
las manos todos los caballeros que por allí estaban dende a gran rato abajó el príncipe, nuestro señor,
por la otra escalera muy gentil hombre y luego la princesa quisiera ir a recibirle al medio de la sala
y el cardenal no la consintió, así como el príncipe llegó a juntar con el estrado salió la princesa y
arremetió cada uno a las manos del otro en son de besárselas y paró la cosa en un abrazo con sendas
reverencias y asentados debajo del dosel estuvieron un poco sin mirar el uno al otro, de ahí
comenzaron otra vez los grandes a besar las manos al príncipe y a la princesa y lo mismo todas las
señoras que allí se hallaron.
Salió el príncipe, nuestro señor, con calzas y jubón blanco bordados con capa y sayo de seda
blanca aforrada de lo mismo bordada de oro.
Traía la princesa, nuestra señora, una cota de raso carmesí bordada de oro y la tela de oro en raso
blanco con una delantera de raso blanco altibajo bordada de oro, cofia de oro con muchas joyas,
cordón rico y gorra
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aderezada con su fin amarillas de telilla justas de oro pardo.
Después de estos, dende a buen rato el cardenal de Toledo se levantó con los príncipes y les tomó
las manos y los desposó con mucha autoridad y gravedad y notable espacio que pasó en hacerlo, lo
cual acabado comenzó luego el sarao y el primero que danzó fue don Hernando de Castro, Marqués
de Sarica; traía un sayo de raso pardo carmesí, una ropa de lo mismo aforrada en felpa parda, gorra
parda. Danzó con doña Constanza de Noroñá, la cual salió con saya de seda parda, delantera de raso
encarnado acuchillada sobre oro escarchado gorra y pluma del mismo color, cinta y coleto de oro
largo hasta el talle.
El conde de Niebla danzó con doña María de Velasco, sacó calzas blancas y botas harto nuevas,
sayo pardo y capa y gorra negra; sacó ella saya de seda azul claro, aforradas las mangas en tela de
oro; la delantera amarilla de hilo de oro, aforrada en telilla de plata, cinta de oro, gorra azul y pluma
blanca. Don Antonio de Rojas, camarero de su Alteza, salió todo de morado; danzó con doña Mencia
de Alburquerque, saya de seda negra
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cerrada, manguillas de oro y coleto de lo mismo trenzado largo
con cintas de oro tirado cinta de cabo y hebilla y tachones sin gorra.
El conde de Aguilar, sayo y capa morado y calzas blancas, danzó con doña Phelipa de Castro,
saya de brocado pelo aforradas las mangas en carmesí sin gorra.
El príncipe de Asculi, sayo pardo con muchos torcidos de raso pardo, calzas blancas y capa negra
y gorra; danzó con doña Guiomar de Villena, saya de seda encarnada, aforradas las mangas en tela
de oro sin gorra. Tañéronles la alta y danzaron ellos la baja y acabo de rato sintieron el error y
danzaron otra vez.
Don Martín Cortés, sayo pardo, calzas blancas, capa y gorra negro; danzó con doña María de
Figueroa, saya de terciopelo negro, cordón de oro sin gorra.
Don Antonio de Sotomayor salió todo de carmesí, collar de oro con muchas y muy ricas joyas y
piedras sembrado todo el sayo de ellas; danzó con doña María de Velasco y bien aunque con botas.
Bernaldino de Tabora, portugués, todo de negro; danzó con doña Isabel de
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Mendoza, saya de
terciopelo negro con guarnición de hilo de oro, aforradas las mangas en tela de oro, delantera de raso
carmesí acuchillada sobre tela de oro, carnela de oro y piezas en la cinta sin gorra. El postrero de
todos fue Gómez Freyle, menino de la princesa, danzó con otra menina, hija de Lope Hurtado.
Hiciéronlo mejor que todos.
Don Antonio Sarmiento, se me había olvidado, que fue el primero, salió con capa y sayo y gorra
de seda blanca; danzó con doña Leonor Sarmiento, su hermana, vestida de brocado pelo con los altos
de oro y campo de plata, mangas de punta muy largas y cerradas por lo alto, cordón de oro, sin gorra.
