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Orador griego nacido en Mysia, Elio Arístides (129-189) es uno de los
máximos representantes de la denominada Segunda Sofística. Residió
en Esmirna pero viajó por todo el mundo helénico. Entre los cincuenta
y cinco discursos que de él han llegado hasta nosotros destacan los elogios
de ciudades, y de ellos el más conocido es el Discurso a Roma.
Pronunciado ante el emperador Antonino Pío durante una visita Roma realizada
hacia el año 143, constituye una alabanza de la estructura política,
económica, social y militar del Imperio Romano entendido en tanto que
resultado de la acción pacificadora y unificadora de la Vrbs
Roma sobre la base de la ciudadanía romana. (Pilar Rivero-Julián
Pelegrín).
Ciertamente, el arte del gobierno, que se había escapado con anterioridad
a todos los hombres, por así decirlo, fue reservado para vosotros solos,
para que lo descubrierais y lo pusierais en práctica. Y no es maravilla.
Pues como en otras actividades las respectivas artes surgen vinculadas con
los materiales, así, cuando el mayor imperio y el poder superior se
constituyeron, entonces, sobre esta circunstancia, también el arte
se compuso y se introdujo a la vez, y ambos se fortalecieron, el uno por el
otro. Como consecuencia del tamaño del Imperio forzosamente también
nació la experiencia, y a su vez, a consecuencia del conocimiento del
arte del gobierno, el Imperio creció de manera justa y conveniente.
Y esto, de entre todo, es lo que merece mayor atención y admiración
de vuestra organización política, la grandeza de la empresa,
pues nada se le parece. Después de haber dividido en dos partes a todos
aquellos que están en el Imperio -y al decir esto me refiero a toda
la ecúmene- por una parte a todo aquel que fuese muy elegante, linajudo
y poderoso en cualquier parte, lo hicisteis ciudadano y hasta vuestro congénere,
mientras que el resto quedó como súbdito y gobernado. Y ni el
mar ni toda la tierra que se interponga impiden obtener la ciudadanía,
y aquí no hay distinción entre Asia y Europa. Todo está
abierto para todos. Nadie que sea digno de una magistratura o de confianza
es extranjero, sino que se ha establecido una democracia común a la
tierra bajo el dominio de un solo hombre, el mejor gobernante y regidor; todos
se reúnen aquí como si fuera en el ágora común,
cada uno para procurarse lo debido. Lo que una ciudad es para sus propias
fronteras y territorios, eso es esta ciudad para toda la ecúmene, como
si se presentase como el núcleo urbano común a todo el territorio.
Podrías decir que todos los periecos o los otros que habitan los demás
lugares, distribuidos en demos, se reúnen en esta misma y única
acrópolis. Esta nunca ha repudiado a nadie sino que, como el suelo
fértil de la tierra mantiene a todos los hombres, así esta ciudad
recibe a los hombres de toda la tierra, como el mar recibe a los ríos.
Pero también esto otro lo tiene en común con el mar: pues ni
aquél llega a ser más grande por las aportaciones de los ríos,
como si se hubiese dispuesto por el hado que el mar siempre tuviese la misma
magnitud aunque los ríos vertiesen en él, ni tampoco en ésta
es visible ningún cambio en su tamaño. Como los ríos
son recibidos en los golfos, la ciudad ocultándolo contiene así
todo, de manera que parece que siempre es la misma a pesar de las llegadas
y las partidas.
Que se me permita hacer esta digresión ya que lo ha dispuesto así
el desarrollo del discurso. Como dije, siendo vosotros grandes, calculasteis
la ciudad de grandes dimensiones, y la hicisteis maravillosa no porque la
glorificaseis gracias a que no la habéis compartido con nadie de ningún
otro pueblo, sino porque buscasteis una población digna de ella y convertisteis
el ser romano, no en ser miembro de una ciudad, sino en el nombre de un cierto
linaje común, pero no de un linaje cualquiera de entre todos, sino
en el contrapeso de todos los restantes. Pues no separáis ahora las
razas entre helenas y bárbaras, ni les habéis presentado una
división ridícula al construir una ciudad más populosa
que toda la estirpe helénica, por así decirlo, sino que las
habéis dividido en romanos y no romanos: hasta tal grado habéis
llevado el nombre de la ciudad. Establecida así la división,
muchos, en sus respectivas ciudades, son ciudadanos vuestros no menos que
de sus congéneres, aunque algunos de ellos no hayan visto jamás
la ciudad de Roma. Y no hay ninguna necesidad de guarniciones que ocupen las
acrópolis, sino que las personas más importantes y poderosas
de cada ciudad guardan sus respectivas patrias en vuestro nombre. Y ocupáis
las ciudades de doble manera, desde aquí, la capital, y por medio de
vuestros conciudadanos en cada una de ellas. Ninguna envidia pone su pie en
el Imperio, pues vosotros mismos sois los primeros en no sentir envidia, porque
lo habéis puesto todo a disposición de todos y habéis
permitido que los poderosos no sean gobernados más que lo que ellos
gobiernan por turno. Además, ciertamente, tampoco existe odio en los
que se han quedado fuera. Pues gracias a que la constitución es común
y semejante a la de una única ciudad, naturalmente los gobernantes
gobiernan no como sobre extranjeros sino como sobre compatriotas.
