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FELIPE IGUIÑIZ
Una pintura que, a grandes rasgos, no se dirige a imitar el mundo exterior, sino que encuentra la propia fuente inspirativa dentro de sí, en elementos primarios, simples, unitarios, plasmados, moldeados y utilizados en una reconstrucción subjetiva de la imagen, convertida en "arquetipo" de un mundo sin mitos y sin fronteras. Felipe Iguiñiz, justamente considerado uno de los más representativos artistas europeos, reconstruye la estructura objetivas de las cosas, y no la imagen inazcesible del ser, con una morfología constructiva donde el objeto toma forma y la forma se hace objeto, objeto/forma que es y se convierte en fragmento de una gran realidad todavía por reedificar, avocada sin nostalgia (pienso en tantos supervivientes de un figurativo obsoleto), sino como la urgente necesidad de una plenitud morfológica, que aúna la recuperación de una dimensión, incluso humana, perdida en el tiempo y, paralelamente, de una extrema actualidad atemporal. Flujo y reflujo, marcados y cromáticos se suceden, se alternan, levitando y creciendo de forma personal, en la obra del artista Iguiñiz (obras frecuentemente de gran formato), cuya visión me hace pensar en los grandes maestros, en artistas como el mismísimo Malevich. Objeto-figura, escena-construcción, perfil-forma en las que la dinámica de la geometría no está jamás separada de tonos muy marcados, de colores puros, distanciados y retenidos en masas flotantes sobre grandes o pequeños espacios ingrávidos, acariciados por curvaturas dinámicas que reafirman una seguridad en el oficio y una extrema autonomía expresiva. El recorrido de Felipe Iguiñiz se mueve y desarrolla por situaciones siempre imprevisibles, de abstracción figurativa y de figuración abstracta en cuanto a la grafía, jamás confiada a gestos automáticos, sino que se inspira y está dictada por la tensión emblemática de las imágenes, vulnerables como seres vivientes y, al mismo tiempo, en un ensayo de sinfonía cromática siempre distinta, afectuosa y rigurosa en conjunto, como palpitante secuencia de color. Tanto si se advierte una fuerte tensión "mística" en la pintura, como si la pintura es sentida y hecha por Iguiñiz para comunicar con la esencia profunda del mundo (quizá en conexión con algunos versos de la poética mondriana), es a través del "medium" pictórico convertido en cuerpo viviente, como el artista español mantiene y dirige un coloquio a distancia con el receptor del cuadro, receptor que jamás será traductor, sino que formará parte integrante de una filosofía preordenada, constituyendo la principal inspiración e impulsión de la creación. Es precisamente esa búsqueda de comunicación, tal vez el empeño por dimensionar lo posible e imposible, además de un cantar al vibrante lirismo y, al mismo tiempo, una aventura cultural sobre tantas "dicotomías" del existir, lo que define y marca las obras de Iguiñiz. Buscando en el fondo de la vasta producción del
artista y de su actual momento creativo, y tras una lectura atenta de
cada obra, podemos observar que su emergente y aparente juego expresivo
no es otro que la aspiración secreta del orden; un sueño
suspendido fuera del tiempo, una lucha a tiempo lejano, cuyos principios
quedaron cerrados y bloqueados en el mismo instante de su aparición
sobre el blanco lienzo (es decir, en el mismo acto creativo), en una actitud
de éxtasis, de orden sometido, de ritmos cerrados; variable universo
estético el del Iguiñiz como variadas y siempre diversas
son las infinitas posibilidades de esta existencia nuestra dentro y fuera
de lo "cotidiano".
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