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Retrato de Alejandro Volver al principio

Utilizando fuentes contemporáneas de los hechos que narra redactadas, además, por protagonistas de los mismos como Ptolomeo y Aristóbulo, Arriano relata en su Anábasis la conquista de Asia por Alejandro comenzando con la muerte de su padre Filipo hasta la del propio conquistador macedonio en Babilonia. La narración se cierra precisamente con el pasaje aquí seleccionado -aun cuando a ella se suma el tratado Sobre la India-, un auténtico panegírico de Alejandro en el que Arriano no oculta su admiración por aquél a quien llega a situar por encima de los demás hombres e incluso al lado de los dioses.
Nacido en Nicomedia de Bitinia, Flavio Arriano (ca. 95-175) fue discípulo del filósofo estoico Epicteto, sirvió al Estado romano como oficial y alto funcionario, alcanzó la dignidad de senador bajo el reinado de Adriano y entre 131 y 137 actuó como legado imperial en Capadocia. De sus escritos se han perdido los Sucesos después de Alejandro -una historia de los Diadocos entre 323 y 321 a.C.- las Bitiníacas -en donde narra la historia de su patria hasta 74 a.C.- y las Párticas -relato de las campañas orientales de Trajano en diecisiete libros-, pero conservamos, entre otras, su Anábasis de Alejandro Magno -en la que se integra el tratado Sobre la India a modo de libro VIII y último-, el Periplo del Ponto Euxino -una descripción del Mar Negro dedicada a Adriano- y una recopilación de las enseñanzas de Epicteto conocida como Disertaciones. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Murió, pues, Alejandro en la 114 Olimpíada, siendo arconte en Atenas Hegesias. Vivió treinta y dos años y ocho meses, según dice Aristóbulo. Su reinado duró doce años y ocho meses. Fue el hombre de más bello cuerpo, más amante del esfuerzo y de mente más aguda, el más valeroso y amante de la gloria y de los peligros, así como el más piadoso con los dioses. El de mayor templanza con los placeres del cuerpo y, respecto a los placeres del espíritu, jamás se saciaba su afán de gloria. El más capaz de comprender lo necesario en medio de la mayor oscuridad y el más feliz en conjeturar lo verosímil cuando todo era meridianamente claro. Era también el más experto en organizar, equipar y ordenar un ejército. Como nadie sabía levantar el ánimo de sus soldados y colmarlos de buenas esperanzas, así como eliminar la sensación de miedo en los peligros por su propio desconocimiento de lo que es el miedo; el más noble hombre en todos los asuntos Cualquier cosa que hubiera que hacer en situaciones difíciles, él lo realizaba con el mayor arrojo; y cuando había que arrebatar algo, adelantándose al enemigo, era el más capaz en anticiparse, antes de que nadie temiera que esto fuera a ocurrirle. De total fiabilidad en guardar lo pactado y convenido, el más astuto en no caer en las trampas de los embaucadores; económico al máximo con el dinero invertido en su propio placer, y muy generoso en beneficiar a los demás.
Que en algo errara Alejandro a causa de la precipitación o por imitación, o incluso si llegó a caer en ciertos hábitos bárbaros por un exceso de orgullo, no lo considero grave, si se tiene en consideración, no sin indulgencia, su juventud, sus ininterrumpidos éxitos y el séquito que acompaña a los reyes por adulación, no para aconsejarles en lo mejor y que siempre colaborarán con ellos para su perdición. Sé, por contra, que Alejandro fue el único rey de la antigüedad que sintió arrepentimiento por sus yerros, debido a su noble manera de ser. Los más de los hombres si advierten que han errado en algo creen que acudiendo en defensa de su yerro, como si de algo positivo se tratara, van a lograr ocultar su yerro, cuando la verdad es que se equivocan con ese comportamiento. En efecto, a mí me parece que el único remedio cuando uno se equivoca es reconocer el propio error, y el manifiesto propósito de rectificar a la vista de ello, porque a quien le toca sufrir las consecuencias del error no le parecen tan graves estas consecuencias si el que ha errado reconoce que no ha obrado rectamente. Quedan además para el autor del yerro, con vistas al futuro, el sano propósito de no cometer semejante error en lo sucesivo, si de verdad se lamenta por sus yerros anteriores.
Ni siquiera me parece un grave error de Alejandro el hecho de que retrotrajera su ascendencia al linaje divino, si se trataba de no otra cosa que de una añagaza de cara a sus súbditos, y por darse mayor dignidad. Es más, a mi parecer, no fue un rey menos famoso que Minos, Eaco o Radamante, quienes habían hecho remontar su origen hasta Zeus, sin que por ello los hombres de antes lo considerasen un acto de arrogancia. Lo mismo ocurrió con Teseo, que se hizo pasar por hijo de Poseidón, o con Ión, hijo de Apolo.
La indumentaria persa, a mi parecer, fue igualmente una añagaza cara a los bárbaros, para que su rey no les resultara por completo un extraño; también tenía ello un valor para los macedonios, a saber, marcar un distanciamiento de la arrogancia e insolencia propias de los macedonios. Por esta misma razón me parece a mí que entremezcló a los persas melóforos con los batallones macedonios, y los nobles persas con los componentes de cada ágema. Incluso los festines los prolongaba Alejandro, según dice Aristóbulo, no por beber, ya que Alejandro no fue gran bebedor, sino por su espíritu de camaradería con los Compañeros.
Cualquiera que hable mal de Alejandro, que lo haga contando no sólo las cosas censurables que Alejandro hizo, sino que junte todo lo que Alejandro llevó a cabo, y vea así el conjunto. Que considere ese tal quién es él mismo y cuál es su suerte, y frente a eso, que calcule quién llegó a ser Alejandro y hasta qué grado de humana felicidad llegó, convertido en soberano indiscutible de ambos continentes y que alcanzó a expandir su fama a todas partes. Que hable mal ese tal de Alejandro, él que será un personajillo insignificante que se ocupa en pequeñeces y es incapaz incluso de poner orden en ellas.
A mí parecer no hay pueblo, ni ciudad actual, ni un solo hombre a quien no haya alcanzado la fama de Alejandro. Es más, creo que un hombre así, sin par en el humano linaje, no ha podido nacer sin alguna intervención divina. Aún dicen que algunos presagios vaticinaron la muerte de Alejandro; a algunas personas se les aparecieron visiones, así como a otros ensueños de distintas clases; a esta vinculación con la divinidad apuntaba también la alta estima de que Alejandro gozaba entre los hombres, así como su recuerdo, impropio de un mortal. Es más, aun hoy en día, después de tantos años, circulan entre el pueblo macedonio algunos oráculos alusivos a su alta gloria.
Esta es mi historia de Alejandro, en la que he reprobado algunas de sus acciones, aunque no me avergüenzo de confesar mi admiración por él, ya que si afeé algunas acciones suyas fue en honor a mi verdad y por servir de alguna utilidad a la humanidad. Fue por ello por lo que yo mismo me decidí a escribir esta historia, no sin el concurso de la divinidad.