Acabose el sarao con una baja y una alta que danzaron los príncipes. Entre tanto que esto pasaba,
aconteció una cosa allí de que se sintieron muchos los más de los Grandes que presentes estaban y
fue que estaba allí un banco puesto para que los señores se sentasen a su tiempo y dejáronle estar
quedo hasta que era ya
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hora que todos se sentasen digo los que delante los príncipes lo suelen hacer
y entonces el duque de Alba movido por cierta costumbre que dice que usan los reyes de Castilla en
sus bodas que no se sientan sino el padrino o por otro respecto, mando quitar el banco y traer una
silleta rasa en que el se asentó, quedando todos los otros en pie salvo los obispos que lo estaban ya
en su banco como es costumbre de esto; se agraviaron como digo y más el duque de Medina por estar
ya algo atajado por no haberle hecho padrino, lo cual el pretendió y deseo y negoció y a voto de
todos los demás no estuviera mal en él en recompensa del trabajo y gasto que en esta jornada había
hecho. Él lo disimuló lo mejor que pudo y fue tanta la gente que cargó y la prisa de entrar y subir la
escalera que iba a este aposento y tanta la multitud de pajes y hachas que parecía que el mundo se
ardía. Comenzose en esta sazón una revuelta entre los pajes del duque de Medina y Cartagena contra
los de otros grandes que allí estaban, la más brava y peligrosa que se puede pensar. Hubo algunos
heridos y mal que no bastó Ronquillo a despartillos aunque salió con más de XX hombres de los de
la guarda, hasta tanto que hicieron pedazos las hachas. Ya sosegada la cosa un poco, acuden a sus
posadas
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y armanse de hachas y aun de espadas y tornan otra vez a su guerrilla de la cual salieron uno
o dos con sendas estocadas peligrosas, apaciguando esto comprenden algunos y huir los otros. El
príncipe se retrajo a su aposento a cenar y la princesa quedó allí hasta que dio las once y retirose y
cenó y todo el otro tiempo gastó en desnudarse y vestirse de otras ropas de raso blanco, recamadas
de pedrería hermosísima y riquísima hasta que dio las cuatro de la mañana. Ya entones estaba
aparejado el altar con los ornamentos del cardenal en una alcoba del aposento de la princesa en esta
forma: estaba un banco fuera de la alfombra del altar, cubierto de tela de oro muy extendido y, de
cada parte, un cojín de brocado para hincarse de rodillas los príncipes y detrás de estos, estaban otros
dos cojines dentro del mismo estrado de carmesí para los padrinos, aunque el de la duquesa estaba
más allegado al de la princesa, que no el del duque; estaba otro banco para el arzobispo de Lisboa
y para Cartagena y León y otro a la mano izquierda, un poco desviado, para Caravallo y el
comendador mayor de León Castilla y para el mayordomo mayor de la princesa y el marqués del
Valle y así se sentaron con esta orden y no hubo otra
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persona ninguna dentro del alcoba. Hecho el
oficio, la princesa se entró en su aposento y el príncipe se volvió al suyo y tardose en esto y en
desnudarse la princesa hasta cerca de las siete del día. Y acostados juntos, fuéronse a dormir todos
los otros, y dadas las diez levantose el príncipe muy alegre, de que toda la corte lo estuvo.
Este mismo día, el duque de Medina envió el majar a las damas, como había hecho por todo el
camino y con la misma orden, y ellas no lo quisieron recibir, dieron por descargo de este agravio que
la duquesa de Alba las tenía ya prendadas para lo que restaba del camino, que no lo podrían tomar
pero que allí estaban las mozas de cámara, que a ellas se podría dar y así se hizo; recibió muy gran
pena el duque y tuvo esto por gran desgracia con las dos pasadas y movióse a pedir licencia ese día
para volverse y en fin lo disimuló porque el príncipe le consoló con decirle: «duque razón, será que
os vais a vuestra casa y a vuestra mujer, pues a tanto que de allá partisteis, que en poco tiempo servis
vos más que otro en mucho», a lo cual respondió el duque que besaba las manos a su Alteza, que por
mandarlo él, así lo haría, y porque no le impedía ni estorbaba nada estar
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apartado de su Alteza para
servirle cuando fuese menester; también como los que estaban a su lado, de que así movió platica
de los de Jeres que traía y del jugar de allá, rostro a rostro, y al través, y el duque se ofreció de
hacerles jugar este día y todos lo que más estuvieron en Salamanca. Hizo el obispo gran banquete
a resto, abierto a toda la corte, y allegábanse más caballeros y gente honrada que en parte ninguna
de ella. Cesaron las fiestas hasta la noche por que el príncipe gastó toda la tarde en ver las escuelas
y oyó algunas lecciones, y asistir a unas conclusiones que tuvo don Gaspar, hijo del conde Miranda.