Elio Arístides, Discurso a Roma, 58-65, traducción
de Juan Manuel Cortés, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1997.
En el año 84 d.C. Julio Agrícola, gobernador de Britania, se
enfrenta en la batalla del monte Graupio a los caledonios. Previamente al encuentro,
Tácito pone en boca del caudillo indígena Calgaco una arenga en
la que se identifica la paz y la administración romanas con la esclavitud
y la explotación de los pueblos sometidos. El pasaje evidencia la visión
crítica que Tácito proyecta sobre la expansión de una Roma
soberbia, codiciosa y despótica.
Cornelio Tácito (ca. 55-116/120) ha sido considerado el más grande
historiador romano. Nacido en una familia noble, su cursus honorum
lo llevó a desempeñar la pretura en 88, el consulado en 97 y el
cargo de procónsul de Asia durante el reinado de Trajano. Sólo
tras la muerte de Domiciano se decidió a publicar sus obras: Vida
de Agrícola -dedicada a su suegro-, Germania -única
monografía etnogeográfica redactada en lengua latina-, el Diálogo
de los oradores y, sobre todo, las Historias y los Anales
desde la muerte de Augusto. Las Historias abordaban el período
69-96, pero no se conserva más que la parte correspondiente a los dos
primeros años, mientras que de los Anales, que alcanzaban hasta
el año 68, únicamente nos han llegado -y con lagunas- los libros
I-VI (reinado de Tiberio) y XI-XVI (Claudio y Nerón). (Pilar Rivero-Julián
Pelegrín).
Los britanos no se hallaban quebrantados por el resultado de la batalla
anterior. Esperando la revancha o la esclavitud y, convencidos por fin de
que debía rechazarse el peligro común con la unión,
habían concitado las fuerzas de todas las tribus mediante embajadas
y pactos. Veíanse ya más de treinta mil hombres armados y
aún acudía toda la juventud y a quienes su vejez los
mantenía fuertes y vigorosos, varones esclarecidos en la guerra,
llevando cada uno sus propios distintivos, cuando un jefe llamado Calgaco,
que sobresalía entre los demás por su valor y linaje, se dice
que habló de esta manera ante la multitud congregada que
pedía combatir:
«Cada vez que contemplo los motivos de esta guerra y nuestra crítica
situación, tengo la firme convicción de que el día de hoy
y vuestra unión serán el comienzo de la liberación de toda
Britania. En efecto, os habéis reunido todos los que estáis exentos
de la esclavitud; no queda ya terreno para retroceder ni mar seguro mientras
tengamos la amenaza de la flota romana. En tales circunstancias, el combate
y las armas, que son honor para los valientes, resultan asimismo la defensa
más eficaz para los cobardes.
Los que lucharon antes que nosotros contra los romanos con suerte diversa tenían
la esperanza de socorro en nuestras manos, porque, siendo los más nobles
de toda Britania y habitando por ello lugares reservados, no vemos las costas
de los esclavos y tenemos hasta los ojos sin profanar por el contagio de la
opresión. A nosotros, los últimos habitantes de la tierra y de
la libertad, nos ha defendido hasta el presente el mismo alejamiento y el hallarnos
a cubierto de la fama. Ahora el confín de Britania está abierto
y todo lo desconocido se piensa que es magnífico. Pero tras nosotros
no existe raza humana, sino olas y rocas y, más hostiles que éstas,
los romanos, cuya soberbia en vano se evita con la obediencia y el sometimiento.
