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  Novedades - Fragmento de 'Historia de España'

1. Los Reyes Católicos
(1474-1516)

En 1474 se inicia el período más brillante de la historia de España: los Reyes Católicos transmiten a sus herederos un instrumento eficaz, un Estado castellano, coherente, fuerte, dinámico; Carlos V y Felipe II transforman España en potencia hegemónica; con los Austrias menores se ­ derrumba el inmenso poderío español; con los primeros Borbones se inicia una recuperación prometedora que se ­ termina con la catástrofe que supuso la guerra de la Independencia.

 

LA GUERRA DE SUCESIÓN (1474-1479)

Enrique IV muere en Madrid, el 12 de diciembre de 1474. El día siguiente, en Segovia, su hermana, la princesa doña Isabel manda alzar pendones por «¡Castilla! ¡Castilla!, ¡por el rey don Fernando y por la reina doña Isabel, su mujer, propietaria destos reinos!», y así se proclama ella misma reina de Castilla. De esta forma, ella zanja de una manera unilateral el problema dinástico que estaba pendiente desde hacía diez años, desde que, en noviembre de 1464, los nobles habían obligado a Enrique IV a desheredar a su hija doña Juana, apodada la Beltraneja. Algunas ciudades, como Ávila, Valladolid, Tordesillas, Toledo, reconocen a doña Isabel como reina; otras, como Burgos, Zamora y las ciudades andaluzas, prefieren esperar a que se aclare la situación. Igual vacilación se nota en el alto clero y la nobleza. El cardenal don Pedro González de Mendoza, el arzobispo de Toledo —don Alfonso Carrillo—, el conde de Benavente, el marqués de Santillana, el duque de Alba, el almirante, el condestable, el duque de Alburquerque —don Beltrán de la Cueva— juran a doña Isabel como reina legítima de Castilla. Pero el duque de Arévalo y don Diego López Pacheco, marqués de Villena, se niegan a rendirle homenaje. Desde el punto de vista diplomático, la situación tampoco es muy clara. La boda, celebrada en 1469, de la que ya se consideraba como heredera de Castilla y de don Fernando, futuro rey de Aragón, había suscitado inquietudes en Francia y Portugal; aquellas naciones veían con disgusto constituirse un bloque hegemónico en la Península.

Las hostilidades empiezan en mayo de 1475, cuando tropas portuguesas pasan la frontera castellana. El rey de Portugal, Alfonso V, pretende defender los derechos de su sobrina doña Juana, con quien acaba de contraer matrimonio. Los nobles castellanos hostiles a doña Isabel entran en rebeldía. La guerra de Sucesión tiene, pues, un carácter doble de guerra civil y de guerra internacional. Por su situación geográfica y su empuje económico, Castilla constituye el eje de la Península. La victoria de uno u otro bando significaría un desplazamiento del peso político de la nueva monarquía hacia el oeste y el Atlántico o hacia el este y el ámbito mediterráneo; lo que está en juego es la formación de un bloque Portugal-Castilla, que vendría a deshacer el bloque Castilla-Aragón en vías de constitución. A Francia también le preocupa la unión Castilla-Aragón; por eso decide aliarse con Portugal.

En los primeros meses de la campaña, los portugueses se apoderan de parte de Extremadura y de Galicia, ocupan Toro y, durante algunos días, Zamora. Cuentan con una invasión francesa por el norte para obligar a los Reyes Católicos a capitular. La reorganización del ejército castellano y la ayuda de Aragón permiten una contraofensiva de don Fernando por tierras de Burgos y, sobre todo, en Zamora. A principios de marzo de 1476, en Toro, las tropas castellanas derrotan a las portuguesas. Alfonso V de Portugal espera restablecer la situación a su favor con la alianza de Francia; pero la renuncia momentánea de Aragón a sus derechos sobre el Rosellón incita a Luis XI, rey de Francia, a retirarse del conflicto. Los reyes de Castilla afianzan su poder, reuniendo Cortes en Madrigal (abril de 1476) y repartiéndose las tareas: don Fernando pacifica la tierra de Zamora, mientras doña Isabel se dirige a Andalucía. En febrero de 1479, don Fernando, que desde hace algunas semanas es ya rey de Aragón por muerte de su padre, derrota a los últimos partidarios de doña Juana en las inmediaciones de Mérida (batalla de Albuera).

El tratado de Alcaçovas (4 de septiembre de 1479) pone fin a la guerra: doña Isabel y don Fernando quedan reconocidos como reyes de Castilla; doña Juana —«la Beltraneja»— renuncia a sus supuestos derechos y se la obliga a pasar el resto de su vida en un convento de Coimbra (allí muere en 1530); se arreglan los desposorios del infante don Alfonso, hijo del príncipe heredero de Portugal, con la infanta Isabel, primogénita de los Reyes Católicos; por fin, Castilla acepta la expansión portuguesa en África.

 

LA CREACIÓN DEL ESTADO MODERNO

Los Reyes Católicos no fundan la unidad nacional en España. Lo que se inicia en 1474, con la subida de Isabel al trono de Castilla, y en 1479, con el advenimiento de Fernando al trono de Aragón, es una mera unión personal. Las dos coronas siguen siendo independientes, a pesar de estar reunidas en la persona de sus respectivos soberanos. En el futuro, las conquistas comunes pasarán a integrar una u otra de las coronas: Granada, las Indias, Navarra, formarán parte de la Corona de Castilla; Nápoles, de la Corona de Aragón. Conviene aclarar, de paso, el sentido del lema Tanto monta queno fue nunca la divisa de los soberanos, sino sólo de don Fernando. La forjó Nebrija para acompañar el yugo y el nudo gordiano que figuraban en las armas del rey católico y su significado queda así perfectamente claro: tanto monta, o sea: lo mismo da cortar el nudo como desatarlo, por alusión a un episodio de la vida de Alejandro Magno. Éste, al llegar a la villa de Gordión, se encontró con el yugo de un carro atado de una manera muy complicada; según una leyenda, el que fuera capaz de desatarlo dominaría el mundo; Alejandro lo intentó y, al darse cuenta de la dificultad, resolvió cortar la cuerda con su espada, considerando que el resultado venía a ser el mismo.

