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Hablar de la muerte es casi siempre fácil y recurrente. Cuando alguien se marcha definitivamente no queda el consuelo de sus obras y sus actos. Hablar de esto, tambien es sencillo y estereotipado. Si el homenaje es repetido y poco original, el recuerdo se hace incrédulo y falaz. No se cómo lo haré, pero sí quisiera, brevemente, decir unas palabras sobre quien consideré un poeta de los espacios. Conocía Eduardo Chillida en el verano de 1990; una mañana de finales de Agosto paseamos por el “jardín de las delicias” en el caserío de Zabalaga. Recorrimos los amplios espacios sorteando enormes piedras caprichosas procedentes de la India y contemplamos las esculturas que se disponían como naturales elementos de la naturaleza del gran jardín del caserío. Creo recordar la enorme atención que el maestro prestaba a las piedras vírgenes de granito que contrastaba con la dedicada a sus obras ya terminadas. Es posible que su mirada se ensimismara con las posibles formas y composiciones que terminarían adoptando aquellas y se fascinara por los futuros momentos de trabajo que le esperaban próximamente. Habló de poesía, sobre todo de poesía; del aire, del espacio, del material límpido y de llenos y vacíos. Si he de ser sincero, raras veces recuerdo con precisión sus palabras; pero sí me fascino en saborear los encuentros y las miradas; las emociones y silencios; la absoluta carga de sabiduría y creatividad; pasos silenciosos, verbo emanado con sosiego y certeza, y paz . Conocer a una artista es un riesgo absoluto de contagio y enfermedad. El inocente carga después con consecuencias desastrosas para la razón y el buen civismo. Uno no piensa siempre lo que hace y por eso, la tumultuosa descarga de influencia del artista contagia hasta el límite la inocencia del profano. El artista insiste en hacernos vivir a través de la belleza, de esa belleza desgarradora que nos cuestiona y nos agrede. Estoy convencido de que Eduardo Chillida, como un poeta de volúmenes y tactos, nos confiesa su poder de transgredir la realidad, pone sobre la mesa las cartas camufladas y sobre el mantel estético nos ofrece, sin pedir, muestras de la perfección artística. Él dijo una vez que “la perfección extrema de un acto es un poco la muerte”; de esta forma, decía, la contemplación hace vibrar de nuevo a la obra acabada. Esta osadía en el paso del testigo al espectador, esta invitación al diálogo con la obra de arte, es, estoy seguro, un esfuerzo por universalizar la creación, por proponer al espectador como partícipe de la construcción de un arte nuevo, gestual, táctil, comunicativo, y, en definitiva, por convertir a la obra de arte en una experiencia donde autor y espectador juegan papeles de igual importancia. La jerarquía de la creación artística es a veces descarada y descortés; es posible que Chillida entendiera que sus obras tenían que superar ese obstáculo y advirtiera su compromiso de interacción entre autor-obra-espectador. De esta manera sus esculturas están dispuestas en una pragmática vivencial, cercana a los sentidos inmediatos y conformes con la necesidad y la curiosidad de los que están cerca. La escultura, arte total, es para Chillida, un tira y afloja con el espacio como tema, una forma de ordenar lo lleno y lo vacío, una fábrica inagotable de reflexión sobre las formas y sus propagaciones; un radical místico que obliga a la contemplación y al mito. Decir que la escultura es experiencia nos parece juicioso, pero en el caso de Eduardo Chillida hay que inclinarnos ante la evidencia de que esa experiencia se convierta a su vez en consigna, haciendo del arte un comportamiento ritual y simbólico, un aliento indiscutible que nos contagia y nos renueva. Francisco José Sánchez Montalbán.
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