Saqueadores del mundo, cuando les faltan tierras para su sistemático
pillaje, dirigen sus ojos escrutadores al mar. Si el enemigo es rico, se muestran
codiciosos; si es pobre, despóticos; ni el Oriente ni el Occidente han
conseguido saciarlos; son los únicos que codician con igual ansia las
riquezas y la pobreza. A robar, asesinar y asaltar llaman con falso nombre imperio,
y paz al sembrar la desolación.
La naturaleza ha dispuesto que lo más querido para cada uno sean sus
hijos y familiares; las levas nos los arrebatan para servir en otras tierras.
Aun en el caso de que vuestras esposas y hermanas hayan escapado a la lujuria
del enemigo, están siendo manchadas por unos falsos amigos o huéspedes.
Los bienes y las fortunas están siendo arruinados por los tributos; la
cosecha anual, por los aprovisionamientos; vuestros mismos cuerpos y manos,
entre golpes e insultos, para hacer viables los bosques y los pantanos.
Los esclavos, nacidos para la esclavitud, son puestos a la venta una sola vez
y, además, sus amos los alimentan. Britania compra y sustenta diariamente
su propia servidumbre. Y así como entre la familia el esclavo recién
llegado es motivo de burla para sus compañeros, así en esta ya
antigua esclavitud de todo el orbe, a nosotros, nuevos y despreciables, se nos
busca para destruirnos, pues no tenemos campos, ni minas, ni puertos, para cuya
explotación fuéramos reservados. Además, el valor y el
orgullo de los vasallos desagradan a sus dominadores, y el asentamiento en un
lugar apartado es tanto más sospechoso cuanto más seguro. Pues
bien, desvanecida la esperanza de perdón, cobrad ánimo tanto los
que apreciáis la propia salvación como los que miráis antes
por la gloria. Los brigantes, a las órdenes de una mujer, fueron capaces
de quemar una colonia, de tomar un campamento y, si su buena estrella no los
hubiera vuelto negligentes, incluso de sacudirse el yugo definitivamente. Nosotros,
con las fuerzas intactas, indómitos y dispuestos a conquistar la libertad,
no a merecer el arrepentimiento, mostremos ya de entrada en el primer choque
qué hombres ha reservado Caledonia para defenderse.
¿Creéis que los romanos conservan en la guerra un coraje parejo
a su desenfreno en la paz? Famosos gracias a nuestras desavenencias y discordias,
convierten los defectos de los enemigos en gloria para su ejército. Ejército
al que, reclutado entre pueblos muy diversos, las circunstancias favorables
lo mantienen unido y al que, por tanto, las adversas lo disolverán, a
no ser que penséis que los galos, los germanos y (vergüenza me da
decirlo) muchos de los britanos, aunque presten su sangre a la tiranía
extranjera, frente a la que, en cambio, han sido por más tiempo enemigos
que esclavos, estén unidos a ella por lazos de fidelidad y adhesión.
El miedo y el terror son débiles vínculos de amistad: cuando se
consigue alejarlos, empiezan a odiar quienes han dejado de temer. Todos los
estímulos para la victoria están a nuestro favor: ninguna esposa
puede enardecer aquí a los romanos; tampoco están sus padres para
reprocharles la fuga. Muchos, o no tienen patria o es distinta de Roma. Escasos
en número, temerosos por su desorientación, mirando en torno suyo
el cielo mismo, el mar y los bosques, todo desconocido para ellos, los dioses
los pusieron en nuestras manos como encerrados y encadenados. No os asuste su
vano aspecto y el brillo del oro y de la plata, que ni protege ni hiere. En
las propias líneas de los enemigos encontraremos ayuda: los britanos
reconocerán su causa, los galos recordarán su libertad anterior,
los demás germanos los abandonarán como hace poco lo hicieron
los úsipos, y ya no hay más motivos de temor; fuertes vacíos,
colonias de ancianos, municipios echados a perder y en desavenencia, entre los
que obedecen mal y los que mandan injustamente.
«Aquí hay un jefe y un ejército; allí, tributos, minas
y demás castigos propios de esclavos. Si vamos a sufrirlospara
siempre o vengarlos al punto, se va a decidir en esta llanura. Así
que, cuando entréis en combate pensad en vuestros antepasados y
descendientes.»
Tácito, Vida de Agrícola, 29-32, traducción
de José María Requejo, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid,
1988.
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