Vuelto a la posada comenzose el sarao; y no hubo revueltas de pajes porque ya los alcaldes habían
proveído en que no llevase señor ninguno más de dos hachas, y que no metiesen armas ningunas en
palacio.
El jueves siguiente, el príncipe, nuestro señor, fue a oir una repetición que hacía el bachiller
Bezerra, hijo del dotor Moreno, su médico, para licenciado y fue toda la corte con él, y a esta causa
su Alteza acabo de oir a todos los catedráticos que le restaban del día pasado y asistió a unas
conclusiones que tuvo en derecho el licenciado don Diego de Córdoba. Y así salió muy tarde de aquí
y, acabado de comer, fue junto con la princesa a la plaza, a ver la fiesta
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que le tenían de toros y juego
de cañas. Salió el príncipe vestido un sayo de terciopelo negro recamado, con unas goras de oro y
la capa negra, con una guarnición de oro de canutillo bien ancha, calzas y jubón de carmesí, gorra
negra de seda, pluma colorada a la gineta.
La princesa, con saya negra recamada de oro de canutillo, un coleto de red de oro a modo
portugués, una cofia de red de oro tomada con piedras, los carcillos de dos piedras gruesas; vino en
un palafrén guarnecido de carmesí con angavillas de plata, con doce damas ricamente vestidas y
muchos caballeros.
Salieron en estas fiestas hasta trescientos y cincuenta de caballo con sus lanzas repartidos en dos
cuadrillas a la manera del recibimiento y no diferenciaron las colores de las libreas del primer día,
salvo que todos los caballeros las sacaron de seda con sus fluecos de oro en los capellanes y
marlotas, y las de los escuderos fue de paño. Comenzaron los colorados a correr de dos en dos para
donde estaban sus Altezas y volvieron entorno de la plaza, y lo mismo hicieron los blancos, y
mezclárose después todo el tiempo que duraron los toros los cuales, aunque no fueron muy bravos,
el uno de ellos hubiera de hacer harto daño, si Dios no lo estorbara, y fue que al tiempo que salía con
el primer ímpetu del corral, hallose
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en los cuernos del duque de Alba, que estaba descuidado, y
derribolo a él y a su caballo en el suelo de que se sintió algo, pero presto, cobró salud.
Acabados los toros, comenzaron a jugar un poco aquellos caballeros, no con mucho calor ni
orden. Lo que más pasatiempo dio fue un argadillo que estaba encima de la picota en que había
muchas ruedas, unas contra otras, llenas de cohetes muy artificiosamente hechos, de los cuales se
causaban tan grandes truenos como si fuera una batería muy de propósito y concertada. Duró esto
casi toda la fiesta, la cual como se acabó, los príncipes se volvieron a su posada y comenzó luego
el sarao donde danzaron muchos caballeros cortesanos que allí se hallaron por ver el casamiento. Los
más principales de los cuales son los siguientes:
El duque de Medina Sidonia
El duque de Alba El conde de Benabente El almirante de Castilla El marqués de Carralvo El marqués de gibra León El príncipe de Ascoli El conde de Nieblal El conde de Aguilar El conde de Baylén El marqués de Astorga El duque de Escalona El conde de Salinas El conde de Fuensalida El marqués del Valle El conde de Luna El conde de Monterey El conde de Alba Don Pedro de Estúñiga El comendador mayor de León El comendador mayor de Castilla
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El viernes siguiente no hubo otra fiesta más del juego de cañas, que hicieron los caballeros del
duque de Medina, a la forma Jerezana doce a doce. Y salieron del un puesto de los azules el conde
de Niebla y don Alonso Enriques, el de Sevilla; del otro, don Diego de Acevedo y Hernan davias y
el conde de Bailén. Los unos salieron con marlotas y caperuzas y caparazones de terciopelo carmesí,
y los otros con lo mismo de seda azul. Anduvieron muy buenos, cayó uno de ellos y perdonáronle
los cañazos que acostumbran tirar al que no se tiene bien, por estar fuera de donde no tienen por mala
esta pena. Hízose este juego a costa del duque, y así lo fue todo lo demás que en público estos
caballeros sacaron. Y venían en esta jornada muchos a quien dio grandes sumas de dinero para jugar
y, siendo esto así, cosa creedera, es que no hizo falta en todo lo necesario. El día siguiente hubo justa
de doce a doce; capitaneaba la una cuadrilla don Diego de Acevedo y la otra [-], salieron de
terciopelo azul cortado con parámentos de lo mismo y los otros de blanco, salieron entrambos
bandos muy gentiles hombres de armas y muy galanes estuvieron los príncipes a ella. Hiciéronlo
poco acertadamente. Llevaron las joyas de a mejor hombre de armas [-],
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demás gentil hombre don
Alonso de Tejada, de mejor justador don Bernardino Manrique. Hubo esa noche sarao.
