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Culturas y civilizaciones> El siglo III
Textos
De procedencia mauritana, M. Opelio Severo Macrino sucedió a Caracalla
y fue el primer emperador de origen ecuestre. A pesar de la brevedad de su reinado
(217-218), la carta al senado que le atribuye Herodiano resulta significativa
por cuanto refleja un contexto en el que la evolución política
por un lado permite que un simple soldado acceda al trono y por otro ha sumido
a la institución senatorial en la marginación más absoluta. «En vuestro conocimiento está mi plan de vida desde siempre y la inclinación de mi carácter hacia la bondad. Estáis enterados de la paciencia de mi anterior actuación gubernativa, no muy distante del ejercicio del poder imperial en tanto que el mismo emperador confía en los prefectos del pretorio. Considero, por tanto, que sobran las palabras. Vosotros sabéis, sin duda, que yo no estaba de acuerdo con lo que Antonino hacía, y que me expuse por vosotros en las frecuentes ocasiones en que, dando crédito a las calumnias que llegaban a sus oídos, os trataba con dureza. También a mí me difamó y desacreditó muchas veces en público mi moderación y humanidad respecto a los súbditos; y se burló tachándome de negligencia y debilidad de carácter. Se complacía con las lisonjas, y conseguían la calificación de amigos leales quienes lo incitaban a la crueldad cediendo a su temperamento y provocando su carácter colérico con calumnias. Por el contrario, yo fui desde un principio amigo de la paciencia y de la moderación. Y ahora tenéis una prueba. Hemos puesto fin a la guerra contra los partos, una guerra muy grave por la que todo el imperio romano estaba agitado. Lo hemos logrado, por una parte, combatiendo valerosamente sin sufrir la más mínima derrota, y, por otra, pactando con un gran rey, que nos atacaba con un numeroso ejército, y haciendo un leal amigo de un enemigo difícil de someter. Mientras yo tenga el poder, todo el mundo vivirá sin temor y no habrá derramamientos de sangre; más que un gobierno personal será el de una aristocracia. Y que nadie me desdeñe, ni consideréis un error de la fortuna el hecho de que yo, un miembro del orden ecuestre, haya alcanzado esta dignidad. Pues, ¿de qué sirve una noble cuna, si no la acompaña una naturaleza íntegra y humanitaria? Los dones de la fortuna alcanzan incluso a quienes no los merecen, pero la virtud del corazón humano otorga a cada persona una fama propia. La nobleza y la riqueza y otros bienes semejantes son objeto de envidia pero no de elogio, porque se han recibido de otra persona, mientras que la moderación y la honradez, a la vez que son objeto de admiración, son motivo de elogio para el hombre de recta conducta. ¿En qué os benefició, pongamos por caso, la noble cuna de Cómodo o el hecho de que Antonino sucediera a su padre? Hombres como éstos toman posesión del imperio como si se tratara de una herencia debida, y la derrochan de forma insultante como si fuera una propiedad privada que hubieran heredado de su familia. Por el contrario, quienes lo reciben de vosotros están siempre en deuda de un favor e intentan corresponder a los beneficios recibidos. Además la nobleza de cuna de los emperadores patricios degenera en orgullo por desprecio a sus súbditos a quienes consideran muy inferiores; pero quienes han llegado al imperio desde una condición modesta lo tratan con cuidado como algo adquirido con esfuerzo, y siguen respetando y honrando, como era su costumbre, a quienes antes eran más poderosos. Mi intención es no hacer nada sin vuestro consentimiento y contar con vosotros como colaboradores y consejeros en la administración del estado, Vosotros viviréis en una situación de seguridad y libertad, de la que fuisteis privados por emperadores patricios, pero que intentaron restablecer primero Marco y después Pértinax, llegados ambos al imperio desde una cuna corriente. Mejor es, sin duda, ser para la descendencia el ilustre fundador de una familia que recibir en herencia la gloria de los antepasados y deshonrarla con una conducta indigna». Herodiano, Historia del Imperio Romano después de Marco Aurelio, V 1, traducción de Juan José Torres, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1985.
Tomando como excusa el supuesto debate político que, una vez finalizadas
las guerras civiles, habría tenido lugar con ocasión de la consulta
realizada por Augusto a sus amigos Agripa y Mecenas a propósito de la
conveniencia de restaurar la república o de instaurar la monarquía,
el texto caracteriza negativamente el poder de la masa frente al poder del individuo.
