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Islam |
El Imperio abbasí, por su parte, presionado por la omnipresencia de los turcos selyúcidas, perdía su esencia cohesiva casi al mismo tiempo que se deterioraba la autoridad real de su califa. La desmembración de su antiguo solar no encontró en los selyúcidas una seria y duradera alternativa, y la existencia nominal de un languideciente titular del Califato no pudo en ningún caso detener la definitiva fragmentación del mundo islámico. Esta se manifestó irrefrenable también en otras parcelas no sujetas al teórico control abbasí. Es el caso del Califato de Córdoba, cuya descomposición abre un prolongado período de dependencia africana para la España islámica.
| Decadencia abbasí |
El califa y la ciudad de Bagdad
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Esta antigua ciudad continúa siendo la sede del califato abasí y centro de difusión de la doctrina del imam quraysí y hasimí; pero la mayor parte de sus edificios ha desaparecido y no queda de ella sino el prestigio de su nombre. En comparación con lo que ella fue, antes de que las calamidades cayesen sobre ella y de que los ojos de la desgracia se volviesen hacia ella... El califa se muestra algunas veces en barca por el Tigris y en ciertas épocas caza en el desierto. Sus apariciones dan a su existencia, según el testimonio del vulgo, un carácter misterioso, y ese misterio no hace más que acrecentar el prestigio de su asunto. Él, sin embargo, querría mostrarse a las gentes y manifestarle su amor. Él, según ellas, es de espíritu afortunado y consideran de buen augurio sus días en cuanto a prosperidad, justicia y buena vida, y, así, grandes y pequeños hacen votos por él. A este califa mencionado, o sea, a Abu l-cAbbas Ahmad an-Nasir li-Din illah b. al-Mustadi bi-Nur illah Abu Muhammad al-Hasan b. al-Mustanyid bi-llah Abu l-Muzaffar Ysuf (...) lo vimos en la parte occidental de la ciudad, delante de un mirador suyo del que había bajado para subir a una barca (...) tendría aproximadamente unos veinticinco años. Vestía una ropa blanca parecida a una túnica de manga larga con bordados de oro; sobre su cabeza llevaba un capirote dorado, ribeteado con una de esas pieles negras preciosas y de valor, reservadas para el vestido de los príncipes, tales como la del zorro, o más nobles aún (...) Eso tuvo lugar en la tarde del sábado 6 de safar del año 80 (15 de mayo de 1184)... IBN YUBAYR, A través del Oriente. El siglo XII ante los ojos. Rihla, Barcelona, 1988, pp. 258 y 270. |
| Al-Andalus: los reinos de Taifas e Imperios norteafricanos |
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Yo he tratado a las mujeres en su intimidad y por eso estoy tan enterado de sus misterios, que de ellos se lo que quizá no sepa ningún otro hombre, porque yo me crié dentro de sus habitaciones privadas y me eduqué con ellas, sin conocer más personas que mujeres, sin tratar con hombres hasta que llegué a la edad de la juventud. Ellas venían continuamente a besarme la cara, me enseñaban a leer el Alcorán, me recitaban muchos versos, me adiestraban en la escritura. De aquí que yo, desde que empecé a tener uso de razón, en los primeros años de mi infancia, no pusiese otro empeño ni trabajase con mi espíritu en otra cosa que en conocer bien las cualidades de las mujeres y en enterarme de cuanto les oía referir de sí mismas. Y como ya luego no he olvidado nada de lo que de niño vi que ellas hacían, acabé por concebir contra ellas una intensa antipatía instintiva y pésima opinión. El espíritu de las mujeres está vacío de toda idea que no sea la de la unión sexual y de sus motivos determinantes, la de la galantería erótica y sus causas, la del amor en sus varias formas. De ninguna otra cosa se preocupan, ni para otra cosa han sido creadas. En esta materia [del amor sexual] jamás pensé bien de nadie. Por natural temperamento he sido siempre muy celoso (...) Además nunca he cesado de escudriñar noticias femeninas y de procurar descubrir los secretos de las mujeres. Como ellas, por otra parte, tuvieron conmigo siempre gran familiaridad, confiábanme sus más íntimos secretos de modo que, si no fuera porque se trata de cosas feas que Dios prohíbe poner al descubierto, referir podría, en verdad, tales maravillas de la sagacidad y artes aviesas que para el mal poseen las mujeres, que dejarían atónito al más avisado. Pero, aunque yo estuve siempre tan enterado de todo esto, bien sabe Dios -y con que Él lo sepa me basta- que estoy por fuera y por dentro absolutamente limpio y puro de toda mácula en tal materia; tanto, que puedo jurar en Dios solemnemente que jamás desaté mi manto para un placer ilícito, ni mi Señor me habrá de tomar cuenta de pecado alguno grave de adulterio, desde que tuve uso de razón hasta el día de hoy. Del Tauq o Libro del amor y del Ajla o Libro de los carácteres y la conducta que trata de la medicina del alma de Ibn Hazm, según versión de Asín (Abenhazam de Córdoba, p. 39, 40, 222 y 223. Recoge: J. L. Martín, Historia de España», 3, Alta Edad Media, Historia 16, Madrid, 1980, p. 72. |