En la doble monarquía, las dos coronas no se encuentran exactamente equiparadas; existe un desequilibro indudable a favor de Castilla, una tendencia a la castellanización que irá acentuándose en la próxima centuria. Ello no se debe a la voluntad de los reyes, sino a la relación de fuerzas que existía entonces en la Península. Castilla es mucho más extensa y mucho más poblada que Aragón:Castilla tiene una superficie triple de la de Aragón y una población cuádruple; con cuatro millones y medio de habitantes a fines del siglo XV, Castilla deja muy atrás a Aragón, que sólo cuenta por las mismas fechas con un millón. Otro factor contribuye a acentuar el desequilibrio a favor de Castilla, y es el dinamismo de su economía. Pierre Vilar ha mostrado cómo las dos coronas anduvieron casi siempre desacordadas en su ritmo de vida: Castilla sube mientras Aragón se hunde, y viceversa. El reinado de los Reyes Católicos coincide con una fase de expansión castellana, mientras la Corona de Aragón conoce una época de colapso prolongado. En la segunda mitad del siglo XV Castilla se encuentra en plena pujanza: los rebaños de la Mesta le suministran una lana de excelente calidad muy cotizada en el mercado internacional. En torno al mercado de lana se organiza la vida económica, que gira alrededor de tres centros principales: Medina del Campo, que se convierte en el gran mercado internacional del reino; Burgos, sede del Consulado, o sea de la agrupación de los grandes mercaderes interesados en la exportación; Bilbao, de donde salen los barcos que llevan la lana a los centros de Flandes. El eje comercial Medina-Burgos-Bilbao une a Castilla con la Europa del norte; en Nantes, Ruán, Brujas, Londres, los burgaleses tienen factores importantes y dominan el mercado. Las ciudades del interior —Segovia, Toledo, Cuenca…— conocen un desarrollo notorio. Todo ello, con los ingresos que supone para el Estado en concepto de impuestos, alcabalas, servicio y montazgo, diezmos, derechos de aduana, etc., contribuye a la prosperidad de Castilla, que se convierte de hecho en el centro de la vida económica de la doble monarquía, en contraste total con el casi completo colapso catalán. De ahí que la expansión española y el Siglo de Oro sean también eminentemente unos fenómenos castellanos. En su inmensa mayoría, fueron castellanos los hombres —políticos, soldados, conquistadores, mercaderes, misioneros, teólogos— que representaron a España en Europa y en el mundo, y en castellano escribieron los escritores que difundieron la cultura española de la época.

Además, a partir de los Reyes Católicos, se nota la tendencia de los monarcas a residir preferentemente en Castilla. Se inicia así, en los territorios de la Corona de Aragón, un proceso de gobierno caracterizado por el absentismo del soberano: un virrey o lugarteniente lo representa en cada uno de los territorios; a partir de 1494, el Consejo de Aragón sirve de lazo entre los distintos reinos y el monarca. Los estados de la Corona de Aragón supieron resistir al creciente autoritarismo de los monarcas, manteniendo una tradición de federalismo y pactismo que contrasta con lo que ocurre por las mismas fechas en Castilla; en los tres estados de la Corona de Aragón —Aragón, Valencia, Cataluña—, las Cortes oponen una tenaz resistencia legal al monarca; en cambio, fracasó la integración económica de la Península. En Valencia y Aragón, los señores feudales refuerzan sus posiciones frente al campesinado. Las cosas son distintas en Cataluña, que había sido muy afectada por la crisis y la guerra civil de los años 1462-1472.En las Cortes de 1481, don Fernando inicia el redreç —o sea: la recuperación— de la economía (proteccionismo, restauración mercantil, restitución de las propiedades confiscadas durante la guerra civil, mediante compensación a los despoblados). El problema de los payeses de remensa —los campesinos sometidos a una situación muy rigurosa por parte de los señores y dueños de la tierra— quedó resuelto, después de nueva crisis (1484-1485),por la Sentencia arbitral de Guadalupe (1486): el campesinado catalán consiguió la propiedad útil de la tierra, conservando los señores tan sólo el dominio jurisdiccional sobre la misma. El gran sindicato remensa(1488-1508)se encargó de aplicar el compromiso y consiguió así restablecer la paz en el campo catalán.

En Castilla, la guerra de sucesión había puesto de manifiesto la debilidad del poder real; urgía acabar con los desórdenes interiores y los desmanes de la nobleza, reestructurar la vida política y administrativa del reino. En realidad, no todo estaba viciado en la Castilla de aquella época. No se debe dar enteramente crédito a lo que cuentan los cronistas oficiales, interesados en dibujar con tintas negras el reinado anterior para mejor ensalzar la acción reformadora de los reyes. La situación era grave, pero distaba mucho de ser desesperada. Lo que hacía falta era restablecer la autoridad de la monarquía en la nación.

La Santa Hermandad fue la primera institución planeada por los reyes para garantizar el orden público en el reino, ya en abril de 1476, en las Cortes de Madrigal. Para luchar contra el bandolerismo en los campos, se decidió que cada lugar de más de cincuenta vecinos nombraría dos alcaldes y armaría unos cuadrilleros. Las cuadrillas locales quedaban encargadas de perseguir a los malhechores en el ámbito de su distrito, avisando a la cuadrilla del concejo vecino en cuanto dichos malhechores saliesen del distrito para entrar en el contiguo. De esta forma se les podría perseguir, detener y enjuiciar rápidamente, dándoles el castigo apropiado. La institución se caracterizaba, pues, por su movilidad, su eficacia y la justicia rápida que ejecutaba en los culpables. La Junta General de Dueñas —julio y agosto de 1476— organizó la hermandad en el plano nacional: el reino quedó dividido en distritos; cada distrito nombraría diputados generales; a las cuadrillas locales, basadas en los concejos, se añadirían capitanías móviles que actuarían en todo el territorio nacional; un Consejo superior se encargaría de cobrar y repartir los fondos de la institución, que fueron importantes; y se nombró un capitán general, don Alfonso de Aragón, el propio hermano natural del rey. La Santa Hermandad fue prorrogada en 1477 y en 1480. Algunas de sus tropasse emplearon en las operaciones de la guerra de Granada. Pero losconcejos protestaban de los gastos que suponía el mantenimientode aquel aparato bélico. En cuanto a la nobleza siempre había mirado con prevención a la Hermandad, en la que veía una amenaza velada para sus intereses. En 1498 se suprimieron, pues, los organismos centrales; sólo quedaron en actividad las cuadrillas locales encargadas de luchar contra los delincuentes en el campo.

