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La medida del tiempo

Introducción

¿Para qué medir el tiempo? La noción de calendario

     Las medidas generales de tiempo, distancia, volumen, peso y valor monetario son necesarias en cualquier nivel de organización social superior al estadio primitivo de agrupación tribal.
     Sin sistemas de medida apropiados difícilmente se pueden llevar a cabo empresas sociales comunes, sean éstas relaciones comerciales, tareas agrícolas, almacenamiento de productos, planificación de la guerra, etc.
     De todos los sistemas generales de medida, el más necesario es, probablemente, el registro del tiempo, el establecimiento de sistema fiable de predicción de las regularidades que permite a una determinada sociedad organizar sus actividades, sincronizar sus relaciones sociales, establecer predicciones y situar su pasado.
     Eso exige la armonización de diferentes ciclos naturales (el día, las estaciones, el desarrollo vegetativo), efemérides astronómicas (del Sol y de la Luna, principalmente, pero también de determinadas estrellas) y leyes matemáticas.
     Las diversas soluciones adoptadas para agrupar días han dado lugar a los distintos calendarios que conocemos, mientras que para establecer divisiones inferiores al día se necesitan, además, instrumentos de gran precisión, que sólo a partir del siglo XVII pudieron empezar a sustituir a los más rudimentarios relojes de arena, de sol o de agua.
     Un calendario es una forma concreta de agrupar días mediante un sistema de reglas que permite organizarlos en períodos determinados que llamamos semanas, meses, estaciones, años, eras, etc.
     Existen formas distintas de establecer secuencias comprensibles para esos conjuntos de días, secuencias que básicamente se reducen a tres según se basen en efemérides astronómicas, en fenómenos de la naturaleza inmediata (meteorológicos o vegetativos) o en determinados sistemas de numeración.
     Las primeras han dado lugar a los calendarios de carácter solar, lunar o lunisolar, que son la base de algunos de los más conocidos y utilizados (gregoriano, musulmán, hebreo).
     A los segundos se les llama calendarios fenológicos (como el calendario celta) y a los terceros calendarios matemáticos (como el calendario de los 40 días).
     Muchos de los calendarios tienen carácter mixto, y en concreto el nuestro recoge elementos solares, lunisolares y matemáticos, como tendremos ocasión de comprobar más adelante.
     En los calendarios se introducen elementos cualitativos que dotan de individualidad a días concretos e incluso a secuencias de días; se trata de las fiestas y de los ciclos festivos, respectivamente.
     Es por ello que además de establecer las pautas de recurrencia y regularidad de cualquier calendario conviene señalar las fiestas y los ciclos festivos, los cuales tienen un mayor interés en tanto que señalan tanto los puntos de inflexión, el tránsito entre unas unidades del calendario y las siguientes, como las efemérides de los «otros» calendarios integrados en el principal.

     


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