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Imperio Bizantino

     De nuevo observamos cómo no solo se identifica con Occidente la lucha por encontrar en los siglos IX y X fórmulas articuladoras capaces de garantizar su pervivencia política. Bizancio, tras la crítica etapa premadedónica, prepara de la mano de Basilio I y sus inmediatos sucesores su «Edad de Oro»: recuperación militar frente al Islam, consolidación política interna, apogeo cultural y ruptura definitiva con Occidente a través del Cisma consumado en 1154.

     Es fácil comprobar que la expansión de la Cristiandad occidental es un fenómeno inversamente proporcional a la retracción o estancamiento de las otras dos grandes formaciones político-culturales relacionadas directamente con ella: el Imperio bizantino y el mundo islámico. Y es que hay que tener en cuenta que aquella expansión se verificó en parte a costa de estas últimas. En efecto, las Cruzadas contribuyeron a acelerar el proceso de descomposición interna en que vivía Bizancio, posibilitando indirectamente el acceso al poder de la aristocracia terrateniente representada por los Comneno. Las fronteras del Imperio sufrieron notables recortes a manos de normandos y turcos selyúcidas, al tiempo que la colonización comercial veneciana preparaba poco a poco el camino a las desastrosas consecuencias de la «Cuarta Cruzada» y a la instauración del Imperio latino en Constantinopla. Solo superada la mitad del siglo XIII, se produciría la recuperación restauradora de Bizancio bajo el impulso niceno de los Paleólogos y sus aliados genoveses. El Imperio volvía así a ofrecer una aceptable apariencia política, pero su independencia económica había desaparecido entre los desinteresados impulsos de las pequeñas pero poderosas ciudades mercantiles del Norte de Italia que ahora se enfrentaban, en el contexto de la crisis política de finales del siglo XIII, en la «primera guerra marítima».




Edad de Oro de la civilización bizantina Volver al índice



El emperador y la ley en Bizancio

          

1.- El emperador es la autoridad legítima, el bien común de todos los súbditos. No castiga ni recompensa con parcialidad, sino que distribuye los premios con justicia.

          

2.- El fín del emperador es conservar y salvaguardar por su virtud los bienes presentes. Recobrar los bienes perdidos por medio de una atención vigilante. Adquirir los bienes que faltan con su celo y justas victorias.

3.- El fín del emperador es hacer el bien. Por eso se le denomina «evergeta». Cuando se aparta de la beneficencia, el carácter imperial se altera, según los antiguos.

4.- El emperador tiene obligación de defender y mantener ante todo las prescripciones de la Sagrada Escritura, a continuación los dogmas enunciados por los siete santos concilios, así como las leyes romanas reconocidas.

5.- El emperador ha de ser excelente en la ortodoxia y la piedad, resplandeciente en su celo divino, en lo que concierne a los dogmas relativos a la Trinidad, tanto en lo que toca a los decretos que se refieren a la economía según la carne de nuestro señor Jesucristo: la consustancialidad de la divinidad trishypostásica, y la unión hipostática de las dos naturalezas en un mismo Cristo que es de forma inconfundible e indivisible perfecto Dios y perfecto hombre, con lo que de esto se deduce: impasible y paciente, incorruptible y corruptible, invisible y visible, intangible y tangible, ilimitado y limitado, así como la dualidad incontestable de las voluntades y energías, y la indescriptibilidad y descriptibilidad.

6.- El emperador ha de interpretar las leyes heredadas de los antiguos y, según ellas, decidir cuando no hay ley.

7.- En la interpretación de las leyes ha de tener en cuenta la costumbre de la ciudad. Lo que es contrario a los cánones no puede ser admitido como modelo.

8.- El emperador ha de interpretar las leyes en el sentido del bien. En los casos dudosos, reconocemos la interpretación conforme al bien.

9.- No se debe cambiar lo que comporta una interpretación evidente.

10.- En las cuestiones en las que no hay ley escrita, es menester conservar uso y costumbre. Y, si no hay, decidir por analogía.

11.- De la misma manera que una ley puede estar escrita o no, puede abrogarse ya por ley escrita ya por caducidad.

12.- Puede invocarse la costumbre de una ciudad o provincia cuando, en caso de duda, un tribunal la ha confirmado. Lo que está confirmado por una larga costumbre y ha sido observado durante muchos años, tiene la misma fuerza que el escrito.