El objetivo de los reyes era dar a la institución monárquica un prestigio y una autoridad que la situaran muy por encima de las demás fuerzas sociales de la nación —nobleza, Iglesia, Cortes... Los Reyes Católicos no crean un Estado absoluto, pero sí inauguran un Estado autoritario, en el que el soberano es la fuente del poder. Reorganización administrativa, reorganización política, reorganización social, tales son los diversos aspectos de la reforma general emprendida en los primeros años del reinado y desarrollada con determinación y continuidad.

En Valladolid se instala la Chancillería destinada a ser el organismo supremo de justicia del reino. Después de la toma de Granada, otra Chancillería se crea con sede en la antigua capital de los moros y con jurisdicción en los territorios situados al sur de Sierra Morena. Por otra parte, se recopilan los textos jurídicos dispersos para formar un cuerpo legal coherente y cómodo a disposición de los súbditos y de los magistrados.

El poder municipal queda definitivamente en manos de una oligarquía urbana hereditaria —la de los regidores o veinticuatros—, no siempre representativa de los intereses económicos locales, sino integrada por la pequeña nobleza de los caballeros, que se reserva asimismo los cargos más importantes y lucrativos de la administración comunal: puestos de alcaldes, fieles, veedores y otros oficios municipales. En las ciudades y villas más importantes, los reyes nombran con carácter permanente funcionarios que gozan de muy amplias facultades políticas, administrativas, financieras y, sobre todo, judiciales, capaces, por lo tanto, de intervenir de modo eficaz en cualquier asunto en nombre del poder monárquico. Son los corregidores que presiden las reuniones del ayuntamiento; nada se hace sin su beneplácito; ellos velan en todo momento por la defensa de las ­ prerrogativas reales. La reforma municipal acaba con las luchas intestinas de los bandos nobiliarios en las ciudades, pero acaba también con la autonomía de los municipios que, de ahí en adelante, quedan estrechamente sometidos al poder central.

Las Cortes de 1480 aprobaron la mayoría de las reformas elaboradas por los reyes y, sin embargo, las Cortes también vieron su influencia rebajada. Las Cortes asumen teóricamente la representación del reino frente al soberano; comprenden delegaciones de los tres estamentos de la sociedad: la nobleza, el clero, los procuradores de las ciudades. Como su misión fundamental es la de consentir el servicio, es decir, votar los impuestos necesarios a la vida del Estado, se explica perfectamente que los dos primeros estamentos se desinteresen en ocasiones de las reuniones a las que no pueden faltar los procuradores que, en teoría, llevan la voz de los pecheros. No asisten a Cortes los representantes de todas las ciudades y villas de los reinos que componen la Corona de Castilla. La tradición ha transformado poco a poco el derecho de representación en Cortes en un privilegio cerrado (tener voz y voto en Cortes) que disfrutan sólo diecisiete ciudades (dieciocho a partir de 1492, cuando se incorpora Granada al reino): Burgos, Soria, Segovia, Ávila, Valladolid, León, Salamanca, Zamora, Toro, Toledo, Cuenca, Guadalajara, Madrid, Sevilla, Córdoba, Jaén, Murcia. Los Reyes Católicos tuvieron buen cuidado en evitar que la institución menoscabara sus prerrogativas. Como su propósito general era restaurar la autoridad del Estado, no podían consentir que las Cortes compartieran, de un modo u otro, aquella autoridad; convenía, al contrario, que las Cortes quedaran en toda ocasión sometidas a la monarquía. Este objetivo, los reyes lo consiguieron con tres medios: eliminando de la representación en Cortes los posibles adversarios de su política; vigilando cuidadosamente el desarrollo de las sesiones; disminuyendo el número de reuniones. La reunión de las Cortes sólo es indispensable en contadas circunstancias: cuando se trata de jurar el nuevo soberano, al heredero y cuando se hace necesario pedir un nuevo servicio. Andando el tiempo, los Reyes Católicos procuran disponer de ingresos importantes por medio de la fiscalidad indirecta (alcabalas, bulas de la cruzada, etc.). Esto les permite prescindir de las Cortes fuera de los períodos críticos. Aquella institución se convierte, pues, en un instrumento dócil en manos de los soberanos.

La amenaza más seria para la monarquía no la representaban, sin embargo, las Cortes sino la aristocracia feudal. En el siglo XV ella había desencadenado las crisis políticas, incluso la más grave, el pleito sucesorio, para satisfacer sus ambiciones de mando y sus intereses económicos. Para contrarrestar la nobleza, los Reyes Católicos procuraron recuperar parte del patrimonio real embargado por los señores y combatir la excesiva influencia que habían tenido en la vida política del país. Los Reyes Católicos se encontraron con una situación financiera catastrófica debida a las enajenaciones de juros, impuestos y tierras que sus antecesores habían consentido en beneficio de la nobleza. El confesor de la reina, fray Hernando de Talavera, fue el encargado de llevar a cabo la reorganización. Después de largas y arduas discusiones, las Cortes de Toledo (1480) aprobaron el plan presentado: se suprimieron casi la mitad de los juros existentes; se reintegraron al patrimonio real las rentas, impuestos y ­ tierras que se habían otorgado a la nobleza a partir de 1464.

