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El mago de la luz (y II)

Hace algunos meses escribí una pequeña crónica acerca de la obra de Francisco Fernández sobre el Carmen Rodríguez Acosta en Granada. Este pequeño texto quedó en mi memoria como parte de las inagotables sugerencias que este fotógrafo –compañero, amigo y maestro- me suscita. Permítanme que, con el descaro que suele caracterizarme, lo recuerde de nuevo y lo amplíe con aquellas palabras –traicioneras compañeras- que en su día no pude tener la oportunidad de expresar.

Si algo me han mostrado siempre las imágenes de Francisco Fernández es la certeza de saber que la fotografía es un paseo inquieto por espacios estáticos. En innumerables ocasiones he recorrido junto a él, lugares y terrenos, portando cámaras y miradas cómplices; él me mostró el mundo a través del visor, a crear a través del disparador y, sobre todo, a elegir de la realidad aquello que escapa de la vulgaridad permanente y es susceptible de convertirse en algo más que en un mero reflejo, que en un simple parecido; máxime cuando el reto es grande y se trata de fotografiar espacios, objetos o situaciones que ya son obras de arte, como es el caso del Carmen Rodríguez Acosta. Sé con seguridad que nadie como este fotógrafo es capaz de crear arte del arte. A través de sus fotografías no sólo descubrimos un entorno o una situación, un complejo espacio o sus vicisitudes físicas, sino que, como un mago, es capaz de introducirnos en una lectura de emoción visual, en un espectáculo de fascinación formal, y, en definitiva, en una experiencia de caricias sensoriales.

Este trabajo relativo al Carmen de la Fundación Rodríguez Acosta de Granada, es paradigma de estas situaciones. Creo que nadie como Francisco Fernández –excelso cicerone del Carmen, amable compañero de paseos por el mismo, conocedor de rincones y leyendas, gran amigo de sus gentes y recuerdos- era capaz de realizar esta majestuosa y extensa misión. Francisco Fernández demuestra su apego a estas arquitecturas, desembaraza la frialdad aparente de sus proyecciones y nos encauza al estrecho abrazo de la contemplación placentera. El fotógrafo ama a la arquitectura. El fotógrafo dialoga en las fuentes y en las albercas; se apresura en dominar las luces tempranas y atrapa los rocíos de las mañanas de invierno sobre los cipreses. Su fotografía es un cristal de grados armónicos por el que nuestras miradas vislumbran la magia de la vida tranquila, de la belleza y del tiempo detenido.

Pero Francisco Fernández, no muestra, no nos enseña, ni traduce; Francisco Fernández habla; habla con palabras bidimensionales. Sus imágenes son voz y discurso; su voz es verdad enmascarada y documento; es mentira y consuelo, pero sobre todo es expresión y calidez.

Esta colección de fotografías que Francisco Fernández presenta se envuelven en un distintivo uso de las tonalidades y en el dominio de los grises más excelsos y sutiles –sólo los más profanos creen reconocer un contraste excesivo sin saborear los tonos altos cercanos al negro cargados de matices, o aquellos grises tan bajos que velan por la sutileza y el detalle- que crean sentimientos de romanticismo vivo, o de geometrías sosegadas; de composiciones atrevidas a veces, otras de exactitud milimétrica. Las propuestas del fotógrafo recalcan el infinito devenir y descubrir de un edificio cargado de interminables rincones y espacios por descubrir y lo hacen –al creador- convertirse en un mago de la luz y de sus destellos.

Pero esas tonalidades, esos perfectos encuentros entre los matices del oscuro, se convierten en la gran firma del fotógrafo; a su vez, dotan de corporeidad a las formas y las atmósferas visionadas. El blanco y negro, lejos del recurso, es el lenguaje, el código que ejerce el fotógrafo para crear. La luz dominada sucumbe ante la cámara para organizarse en efectos preciosistas de generosa delicadeza. La mirada es la dueña, la madre descubridora de otras realidades, y esas otras realidades son las que formulan el arte fotográfico y la susceptibilidad de la verdad frente a la paradoja: El Carmen está en Granada; usted puede pasearlo, si acaso disfrutar de sus perfectas proporciones, sus frescos olores en los jardines, pero las fotografías de Francisco Fernández proponen la experiencia adquirida, meditada, cognitiva y extravagante del artista. No me cabe la menor duda: estas son las fotografías del Carmen de Francisco Fernández. Visítelo, paséelo; ya me contará.


Francisco José Sánchez Montalbán.
Profesor de Fotografía de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Granada.