Soto Voce
MEMORIA
Soto voce nació como encargo de Yiyo Alonso y Juan Alberto López, para una compañía con una propuesta realmente inusual. Crear un repertorio de monólogos para dos personajes. Dos voces en soliloquio, nunca en diálogo, pero siempre con una carga teatral de profundidad. En principio, iba a ser la tercera parte, la tercera obra, de un espectáculo colectivo, completado con un texto del mismo Juan Alberto y otro de nuestro amigo común, José Ramón Fernández.
El planteamiento era, tras los dos citados monólogos, a cargo de cada uno de los dos actores, de escribir un monólogo doble, un monólogo cruzado. Esto fue lo primero que escribí:
Soliloquios cruzados, que a veces se cruzan, se encuentran, se pueden llegar a confundir. Pueden llegar a compartir frases, trozos del discurso. Dos personajes en dos situaciones muy diferentes. Que entrecruzan frases pero con muy diferente significado. Pueden vivir situaciones similares o planteárseles alternativas análogas, a las que responden de diferente forma o con diferente resultado. Nexos y diferencias entre ambos.
Jugar a que se formara una historia en la mente del espectador, a través de cruces casuales, no impuestos por una trama artificiosa. Pronto surgieron las primeras propuestas a nivel de trama, y entre ellas estas tres:
Soto voce
Un hombre con sus facultades mentales perturbadas. Se imagina a otro, a un amigo, en todos los que se encuentra. Y a todos les narra, les confiesa, la historia de una traición pasada. Una historia que es contada una y otra vez, desvelando cada vez más detalles, más y más repulsivos. Al final descubrimos que ese hombre, con el que en principio nos reímos, y que luego despertó nuestra simpatía, es un monstruo.
No introducir el pie en el andén
El hombre que habla solo en el metro. Va con un cassette antiguo, en el que suenan canciones de Miguel de Molina mientras el hombre, brillantemente, analiza su forma de cantar. O comenta los nuevos planes de ordenación de transportes públicos de la Comunidad de Madrid, con la rancia prosapia de Luis Eduardo Cortés. Otros personajes del metro, que pueden aparecer como figuras en el monólogo: - El hombre de goma. - La vieja de los escapularios. - Etc.
El hombre invisible
El hombre al que todo el mundo llama y al que todo el mundo ignora. (Un limpia, un taxista, un conserje…) Y que desde su anonimato va a conocer los secretos personales de varias personas, una serie de secretos que implican la perdición de un ser inocente. Algo que sólo nuestro hombre comprende y conoce, y que debe, pese a su dolor e indignación, verse obligado a callar.
Las dos primeras propuestas se convirtieron en cada uno de los monólogos de Soto voce. La última, pervive en ambas. Efectivamente, y ya desde su título, de esa cita del italiano, sottovoce, el texto plantea el juego de lo oculto, de lo ignorado. Eso que nos roza todos los días y que nosotros ignoramos, pese a que a veces esté tan claro, sea tan evidente. Algo en que nos faltaría una última clave para interpretarlo correctamente, en todo su sentido. O que quizá sí tengamos pero no la queramos ver, prefiriendo ser indiferentes a lo que esa clave nos revela.
El escenario del Metro no es indiferente a esa exploración de lo que corre por debajo. De hecho, los personajes que aparecen en Soto voce responden a personajes reales, a la mitología real que puebla el Metro de la ciudad de Madrid (seguro que de cualquier ciudad) y con los que tuve la suerte de cruzarme en algún vagón: el analista delirante de las canciones de Miguel de Molina, el hombre de goma, la mujer de las maletas (que no llegó a formar parte del texto); incluso el extraño anfitrión que abre la obra, y en la que hay una parodia directa (con frases absolutamente literales) de un político local, Luis Eduardo Cortés. Pese a que no se perciba (espero que no sea así), hay mucho de catálogo mitológico en esa parte, con citas directas de la Edda Menor de Snorri Sturluson.
Benito se nutre también de la realidad. Es mi homenaje a cierto compañero de trabajo, que nunca se despegaba de su madre, y que finalmente murió en brazos de ella. Grande y orondo, como un niño recrecido, calvo, la cara mofletuda y gafas de culo de botella. Nunca escuché las peculiares conversaciones telefónicas que mantenía con ella desde su trabajo, sin avergonzarse, pero sus compañeros me han hablado muchas veces de ellas, e intentado transcribirla desde mi imaginación.
He convertido a Benito en ese ser que hace las cosas sin querer, que sin querer se convierte en lo que es. Por encima de un asesino o un psicópata, quería dibujar ese ser huidizo que nos encontramos y que un día descubrimos que es un asesino. Esa persona que luego es tratado por los que le conocieron como un "ser tranquilo, afable, una buena persona". En España, vivimos ahora un caso reciente: el amable compañero sentimental que resulta ser un feroz destripador de muchachas.
Pero la historia del psico killer, sinceramente, me aburriría. Prefiero la de este personaje que tiene miedo de las sombras, que no soporta dormir en la misma casa donde está su madre. Madre que, yo sospecho, él cuando volvió de su huida, se encontró con que había muerto en su abandono y ya no era ni siquiera un cuerpo en descomposición, sino un montón gris de polvo y tierra. El asesino despistado, que no sabe a quién mata, me puede hacer algo de gracia. Pero sin duda que mi apuesta es contar la historia del amor loco de Benito por Silvia. Un amor que no supo defender cuando tenía que haberlo hecho, acobardado ante las figuras de su dominante madre y del malévolomente amable Villacastín. Ahora es el turno de Benito. Él cree que puede restituir algo de Silvia si demuestra que es digno de ella. De esa Silvia que perdió cuando pudo haber sido suya. De esa Silvia de la que quizá se alimentó con su cuerpo, incapaz de mantenerla en vida.
Pero recuperar a Silvia significa convertirse en el monstruo en que todas las noches se convierte cuando baja al Metro. Alguien que ciegamente mata a la primera víctima con la que se encuentra para convocar y rectificar ese momento del pasado en que fue incapaz de enfrentarse a su competidor y defender a Silvia de él. Una elección temible: conservar el amor de su vida a través de crímenes anodinos, sin sentido, sin que tampoco podamos, finalmente, ignorar la inocencia de las víctimas que caen a nuestros pies. O retroceder ante el horror, intentar que la sangre no nos manche las manos, a costa de sentirnos finalmente rechazados, indignos de ese único amor posible que se nos ofrece una sola vez en nuestras vidas. Dura alternativa.
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