Arriano, Anábasis de Alejandro Magno, VII 28-30, traducción de Antonio Guzmán, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1982.



La empresa civilizadora de Alejandro Volver al principio

Sobre la fortuna o virtud de Alejandro es una obra retórica de Plutarco que permite enumerar y analizar los temas mayores de la ideología elaborada en torno al conquistador macedonio por los autores griegos durante el Principado con la finalidad de justificar implícitamente el imperialismo romano. El discurso repasa los diversos aspectos de una empresa, las conquistas de Alejandro, planteada por Plutarco como fenómeno que conduce a diferentes pueblos de la ecúmene desde el salvajismo, la pobreza y la belicosidad hasta una existencia común caracterizada por la urbanización, la agricultura y la pacificación y que, por ello, resulta asimilada a la Pax Romana.
Biógrafo y filósofo griego, Plutarco de Queronea (ca. 46, después de 120), estudió en Atenas, ejerció la docencia en Roma y fue sacerdote en Delfos durante los últimos treinta años de su vida. Conservamos aproximadamente una tercera parte de su abundantísima producción literaria, dividida entre sus Obras morales -tratados acerca de cuestiones filosóficas, religiosas, políticas, literarias- y sus Vidas paralelas -biografías de personajes griegos y romanos puestas en paralelo en función de semejanzas morales y, por ello, con una evidente intención ejemplarizante. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Y si te fijas en la pedagogía de Alejandro, educó a los hircanos en el respeto al matrimonio, enseñó a los aracosios a cultivar la tierra y persuadió a los sogdianos a cuidar de sus padres y no matarlos y a los persas a respetar a sus madres pero no a casarse con ellas. Maravillosa filosofía por la que los indios adoran a las divinidades griegas y los escitas entierran a sus muertos en lugar de devorarlos. Admiramos el poder de Carnéades porque hizo adoptar costumbres griegas a Clitómaco, llamado antes Asdrúbal, cartaginés de origen. Admiramos el carácter de Zenón porque persuadió a Diógenes el Babilonio a que se dedicara a la filosofía. Pero cuando Alejandro civilizaba Asia, se leía a Homero, y los niños de Persia, de Susa y de Gedrosia cantaban las tragedias de Sófocles y Eurípides. Sócrates fue condenado ante los atenienses por los sicofantas porque introducía divinidades extranjeras. A través de Alejandro, en cambio, Bactria y el Cáucaso adoraron a las divinidades griegas. Platón, en efecto, escribió sobre un gobierno ideal pero no convenció a nadie para ponerlo en práctica por su severidad. Alejandro, en cambio, fundó más de sesenta ciudades en pueblos bárbaros y sembró Asia de magistraturas griegas y se impuso así sobre su modo de vivir salvaje e incivilizado. Pocos leemos las Leyes de Platón pero muchos hombres hicieron uso y aún lo hacen de las de Alejandro. Los que fueron conquistados por Alejandro son más felices que quienes escaparon a su mano. Pues nadie puso fin a las desdichas en que éstos vivían, en tanto que el vencedor llevó a aquéllos a una vida de felicidad. De modo que sería muy justo aplicar a las ciudades conquistadas por Alejandro el dicho de Temístocles, quien, cuando en el destierro obtuvo grandes regalos del rey, recibió tres ciudades que le pagaban tributo, una para el pan, otra para el vino y otra para la carne, y exclamó: «Hijos, debiéramos perecer de no haber perecido ya». Más justo sería decir esto respecto a quienes fueron sometidos por Alejandro; no estarían civilizados si no hubieran sido dominados. Egipto no poseería Alejandría, ni Mesopotamia Seleucia, ni Sogdiana Proftasia, ni India Bucefalia, ni el Cáucaso tendría una ciudad griega vecina. Con estas fundaciones extinguió lo salvaje y lo peor se habituó a lo mejor y cambió de signo. Pues bien, si los filósofos se jactan de cambiar y suavizar costumbres duras y carentes de instrucción, y Alejandro parece que ha cambiado muchísimo pueblos de naturaleza salvaje, puede considerársele con toda razón un gran filósofo.