Domingo siguiente, en la tarde, el príncipe, nuestro señor, vio los más de los colegios y algunos
monasterios dentro de la ciudad. Volvió en anocheciendo a palacio, comenzose luego el sarao y
danzaron como solían muchos caballeros y damas y, cabado éste, los príncipes se pusieron a una
ventana que cala sobre la puerta principal de su aposento, a donde ya estaba hecho un palenque y,
a un cabo de él, un castillo de madera muy hermoso con muchos bustos de gigantes armados en las
manos de él y, a vueltas de ellos, doce caballeros de los benedictinos puestos a punto para tornear.
Había dentro tanta abundancia de cohetes y fuego que no parecía realmente sino fuerza que la
entraban los enemigos a escala vista, tan grandes eran los truenos y tan espesos lo cohetes que subían
por el aire, con grandísimo estruendo de atambores y trompetas, que se hundía toda aquella plaza.
Duró esto grande espacio de tiempo sin cesar, hasta que asomaron los tomasinos cuyo capitán era
don Diego de Acevedo con el mejor entremés que se puede decir. Venían hasta XXX soldados muy
bien aderezados con sus picas en buena ordenanza, con sus atambores
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y pifaros de una librea. Todos
traían en medio del esquadrón una sierpe tan fiera que casi podía competir en grandeza con el
castillo, era tanto el fuego que echaba por la boca y oídos que parecía horno de cal cuando la
queman, salían de ella tantos cohetes por el aire y tan altos que se perdían de vista, echábanlos tan
fácilmente y tan sin embarazo, como si fuera en medio de un campo y se ayudaran de algún trabuco.
Venía con tanto estruendo y ruido de truenos y relámpagos que parecía una gran tempestad de las
que suelen hacerse; al fin de esto, fue cosa hermosísima de ver porque igualaba con el artificio la
diligencia y abundancia de cohetería y arcabucería y de todos los otros materiales necesarios. Dentro
de esta bestia venían doce caballeros armados y apunto de tornear, con sus ropas amarillas sobre las
armas, y dieron sus vueltas de un cabo a otro de la plaza con toda esta furia, sin cesar un solo punto,
y en esta sazón el castillo no daba con menos calor que al principio; viendo venir a los enemigos con
esta aparato, antes se esforzaron los truenos y se renuevan los fuegos. Doblase la bocería y el son de
los instrumentos comenzó a fortalecerse, y salieron luego tres caballeros con todo el denuedo que
es necesario en las cosas arduas y de gran importancia
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con sobrevistas coloradas blandiendo sus
lanzas a quien recibieron en las puntas de las suyas otros tres caballeros que de la gran bestia habían
salido, y comenzose entre ellos una brava y temerosa contienda y quebradas las lanzas pusieron
mano a las espadas con tanta presteza y denuedo como si en la victoria particular de cada uno
estuviera la libertad de algún gran reino. Acrecentábales el brío ver a los príncipes, que con
grandísima atención tenían los ojos puestos en ellos, mayormente la princesa, nuestra señora, que
gustó más de este regocijo que otro alguno. Acabado estos tres, salieron otros tantos de cada cabo,
y así lo hicieron los que restaban por esta misma orden y en esta misma cantidad y acabada esta
primera arremetida movieron juntos todos unos contra otros como habían hecho al principio y fue
más de ver este segundo recuentro porque la multitud mayor acrescentó el buen parecer. Anduvieron
en esto muy grande espacio sin cesar en todo él los ejercicios del castillo y de la bestia, que en la
verdad dieron mucha gracia a este torneo del cual llevó la joya de mejor torneador de más gentil
hombre de armas.
