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José Niebla
Pocas veces es la pintura misma, como entidad y personalidad principal, la protagonista de espacios y sentidos interiores como en el caso que ahora nos convoca. La presencia de José Niebla en Granada nos satisface y nos convida a disponer de una oportunidad sinceramente excepcional. Sé que José Niebla ha conocido nuestra ciudad y ha participado de su vida y sus gentes; eso le ha llevado a plantearse una exposición lejos de la muestra fría y discreta. Niebla, tras la proposición de la Universidad de presentarse en Granada, ha buscado y desentrañado cómo poder llegar a nuestra ciudad con el compromiso de convocarnos a un sueño pictórico que recorriese todas sus inquietudes y momentos creativos. Esta ilusión que le ha provocado Granada se traduce en el inmenso interés recíproco que compartimos con él. Es por eso que esta exposición no se trata de una restrospectiva al uso, ni de una compilación de obras desempolvadas, sino que parte del convencimiento del agrado y de la evocación; Niebla ha encontrado en Granada el sitio idóneo para cumplir un sueño y una voluntad, y es la Universidad de Granada la que ha propiciado que esta muestra llegue a ser una realidad a través de la colaboración con la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Granada, quien aportando la magnífica sala y su apoyo en todo momento esta propuesta ve la luz en nuestra ciudad. Podríamos decir que la exposición de José Niebla se concibe como la presencia categórica de los más puros recuerdos y experiencias de un pintor comprometido y radicalmente visceral con su trabajo y con sus deseos de creación. Las obras que presenciamos en la muestra nos conducen sin remedio a la exaltación del oficio y a la gratitud al pintor. La potencia y la poética de su búsqueda y su enfrentamiento con el trabajo pictórico nos devuelven una incertidumbre exquisita y sustancial que nos comprime en las más diversas sensaciones y emociones. Estoy convencida que a través de sus obras se pueden despertar y consumir sugerencias y pensamientos cómplices de lo emotivo y lo inexorable. Como Vicerrectora de Extensión Universitaria y Cooperación al Desarrollo agradezco a José Niebla su dedicación e ilusión por el trabajo que presenta ante nosotros y espero que su paso por nuestra ciudad le sea tan grato como lo es para nosotros su presencia y su interés. Confío en que Granada y la comunidad universitaria acojan y testimonien esta magnifica exposición a través de la visita y el disfrute de la misma.
JOSÉ NIEBLA: GESTO Y SIMBOLO. La pintura es lucha y compromiso, al margen de lo bello o lo productivo, es algo que permanece en el conflicto del creador, que no hace historia, -ni falta que le hace-, o sí, si se quiere, pero que contribuye a fertilizar el crecimiento humano de los que ven, de los que consumen y siguen viendo, y ven. La pintura es meta-historia porque no produce crónica, sólo engendra lírica, sólo propicia una lucha espiritual y sensible de momentos que hacen reconocer valores subjetivos y emocionales que pueden ser personales o falsos, falsamente aparticulares, que se han vivido, que se han soñado o que se han envidiado y que sirven de reflexión, amparo o desahogo para los que vivieron, soñaron o envidiaron. Como comisario de la exposición de José Niebla he podido descubrir que tras la huella instantánea de un hombre se halla la amarga presencia de la controversia, de la lucha y del diálogo con la creación. Yo creo que José Niebla, en su trabajo de selección de obras para la muestra que nos presenta, rescata las aspiraciones más universales y colectivas de todo humano creador; de todo hombre o mujer hacedor y hacedora de cosas, objetos o sueños, -útiles inservibles y poco funcionales- pero que despiertan y presiden testamentariamente la razón última del sentido de estar aquí, de ser, si acaso un poco, protagonistas del presente. Niebla no es sólo un pintor. El no descubre la pintura en ningún momento, sino que nace como pintor y vive como pintor como una condición biológica, legítima, heredada culturalmente a través de sus propios creadores. Creo que el hombre no busca el arte para desarrollar más tarde el genio; sino que es el talante quien encuentra a los hombres y mujeres adecuados. Niebla es uno de ellos. Desde Tetuán, ciudad de nacimiento, al Ampurdan catalán, su geografía presente, así como la Andalucía de sus padres tatuada en los poros de su genética, el pintor recorre y asimila espacios pictóricos de expresionismo fascinante. No olvidando la presencia del referente real, Niebla busca lo abstracto insaciable y vigoroso como soporte de elementos icónicos pertenecientes a simbologías de posible lectura y frágil emoción. La pintura vive por sí misma en sus telas y murales siempre consintiendo la libertad espontánea de trazos vigorosos y definidores. Su alma es materia, materia básica y dinámica. Su lenguaje, claro y sincero. Creo que con esta exposición que se presenta en Granada, más que acercarnos a su naturaleza creadora y a sus propuestas magistrales, Niebla ha querido encontrarse a sí mismo intentando aglutinar una serie de obras que recojan reflexivamente sus experiencias pictóricas más significativas y potentes. A través de esta selección descubrimos a un pintor entusiasmado por la labor y el coraje del trabajo directo y vigoroso. El gesto, la materia, la acción, son las herramientas primeras que percibimos y admiramos. Sus obras pretenden arriesgar los espacios y las disciplinas sin ánimo de exaltaciones momentáneas: son piezas de continua vigencia y poder. Niebla a través de su trabajo pretende recrearse en la excitación agazapada en el refugio de nuestra experiencia, en el recuerdo de lo vivido plasmándolo con su poética comprometida como representación sugeridora o potenciadora de efectos de realidad. Sin embargo, esta exposición, esta selección de obras, contiene, amén de piezas de considerable interés, otros