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Elogio DE la fotografía
(Publicado en “Los papeles mojados, de rioseco” Revista de letras. Estepa. Primavera.verano 2001. nº 4, año III)

De fábula sin moraleja, quizá sea la fotografía ejemplo único y misterioso; fábula de dulces alas para la verdad y sus sombras.

Como adolescente inquieto y “malasiento” llegué a la fotografía dispuesto para la maravilla y el artificio, fascinado por la alquimia de los nuevos olores, los sonidos húmedos y la discreta clandestinidad de lo oscuro. Mas tarde no tardé en desmontar la caja de los encantamientos para intentar comprender la majestad y el milagro de conejos y palomas. Más aún, no tarde en emprenderla a cazar realidades y sucesos, gente y espacios con artefactos y brujerías. Pero todo es poco para la máquina y para los ojos. La cámara ansía y devora con mirada pagana e incombustible. Los ojos, consumen y se alimentan.

En un recodo del arroyo del Rubicón las miradas compactas se detienen autoposeyéndose como madrastras de sublime belleza. A veces amansan las aguas para contemplarse con mayor nitidez. Nadie escapa, el espejo es nuestra manzana envenenada, nuestro fantasma sobre las aguas tersas de la caverna. Por la fotografía, como Narciso enamorado, se esperan vísperas de belleza eterna, juventud, tesoro y divino azul. Ella fija, constata, atestigua, documenta, certifica, asegura, confirma, identifica, ... Eres tú; esto eres tú; esto has sido tú, suspiro barthiano de la pérdida, del tiempo detenido, de la vida muerta en el espacio y el tiempo; lo que fue y nunca ya será, ¿la muerte?

Creo que por eso amamos las fotos, y que por eso las amamos a veces más que a las personas y a las cosas. Ellas siempre están, engañando lo justo y respondiendo previsiblemente. Es cierto, yo amo a la fotografía. Como amo los ojos del amado y su contacto, porque me afano en su imagen y su recuerdo, en la bidimensionalidad de su mentira y su silencio. La fotografía me da aquello que quiero ver y poseer; selecciona la belleza según yo la creo, modifica el espacio y gesto según yo lo quiero, escoge el momento y detiene el tiempo eternizándolo: ¿la muerte? Otra vez la muerte. No, no estoy seguro de que sea la muerte. Paradójicamente creo que es lo contrario: la fotografía es la maga de la vida, una suplente privilegiada de la realidad, una dama de luz que nos confunde y altera, quien, lejos ya del certificado, nos mantiene en el engaño y en la locura crédula de la ficción. Entonces, la fotografía confunde, cambia, interpreta, exalta, reflexiona, crea, finge, cuestiona, representa, comunica, dice, habla, ...; pero no hablamos entonces sólo de espejos, ni de reflejos, ni de arroyos, ni de sombras, ni siluetas, sino también del existencial instante en que la vida que domino, dirijo y creo se aferra irreductible a la alquímica emulsión y se eterniza; hablamos de magia y paradojas; es decir de fábulas de las que no aprendemos, ni sacamos beneficio.

Puedo rescatar aquellas fotos que siempre me han traído incertidumbre y admiración. Si de alguna pudiera hablar, sería de aquella primera fotografía realizada por un Niepce sosegado, de frutas y frutero sombre una mesa con mantel, ajeno al descubrimiento y al peso de la historia; el instante debió de ser dulce y luminoso. Lejos del experimento, aquellas manzanas son ahora la revelación de lo eterno, la declaración de la primera huella de inmortalidad. Otra fotografía principal es aquella que nunca terminas de realizar, la que siempre espera el momento, el instante que se evapora y desintegra; la fotografía que te hace famoso, la que te nombra, la que te enorgullece y con la que disfrutas. De alguna forma esa fotografía te mantiene unido a lo real para siempre en una especie de contigüidad física que te apodera y te domina.

Entre ellas está el mundo fotografiado. Hoy lo hemos fotografiado todo. Consumimos nuestra propia imagen. Somos, conocemos, sabemos por la fotografía. Ella es. Nosotros habremos sido. ¿La muerte?, ¿la magia? Puedo soportar la verdad, pero necesito mirarme en ti cada instante.


Francisco José Sánchez Montalbán.