En el aspecto político, el hecho esencial fue la reorganización del Consejo Real, que, de ahí en adelante, quedó presidido por un prelado e integrado por tres caballeros y ocho o nueve letrados; los miembros de la alta nobleza conservaron el privilegio de asistir a las sesiones con voz consultiva; toda intervención directa en los asuntos políticos les fue prohibida. Así constituido, el Consejo Real se transformó en el organismo principal de gobierno. Los secretarios reales, encargados de preparar las reuniones del Consejo y que eran personas de confianza de los soberanos, vieron su importancia crecer más y más; ellos acabaron de hacer del Consejo Real el instrumento básico en la vida política, contribuyendo de esta forma a desplazar a la nobleza feudal de sus posiciones en el Estado.

Los maestrazgos de las órdenes militares habían constituido siempre un arma poderosa en manos de la aristocracia feudal, por los recursos enormes que proporcionaban y por la influencia que daban a sus detentadores; luchas enconadas se producían en torno a ellos. Tampoco quisieron los Reyes Católicos que tales cargos constituyeran en adelante un peligro para el Estado. Don Fernando consiguió que se le eligiera maestre de Santiago, Calatrava y Alcántara; a principios del reinado de Carlos V, en 1524, el papa Adriano VI acabará la evolución iniciada incorporando definitivamente los tres maestrazgos a la corona.

Todo ello no significa una ofensiva general contra el estamento nobiliario. La nobleza sigue gozando de una riqueza económica considerable; su influencia social es enorme. Los reyes han contribuido incluso a favorecerla, al enajenar ellos también tierras del patrimonio real para recompensar a determinados servidores, como los Cabrera, elevados a la dignidad de condes de Chinchón.Las leyes de Toro, en 1505, vienen a consolidar y a perpetuar la fortuna territorial y lainfluencia social de los nobles al generalizar la institucióndel mayorazgo. Lo que los Reyes Católicos quisieron y lograron fue evitar la intromisión de la aristocracia en los asuntos políticos; se acabó el tiempo en que los nobles quitaban y ponían reyes en Castilla. El estamento nobiliario perdió entonces toda influencia determinante en el Estado; quedó subordinado al poder real.

Parecidas observaciones se pueden hacer acerca de la actitud de los Reyes Católicos con respecto al otro estamento privilegiado, el clero. El propósito de los reyes es también evitar que el clero se convierta en un peligro para el Estado, en una fuerza rival. Los reyes, lo mismo que habían limitado la potencia de la nobleza, tenían que oponerse al feudalismo episcopal. También procuraron los reyes evitar que los papas nombraran para los obispados personas que no fuesen naturales del reino. Su reivindicación constante fue el no consentir que se dieran beneficios eclesiásticos a extranjeros. Las negociaciones con la Santa Sede en este sentido fueron largas y difíciles. La insistencia castellana acaba dando resultados positivos: el 15 de mayo de 1486, el papa reconoce a los reyes de España el derecho de patronato sobre los futuros lugares de culto del reino de Granada; en 1508, se les concede de manera explícita el patronato sobre los obispados americanos. Anteriormente se les había dado el mismo privilegio para las islas Canarias. Éstas son las únicas concesiones jurídicas de la Santa Sede en vida de los Reyes Católicos; habrá que esperar el pontificado de Adriano VI y la bula Eximiae devotionis affectus, de 23de septiembre de 1523, para que se conceda a los reyes de España el derecho de patronato y de presentación para todas las iglesias de España. Pero, de hecho, Isabel había conseguido arrancar a la Santa Sede el derecho práctico de suplicación, es decir, la posibilidad de intervenir para que se nombrara (o no se nombrara…) tal o cual persona en determinado beneficio.

 

POLÍTICA RELIGIOSA

A finales del siglo XV, el establecimiento de la Inquisición, la expulsión de los judíos y la conversión forzosa de los moros son medidas complementarias y forman parte de una política coherente: se trata de instaurar la unidad de fe y de velar por que esta fe quede pura de toda contaminación y desviación. Para España, dicha política supone un cambio radical; se pasa de una actitud de convivencia hacia las confesiones no cristianas a una actitud intransigente, rigurosa y de persecución. España, entonces, no hace más que conformarse con la política general seguida por todas las naciones de la Cristiandad occidental: considerar que la cohesión del cuerpo social supone la unidad de fe.

El establecimiento de la Inquisición y la expulsión de los judíos son medidas discriminatorias contra ciertos individuos por las opiniones religiosas que tienen ellos o que tuvieron sus padres. Se trata de mantener la pureza de la fe católica, de evitar que los cristianos nuevos —es decir, los judíos que se han convertido al catolicismo, voluntariamente o por fuerza; se les llama también conversos— vuelvan a sus antiguas creencias, de castigar a los herejes y de proteger a los mismos conversos y a la sociedad cristiana en general del contagio de la heterodoxia. En este sentido se puede afirmar que la creación de la Inquisición, tribunal eclesiástico que funcionaba bajo la autoridad y por la voluntad de los soberanos, tiene indudables caracteres de modernidad, ya que expresa la preocupación del Estado de los Reyes Católicos por controlar de un modo activo la vida y el pensamiento de los súbditos.

Se sospechaba que varias conversiones no habían sido sinceras. Se sabía que ciertos cristianos nuevos judaizaban en secreto, es decir, volvían a practicar los ritos de su antigua religión; conversos nada sospechosos lo reconocían y confesaban que el error de unos pocos perjudicaba a todos. Así se llegó poco a poco a la idea de crear un tribunal especial que estaría encargado de examinar las acusaciones contra los judaizantes; de esta forma se daría castigo a los falsos conversos y se salvaría a los demás de la infamia. El 1 de noviembreel papa Sixto IV firmaba la bula Exigit sincerae devotionis, por la que se autorizaba a los Reyes Católicos a nombrar inquisidores en sus reinos. Dos años más tarde, en noviembre de 1480, llegaban los primeros inquisidores a Sevilla. Otros tribunales se instalaron luego en distintas ciudades de las dos coronas, Castilla y Aragón, ya que la Inquisición tenía jurisdicción en todo el ámbito de la doble monarquía. Así empezó a funcionar aquella terrible máquina burocrática contra la herejía que primero dirigió sus golpes contra los judaizantes y que, andando el tiempo, tuvo también a su cargo la represión de todas las formas de heterodoxia —iluminismo, erasmismo, luteranismo, brujería— y de ­ delitosmás o menos relacionados con la fe y la moral —desviaciones sexuales, bigamia, etcétera.