elementos a tener en cuenta, susceptibles de funcionar independientemente como propuestas instantáneas ante el espectador. Se trata de piezas que resumen y convencen a los sentidos a través de incorporaciones sorprendentes, de formatos poco previsibles y de materias contrapuestas y paradójicas. Es decir, el estilo, la factura, la lucha implícita y visible dan forma a la percepción, al recuerdo o evocación de una realidad colectiva exquisitamente llena de universalidad. Es más, José Niebla, estoy convencido, cree profundamente en el lenguaje pictórico como medio de comunicación interior, la obra que nos presenta contundentemente plantea en ese sentido varias direcciones de interés; es decir, a menudo lo simbólico, lo existencial, lo social, incluso lo abstracto y experimental se traducen en formas atrayentes y comprendidas por el espectador. Por otro lado, la realidad juega un imprescindible protagonismo iconográfico que complementa las manchas y las materias. Y por último el conflicto metafórico de la creación con el resultado incorpora al resultado final una impronta atrayente de agradable accesibilidad pero no carente de sorpresa y conmoción. Cuando conocí a José Niebla no lo dudé ni un momento. Supe que me encontraba ante un ser excepcionalmente diferente; enseguida comprendí su amor a la pintura, su sentido de la creación y su interés por el compromiso cultural que su posición reconocida le permitía. Pocos como él fundamentan su vida en la pintura como medio de existencia y relación, como ámbito de crecimiento particular y colectivo. Leí tanto en sus ojos, como en sus manos, como en sus cuadros. Hallé un niño, un adolescente, un álbum de hombres numerosos trabajando sobre lo vivido y sobre el deseo, el amor y la muerte; hallé a un generador de formas y colores que elabora poesía con sus manos..., pero encontré también un cuaderno de imágenes más universal y colectivo; quiero decir con esto que, delante de la obra de Niebla, podríamos pensar que estamos frente a una semiótica viva, ya que todos, o casi todos, nos adentramos y nos reconfortamos con las iconografías y presencias formales de su pintura. Y es a través de la premisa de la narrativa visual como evocación que Niebla entra en un universo de semiología dinámica donde teje en el espectador una búsqueda de lo propio, lo particular, lo fascinante..., en fin, una búsqueda esencial y seductora más cercana a lo ritual que a la contemplación estética. Esta exposición recoge, como decíamos, una selección de obras cuidadosamente planificada desde el deseo de agrado y reencuentro personal que provienen de momentos diversos donde el contenido pictórico se despliega de maneras varias pero donde, sin embargo, el compromiso es siempre el mismo: dar vida al objeto creado, despiadada paradoja que nos sobrevive y nos despoja. Podríamos pensar que esta muestra se compone de la reconstrucción de pedazos de una vida o de experiencias incorporadas o recapituladas como mero emblema de una trayectoria llena de sugerencias. Insisto en ello, la relatividad de la exposición supone un encuentro personal del autor con su propia creación que llega al espectador como resumen poderoso de los más tentadores enfrentamientos entre obra y creador; es claro, pues, que la veracidad de las premisas de la creación del pintor no reside tanto en la instantaneidad de lo último como en la confrontación de contrarios y contrastes que respiran las etapas y los procesos temporales que de estas obras se desprenden. Es siempre difícil imaginar y acertar el porqué alguien pinta de una manera o manifiesta sus creaciones a través de estilo y modo particular; es más, más arduo es aún, cuando ello se refiere a una experiencia pictórica que afecta a varias etapas creativas, que infieren, sin duda en un pasado común de una colectividad donde el artista está incluido. De todas formas y a tenor de la consideración plástica que desprende la obra de Niebla sólo puedo deducir la obsesión del pintor por la constante producción pictórica y la enorme veracidad de la intrusión de su obra en las instancias sociales que le rodean. Niebla ha ilustrado nuestro tiempo; lo ha decorado, si queremos decirlo así, pero sobre todo lo ha pintado, y digo pintado no como el que dice que ha sacado una fotografía, sino como el que lo dice convencido de haber inferido en él y retroalimentado con él. El arte, lo creo aún, es una herramienta del tiempo. La única explicación que puedo encontrar a esto es la inexorable fatalidad de aquello que perece y no deja nada tras de sí. Sí, es cierto; Niebla lucha contra la muerte en su pintura. Creo que eso es su sentido último. Niebla teme a la muerte, teme la fatalidad de lo invencible, por ello su pintura es el intento, la furia, el reclamo, el pago a un Caronte despistado y poco complaciente, por asegurar, si acaso, una breve explicación al sentido último de la existencia. El pintor no se refugia en la pintura, “chulea” a la muerte con ella y se hace doble de sí mismo, testigo de su propia experiencia y final. Por eso la pintura de José Niebla es más que una prueba, más que un producto estético; se trata de una apuesta simbólica que lejos del caballete nos muestra la frágil y bella experiencia de aquellas cosas que una vez quedaron impresas en nuestros corazones. Pienso que la presencia del pintor en nuestra ciudad era una necesidad obligada, una deuda contraída con el panorama cultural y artístico que se salda ahora de manera poderosa y sólida. Por todo ello me permito la licencia y el acierto, creo, en la oportunidad que me da la situación, de agradecer y presentar a José Niebla en Granada, a través del Secretariado de Artes Visuales, Escénicas y Música de la Universidad de Granada, como artista de la pintura en cuya obra encontramos un importante sentimiento crítico, simbólico y comprometido, donde lo social y lo político son compatibles con la plástica emocional y lírica.
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