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La medida del tiempo
Dividir el año
por Daniel Climent i Giner
El ciclo anual de 365 días es un período temporal demasiado grande para establecer a partir de
él proyectos y acuerdos a corto y medio plazo, por lo que conviene dividirlo en otros más
«manejables» para la vida cotidiana, lo cual presenta dificultades nada desdeñables.
Si los 365 días del año fueran divisibles por los que tarda la luna en dar la vuelta a la Tierra, el
problema estaría solucionado y probablemente todas las sociedades habrían evolucionado hacia un
calendario de ese tipo: tantas lunaciones o «meses» equivaldrían a un año exacto.
Pero la Luna tarda 29 días y unas horas en cumplir su ciclo, y 365 y 29 son números primos entre
sí, o lo que es lo mismo, no hay ningún divisor común que nos permita establecer entre ambos una
relación matemáticamente productiva.
Por otra parte, 365 es un número con pocos divisores (sólo el 5 y el 73), por lo que las soluciones
matemáticamente simples, sin relación con la Luna, tampoco son operativas.
Así pues, como no hay ninguna «solución», las distintas sociedades han elaborado «soluciones»
particulares, que han dado lugar a los diferentes calendarios que conocemos, algunos ya
desaparecidos, otros plenamente vigentes y aún unos terceros, que llamaremos nuevos calendarios,
que pugnan por abrirse camino.
Una solución consiste en regirse tan sólo por la Luna, sin tener en cuenta el Sol, y eso ha dado
lugar a calendarios lunares, como el calendario primitivo romano y el calendario musulmán.
En otros casos se intenta ajustar mediante correcciones un número de ciclos lunares a
determinado número de años solares, lo cual da lugar a calendarios lunisolares como el antiguo
calendario babilónico y el calendario hebreo.
Una tercera solución consiste en fijarse tan sólo en el ciclo solar, y ajustar los meses con criterios
no lunares. Tenemos así un calendario solar, como el calendario gregoriano, el que utilizamos
nosotros.
Pero también podemos utilizar subterfugios matemáticos para intentar ajustar los 365 días del año
solar o los 29 del lunar con determinados números.
Si consideramos que el año tiene 360+5 días, es decir, 360 días «normales» y 5 «especiales» (que
se añaden después de los 360, pero que no «cuentan» para establecer los meses), eso nos abre nuevas
soluciones, ya que el 360 es un número muy interesante desde el punto de vista matemático.
Así, se pueden establecer calendarios con meses de 20 o de 40 días, números que a su vez poseen
un cierto interés matemático e incluso un simbolismo mágico nada desdeñable.
El calendario maya, por ejemplo, utilizaba meses de 20 días, y en nuestro caso, oculto en el
calendario solar existen no sólo restos de un calendario lunar, sino de un calendario de 40 días que
se hacen patentes en determinadas fiestas y en otros elementos culturales.
También podemos «reinterpretar» los 365 días de otra forma: supongamos que se trata de 364 días
«normales» + 1 «especial». En ese caso se puede establecer un calendario de 13 meses de 28 días
cada uno (364 = 13*28), y como, además, 28 = 4*7, eso permitiría dividir cada mes en 4 períodos
de 7 días, aproximadamente equivalentes a cada una de las fases de la Luna. Esos períodos de 7 días
actuarían también como unidad cronológica, la semana, unidad tan útil que aún la mantenemos y que
hemos integrado en nuestro calendario, pese a que no tiene ninguna relación matemática ni con los
365 días del año ni con los 29 de una lunación.
Por esa y otras razones no es de extrañar que en la antigüedad hubiera calendarios de 13 meses,
como el calendario maya y el calendario pelasgo, y que incluso haya nuevas propuestas, como el
Calendario Fijo Internacional, que proponen recuperar aquella división.
Se adopte el criterio que se adopte, los meses deben ser identificados. Una solución puede
consistir en ordenarlos numéricamente, pero en otras se ha preferido identificarlos mediante nombres
propios (nombres de los meses), etc., o bien mediante descripciones fenológicas, como en el
calendario revolucionario francés.
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