La Inquisición sólo se ocupaba de los que habían recibido el bautismo; se trataba de facilitar la asimilación de los conversos al condenar severamente a los que judaizaban. Ahora bien, la asimilación total resultaba difícil en la medida en que los conversos seguían en contacto con sus antiguos ­ correligionarios, auténticos judíos que no se habían convertido. La lucha contra los falsos conversos parecía exigir la desaparición del judaísmo en la Península. Ya en 1476, las Cortes de Madrigal habían reactivado medidas antijudaicas anteriores, que habían caído en desuso; así se había vuelto a obligar a los judíos a llevar señales distintivas en los vestidos. En 1480 se había dispuesto que los judíos tendrían que vivir en barrios especiales; por fin, en 1483, se habían tomado medidas enérgicas contra los judíos de Andalucía, obligándoles a salir de la provincia y a instalarse en otras comarcas. Todo ello preparaba el decreto final de 31 de marzo de 1492, en que se fijaba un plazo de cuatro meses a los judíos para convertirse o salir del reino. ¿Procuraron los Reyes Católicos expulsar a los judíos o acabar con el judaísmo? Las autoridades emprendieron una intensa campaña de evangelización, dando lustre especial a ciertas conversiones importantes: los mismos Reyes Católicos aceptaron ser padrinos del rabino Abraham Seneor —que recibió entonces el apellido de Coronel— cuando éste se bautizó solemnemente en Guadalupe. Parece evidente que los Reyes Católicos abrigaban la esperanza de que la gran mayoría de los judíos preferiría convertirse y quedarse en España. No fue así: de los doscientos cincuenta o trescientos mil judíos que vivían entonces en los reinos, sólo cincuenta mil recibieron el bautismo; los demás escogieron la vía del destierro, en condiciones bastante críticas.

 

La expansión española

La doble monarquía de los Reyes Católicos desarrolló una acción diplomática dinámicaque puede resumirse en unos cuantos ejes esenciales: buenas relacionescon Portugal, rivalidad con Francia en Italia y Navarra, expansiónamericana. Pero aquella actividad exigía el fin de reconquista,la expulsión definitiva del Islam de la Península. Ésta fue, en efecto, la primera tarea importante que realizaron los reyes, después deasegurar su trono en la guerra de Sucesión.

 

La guerra de Granada

Desde el siglo XIV, la reconquista habíamarcado una pausa; las crisis económicas, sociales y políticasque conocieronentonces los reinos cristianos les impidieron dedicarse ala empresa secular de la lucha contra el moro. En torno a Granada subsistió así el reino de los Nazaríes, que pagaba tributo a los reyes de Castilla.

Los primeros en reanudar las hostilidades fueron los moros, que, a fines de 1481, ocupan por sorpresa la ciudad fronteriza de Zahara; la nobleza andaluza reacciona y, el 28 de febrero de 1482, se apodera de Alhama. Los Reyes Católicos deciden entonces intervenir enérgicamente y defender Alhama, transformando así lo que hubiera podido ser una de tantas escaramuzas locales en el primer acto de una guerra larga que se acabaría, diez años más tarde, con la desaparición del poder moro en la Península.

En 1481-1483, los cristianos intentaron vanamente apoderarse de Loja y ocupar Málaga, pero en cambio capturaron a Boabdil, hijo y rival del sultán Abul Hasan Ali —el Muley Hacén de las crónicas de la época—. Astutamente, los soberanos pusieron en libertad a Boabdil, el cual se declaró su vasallo. Éste se proclamó rey en Granada en lugar de su hermano Muley Hacén, que murió poco tiempo después. Mientras tanto, los Reyes Católicos ponían el cerco ante Ronda, que se rindió en mayo de 1485. En mayo de 1487 empezó el cerco de Málaga, que se acabó el 18 de agosto por una rendición incondicional. En lo pactado con Boabdil se había dispuesto que, cuando los cristianos tomasen Baza, Guadix y Almería, el rey moro les entregaría dentro de corto plazo la capital. Pero Boabdil se negó a cumplir el acuerdo. Los Reyes Católicos se dispusieron, pues, a reanudar las hostilidades. Tropas numerosas fueron reunidasbajo el mando personal de Fernando; Isabel y la corte llegaron al campamento; se construyó una ciudad militar, Santa Fe, como centro. Boabdil no tuvo más remedio que negociar. La capitulación fue firmada el 25 de noviembre 1491; pocas semanas después, el 2 de enero de 1492, los reyes entraban solemnemente en la capital.

Del reino recién ganado se encargaron dos personas que tenían la confianzade los reyes: don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla,como alcalde y capitán general, y fray Hernando de Talavera, como arzobispo.La capitulación garantizaba a los moros de Granada la libertad del culto, el uso de su lengua y trajes, la práctica de sus costumbres; se les había prometido también que serían juzgados conforme a sus propias leyes. Talavera, confesorde la reina y nuevo arzobispo de Granada, emprendió la tarea de convertir a los musulmanes y lo hizo con medios pacíficos y eminentemente apostólicos: evangelización, difusión de catecismosredactados en lengua arábiga, de traducciones de los evangelios,predicaciones,etc. Tales métodos daban resultados alentadores, pero lentos. Con motivo de un viaje de los Reyes Católicos a Granada, Cisneros, que era entonces arzobispo de Toledo y había sucedido a Talavera como confesor de Isabel, visitó laciudad en 1499 y se quedó algún tiempo en ella. Él era partidariode procedimientos mucho más enérgicos y eficaces para lograrlasconversiones. Efectivamente, durante su estancia, las conversiones fueron mucho más numerosas, pero los métodos empleados provocaron malestar y protestas en la población mora. El Albaicín se amotinó y además se produjo una rebelión en la Alpujarra. Consecuencia de aquellos acontecimientos fue la pragmática de 11 de febrero de 1502; los reyes consideraron que, al rebelarse, los moros del antiguo reino de Granada habían violado lo pactado en 1491; se les obligó, pues, a convertirse o a salir de España; la mayoría prefirió la primera solución. Los recién convertidos, conocidos de ahí en adelante como moriscos, no dejarán de plantear serios problemas en el siglo XVI hasta su expulsión definitiva, llevada a cabo a principios del XVII.

