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Sonatas y otras composiciones

De ser así, es porque nunca quiso otra cosa.

Preludios

Del disfrute de la belleza se gana el derecho de poseerla. La pintura. La pintura satisfecha y enmascarada: labor que sostiene los días y las necesidades: artesanía de silencios. Camufladas en el angosto doméstico fresco -sostén abierto a los oficios y las noches- que presume las horas y el oficio, las máquinas y pinceles limpios y ordenados advierten dónde reside y habita la pintura.

Si en algo vale la experiencia es por el acto de reconocer lo evidente. María Teresa Martín Vivaldi, pintor, mujer de múltiples evidencias cromáticas y de enclaves temáticos reconocibles, firma con su propio trabajo los compromisos estéticos que propone y conquista. Es suficiente la ojeada para sentir su trazo y su característica: aval de ingenio, calidad y presencia; insisto, es evidente que no necesita presentación, y ni mucho menos en Granada.

En la singularidad institucional, el arte siempre sale ganando. A veces por mucho, otras por escaso. De esta forma, en el compromiso cultural de la Universidad de Granada, se entiende la presencia de artistas y creadores de la ciudad que confluyen en dotar a la misma de un comportamiento cultural y artístico que, estamos convencidos, crean intelectualidad, arte y desarrollo. La presencia de Martín Vivaldi en el programa de acción conjunta entre Universidad y Ayuntamiento nos conduce a presenciar placeres esperados. Esta exposición es -a mi juicio- una circunstancia donde poder aunar varios logros y/o, incluso, paradigmas. Lo explico. Por un lado el reconocimiento de la labor artística y por otro, la posibilidad de encontrar en una misma exposición la prolija y extensa muestra de obras de una de las artistas más significativas de nuestra ciudad.

El jardín del arquitecto es una exposición para Granada. Una exposición de pasión triple: de las instituciones, de la creadora y de la propia ciudad. No hablamos de retrospectivas ni de conjuntos de otras, sino de una cálida muestra de trabajos últimos y generosos. Un espacio de confluencia entre realidades artísticas -si eso es posible- y de necesidades culturales. Una cita de jardines y colores de nuestro entorno; un compromiso no genérico y particularizado en la más concreta vivencia de Martín Vivaldi con sus espacios predilectos y recorridos...

A través de las más tranquilas y depuradas dimensiones, olores, sonidos.., a través de las connotaciones emocionales de sus apuntes, incluso de aquellos vistazos improvisados con una certera mirada enamorada, Mª Teresa, reinventa su Granada personal y la difunde, y la envuelve, y la transita, y la comunica. La regala. Granada es un sujeto colectivo sin llave ni Señor; Granada, cuna abierta. El viajero permanece siempre; la captura sin poseerla, la pinta -acaso- sin llevársela; la defiende sin pedirle cuentas.... Martín Vivaldi, la intuye, ¿la pinta?, sin duplicarla. Si en algo me gusta la evidencia es porque me hace reconocer la experiencia.


Sonata

La pintura es memoria; al margen de lo que permanece, la pintura encierra gérmenes de soledades y tardes desasosegadas; el recuerdo -el tonto y angustioso recuerdo- aburre en las mesas de camilla; la pintura trastorna el flujo rutinario y ensalza la melancolía, dignifica y recupera las horas y las tardes. Si la historia documenta el acontecimiento, el arte dignifica el instante. Martín Vivaldi recorre Granada descubriendo los sentidos y los momentos. Capta y fija sensaciones que después emergen en soledad para ser devoradas por necesarias. La realidad la esconde, o no le interesa. Dibujo y música. La máquina y la magia. En su pintura no existe la crónica, sino el certero momento de luz y color consecuencia de los ojos y la lírica. Por que no hay relato, hay acontecimiento; sólo certidumbre del momento evocado al universal continuo y, al siempre, al espiritual y sensible reconocimiento de reflexión y placer. Ya tanto para los que lo vivieron, o para los que no.