De cierto, la muy admirada República de Zenón, fundador de la secta estoica, se resume en este único principio: que no vivamos separados en comunidades y ciudades diferenciados por leyes de justicia particulares, sino que consideremos a todos los hombres ciudadanos de una misma comunidad y que haya una única vida y un único orden para todos como un rebaño que se cría y pace unido bajo una ley común. Esto lo escribió Zenón como si modelara un sueño o una imagen de un gobierno y de una buena constitución filosófica; pero Alejandro, en cambio, suministró a la palabra la acción. Pues no trató a los griegos como caudillo y a los bárbaros despóticamente, como Aristóteles le había aconsejado, ni se preocupó de los primeros como amigos y parientes ni se comportó con los otros como si fueran animales o plantas, pues esto habría llenado su gobierno de muchas guerras, destierros y de enconadas sediciones. Por el contrario, se consideraba enviado por la divinidad como gobernador común y árbitro de todos y a quienes no anexionaba por la palabra lo hacía con las armas por la fuerza con el fin de reunir los elementos diseminados en un mismo cuerpo, como mezclando en una amorosa copa las vidas, los caracteres, los matrimonios y las formas de vivir. Ordenó que todos consideraran al mundo su patria, al ejército su fortaleza y protección, parientes a los buenos y extraños a los malos. Y que el griego y el bárbaro no se diferenciaran por la clámide y el escudo ni por la daga y el caftán sino que el griego se señalara por su virtud y el bárbaro por su maldad. Y que consideraran comunes el vestido, la alimentación, el matrimonio y las formas de vida y que se mezclaran por la sangre y los hijos (...).
Atendiendo a este orden de cosas, Alejandro no aceptó el vestido medo sino el persa por ser mucho más sencillo. Rechazó lo extraño y teatral del ornato bárbaro como la tiara, el caftán y los pantalones. Vestía con un traje mezcla de la moda persa y macedonia, según nos ha contado Eratóstenes. Como filósofo adoptaba una cierta indiferencia, pero como soberano común y rey humanitario se atrajo la benevolencia de los pueblos conquistados por el respeto a su vestimenta para que continuaran amando firmemente a los macedonios como gobernantes y no los odiaran como enemigos (...) Pero si un gran rey al domar y apaciguar a pueblos irreflexivos y guerreros como animales, los calmó y los contuvo gracias a formas de vida que eran habituales y a modos de vestir familiares conciliando así su descontento y consolando su tristeza, ¿se le pueden censurar? ¿No se admirará su sabiduría puesto que con un cambio circunstancial de formas se convirtió en el jefe popular del Asia, conquistando sus cuerpos con las armas y atrayendo sus almas con las formas de vestir? (...) Se censura, en cambio, a Alejandro porque, aun respetando el atuendo tradicional, no desdeñó el de los conquistados cuando establecía los fundamentos de un gran imperio. Pues no recorrió el Asia a modo de bandido ni estaba en su mente saquearla y arrasarla cual presa y botín de una inesperada buena fortuna, como hizo después Aníbal al invadir Italia y antes los treres al pasar por Jonia y los escitas por Media. Alejandro quería que toda la tierra estuviera sometida a una única razón y a un único gobierno y que todos los hombres se revelaran como un único pueblo, y así se formó él mismo. Y si la divinidad, que envió su alma aquí, no le hubiera reclamado tan deprisa, una única ley regiría a todos los hombres y todos mirarían a una única justicia como a una luz común. Pero ahora una parte de la tierra, la que no conoció a Alejandro, permanece sin luz del sol.