 

La rivalidad francoespañola

Dos fueron los puntos de discordia entre Francia y España: Italia y Navarra.

En 1493, el rey Carlos VIII de Francia, que quería tener las manos libres antes de lanzarse a la empresa italiana, que estaba preparando, firmó un acuerdo (tratado de Barcelona) por el cual restituía al rey de Aragón el Rosellón y la Cerdeña. En el mismo tratado de Barcelona, los reyes de España se comprometieron a no entrar en ninguna alianza que se estableciera contra Francia, a menos que el Papa estuviese metido en ella. Esta cláusula es la que dio lugar a la intervención española en Italia: Fernando consideró que Carlos VIII no podía ocupar el reino de Nápoles, que era feudo del Papa; por otra parte, la presencia armada de Francia en Nápoles podía amenazar los intereses españoles en Sicilia; en fin, don Fernando pretendía también tener derechos sobre el sur de Italia donde sus antecesores, los reyes de Aragón, habían tenido gran protagonismo y habían sentado las bases de su hegemonía. Carlos VIII pasó a Italia y, casi sin encontrar resistencia, llegó con su ejército hasta Roma y Nápoles, donde entró en febrero de 1495. Mientras tanto, don Fernando convencía al Papa, al destronado rey de Nápoles, al emperador, al duquede Milán y a Venecia para formar una liga, la Liga Santa, para lograr la paz entre todas las naciones cristianas y la defensa de los derechos de los estados confederados (mayo de 1495). A España le correspondía el peso principal en la constitución del ejército, cuyo mando encomendó a un joven general, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán.Éste, en pocos meses, rechazó a los franceses del reino de Nápoles.

Muerto Carlos VIII, su sucesor, Luis XII, llegó a un acuerdo con Fernando el Católico sobre la división del reino de Nápoles (tratado de Granada, 1500). En realidad, ninguno de los dos soberanos estaba dispuesto a renunciar a sus pretensiones, de modo que las hostilidades no tardaron en reanudarse, con notoria ventaja de los ejércitos del Gran Capitán. El reino de Nápoles quedó incorporadodefinitivamente a la Corona de Aragón.

La rivalidad francoespañola también dio motivo a la incorporación de Navarra al Estado español, llevada a cabo en 1512. Aquel reino,enclavado entre las dos potencias, tenía forzosamente que aliarse con una y, por consiguiente, amenazar a la otra. La incorporación dejó intactasu peculiar organización institucional y fiscal.

En relación con la política italiana del rey Católico conviene por fin señalarlas expediciones en el norte de África. Las operaciones contra Melilla —ocupada en 1497—, contra Orán (1509) y contra las plazas del norte de África tendían principalmente a atacar las bases de los corsarios berberiscos y a tenersegura la ruta de España a Italia por el sur del Mediterráneo.

 

América

No es sólo en Europa donde los Reyes Católicos preparan la grandeza futura de España. En sus tiempos, se descubre un mundo desconocido y se crean las condiciones favorables para la conquista y la explotación del futuro Imperio de América. A finales de la Edad Media se habían inventado ya los medios técnicos imprescindibles para los descubrimientos ultramarinos: la brújula, el astrolabio, la carabela… Datos económicos (la expansión demográfica, la búsqueda del oro…) y geográficos (la experiencia de los marinos vascos, cántabros y andaluces, la proximidad de los alisios) hacen del sur de la península Ibérica el lugar privilegiado para aquellas expediciones. Castellanos y portugueses se reparten las islas atlánticas: las Canarias, Madeira, las Azores… Los portugueses toman ventaja, descienden a lo largo de las costas africanas con el fin de llegar al océano Índico y a Asia. Cuando Colón presenta su proyecto a la corte de Lisboa —llegar a Asia, navegando hacia el oeste, a través del Atlántico—, es demasiado tarde: los portugueses están a punto de realizar su objetivo. Castilla duda durante seis años (1486-1492). Después de la rendición de Granada, los reyes se dejan convencer y firman con Colón unas capitulaciones que permiten al marino genovés hacerse a la mar, en agosto de 1492, y descubrir las primeras islas del Caribe. A partir del segundo viaje de Colón, se pasa del descubrimiento a la conquista y la explotación, en Santo Domingo —la isla Española—, luego en Puerto Rico y Cuba. Deseosos de reservarse el monopolio de la colonización, los reyes llegan a un acuerdo con Portugal. Las bulas del papa Alejandro VI (1493) eran demasiado favorables a Castilla. El tratado de Tordesillas (1494) introduce rectificaciones importantes: España se reserva todos los territorios descubiertos o por descubrir al oeste de una línea ideal, trazada de polo a polo, a trescientas leguas de las islas de Cabo Verde; Portugal tiene las manos libres al este de la misma línea, división en la que están en germen los futuros imperios coloniales: el de Castilla —América con excepción de Brasil— y el de Portugal —Brasil.

 

REINADO DE FELIPE I

Se suele escribir que la casa de Austria empieza a reinar en España en 1516 con el advenimiento de Carlos I. En realidad, el primer soberano de la casa de Austria fue Felipe el Hermoso, padre del emperador. Felipe I reinó oficialmente menos de dos años, desde la muerte de la reina doña Isabel, el 26 de noviembre de 1504, hasta su propia muerte, que ocurrió el 25 de septiembre de 1506; pero el reinado efectivo fue más breve todavía, ya que Felipe sólo llegó a la Península el 26 de abril del mismo año.