Más allá del componente retórico, la defensa de la república
tal como es atribuida a Agripa constituye en realidad la fundamentación
teórica de la alabanza del Príncipe restaurador y colaborador
con el senado que el texto pone en boca de Mecenas: se trata, en consecuencia,
de las dos partes de un único texto, un panfleto político elaborado
en círculos senatoriales opuestos a Elagábalo que circularía
bajo el reinado de Severo Alejandro y que coincidiría plenamente con
la perspectiva aristocrática de Cassio Dión. Ciertamente, la democracia posee un nombre de hermosa apariencia y da la impresión de proporcionar iguales derechos para todos mediante la igualdad ante la ley, pero sus resultados no son del todo acordes con su denominación. Por contra, la monarquía suena desagradable, pero es una forma de gobierno mucho más práctica para quienes viven bajo ella. Pues es más fácil hallar un individuo excelente que muchos, e incluso si esto ya parece algo difícil, inevitablemente hay que considerar la otra alternativa como imposible, pues no les es dado a la mayoría poseer la virtud. E incluso aunque un malvado se hiciese con el poder supremo, sería preferible a las masas de carácter similar, tal como demuestran la historia de los griegos y los bárbaros y la de los mismos romanos. Pues los éxitos siempre han sido mayores y más frecuentes en el caso tanto de ciudades como de individuos subordinados a reyes que bajo gobiernos del pueblo, y los desastres no suceden tan frecuentemente bajo las monarquías como bajo el gobierno del vulgo. Ciertamente, si alguna vez hubo una democracia próspera, ello tuvo lugar en cualquier caso como mucho durante un breve período, con tal que el pueblo no contase con el número ni con la fuerza suficientes para que surgiera en su seno la desmesura como resultado de la buena fortuna o la envidia como resultado de la ambición. Pero para una ciudad no sólo tan extensa en sí misma sino también señora de la mayor y mejor parte del mundo conocido, que ejerce su dominio hombres de muchas y diversas naturalezas, que posee tantos hombres de gran riqueza, ocupados en todas las empresas imaginables y disfrutando de todas las fortunas imaginables, tanto individual como colectivamente, practicar la moderación bajo una democracia resulta imposible, y todavía más imposible le resulta al pueblo mantenerse en armonía, a menos que prevalezca la moderación. Cassio Dión, Historia romana, traducción propia a partir de la versión inglesa publicada por Earnest Cary en The Loeb Classical Library, Cambridge, Mass., 1927.
Dadas sus consecuencias en lo referente a la integración en el Estado romano, tradicionalmente el derecho de ciudadanía había sido otorgado como un honor. Este carácter inicialmente excepcional se convirtió en un proceso de promoción jurídica generalizada bajo la dinastía Flavia. En el año 212 el denominado Edicto de Caracalla o Constitutio Antoniniana extendió la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del Imperio con la excepción de algunas gentes sobre cuya identificación los especialistas en la cuestión todavía discrepan. Asimismo continúan siendo motivo de debate las razones que motivaron tal decisión, aunque entre ellas parece destacar la posibilidad de ampliar de este modo el número de los obligados a pagar los impuestos derivados de la manumisión y los derechos de sucesión. Por todo ello, al hecho mismo de la generalización de la ciudadanía romana cabe atribuirle en ese momento más un valor simbólico que unas ventajas reales. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín). El emperador César Marco Aurelio Severo Antonino Augusto declara: [...] puedo manifestar mi agradecimiento a los dioses inmortales que me protegen [...] considero, pues, que puedo [...] servir a su grandeza [...] haciendo participar conmigo en el culto de los dioses a todos los que pertenecen a mi pueblo. Por ello concedo a todos los peregrinos (?) que están sobre la tierra la ciudadanía romana [salvaguardando los derechos de las ciudades] con la excepción de los dediticios. Pues es legítimo que el mayor número no sólo esté sometido a todas las cargas, sino que también esté asociado a mi victoria. Este edicto será [...] la soberanía del pueblo romano. Edicto de Caracalla, Papiro Giesen 40, col. 1, traducción de Jaime Alvar, en Luis García Moreno et al., Historia del mundo clásico a través de sus textos, 2. Roma, Alianza Editorial, Madrid, 1999, p. 242.
Los años que median entre la muerte de Alejandro Severo (235 d.C.) y el ascenso de Valeriano (253 d.C.) fueron especialmente turbulentos en lo que se refiere a la ocupación del trono de Roma. Proclamaciones, asesinatos, conjuras, etc. provocaron una tremenda inestabilidad en la que tomaron parte activa las cohortes pretorianas, algunas tropas auxiliares y las propias legiones. El final de la Historia de los emperadores romanos de Herodiano relata precisamente el asesinato de Balbino y Máximo, que conocemos también por la Historia Augusta, y la proclamación de Gordiano III (238-244). El relato que aquí recogemos se sitúa en la primavera del año 238 a.C. y constituye uno de los tantos ejemplos que se podrían poner de la virulencia de esta etapa de la que se suele hablar como el período de la anarquía militar. (Juan Manuel Abascal Palazón). [6] Mientras mostraban su desacuerdo, los pretorianos se habían reunido
y, como los guardianes de las puertas exteriores se habían retirado
a su llegada, detuvieron a los ancianos emperadores, les quitaron las ropas
y los sacaron desnudos fuera del palacio imperial, dándoles un tratamiento
vejatorio y sometiéndoles a todo tipo de ultrajes... [7] ... Hicieron
arrojar a la calle sus cadáveres; luego, subieron a hombros a Gordiano,
que no era más que César, y le proclamaron emperador a falta
de otro candidato en ese momento. Dijeron a la plebe que habían asesinado
precisamente a aquéllos a los que el pueblo había rechazado
inicialmente para ponerse al frente del Imperio, y que habían elegido
a Gordiano, un descendiente del primer Gordiano y un personaje que los mismos
romanos habían impuesto.... Herodiano, Historia de los emperadores romanos desde Marco Aurelio a Gordiano III, 8, 6-8. Traducción propia a partir de la versión francesa de Denis Roques, París, 1990, 210-211.