Ed. A. DE LINGENTHAL, «Epanagogé», Tit. II, Jus Graeco-romanum, Leipzig, 1856-1884. Recoge: M. A. Ladero, Historia Universal de la Edad Media, Barcelona, 1987, pp. 260-261.




Imperio Latino Volver al índice



Crisóbula de Alejo I Commeno concediendo tierras e inmunidades fiscales

     Al poeta y catépano de Abidos, León Kefalas, en recompensa de hazañas cumplidas en la plaza fuerte de Larissa, cuando estuvo sitiada por el maldito Bohémond y todo el ejército franco, recibió la comuna de Zostiani, en el thema de Moglena. Tiene en mano la ordenanza, con mi firma, que le otorga esta donación y el practicón establecido por el vestas Pedro, que da las listas de las parecas, poco numerosas y de última categoría, establecidas en el territorio de esa comuna. Ha solicitado, para mayor seguridad, que esta donación sea confirmada por un crisóbula, lo cual es justo acordarle.

     Por el presente crisóbula, se ordena que a León Kefalas y a todos los suyos, herederos y derecho-habientes, pertenezca definitivamente la comuna de Zostiani, situada en el thema de Moglena, irrevocablemente y a perpetuidad, sin estar gravados por impuestos ni cargos, sin que Kefalas o los suyos deban pagar al fisco gravamen alguno. En vista de lo cual ordeno que, el practicón fiscal del thema de Moglena mencione con tinta y por mano del protoproedra y logoteta del dromo Juan, a beneficio de León Kefalas y los suyos. Estos deberán comportarse debidamente con los campesinos, no expulsarlos, ni acoger a los habitantes de otras comunas, si desean que la donación conserve la validez. La comuna de Zostiani y los campesinos allí radicados estarán exentos (...) [de más de cien impuestos y cargas de toda naturaleza cuya lista se adjunta]. Prohíbo a todo funcionario (...) desconocer, bajo ninguna circunstancia, este crisóbula, dado en el mes de mayo de la novena indicción, en el año 6594.

Recoge: R. BOUTROCHE, Señorío y feudalismo. 1. Los vínculos de dependencia, Madrid, 1980, p. 312.



Descripción de una matanza de latinos en época de Andrónico I (1183-1185)

          «Contar las desgracias que entonces sufrieron los latinos, el fuego que devoró sus bienes, sin tener en cuenta los saqueos que sufrieron, y los accidentes ocurridos en las playas y en las calles, sería empresa difícil. Ya que no solo los latinos armados eran presa de los hombres de Andrónico, sino que la gente, que no podía defenderse, no suscitaba la más mínima piedad. De hecho las mujeres y los niños eran abatidos por sus espadas. Pero el espectáculo más horrible se daba cuando el hierro enemigo, abriendo el vientre de las mujeres encinta, sacaba el feto, que, después de haber visto antes de tiempo la luz del sol, era acogido por las tinieblas del infierno, muriendo antes incluso de estar perfectamente vivo. y esto era bestial, y no comparable a otras formas de locura. Cayó también un sacerdote latino, no sé si venido en embajada de la antigua Roma o de Sicilia, o sea romano o siciliano. Y cayó con todos los ornamentos sagrados que él se había puesto en vez de armas, con la esperanza de que los malvados lo respetasen».

EUSTAQUIO DE TESALÓNICA. Publ. S. Claramunt, El mundo bizantino. La encrucijada entre Oriente y Occidente, Barcelona, 1987, p. 40.



Acta del patriarca Miguel Autoreianos (1208-1214)

     Aquí se perdona a aquellos que caigan en la guerra.

     Del mismo [patriarca] y de su gran sínodo, a todos los militares, parientes y familiares del emperador, o mejor dicho, a todos los súbditos y soldados del emperador.

     ¡Romanos -esta sola denominación es suficiente para recordaros las antiguas valentía y virtud militares-, que provenís de las grandes familias y tenéis una moral imperturbable, y vosotros, bravos guerreros que seguís la carrera militar! Es tiempo de mostrar, con la gracia del cielo, vuestra virtud y valentía -de una parte, por la gracia inmaculada de vuestra fe y por la herencia de Cristo, de quien sois los defensores corporales; de otra, por la libertad y la gloria de nuestra patria, por el honor de los padres, de las mujeres y de los niños-, de tener un celo ardiente y una justa cólera en vuestros corazones, contra nuestros injustos y arrogantes enemigos que nos atacan, y que serán, así lo creemos, aplastados por el Señor como los cedros estériles del Líbano. ¡Levantáos, confiando en Dios, retornad a vuestra antigua moral, no permitáis que se arroje por los suelos la nobleza de vuestra patria!

