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El fotograma eterno

Como de andar por casa ella llevaba un vestido de seda que le acuñaba las formas y los embrujos. Como de costumbre, ensayaba sus temas con sonidos de piano académico; sus pies sobre alfombras encarnadas; su eterno reflejo sobre preciosos divanes; relojes sin hora. Sí, fumar era un place, un inesperado y sostenido acontecimiento atemporal y subyugante. Sara Montiel, sublime mujer, fiera dulce de ceras y aromas de almendras no vacilaba en adornar estancias y perfumarlas con humos de espera y cuplé.
El cine, íntimo cómplice de sueños y esquizofrenias domésticas, me acunó horas de infancia en butacas de madera con olor a frutos secos baratos. Hoy, quizá, no me atreva a desvelar secretos de oscura compostura ni a confesar enamoramientos demasiado juveniles aunque viscerales, que atraparon mi emoción y mis sueños. Demasiado infantiles para hacerlos adultos; “las cosas de pequeño que salen de mayor”. Pero si hay algo que pueda confesar sería sin dudarlo ese fresco contacto imaginado de una mujer eterna de rostro eterno y de voz eterna. Si el cine tiene nombre de mujer, ella es Sara Montiel.
Como si de milagros o imposibles se tratara un día de estos atrás fui invitado a la reinauguración del “Cinema España” en la localidad de Frailes, provincia de Jaén. Días antes había estado visitando el local y entendí muchas de las sensaciones vividas a través de los años y que en ese momento me devolvía el tiempo sin vacilaciones ni avisos. El tiempo no fluye como pensamos, sino que a veces, sin saberlo, es capaz de detenerse y aguardarnos para que nos volvamos a reconocer, para que volvamos a mirarnos como en una fotografía olvidada lo que hemos sido y de dónde hemos venido.
El Cinema España, de Frailes, es uno de esos lugares donde el tiempo reposa sin prisa y nos convence de que es allí donde una vez soñamos ser todo lo que hoy ni siquiera nos atreveríamos simular. El Cinema España es un lugar sin tiempo, un cine victorioso a tanta incertidumbre y vulgaridad.
Y como de sueños, decíamos, o imposibles se tratara, se volvió a abrir, como un Lázaro efímero, el Cinema España. Nodo, asientos de madera, humedad en las paredes, carteras de antaño... Hoy presentan “El último cuplé”. La sala llena, localidades agotadas. No es de estrañar, la Montiel llena lo que haya que llena. Y, además, por más veces que la veamos, es de esas pelis que siempre te quedas con ganas de volver a ver; el marco es idóneo, aunque no dejen comer pipas y haya que quitarse el sombrero para no molestar al de atrás: El gallinero, como siempre; el público, de excepción. Entre ellos, cerca de mi asiento apolillado, la mismísima Sara Montiel. Discúlpenme ustedes, pero como explicarles en los albores del siglo veintiuno el estar en el Cinema España, en ese espacio sin tiempo, viendo El último cuplé, junto a Sara Montiel. Es claro, no tiene explicación; no es posible ni imaginarse que eso sea real; un sueño tal vez, una escapa de aquel fotograma eterno que nos acompaña y que se hace visible, se hace carne y presencia, un ser que mira desde la pantalla y a tu lado y si acaso, si puedes, oyes esa húmeda voz de labios eternos que te enseñaron un día, ya lejano, a decir: “nena...”