El año 259 d.C., el emperador Valeriano fue hecho prisionero durante la guerra contra Sapor I y una alianza de pueblos orientales. Este cautiverio, el único de un emperador y sin solución en la historia del Imperio Romano, dio lugar a todo tipo de rumores sobre el destino del monarca y provocó incluso la reacción de los aliados de Sapor, que vieron en este hecho la amenaza de una previsible respuesta romana mucho más violenta. Nunca más se supo de Valeriano ni de la suerte que pudo correr; tras una etapa asociado al gobierno de su padre, Galieno asumió el poder en solitario durante nueve años (260-268 d.C.). No conservamos la parte de la Historia Augusta que relata el enfrentamiento ni la captura de Valeriano, pero sí los fragmentos en que los aliados de Sapor piden que se libere al emperador para evitar una nueva guerra con Roma. (Juan Manuel Abascal Palazón). Veleno, rey de los Cadusios, escribió como sigue: «Recibí
con alegría, íntegras e incólumes, las tropas auxiliares
que yo te había enviado. Pero no me alegro tanto de que Valeriano,
príncipe entre los príncipes, haya sido capturado; me alegraría
más si fuese devuelto. Pues los romanos son más temibles cuando
son vencidos. Por ello, actúa como conviene al hombre prudente y que
la fortuna, que a muchos engañó, no te envanezca. Valeriano
tiene un hijo emperador y un nieto césar, y ¿qué me dices
de todo el mundo romano, que unido se levantará contra ti? Deja en
libertad, por tanto, a Valeriano y haz la paz con los romanos...» Trebelio Polión, Historia Augusta. Los dos Valerianos, 2-3. Versión de Vicente Picón y Antonio Cascón en Historia Augusta, Ed. Akal, Madrid, 1989, 518-519.
De las luchas internas romanas que sucedieron a la captura de Valeriano por
el persa Sapor resulta vencedor en 261 Odenato de Palmira, cónsul en
258. Reconocido como Dux Romanorum o corregente por el emperador Galieno
y con un poder prácticamente independiente de Roma, Odenato mantendrá
firme la frontera oriental del Imperio Romano frente a los sasánidas
hasta su muerte en 267. A partir de ese momento su viuda Septimia Zenobia rompe
con Roma y proclama emperador a su hijo Vallabath con vistas a crear un imperio
con centro en Palmira. Zenobia actuó como soberana de un reino que llegó
a dominar Asia Menor, Siria, Mesopotamia y Egipto, acuñó moneda
con su propia efigie y se mantuvo en el poder hasta ser derrotada en 273 por
el emperador Aureliano, que reincorporó el Oriente romano al dominio
imperial. Ya no quedaba ningún pudor; en las penosas circunstancias por las
que pasaba el Estado, se llegó a tal punto que, mientras Galieno se
comportaba de un modo incalificable, las mujeres, incluso, gobernaron de manera
brillante, y aún las extranjeras. En efecto, una extranjera, de nombre
Zenobia, de la que ya se han dicho muchas cosas, quien se jactaba de proceder
del linaje de las Cleopatras y los Ptolomeos, después de la muerte
de su marido Odenato, cubrió sus hombros con el manto imperial, adornándose
con las vestiduras de Dido y admitiendo incluso la diadema. Ocupo el imperio
en nombre de sus hijos, Hereniano y Timolao, más tiempo del que una
persona del sexo femenino podía soportar. Pues esta orgullosa mujer
desempeñó las funciones de un rey, durante el mandato de Galieno
y mientras Claudio se encontraba ocupado en la guerra con los godos, y sólo
cuando con gran dificultad fue vencida por Aureliano y llevada en su triunfo,
se sometió a la ley de Roma. Historia Augusta, Los treinta usurpadores: Zenobia, texto completo, traducción de Vicente Picón y Antonio Cascón, Akal, Madrid, 1989. |
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