En rigor, después de la muerte de doña Isabel la Católica, el trono lo ocupa, no Felipe el Hermoso, sino su esposa, doña Juana. Una serie de desgracias familiares hicieron que la herencia de los Reyes Católicos recayera en ella, que era su tercera hija. El 4 de octubre de 1497 murió el príncipe heredero don Juan cuando apenas contaba diecinueve años de edad. La heredera de los Reyes Católicos vino a ser entonces la hija mayor de don Fernando y doña Isabel, la infanta Isabel, nacida en 1470, casada, primero con el príncipe heredero de Portugal, Alfonso, luego con el rey Manuel de Portugal. Las Cortes de Toledo (1497) la juraron como heredera de la Corona de Castilla. La princesa murió al dar a luz, el 23 de agosto de 1498, al infante don Miguel, que en aquel momento se convirtió en heredero único de tres coronas: Portugal, Castilla y Aragón, y como tal fue jurado por las respectivas Cortes en 1498 y 1499. Pero el príncipe falleció antes de cumplir los dos años, el 20 de julio de 1500. La herencia de los Reyes Católicos recayó entonces en su tercera hija, doña Juana, nacida en 1479, y casada desde 1496 con el archiduque Felipe el Hermoso, hijo del emperador Maximiliano. A raíz del viaje que emprendió entonces para reunirse con su marido en los Países Bajos empezó a dar señales de desequilibrio mental. Parece que en los primeros tiempos los dos esposos se querían mucho. Luego, Felipe dio la impresión de apartarse de su mujer y reanudó las relaciones que mantenía con varias queridas. Esta situación llenó de celos a doña Juana que además no se sentía a gusto en aquellas tierras y se creía cercada de rivales y espías. Empezó entonces a mostrar cierta propensión a la melancolía y a la vida retirada. Esta situación no dejó de preocupar a sus padres, informados por sus embajadores. Las circunstancias exigían que doña Juana viniese a España para ser reconocida oficialmente como futura reina. Emprendió el viaje con su marido en enero de 1502. Las Cortes de Toledo no pusieron ninguna dificultad para jurar a doña Juana como heredera de la Corona de Castilla. Felipe el Hermoso regresó a Flandes el 14 de diciembre, pero doña Juana, encinta, tuvo que esperar hasta la primavera de 1504 para ir a reunirse con él.

Nada más llegar a Flandes, otra vez se encendieron sus celos. Menudeaban los conflictos con su marido y con la gente de palacio. La correspondencia del embajador de los Reyes Católicos en Flandes, Gómez de Fuensalida, se hace eco de tales disputas. En ella se alude con frecuencia a desconciertos, descontentamiento y desamor, desabrimientos y palabras ásperas entre los esposos. La situación preocupa mucho a los Reyes Católicos. Felipe el Hermoso envía a España una información detallada, en la que se hace mención por primera vez de la salud mental de doña Juana. Opina entonces Felipe el Hermoso que su mujer debería estar recluida en alguna fortaleza. Estas circunstancias explican la cláusula del testamento de la reina doña Isabel, otorgado el 12 de octubre de 1504, un mes y medio antes de morir. Dicho testamento instituye a doña Juana como heredera del trono de Castilla pero con una limitación importante: en caso de que la nueva reina «no pueda o no quiera atender en la gobernación», el rey don Fernando quedaría encargado de la gobernación en Castilla hasta que el hijo mayor de doña Juana, el príncipe don Carlos, haya alcanzado la mayoría de edad —«a lo menos veinte años cumplidos».

¿Era loca de verdad doña Juana? Unos la describen como una mujer histérica, llevada a la locura por los celos y la pasión erótica. Otros se inclinan hacia la tesis del complot: doña Juana sería víctima de la razón de Estado y de una maquinación política destinada a apartarla del poder: su marido, primero, su padre, después, y luego su hijo se las arreglaron para gobernar en su nombre. A todas luces, doña Juana padecía de alguna enfermedad mental como su abuela materna, Isabel de Portugal. No era loca en el sentido vulgar de la palabra, pero carecía de la voluntad y energía que se exigen de los gobernantes. Ni su madre, ni su padre, ni luego su hijo se resignaron a ver el reino confiado a manos tan débiles.

La reina doña Isabel muere el 26 de noviembre de 1504. Don Fernando el Católico se dispone a gobernar en Castilla en nombre de su hija. Pero desde Flandes Felipe el Hermoso se opone a la tesis de la locura. Su cálculo es evidente: confesar que su mujer está loca significaría atenerse al testamento de la reina Isabel y confiar la regencia a Fernando el Católico; en cambio, si se acepta la tesis de que doña Juana está en condiciones de gobernar, Fernando el Católico queda descartado y Felipe el Hermoso, como marido de la reina, puede tener parte en la gobernación del reino. Se trata, pues, de una lucha por el poder entre Fernando el Católico y Felipe el Hermoso, entre el padre y el marido de la desdichada reina. Las Cortes, reunidas en Toro, en enero de 1505, están divididas; acabaron reconociendo a doña Juana como reina de Castilla y a don Fernando como «legítimo curador, administrador y gobernador de estos reinos y señoríos».

Don Fernando el Católico se convierte entonces en blanco de críticas feroces por parte del partido felipista. Pronto queda claro que no hay acuerdo posible entre él y Felipe, sobre todo a partir del momento en que el rey de Aragón se ve abandonado por un amplio sector de opinión en Castilla. Son muchos los que quieren aprovecharse de las circunstancias para saldar cuentas atrasadas. Casi todos los grandes señores sueñan con recobrar las posiciones perdidas desde el advenimiento de los Reyes Católicos y esperan que Felipe el Hermoso les quedará agradecido si le ayudan a reinar solo, echando al rey Católico. Por fin, la política internacional vino a complicar todavía más el panorama político castellano. En septiembre de 1504, meses antes de morir la reina doña Isabel, sin consultar a ésta ni a su marido, se había concluido en Blois un tratado entre Luis XII, rey de Francia, el emperador Maximiliano y el archiduque Felipe el Hermoso, tratado que constituía una amenaza para los intereses españoles en Italia. Estaba claro que, en la lucha por el poder en Castilla, Felipe buscaba el apoyo de Francia. La réplica del rey Católico fue fulminante: en octubre de 1505, firmaba la paz con Francia y, lo que era más insólito y grave, se comprometía a casarse con Germana de Foix, sobrina del rey de Francia; a cambio, Luis XII cedía a don Fernando los derechos que decía poseer sobre el reino de Nápoles. Ya por aquellas fechas, Fernando daba por perdida la lucha por mantenerse en Castilla como gobernador. Don Felipe y doña Juana llegaron a La Coruña el 26 de abril de 1506. Casi todos los grandes señores de Castilla salieron a reunirse con Felipe y a ponerse a sus órdenes; el rey Católico no tuvo más remedio que renunciar a la soberanía en Castilla y marchar a sus dominios de Aragón y Nápoles. Pero en septiembre, Felipe el Hermoso cayó enfermo en Burgos y moría seis días después, el 25 de septiembre de 1506.