     Nuestros enemigos no están hechos de otra naturaleza, no son sino cuerpo y alma, ni invulnerables ni insensibles, como dicen las fantasías de los antiguos griegos. Es la insolencia y la arrogancia y una inaceptable temeridad lo que los fortifica, así como, además, el ilegítimo deseo de injusta ganancia -a causa de lo cual pierden igualmente sus almas en el fuego eterno. Si, pues, aquellos, movidos por tales pasiones, no tienen cuidado de sus almas y, con el descaro de los bandidos, invaden las posesiones del prójimo; si, combatiendo por su perdición como si fuera por su verdadera salvación, llegan a esta ruinosa concordia, ¿cómo nosotros, que estamos apoyados en el derecho natural, y llamados a ser juzgados por el ojo infalible, no los contraatacaremos con coraje y no nos batiremos hasta más allá de nuestras fuerzas, cuando los bienes terrestres serán para nosotros acompañados por la recompensa de Dios? Ello a condición de confiarse a Él y de prometer, todos juntos y cada cual por separado, llevar una vida que le plazca, si no se la ha llevado hasta ahora.

     Venid, queridos hijos, y escuchad: al mismo tiempo que se hubo presentado Él mismo en la tierra, Dios nos dio la realeza, una buena monarquía, una imagen de su gobierno, eliminando el desorden y la poliarquía, a fin de que aquellos que creen en Él, no se destruyan ni destruyan su fe atacándose unos a otros. Vosotros sabéis cómo Dios, a causa de nuestros pecados, nos ha puesto a prueba hasta el punto de correr el riesgo de ser totalmente sometidos a los bárbaros, y de nuevo tuvo misericordia de nosotros: nos dio un bien primordial, la realeza, y puso a nuestra cabeza un emperador laborioso, digno de los tiempos -vosotros que habéis estado en campaña con él, lo sabéis por sus actos-, muy generoso y gratificante en las hazañas militares de una manera digna de un emperador. En nuestros días, Dios ha mostrado en él obras admirables, las cuales debemos siembre tener en cuenta a fin de seguirlas. Si en un cuerpo la cabeza es la más preciosa, y por ese hecho es protegida por los otros miembros, ¿cómo no vamos a estar obligados a proteger la cabeza que Dios nos ha dado? ¿No habéis visto cómo las abejas rodean y defienden a su reina? Si los animales privados de razón saben obrar así, conviene mucho más a nosotros, a quienes Dios ha dotado de razón y juicio, el defender, proteger y sostener sin cesar a nuestro santo autokrator, para que vosotros no merezcáis el calificativo escriturario de pueblos insensatos. Con valor, pues, venceréis a todo oponente. Nosotros, el clero, premunidos con las armas espirituales, os asistiremos con nuestros votos.

     Que la gracia de nuestro Señor Jesu-Cristo esté con vosotros. Amén.

     Habiendo recibido de Él el gran don de la gracia, perdonamos todos los pecados a aquellos de entre vosotros que mueran combatiendo por la defensa de la patria y la salvación del pueblo de Dios.

     En: OIKONOMIDES, N., «Cinq actes inédits du patriarche Michel Autoreianos», en: Revue des Etudes Byzantines, 25 (Mélanges Venance Grumel, II), París, 1967, ahora en: OIKONOMIDES, N., Documents et études sur les institutions de Byzance (VIIe-XVe s.), «Variorum Reprints», 1976, London, XV, pp. 113-145. La traducción, «intentionnelement abregée», según Oikonomides, en pp. 115-117; el texto griego en pp. 117-119. Trad. del francés por José Marín.

     En MARÍN, J., Cruzada, Guerra Santa y Yihad. La edad media y Nosotros, Valparaíso, Ediciones Universitarias, 2003, pp. 181-183.

     En web personal del profesor José A. Marín.

     En web personal del profesor Francisco Javier Villalba Ruiz de Toledo.


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