Acabado el torneo, sus Altezas entraron
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y cenaron retirados esa noche y mandaron apercibir la
partida para el día siguiente. Esta misma noche pidió el duque de Medina licencia a sus Altezas, la
cual le dieron con mucha gracia y reconocimiento del servicio que les había hecho y así otro día salió
de Salamanca antes que el príncipe.
Este mismo día lunes, partieron sus Altezas de Salamanca y fueron esa noche a las Villorias, y
tardaron tres días en llegar a Medina porque se detuvieron el miércoles todo el día en una aldea a
suplicación de la villa. Y por no haber acaecido en este tiempo cosa de que se deba hacer mención,
paso por ello por decir el recibimiento que en Medina se les hizo, a la cual llegaron el jueves
siguiente algo tarde. Y estando cerca de la villa comenzaron a salir los cinco sexmos que la villa
tiene cada uno con su bandera a caballo vestidos de colorado y su danza tras sí, con gran número de
gente que con ellas venía yendo, más adelante llegó a un bosque de pinos postizos que tenían hecho
los camarrezes[?] de donde salieron muchos de ellos vestidos de verde con gran vocería y estruendo
de bocinas, cargados de perros y ballestas, arrastrando ciertos hombres que traían vestidos pellejos
de osos y de jabalíes y así, como llegaron los príncipes,
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soltaron una paloma viva y un conejo harto
fríamente y con mucha risa de los portugueses y no sin causa por ser entremés no muy acertado para
recibimiento. Hubo tantas carretas este día entoldadas llenas de mujeres, que puestas de un cabo y
de otro del camino hacían una calle muy a compás hasta entrar en la villa, y esto fue lo que más fue
de ver en este recibimiento. Después de esto, hubo ciertos carretones de oficiales adonde no se
representó otra cosa sino la propia arte de cada uno, y así los herreros traían su yunque y martillos
machando un hierro, y los tejedores un telar tejiendo, y los hortelanos una noria, los carpinteros
sacaron un castillo muy bien hecho a la traza de la moza de Medina hasta doscientos soldados
alrededor de él en un escuadrón combatiéronlo al pasar de sus Altezas, y con esto entraron en la villa.
A la puerta de ella estaba un arco razonable sin otra invención más de una copla en que significaban
como ella había libertado a su rey, estando opreso de sus contrarios, aludiendo aquellas disensiones
de las guerras civiles en tiempo del Rey don Juan, el Segundo, de quien dice Mena vimos la furia
civil de Medina etc. Aquí salió el regimiento vestido de muy buenas ropas de
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carmesí enforradas en
raso carmesí con sayos de lo mismo y muchas y muy ricas cadenas de oro y tomaron a los príncipes
debajo de un palio de brocado muy hermoso y comenzáronlos a llevar a la iglesia de sant Antolín;
iba el príncipe a la mano izquierda y la princesa a la derecha, vestida de blanco; iban delante de ellos
cuatro reyes de armas, dos portugués y dos castellanos; los portugueses se pusieron más cerca por
mandado de su Alteza, no llevaba ninguno maza más de sus sayete de armas. Estaba a la entrada de
la plaza otro arco algo más vistoso que el primero sin otra invención ni letra alguna más de una copla
que glosaba el plus ultra de su majestad aplicándola al príncipe decía:
Plus ultra pues no teneis
todo lo que mereceis.
De aquí dieron la vuelta por la plaza adelante, acompañados de toda la clerecía en procesión, y
apeáronse en la iglesia donde después de hecha la solemnidad y oraciones acostumbradas salieron
y atravesaron la plaza y a la salida de ella estaba otro arco a la forma del pasado sin letra ni otra cosa
alguna que hablase. Dieron la vuelta sobre la mano izquierda por la platería y
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pasada la plazuela de
San Juan, a la boca de la calle del dotor Beltrán, adonde estaba hecho el aposento de Luis Alcecas,
estaba otro arco del mismo jaez de los pasados y sin letra ni otra cosa. Este arco tenía encima de la
clave de él una media casilla con una campana que después aprovechó para significar la venida de
los justadores aventureros en una justa que después se hizo. Pasado este arco, los príncipes se
apearon en su posada y no hubo aquella noche sarao por ser tarde y venir la princesa cansada.