Yo creo que la lírica es un conjunto de gritos y risas atadas en un uniforme de caricias ensayadas; tanto la pintura como sus tanteos, pretenden andar sigilosamente por estas marcas sin ser vistas ni reconocidas. ...Y si hablamos de las de María Teresa Martín Vivaldi, entonces, más aún, pensaremos en el retorno de sensaciones, gruesas anclas del color en la emoción, sostenidas por las claves y procesos magistrales de depuradas formas que chillan por captar miradas y tactos. Juegos de ida y vuelta. Si bien su pintura discurre por poderosos rasgos de personalidad técnica, defiende un claro impulso de comunicación emotiva, un evidente envite entre recreación y conocimiento; la recreación es simultánea al acto de mirar; la intelectualidad al de pintar.

La producción de M. Vivaldi rebusca en las acontecimientos visuales que todos llevamos en nuestra experiencia, recreándose en las sensaciones agazapadas del recuerdo de lo vivido, visto, leído o escuchado, plasmándolos como parte de nuestras aventuras y posesiones. Un cuadro de M. Teresa es una sonata al olvido, un sonido al blanco. Mirar su pintura hace sopesar la realidad y, a veces, burlarse de ella. Captar su discurso es someterse al abismo de la belleza. Relacionarse con sus imágenes es comprometerse a comulgar con los hechizos de la magia y del arte.


Vissi d'arte, vissi d'amore

Los pedazos de arte que salen de las manos y de las ideas corren el riesgo de servir de pasto para necios y aburridos. La crítica cansa al sosiego y al placer de la belleza. Por eso, discúlpenme ustedes si no acostumbro a detenerme en analizar, reconsiderar, relacionar y proponer paralelismos entre las obras que disfruto y comento. Y en este caso no lo es menos. Conocí a María Teresa hace ya algunos años, casi cuando apenas podía imaginar que ya ella como su obra podrían participar tanto en mis criterios como en mis aventuras plásticas. Desde entonces, al igual que muchos, he convivido con sus cuadros y sus palabras, comprendiendo, sabiendo que ambas se deslizan entrecortadas y seguras por los pasillos y pabellones de la imaginación. Marite -que así la conocemos- ha producido entre nosotros un riquísimo modo de concebir el discurso de la plástica. A través de los años hemos acostumbrado nuestra mirada a aquellas producciones y obras que engañan a la racionalidad y saben recrearnos en el delirante consuelo de la belleza -no me canso de citarla: la belleza, la belleza, ...- de sus obras ricas, poderosas, potentes de color y luz, arriesgadas en gamas completas y contrastadas. Árboles de excelsos frutos cromáticos, arquitectura sostenida en líneas sinuosas, formas mayúsculas, colores, el color, ...; el sonido de las formas y la música de los contornos, la interpretación de las estaciones, los lugares de todos en ojos y en manos de las misma creación.

Si algo es completamente evidente es la pasión y la dedicación que Martín Vivaldi establece con su propia obra. De trabajo constante y seguro, convincente en su lenguaje y sus posibilidades, reduce al mínimo las formas reconocibles llegando a un grado de abstracción que se rebela contra sí mismo y rebrota insinuando su nueva realidad referencial. No teatraliza. Es la escena misma la que florece desde una nueva realidad. Las manos quieren tocar, los ojos encandilados saborean jardines y flores. A menudo la luz sale al encuentro y nos acompaña al reconocimiento de nuestros paisajes.

Si bien es considerable el tener en cuenta las obras como evocadoras de sistemas emocionales y comunicativos, sí me parece preciso considerar la evidencia de todo un sistema ordenado, físicamente riguroso en armonías serenas, que se proponen en los encajes y distribuciones formales. Martín Vivaldi no inventa sobre la marcha ni enarbola libertinajes compositivos desasosegantes; detrás del suspiro colorista y textural se deja ver una estrategia sofisticada que ordena y da elegancia a las obras. Desde la mancha arriesgada de las primeras bases hasta la distribución coherente de los elementos últimos se combinan en un final dulce y, por su puesto, nada casual; eso es el arte, supongo, como el amor.


Rondó finale

Del placer de pintar surge el placer de la visión. María Teresa Martín Vivaldi reconoce el placer y la pintura como un encargo de la propia vida. Se necesitan. Del placer de la necesidad surge la vida para pintar. De la misma pintura surge la vida. Del mismo placer se reconoce la pintura.


Francisco José Sánchez Montalbán.