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Dios creó el trono sin necesidad y se instaló en él según su deseo y su voluntad. Es poderoso en virtud de un poder, sabio en virtud de una ciencia preeterna, no adquirida (...) cada atributo suyo es real y no metafórico (...) La palabra de Dios es increada, Dios ha hablado efectivamente con esta palabra y la ha revelado a su apóstol por intermedio de Gabriel, el porta-palabra. Este habiéndola oído de Dios, la ha recitado a Mohamed que, a su vez, la ha recitado a sus Compañeros los que, a su vez, por último, la han recitado a la Comunidad. esta palabra no se ha hecho creada en virtud de su recitación por las criaturas, porque sigue siendo la Palabra misma que Dios ha hablado. Permanece, pues, increada, en cualquier estado, tanto si es repetida, memorizada, escrita u oída. Y si alguien afirma que es creada en cualquier estado que sea, se trata de un infiel cuya ejecución es lícita si se obstina en no hacer una retractación pública. La fe consiste en la enunciación, las obras y la intención (...) varía, aumentando con la observación de la Ley y disminuyendo con la no observancia (...) El hombre no sabe qué destino le reserva Dios, ni que fín le será dado (...) Todo hombre debe amar a los compañeros del Profeta y saber que son las mejores criaturas después del Enviado de Dios (...) todos deben decir bien de Muawiya. Nadie debe declarar infiel a otro por omisión de una obligación cualquiera, salvo solo la Oración prescrita en el Libro de Dios. Proclamación del califa Al-Qadir, 1071. HANBALITA, Sourdel, La civilisation de l'Islam Classique, p. 163. Recoge: M. A. Ladero, Historia Universal de la Edad Media, Barcelona, 1987, p. 214. |
Consideraciones médicas de Abd Allah (1075-1090) sobre los alimentos y el vino
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Dijo un sabio: «Las gentes viven para comer, y nosotros comemos para vivir». Reflexiona sobre lo útil de esta idea. Cierto rey reunió a sus médicos y les dijo: «Hacedme conocer un remedio con el cual no sea posible enfermedad». Cada uno se puso hablar de medicinas y de cómo habían de ser aplicadas, salvo, el más sabio y anciano de todos, que les contradijo, afirmando: «El príncipe no os ha preguntado nada de eso. Que me autorice a hablar». El rey le contestó entonces: «Habla, pues tú eres la mina de la sabiduría y de la filosofía». Y aquel médico dijo: «El remedio, oh rey, con el que no es posible enfermedad, es que cuando comas, aunque solo haya sido dos bocados, dejes todo aquello que exceda de la saciedad de tu hambre, y que no te llenes. Con este remedio no hay necesidad de médico». Algo así se cuenta de (Harun) al-Rasid, pues habiéndole sido presentada una escudilla con comida, dijo al comer: «Esto es, a la vez, alimento y medicina; pero cuanto excediese de ello, sería dolencia». Todo hombre, en efecto, debe tomar de los bienes del mundo tan solo aquello a que está acostumbrado. El Profeta -¡sobre él sea la paz!- dijo: «El origen de toda dolencia es la indigestión y la base de todo remedio es la dieta». También se ha dicho: «Come poco y dormirás bien». Y los doctores afirman que el exceso o el defecto son enemigos de la naturaleza. Asimismo vemos con el vino que cuando el temperamento del bebedor exige que ingiera mucho, no ha de decírsele: «Bebe poco», ni al que le acomoda beber poco ha de decírsele: «Bebe más». De otra parte, el hombre inteligente se da cuenta de esta medida según sus propias sensaciones, y, sabedor de lo que conviene a su naturaleza, no comete ningún exceso. Un sabio, a quien se le preguntó por el vino, lo censuró, pero luego dijo: «Si se toma como conviene, con quien conviene y cuando conviene, no hay mal en ello, porque alegra el espíritu, disipa los cuidados y enardece e impulsa a las acciones meritorias. Tomarlo con exceso es tan grande daño, como es gran bien beber poco» (...) Tocante a los alimentos, debe emplear el hombre los más ligeros, incluso si eso le obliga hacer comidas varias veces al día, porque así la digestión será más rápida, el estómago conservará el apetito, y los miembros todos andarán más sueltos (...) Es un ignorante el que crea que cenar inmediatamente antes de acostarse favorece el sueño, a causa de la hartura. Yo digo, al contrario, que lo dificulta, porque el calor hace subir vapores al cerebro, y todo lo caliente impide dormir, de igual modo que el frío en el cerebro produce somnolencia. ¿No ves cómo los cerebros fríos segregan muchas mucosidades y engendran falta de memoria, mientras el hombre de memoria rápida posee siempre en su cerebro calor y sequedad, y ves que tiene pocas secreciones, y que, si las tiene, no duran, porque no son más que excreciones del cerebro? Los de ojos saltones están expuestos a lo mismo y rara vez escapan a las enfermedades y a la transpiración, mientras, a juicio de los médicos, los de ojos hundidos tienen mejor vista (...) El siglo XI en primera persona (las memorias de Abd Allah, último rey zirí de Granada, destronado por los almorávides en 1090), Trad. E. LEVÍ-PROVENÇAL y E. GARCÍA GÓMEZ, Madrid, 1980, pp. 313-314. |
10 de February de 2012