|
De espejos y mentiras
Pero si la fotografía es desafío y reto a la realidad, si la fotografía es conflicto y desasosiego ante la verdad, el creador, el fotógrafo, es sobre todo, mago de instantes, silenciador del tiempo y consolidador de dimensiones ficticias. A Evaristo Cabrera lo conocí como impetuoso y apresurado alumno de fotografía en la Facultad de Bellas Artes de Granada. De hacer fino y prolijo, constante en los empeños e inseguro en el producto, reconforta y anima a consagrar, aún hoy, el arte a aquellos que lo dignifican y alimentan. De desbordante educación y prudente presencia, arriesga y se vuelve visceral en retos y propuestas. Sobre su riesgo, conocí el abismo que todos ansiamos en la creación. Ante la paradoja de creador en una sociedad poco atenta a los romanticismos, hallé la inocencia de una seguridad poco visible. En el oficio y el trabajo comprendí su amor a la imagen, su discurso, su lenguaje opulento y suntuoso. Evaristo Cabrera desentraña sueños visuales a través de sus fotografías; él mismo conquista lo bidimensional con su mirada privilegiada y hechicera. Sabe mirar; y sabe cómo hacer que la cámara mire y se detenga; aplica sabidurías, destrezas y desasosiegos en un esfuerzo por la fugacidad insustituible, -e incluso en las estáticas formas, la fotografía de Evaristo refleja sueños, misterios vehementes o perecederos que se detienen eternos en sus creaciones-. Creo que sería necedad no reconocer ni precisar con rigor que la majestad inventiva y creadora de este joven artista está necesariamente generada -amén de en su formación universitaria- en los más sublimes brazos del ingenio y la sutileza. Este fotógrafo, también magnífico pintor, heterogéneo productor de iconografías necesarias, surge, casi sin aviso, -convencido estoy-, con un camino largo en notoriedad y, por qué no, de prestigio y gloria. La luz, nuestra herramienta más preciada, también la herramienta de Evaristo Cabrera, acompaña, como una diosa complaciente, a las formas y referencias que presenta. Es más, es la luz misma la que en la fotografía, transforma el papel en arte; así, las grandes pantallas que absorben y acumulan energía, elegidas como espejos del mismo infinito como voraces transparentes hambrientos amamantados por sol, proporcionan un escenario metafísico de incertidumbre y modernidad que es visto a través de unos ojos inquietos y tan hambrientos como aquellos. La cámara también consume luz, también reclama su paradoja y su alimento. Y es a través de estas fotografías que apreciamos la sincera comunión entre el fenómeno y su producto. Evaristo Cabrera asume su responsabilidad de artista a través de un contexto propicio para la sorpresa y el estremecimiento. Sus fotografías, aún más, nos acercan a su doble vertiente constitutiva. Por un lado nos hace frecuentar los aspectos y formas de la Central Solar; por otro, nos proporciona un mensaje emocional y atrayente a partir de ello. El fotógrafo pues nos introduce, como a una Alicia descarada e imparable, al margen opuesto del espejo. Un espejo real de reflejos silenciosos y fijados para siempre por la química mágica de la fotografía. A través de una escala de grises, blancos y negros profundos reduce lo innegable a un escenario visual capaz de hacernos sentir sensaciones de franqueza y seguridad ante las apariencias. Evaristo ni por un momento hace reportaje, no informa ni constata cómo son las cosas, sino que hace que éstas se comporten de manera distinta y confieran al espectador el don de la visión sublime y privilegiada que el arte infunde a sus productores. La fotografía de este artista concluye en esquemas de geometrías vivas y enérgicas, en minimalismos cargados de insistencia dinámica y tentadora. No queramos ver sus fotografías como la muestra del “esto es así”; estaríamos demasiado lejos de su empeño y su celo. Las fotografías de Evaristo Cabrera dicen, por el contrario; “esto es lo que yo quiero que sea, y así lo muestro”. La fe en la palabra visual está allí donde el ojo es seducido y no deja ver la certeza y lo instala en los terrenos de la interpretación y la expresión particular. A través de estos espejos dobles, el cielo se materializa en una plástica alcanzable y poderosa; el metal se vuelve cristal líquido consumible y táctil; la luz se solidifica y se torna sonora y olorosa. La verdad es una mentira enamorada de su espectador que cargada de susceptibilidades ansiosas de ser consumidas, se atusa y abaniquéa sin mostrar su tez infinita. Animo a todos aquellos que disfruten de estas imágenes a instalarse en los ámbitos de la fantasía para dominar y comprender la sinceridad –si acaso con un pequeño desasosiego- que las fotografías de Evaristo Cabrera presenta acerca de la Central Solar. Ni los ritmos, ni los claroscuros, ni las composiciones atrevidas y forzadas, ni tampoco incluso sus juegos de reflejos, -ya geniales en su concepción- son tan sugerentes como la propia sensibilidad abundante del conjunto de sus imágenes, o como la facultad sutil y elegante de sus fotografías.
|