Estuvieron aquí esa noche y el día siguiente, que fue viernes, llovió muy bravamente y, con todo este
mal tiempo, hubo una buena justa delante de palacio, en que fue mantenedor don Juan; quebráronse
buen número de lanzas. Fue algo más acertada que la de Salamanca y a no estorbarlo el tiempo
hicieron, muchas más fiestas que hicieron.
Aquí hubo grande debate entre los caballerizos mayores, don Álvaro de Córdoba y Luis
Sarmiento, sobre cual había de llevar el palio. Mandó el príncipe, nuestro señor, que le llevase Luis
Sarmiento como hizo el de Salamanca por vía de buen respecto que se tuvo con él por contemplación
de la princesa, pero no obstante esto, la causa quedó indecisa y para determinarse por derecho.
Sábado siguiente, partieron de aquí y fueron
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a dormir a Tordesillas donde fueron recibidos de la
reina, nuestra señora, con increíble placer y no acostumbrada alegría. Holgose con ellos y hízoles
danzar delante de ella y preguntoles muchas cosas cerca de sus personas y casamiento con todo el
concierto que se podría decir. Estuvieron esa noche allí y todo el domingo.
Lunes luego, de mañana, salieron de aquí y pasaron por Simancas, donde los recibieron con
mucha salva de tiros gruesos de pólvora que tiraron de la fortaleza, cuya tenencias es del comendador
mayor de León y, en llegando a la puerta de la villa, salieron muchos menestriles altos y bajos y tras
de ellos ocho regidores vestidos de grana con un palio de carmesí, con las goteras bordadas de
escudos, con las armas reales y tomando a los príncipes debajo de él, lleváronlos por medio del lugar,
el cual estaba todo, hasta salir del encapizado, con razonables paños; y a la entrada de la plaza estaba
un arco razonable donde la princesa mandó que le quitasen la media litera de delante para que los
del lugar la pudiesen ver, y así salió de él y pasada la puente estaba cercado un gran espacio de un
prado, con tapias alrededor de razonable altura y de donde todos los que estaban a caballo podían
ver lo que
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dentro se hacía. Llegando aquí, los príncipes repararon, y comenzaron a correr dos toros,
que tenían dentro de este cercado cada uno por sí, y estos acabados, entraron hasta XX de caballo
vestidos de blanco y comenzaron su juego de cañas razonablemente. Y como la noche venía a más
andar los príncipes pasaron adelante acompañados de estos jugadores hasta laguna donde estuvieron
esa noche aunque mal aposentados por dar espacio a Valladolid para acabar su recibimiento.
Otro día siguiente, partieron de aquí a la una después de mediodía. Llegaron bien temprano a
Valladolid donde les tenían aparejado un gran recibimiento, el cual no escribo por ser de cosas muy
particulares y aunque, porque otros estaban más holgados y sanos que yo, a la sazón venía, me
quitaron de este trabajo, en eso que hay Vuestra Alteza ha visto, he hecho lo que he podido para
cumplir con lo que se me ha mandado y tras de esto ni hay para qué pedir perdón de los yerros
aunque no son pocos ni por qué temer las lenguas de los que en semejantes cosas suelen emplearse
porque debajo de obedecer, ni hay culpa que culpe, ni acusación que no escuse, ni reprehensión que
no acabe, ni escarnio que no ensalce, ni risa que no admire, y demás de esto, siendo este negocio tan
propio de Vuestra Alteza como es quien osara no pasar
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lo a lo menos por razonable y de simular con
lo que topare porque al fin, debajo de tan gran sombra, pocos defectos se podrán devisar aunque sean
los ojos de lince. Bien sé que hubo algunas cosas que no vinieron a mi noticia, y otras muchas que
se pudieran decir menos mal y del todo mejor, pero como esto sirve de ensayo para otras cosas más
arduas, que podría ser que me cupiesen en suerte, no he sido tan curioso como pudiera. Entre tanto,
Vuestra Alteza, reciba mi voluntad que bien se daba que saldrá libre de cualquier residencia que se
le tome aunque sea monio el juez.
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