Plutarco, Sobre la fortuna o virtud de Alejandro, I 5-8 (selección), traducción de Mercedes López Salvá, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1989.



Los Diadocos Volver al principio

A la muerte de Alejandro los macedonios eligieron para sucederle a su hermano Arrideo, cuya incapacidad mental hizo necesaria la tutela del general Pérdicas como regente, y los generales macedonios se repartieron las provincias del imperio para actuar sobre ellas como gobernadores. Las disputas surgidas al poco entre los sucesivos regentes y los sátrapas macedonios condujeron a una serie de alianzas y enfrentamientos entre todos ellos que, una vez desaparecidos Arrideo y el hijo de Alejandro, desembocaron en la transformación de las diferentes satrapías en auténticos reinos gobernados por los Diadocos o «sucesores» de Alejandro.
Apiano de Alejandría (ca. 95 - tras 169) fue un historiador griego que ejerció como abogado, primero en su ciudad natal y luego en Roma, y llegó a ocupar el cargo de administrador imperial. Entre su producción literaria destaca una extensa Historia romana redactada en griego hacia el año 160 que recopila historias diversas concernientes a las guerras romanas de conquista y por la que desfilan los diversos pueblos y países en el orden en el que fueron incorporados al dominio romano, desde los tiempos más antiguos hasta el reinado de Trajano. Compuesta por 24 libros, de ellos nos han llegado 10 completos y fragmentos de algunos otros. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Después de los persas, fue rey de Siria Alejandro, quien reinó, además, sobre todos los países que vio. A su muerte, como uno de sus hijos era todavía una criatura muy pequeña y el otro se hallaba en el vientre materno, los macedonios, por amor al linaje de Filipo, eligieron como rey, mientras eran criados los hijos de Alejandro, pues cuidaban también de la viuda encinta, a Arrideo, el hermano de Alejandro, aunque se pensaba que no estaba en sus cabales y le cambiaron el nombre de Arrideo por el de Filipo. Sin embargo, los amigos de Alejandro dividieron en satrapías a los pueblos sometidos y Pérdicas las repartió entre ellos bajo la autoridad del rey Filipo. Y no mucho después, cuando murieron los auténticos reyes, los sátrapas se convirtieron en reyes. El primer sátrapa de Siria fue Laomedonte de Mitilene, gracias al favor de Pérdicas y de Antípatro, que fue quien asumió la tutela de los reyes después de Pérdicas. Tolomeo, el sátrapa de Egipto, fue al encuentro de Laomedonte con una flota y trató de convencerlo para que, a cambio de una fuerte suma de dinero, le entregara Siria en razón a que constituía una buena defensa para Egipto y una excelente base de operaciones contra Chipre. Y, como no pudo convencerlo, lo hizo prisionero, pero él sobornó a los guardianes y huyó a Caria junto a Alcetas. Tolomeo reinó en Siria durante un cierto tiempo y, después de dejar guarniciones en las ciudades, navegó de regreso a Egipto.
Antígono era sátrapa de Frigia, Licia y Panfilia y, habiendo sido dejado por Antípatro como inspector de toda Asia, al pasar éste a Europa, sitió a Eumenes, sátrapa de Capadocia, a quien los macedonios habían declarado enemigo público. Pero Eumenes logró escapar y se apoderó de Media. Sin embargo, Antígono lo capturó y le dio muerte y, a su regreso, obtuvo un magnífico recibimiento por parte de Seleuco el sátrapa de Babilonia. Como quiera que Seleuco castigó a uno de los gobernadores sin consultar con Antígono, que todavía se encontraba presente, este último montó en cólera y le pidió cuenta de su dinero y posesiones. Y aquél, por ser más débil que Antígono, huyó al lado de Tolomeo en Egipto. Antígono, tras la huida de Seleuco, relevó, de inmediato, de su cargo a Blítor, el gobernador de Mesopotamia, por haber dejado escapar a Seleuco y, muerto ya Antípatro, se apoderó de Babilonia, Mesopotamia y de cuantos territorios hay entre Media y el Helesponto. A causa de ello, despertó, al