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Articulo para e el periodico
Incluye fotografía: Autor: Montalbán.


Gregorio y el mar

La fidelidad del hombre es en ocasiones desconcertante y atrayente. Como de mitologías y leyendas, el espectro de aquellos que se hacen consecuentes con las ideas y los caprichos, se convierten en paradojas incomprensibles o admirables. A principios de 1996, perdido por La Habana y sus alrededores, cargado con mi cámara de fotos, buscando excusas y pintorescos tópicos por la costa y, por su puesto, con más preguntas que respuestas, conocí a Gregorio -español desarraigado que cerca del siglo cumplido- no tenía más vida y religión que la fidelidad al amigo.
Como en atemporales horas y siestas, reposaba la tristeza de los años y la convicción de navegar desde la orilla los mares descritos por el que en su día fuera apoyo y compañero. Gregorio: capitán de barco, amigo y grumete. Hemingway, navegante, amigo y jefe. En las noches, frente a La Florida, cuando desembarcaban en las costas de Cuba, Gregorio recogía las artes y preparaba la nave para el siguiente viaje. Primero se marchó el amigo, ahora, después de la espera lenta y caliente, el barquero le siguió. ¿Qué paradoja hizo a Caronte aguardar en la orilla mientras el amigo cruzó en solitario las espumas?
Entre los años y las vísperas allí lo encontré, rodeado de enseres y recuerdos, pecando de horteras fantasías americanas, de apariencias de plástico y libros malolientes y grasientos. El mar, tan cerca y tan arrebatado. Me dijo, orgulloso, que desde el último viaje se negó a navegar solo. Que hay cosas que no pueden volver a repetirse, ni lugares a los que se debiera volver sino es como se hicieron en el pretérito añorado.
La muerte, que a veces se olvida de la justicia y la necesidad, privó a Gregorio del encuentro y la unión. ¿Qué extraño destino deja en pie al que acompaña, es pie y sustento y a la vez no es nada sin su carga? ¿Qué sinrazón separa las olas del movimiento? ¿Qué estúpida aventura es esta que abandona al patrón de su nave?
Él fue amable, tranquilo y entregado a la sugerencia. Tan sólo sus "habanos" lo atrapaban en causas terrenales. Tan sólo los visitantes le hacían navegar de nuevo con el patrón por mares antiguos de papel y ron. Sus labios contaban y juraban fidelidad al amigo. Gustaba de repetir su nombre: Ernesto, Ernesto; si la conversación se hacía ilustrada, hablaba del extranjero como "el gran hombre" y le llamaba en inglés, Ernest, o Hemingway; luego, restablecía la confianza y decía, Ernesto, Ernesto.
Yo conocí a Gregorio una tarde soleada de caluroso Febrero en Cuba. Junto a su casa, pateras arrepentidas salpicaban escalofríos y miseria. Una casita de planta baja, un saloncito pequeño, muebles de skai, flores contrahechas, una fotografía irisada en colores imposibles; ceniceros testigos de las tardes fumando y el mar, ese mar.
Gregorio esperó la muerte con la paciencia que amó el recuerdo. Instauró en su vida lenta el testimonio y la espera. Ahora, no sé si creerlo, posiblemente naveguen de nuevo juntos. Entre tanto, en Cuba, el viejo se marchó, y no lejos, siempre, el mar.

Francisco José Sánchez Montalbán.