El brevísimo reinado de Felipe el Hermoso nos enseña cuán frágil era todavía la ordenación del reino realizada por la reina doña Isabel, conjuntamente con el rey don Fernando, después de su victoria en la guerra de Sucesión de 1476-1479. Lo que pudo desaparecer entonces fue la unión de las coronas de Castilla y Aragón. En 1505, don Fernando, al casarse con Germana de Foix, sobrina de Luis XII, acepta que los hijos nacidos de este matrimonio heredarían los reinos y señoríos aragoneses. La doble monarquía Castilla-Aragón estaba pues amenazada de muerte; Castilla y Aragón volverían a ser separadas como antes del matrimonio de los futuros Reyes Católicos. Afortunadamente para el futuro político de la monarquía, el hijo de don Fernando y Germana de Foix, don Juan de Aragón, nacido el 3 de mayo de 1509, sólo vivió unas horas y don Carlos, hijo de doña Juana y Felipe el Hermoso, pudo recoger en su día las dos coronas.

 

REGENCIAS DE DON FERNANADO
Y DE CISNEROS (1506-1517)

La muerte de Felipe el Hermoso desencadenó una anarquía que estuvo a punto de convertirse en guerra civil. Por consejo del cardenal Cisneros, los grandes y los otros dignatarios de la corte decidieron entonces escribir a don Fernando para que volviera a hacerse cargo del gobierno. El rey de Aragón accedió a aquella petición, y en julio de 1507 regresaba a Castilla para gobernarla en nombre de su hija doña Juana, que seguía siendo oficialmente reina de Castilla. En adelante, don Fernando tuvo buen cuidado en precaverse contra toda amenaza que podría representar la persona de su hija. Decidió, en 1509, que doña Juana quedara reducida en Tordesillas.

Don Fernando murió en enero de 1516. Cisneros ejerció la gobernación del reino hasta la llegada del nuevo rey, don Carlos I, a España, en noviembre de 1517. Según el testamento de la reina Isabel, le correspondía ahora al hijo mayor de Juana, Carlos de Gante, que a la sazón residía en Flandes, hacerse cargo del gobierno con simple título de regente. Ahora bien, los consejeros flamencos de don Carlos juzgaron más conveniente que Carlos recibiera desde entonces el título de rey: el 14 de marzo de 1516, en Bruselas, don Carlos fue proclamado oficialmente rey de Castilla y Aragón, «juntamente con la católica reina» doña Juana. Se trata de un verdadero golpe de Estado que Cisneros y el Consejo Real aceptaron pero que causó un profundo malestar en amplios sectores del país.

La muerte del rey Católico dio motivo a una oleada de indisciplina señorial y de agitación social. Por todas partes, la autoridad del Estado se hallaba menospreciada y desacatada. En realidad, en 1516-1517 existieron dos gobiernos: el uno en Castilla, en torno a Cisneros; el otro en Flandes, bajo la dirección del ayo de Carlos I, Chièvres. El primero tenía la responsabilidad efectiva de los negocios políticos, pero el segundo podía, en cualquier momento, rectificar o anular las decisiones tomadas en España. En estas condiciones, el Estado quedaba prácticamente paralizado. Era urgente poner fin a la dicotomía del poder y esto no se podría conseguir sino con la venida del rey don Carlos a España. A estos motivos se debe la iniciativa de algunas ciudades, encabezadas por Burgos, de celebrar una sesión extraordinaria de las Cortes, claro antecedente de la revuelta comunera: frente a lo que se consideraba como una situación de crisis, debida a la ausencia del monarca, se llegó a la conclusión de que las Cortes podían y debían hacerse cargo del gobierno. Los proyectos de Burgos quedaron frustrados por la noticia oficial de que don Carlos se disponía, por fin, a venir a España.

Confesor de la reina Isabel desde 1492, arzobispo de Toledo en 1495, inquisidor general para Castilla y cardenal en 1507, Cisneros fue, durante más de veinte años, el hombre fuerte de su tiempo. Eclesiástico, estaba convencido de que urgía reformar la disciplina, las costumbres y la formación del clero. Gastó parte de las inmensas rentas del arzobispado de Toledo para fundar en su villa de Alcalá de Henares la universidad que exigían los tiempos nuevos: una universidad abierta a todas las teorías y a las nuevas tendencias de las ciencias: lenguas clásicas y orientales, por ejemplo. El inquisidor general no mostró ningún fanatismo, sino todo lo contrario, en la defensa de la ortodoxia. Presentó Cisneros otras facetas que le sitúan como un estadista de la modernidad. Le vemos interesarse por temas económicos, animar a un universitario, Gabriel Alonso de Herrera, para que escriba y publique un tratado de agricultura con el fin de fomentar este sector de la economía. Para él, el Estado debía velar por el bien común y situarse por encima de las facciones y de los partidos. Cisneros tenía cincuenta y nueve años cuando fue nombrado arzobispo de Toledo, setenta cuando asumió por primera vez responsabilidades políticas a la muerte de Felipe el Hermoso, ochenta cuando se hizo cargo de la regencia en 1516. Dejó al nieto de los Reyes Católicos un Estado respetado y fuerte, pero la España en la que soñaba Cisneros habría sido muy distinta de la que configuró el emperador Carlos V.




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