punto, la envidia de los restantes sátrapas, por detentar el mando de una extensión tan grande de tierra. Por lo cual, sobre todo Tolomeo, Lisímaco, el sátrapa de Tracia, y Casandro, el hijo de Antípatro, que estaba al frente de los macedonios desde la muerte de su padre, se coaligaron con Seleuco a requerimiento de este último. Y enviaron una embajada conjunta a Antígono pidiéndole que repartiera, con ellos y con los otros macedonios que habían sido despojados de sus satrapías, las tierras que había adquirido, así como su dinero. Pero Antígono se burló de ellos y éstos, a su vez, le declararon en bloque la guerra. Él, por su parte, se preparó también para la misma y expulsó a todas las guarniciones de Tolomeo que había aún en Siria, al tiempo que le quitaba todas las posesiones que aquél conservaba todavía en Fenicia y la llamada Celesiria.
Avanzando más allá de las Puertas Cilicias, dejó a su hijo Demetrio, de unos veintidós años de edad, en Gaza con un ejército para que contuviera el ataque de Tolomeo que venía desde Egipto. Tolomeo lo venció en una magnífica batalla en torno a Gaza y el muchacho huyó junto a su padre. Tolomeo envió de inmediato a Seleuco a Babilonia para que recuperara el poder, le dio, para tal fin, mil soldados de infantería y trescientos jinetes. Con un número tan exiguo de tropas, Seleuco obtuvo de nuevo Babilonia, tras recibir una calurosa acogida de sus habitantes y, después de poco tiempo, aumentó grandemente su poder. Antígono, en cambio, rechazó a Tolomeo y lo venció cerca de Chipre en un espléndido combate naval en el que su hijo Demetrio fue el comandante. Por esta hazaña notabilísima, el ejército los proclamó reyes a ambos, a Antígono y a Demetrio, pues ya habían muerto sus reyes: Arrideo, el hijo de Filipo y Olimpíade, y los hijos de Alejandro. También proclamó rey a Tolomeo su propio ejército, por temor a que fuera tenido por inferior a los vencedores a causa de su derrota. Ocurrió, precisamente, que estos hombres obtuvieron resultados idénticos como consecuencia de hechos opuestos. Los demás siguieron, al punto, su ejemplo y todos los sátrapas se convirtieron en reyes.
Y así fue como Selcuco llegó a ser rey de Babilonia. Obtuvo, además, el reino de Media, después de matar personalmente en combate a Nicanor, a quien Antígono había dejado como sátrapa de este país. Llevó a cabo muchas guerras contra los macedonios y los bárbaros. Las dos más importantes fueron con los macedonios; la segunda, con Lisímaco, el rey de Tracia, y la primera, con Antígono en las cercanías de Ipso, en Frigia, en la que tuvo el mando de las tropas, y tomó parte en la lucha el propio Antígono, a pesar de que tenía ya más de ochenta años de edad. Puesto que Antígono murió en la batalla, todos los reyes que se habían coaligado con Seleuco contra aquél se repartieron sus posesiones. A Seleuco le tocó en suerte, en este reparto, la parte de Siria que se extiende desde el Éufrates hasta el mar y la Frigia interior. Acechando siempre a los pueblos vecinos y dotado de poder para someterlos por la fuerza y de persuasión para atraérselos, llegó a reinar sobre Mesopotamia, Armenia, la Capadocia llamada Seléucida, persas, partos, bactrianos, árabes, tapiros, la Sogdiana, Aracosia, Hircania y sobre todos los demás pueblos limítrofes, que se extienden hasta el río Indo, que habían sido conquistados por Alejandro. Así que fue quien tuvo unos límites más vastos en Asia después de Alejandro, pues desde Frigia hasta el río Indo todos eran súbditos de Seleuco. Cruzó el Indo e hizo la guerra a Androcoto, rey de los indios que habitaban en las márgenes del río, hasta que firmó con él un pacto de amistad sellado por vía de matrimonio. Algunos de estos hechos los hizo antes de la muerte de Antígono, y otros, después de ella.

Apiano, Historia romana. Sobre Siria, 52-55, traducción de Antonio Sancho Royo, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1980.




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